sábado, 22 de noviembre de 2008



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lo más importante suele estar en la

Posdata



contraindicaciones:

Leer entre líneas



Agotada y reseca
Estrujada hasta la última gota

El invierno fue tan atroz
Que llegando al solsticio
La tierra, esteril,
Se agrieta

Arrancada su esencia vital
Unos cuantos la rearman de a migajas

La madre solloza en la tumba que aún no se cavó
“Oh nena, ¿qué hicieron con vos? ¿qué fue lo que pasó? No hallo tus piernas
Mi querida, vivías en una casa bajita, en las afueras de la ciudad,
Refugiada en aquella huerta labrada con tus manos trémulas, entorpecidas

Pobre hija
¡Si te hubieras visto escurriéndote entre las manos de la vida!
Quizá no hubiera sido… quizá…

..Señor ¿puede cavar más rápido? Tengo una reunión a las 10.

Hijita… mírate idiota
Al fin y al cabo te dejaste estar
Arrojándote a lo que te ofrecía el azar
¿Arroz, caviar? ¡Responde niña enferma!

Señor ¿me alcanza?
Si, si, esa caja de pañuelos, los perfumados

Oh mi niña pobrecita ¡Cómo te han dejado!
mirando hacia cualquiera parte
con los ojos ahuecados


Oh, maldición me estropeé el vestido con tanta tierra

Bueno querida vuelvo después del entierro, tengo cita con Horacio
Te traigo una docena de margaritas”


Uno busca / Se busca
en las sombras

quizá por cobardía

de hallar bajo la luz




algo demasiado bueno

lunes, 10 de noviembre de 2008





(mayo)





silencio absurdo


no hubo evaporación





el tajo que me gané


en la cara


fue a causa del silencio






silencio fúnebre



alarido introvertido





protágonico del silencio


ante la ausencia de algo más


que actores de reparto






silencio guardado en el sobre



alojado en un cajón



de entre todos los de la habitación.

domingo, 9 de noviembre de 2008



04:23


No puedo dormir,
Otra vez al insomnio
De los horarios cambiados
Los pedales,
La cuerda tan floja.
La ruta, hermosamente rota, tallada por arquitectos de oficio.

No más cenas religiosas de 21 horas cansadas
Ni despertadores asesinos del tiempo
La vigilia, cuando duermo
El sueño, cuando amanezca

Cigarrilos a deshoras
Letras corriendo en las venas
Vivas, exaltadas, voraces
Ansiadas de días

Vida,
No tránsito

Vida
Ardida
Hiriente,
Felicidad circunstancial

Ya no hay cápsulas que me protejan el cuerpo
No, lo que hay es vida,
Fulgurante, como ha de ser.

Las luces titilantes de mis amigas me guían si hay que llegar.

Cuidado cuidadoso de no cortar las alas,
Me acompaña, no me arrastra ni me lleva.


Todos los sobres me caen mal -salvo el de papel-
Sobre-protección
Sobre-presión
Sobre-cuidado

entre tanta ajena comodidad


Es tiempo de desechar las coberturas muebles,
La insipidez en las heridas
Recojo el polvo que junté para el olvido,
Lo absorbo,
Lo arrojo,
lo examino esparcido en la tumba
Cavada por mis manos temerosas.
Y escupo lo que resta en mi boca temblorosa,


Esta es mi última,
Gráfica saliva.



Vieja parábola de camas en iglues


I
No queda amor
Después de hacer el amor
Una piel tan firme, tan rígida
Y la otra, tan fría

II
Demasiada carnalidad
Para una cama de una sola plaza

III
La seducción cae en desuso
La boca
Y las uñas ya cansadas
arañan espacio en el colchón

IV
Brutal conexión
Para tan poco,
posterior reparo en el cuerpo del otro
que yace jadeante,
junto al otro aún más agitado.

Demasiada elevación para tan corto vuelo.

V
Los cuerpos ya no son cuerpos,
se vuelven cartones corrugados
que se frotan, y al hacerlo sienten escalofríos,
fruto de la posterior repulsión o el miedo…

VI
Demasiada elevación para tan corto vuelo,
piensa uno de los cuerpos
mientras lucha tibiamente contra el otro
por un pedazo más de frazada.

VII
Luego esos cartones
firman diplomáticas paces corrugadas
y se alejan
a descansar u olvidar
de aquel encuentro efímero;
que terminará en el cajón de los objetos conocidos y usados.

VIII
Demasiada elevación para tanto miedo a las alturas,
piensan ambos tendidos sobre las sábanas tibias
Y así respiran, tan extrañados uno del otro
tan asfixiados de la otra húmeda piel
que representa a la vez su enemigo y quizá, su kibbutz
.








Su columna vertebral

un camino de huellas dactilares.

Conciente de la irrelevancia de las cáscaras,
la mujer,
desnuda frutos con sus dedos.
Ella es origen y alimento.
Y en su energía,
el crepúsculo y ocaso del sexo.


-basado en la fotografía de Julia Sbriller-
El hombre de negocios se arranca la corbata
y corre sobre una rueda que vuela por el aire
Se deshace del cálculo rutinario,
del horario de oficina,
de la pestilente amabilidad forzada
de su comerciabilidad comprada en un bazar.

Se despoja,
libre del mandato familiar
que lo llevó a depositar su cuero en aquella silla
durante unas religiosas 9 horas diarias,

Ruge,
allí arriba

Tan por los aires,
Tan suyo
Tan consigo y sin más

(ahora se siente dios en otro rubro
el oxígeno no disipa ciertas cosas)


Basado en el video del Cirque du Soleil

Artículo






Él no se siente observado, ni siquiera se pregunta cuán expuesto está. Sus pensamientos vuelan hacia un tentador sándwich de jamón, mayonesa y aceitunas. Nunca estuvo en una cárcel de extrema seguridad, es un “buen” ciudadano y sólo quiere almorzar.
Él pasa por la esquina, dobla y se pierde entre otras historias con las que convive ligeramente.
La gente camina, corre, atraviesa cuadras a velocidad de rayo y se disipa entre sí misma. Él es un punto más en medio de aquella estampida de almas que forman su todo cotidiano.
Confía en su bajo perfil, armadura a base sumisión. Consigue un par de buenos tapones a prueba de los gemidos del cemento caliente y sigue camino. Él confía en su bajo perfil y lo cultiva con entusiasmo, mediante planes que diagrama mentalmente cada noche, antes de dormir.
Él se siente a salvo. Sólo se atemoriza cuando cruza la ciudad a las 3 de la mañana y, está dejando de hacerlo. Detesta la lluvia, colecciona paraguas y revistas de TC.
Él no ve venir el desastre, de ninguna índole. Recuerda lo bueno que estuvo su almuerzo. Dibuja un cronograma semanal de actividades y lo cuelga en su pared.
Él es rutina, mar sin oleaje. Él es coraza, hogar con cimientos de cristal. Se muestra huérfano de recuerdos que procuren hacerlo quebrar.
Él no admite que, de a ratos, lo asalta el aburrimiento por estar tradicionalmente “bien”.
Del trabajo a su casa, compra el diario para dejarlo durmiendo en el sofá. Él enciende la radio y tararea las canciones alegres que le canta cualquier dial.
Alguna voz extraña le comenta que alumno significa “sin luz”. Suena el timbre, un conocido. Mira la repisa de los objetos pequeños y comprueba que aún tiene un atado de cigarrillos sin estrenar. Él es fumador social.
Él está bien, bien, bien... Extenuantemente “bien”.

Él santifica el logro de la casa propia y, regularmente, la comparte con sus amigos; con quienes a su vez, coincide en la práctica de cualquier deporte para sentirse bien, ¡mejor aún!
Él nunca tiene que ingeniárselas para llegar a fin de mes. Su casa materna, aún hoy huele a jazmín.
Padece miedos que no asume para intentar, así, erradicarlos. Miedo a perder, a dejar de ganar, a cortarse y no saber como parar de sangrar. Él es fóbico a los grandes saltos, huye de cualquier riesgo al filo del dolor. Le gusta ir a los casinos, siempre y cuando tenga unos pesos para gastar.
Él no quiere más que rozar otra piel de manera trivial. En todo espacio, reduce sus encuentros a fórmulas concretas y sencillas. Se resguarda del dolor y de todo aquello que lo invite a arder.
Él es práctico, haya respuestas en informes de TV. Nunca oyó hablar de dudas existenciales, no se pregunta ¿por qué? o ¿por qué no?
Él se siente -y, piedad ante la repetición- bien, caminando en sentido recto por aquel camino trazado por otros con anterioridad.
Él quiere seguir dibujando en su cabeza los mismos planes que esbozó para el día de ayer.
Estoy segura, él seguirá pasando por esta esquina para luego, doblarla y perderse como siempre -como todos los esquematizados días de su vida- entre esas otras historias con las que convive ligeramente.


(Él es fragmento y desglose. O bien, la conjunción de rasgos de un sin fin de personas que conocí a lo largo de mis 19 años; incluyéndome)






marzo de 2007





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Los tenues y los otros
Algunos fluirán correctamente por su cauce hasta llegar al vacío,

al fin, al ocaso,

otros contra la vehemencia de la corriente

lucharán por ser grandes oleajes.

Estos últimos comenzarán sus días

sin rumbo delimitado,

mareados por el humo –que en la carretera-

existe antes que ellos.


Se sentirán borrachos, enfermos y hasta locos

enfrentándose a los primeros juicios de la corte social.

Se creerán errantes, equilibristas sobre las banquinas,

hasta aceptar que es esta su condición en el globo

“Patas Arriba”[1].


Más temprano que tarde, los ojos de los tenues

mirarán a través de enmarcadas imágenes de momentos felices

que les proporcionen seguridad

y sus vidas serán sólidas paredes que ayuden a ocultar

las debilidades que esconden en sus fueros más íntimos.


Y los otros, “locos”, “borrachos” y “enfermos”,

ya desembarazados de las artes del disimulo,

sentirán correr por su piel desnuda,

la experiencia plena y ardiente de los días.







[1] Eduardo Galeano

Furia

-pintura al óleo de Fabio Lafroce-





Contenida en la rutina/
De lunes a lunes venden furia por las calles/

sin envoltorio ni etiqueta/
sólo te grita ¡ahhhh, aquí estoy!/
y lanza una carcajada/
y se cuela entre tu ropa/
entre los orificios de tu crédula camisa desprendida


Maldita seas furia, te maldigo hasta mi muerte/
dilapido tus brotes perniciosos/ inoportunos/
flechas hirientes apuntando a los terceros, cuartos, quintos.

Eres plaga que se ofrece/
se regala/ se hereda y contagia.

Te veo cómodamente recostada en la cara de mis amigos y no puedo menos que absorberte/

Perversa, me siento a tu lado/
y jodida hasta nuevos cielos/
todos somos jodidos y lo estamos con vos.

¡Lejos, lejos!
Espera a que algún aviso se digne a llamarte/
perra incorpórea/
sí, incorpórea/
carente de formas/
te apoderas de un puñado de cuerpos vulnerables/
Tan miserable/
tan amiga de las futuras arrugas de mi frente/

Luego/ cuando te vuelves liviana


y liviana te escondes/
el cuerpo saborea el alivio de creerte lejos/
entregándose al estado letárgico que reina en toda ausencia




espiral






Niña ¿podrás barrer toda esta mugre que existe antes que vos?
¿Podrás crearte un espacio de paz entre tanto caos encapsulado?
3 meses,
Familia vieja
Oxidada
Cansada
Aunque te quieran
Llegarás a odiar a toda la mierda que te vio nacer.

Los golpes errados lloran contra las paredes que te envuelven
Te arropa una manta tejida en el miedo

El primer mes dijeron “no ve”
Se olvidaron de los sentidos restantes
No han de tener cuidado por ellos
Quienes confían en la vista

Mañana se preguntarán por qué no dormís
Por qué corrés a refugiarte en la plaza
en pijama, con un lápiz y un papel.

-Rompecabezas-

Y todo será historia contada
Vieja
Oxidada
Cansada
Pero andante.

La crueldad del sistema

El hombre tiene un trabajo mediocre que no le llega a los tobillos. 
El hombre brilla, persevera, pierde, gana y continúa jugando.
Brilla entre la ausencia, en la música, su catarsis absoluta.
Se desprende de un traje que no eligió para vestirse de sí mismo sobre cualquier escenario.
Más tarde o más temprano, frente a un espejo advierte el cínico reflejo del sistema que no admite la pasión en los actos, 
que obliga a perseguir la subsistencia, sublimando –uno a uno- los deseos.

El hombre enarbola su bandera en la tormenta. 
Y así persiste, del mediocre trabajo a su catarsis absoluta, 
rezándole a la oportunidad que lo arranque de esa inmunda necesidad.

domingo, 21 de septiembre de 2008


La guardia de un hospital público en historias mínimas
-o viceversa-



-Si no es un caso extremo acá no te van a atender. Imaginate que a mi hija me la querían mandar a mi casa así como estaba.
La mujer de tez morena y demasiado delgada para sus cuarenta y tantos, le hablaba al chico que tenía al lado en aquel estrecho pasillo que hacía de sala de espera. Hacía una hora estaba a punto de cenar con sus amigas, cuando un llamado telefónico le avisó que su hija había tomado un frasco de Rivotril.
-Se dieron cuenta de cómo estaba y la dejaron internada, después de hacerle un lavaje de estómago. –La mujer escondía su rostro mirando al suelo; tenía unas gruesas ojeras y la piel curtida.


Una pequeña pantalla calentaba el reducto de 5 x 5 en donde funciona la guardia nocturna del hospital San Juan de Dios, ubicado en 27 y 70. Sus paredes descascaradas y faltas de revoque tenían varios agujeros por donde se filtraba el aire helado de fines de invierno. Los asientos, improvisados con largas planchas de madera atornilladas a la pared, obligaban a los pacientes a sentarse uno al lado del otro, y lo más pegadas que fuera posible. De vez en cuando, y hasta parecían turnarse, uno se levantaba a entornar la puerta, que inmediatamente volvía abrirse porque tenía la cerradura falseada, y era imposible cerrarla de una vez.
El ácido olor a desinfectante inundaba el ambiente y penetraba profundamente en las fosas nasales; malestar que había llevado a los allí presentes a deliberar qué era peor, si soportar el frío o aquel agente nauseabundo. Pero la helada era tal que la mayoría coincidió en que era mejor aguantarse, ya que al fin y al cabo el sentido del olfato era el primero en saturarse, y al cabo de un tiempo aquella extraña mezcla química dejaría de afectarles tanto.

-Negra, ¿querés que te traiga algo? Vamos a buscar el mate porque parece que nuestro amigo tiene para rato ahí adentro.

En la pequeña sala se había formado como una especie de hermandad entre los que estaban de este lado, a la espera. El chico que le había ofrecido comprarle unas galletitas a la mujer era alto, llevaba una barba de días y un terrible aliento a cerveza. La borrachera se le evaporó ni bien había visto a su amigo caer de la moto que manejaba, quien ahora se encontraba bajo el efecto de los calmantes.


-Le dije que no porque ahora está viniendo mi tía para acá; le pedí que me traiga café, mucho café.
Mientras hablaba mirando la pared que tenía enfrente, se refregaba la cara con ambas manos y luego caminaba con pasos rápidos de un extremo al otro del pasillo, repitiendo estas acciones de forma casi cíclica.

Para ser atendido hay que tocar el timbre de una puerta de chapa despintada, detrás de la que funciona el consultorio. Pueden pasar entre cinco y diez minutos hasta que el personal atienda al llamado y le informe al paciente cuánto debe aguardar para ser atendido.
Una joven enfermera que acaba de llegar da muestras de conocer las mañas de aquella entrada derruida y logra pasar al otro lado, luego de forcejear con el picaporte.
La prioridad por orden de llegada es respetada en tanto y en cuento no aparezca una persona con un estado más grave del que está esperando.

-Un hombre todo adolorido estuvo esperando como una hora hasta que lo llamaron- Las palabras de la mujer resonaban en aquel ambiente pequeño y silencioso, y probablemente no debiera tomar conciencia de eso, ya que una enfermera había comentado que se encontraba en estado de shock.
-Me tengo que conformar con quedarme de este lado, porque adentro está el novio, y bueno, él es más importante.
-Bueno, pero lo importante es que ahora está bien, ¿no?-
El joven de barba respondía a todos los comentarios de la mujer, quien tenía siempre la vista perdida en cualquier lugar que no fuera el rostro de otro.
La madre contó que su hija estaba con tratamiento psiquiátrico porque sufría desórdenes mentales y que hace poco tiempo había decidido dejar los antidepresivos sin autorización médica.


Prospecto sobre lo que es y no urgencia
A la una de la mañana una joven delgada, vestido con jean ajustados y campera de cuero ingresó a la sala y tocó el timbre
-Hola, venía por una infección urinaria.
-¿Tenés fiebre?
-No, no. Quería que me receten un remedio para empezar a tomar antes de que me agarre, porque yo tengo esto casi crónico y siempre me pasa igual, primero me empieza a doler.
La doctora escuchaba a la chica con gesto serio mientras apoyaba su cuerpo en la puerta entreabierta. Era petisa y robusta, y sobre el ceño fruncido le caían unos negros mechones ensortijados.
-Mirá esto es un hospital público y precisamente donde estás es la guardia. A la guardia se viene por una urgencia y cuando digo urgencia, me refiero a un paro cardíaco o un accidente, no a una infección que vos creés que se te está despertando. Acá el laboratorio está al servicio de ese tipo de cosas, no para hacerte un cultivo, para eso vení a un clínico en otro momento o andá a una clínica privada.
La chica casi aterrada escuchaba las palabras de la doctora que, además de hablar con la boca lo hacía con las manos.
-Bueno, discúlpame por hacerte perder el tiempo
-Está bien.

Cuando la puerta se cerró la joven se dio vuelta y miró a quienes estaban sentados. Nadie habló durante la fugaz discusión, pero se habían mantenido atentos.
-Nena, andate a una farmacia de turno y pedile el remedio.
La chica miró con gesto algo desorientado a la mujer de tez morena. -Necesito una receta para que me lo den.
-¡Pero no! Vos andá firme, sin titubear y decile “dame una tableta de Norfloxacina”. No le des ninguna explicación ni le digas nada, vos andá y pedilo así. Tenés una de turno acá a dos cuadras, en 27 y 68 creo.
A los cinco minutos la joven había desaparecido de la sala; los chicos que esperaban a su amigo cebaban mate siguiendo la ronda de todos los que habían aceptado y devoraban biscochos salados.

La desesperación
Un hombre robusto de pelo largo y canoso abrió la puerta con violencia, despabilando a la mujer morena que estaba a punto de dormirse. Llevaba una gorra desteñida con visera y un equipo de gimnasia bastante caminado. Tocó el timbre con igual impaciencia y la golpeó varias veces, quería saber cómo estaba su hija y urgente.
-Hola señor, estamos revisándola.
-¿Cómo está? No se qué pasó, le apareció esa bola en la muñeca de abajo de la piel y no la tenía antes.
-En un rato le vamos a poder dar más información, ahora la está viendo el médico. Necesito que me de los datos de la nena, se puede acercar acá
. –La mujer le indicó que fuera hacia uno de los extremos del pasillo, en donde debajo de una tarima de madera estaba el cuaderno en donde asentaban los casos que llegaban a la guardia.
-¿Cómo se llama?
-Carolina, Carolina López.
-¿Fecha de nacimiento?
-24… 24 de…
-El hombre tenía un codo apoyado en el mostrador y se refregaba la frente con una de las manos, como si aquel ejercicio le ayudara a recobrar la memoria con mayor rapidez. Tenía los párpados caídos y un claro gesto de congoja en el rostro-. 24 de enero
-¿Y el año?
-Eh… y tiene 17
-¿No me había dicho que tenía 16?
-Ah, si, si 16.
-Bueno entonces tiene que ser del ’92, ¿cierto?-
Asintió dando un pequeño movimiento con la cabeza, que escondía entre sus brazos apoyados en aquel lugar. Los demás pacientes estaban expectantes, los amigos habían interrumpido la ronda de mate y se habían mirado absortos, quizá por escuchar que el hombre no recordaba el cumpleaños de la hija.
-No tiene documentos la chica, ¿cierto?
-No, no tiene.
-¿Me puede dejar un teléfono para ubicarlo?
-El de mi vecino, en mi casa no hay
- Sacó apresurada y torpemente un papel arrugado de uno de los bolsillos de su campera y le dictó el número a la enfermera.
-¿La puedo ver ahora?- Tiempo antes la mujer le había dicho que debía esperar hasta que terminaran de revisarla, pero esta vez entendió que la pregunta era por pura cordialidad, ya que de seguro haría cualquier cosa por entrar, estaba desesperado y empeoraría su estado si no podía cumplir con su deseo.
-Bueno, está bien, pase cinco minutos- El hombre suspiró algo más aliviado y entró rápidamente, olvidando cerrar la puerta.


El desamparo total
-Todavía estoy mareado y me duelen los huesos y la cabeza, ¡ayy!- El anciano se agarraba la cabeza, cuando se le iba bruscamente contra la pared que estaba detrás suyo. Tenía alrededor de 70 años y una borrachera de vino tinto que se advertía a una cuadra. Había salido hacía poco más de cinco minutos del consultorio y los dolores no se le calmaban.
Una gorra de lana le cubría la cabeza calva, su ropa estaba sucia y las alpargatas agujereadas. No tenía a donde ir y había pedido pasar la noche en aquel cuarto con calefacción. En un momento sus quejidos cesaron, apoyó nuevamente la cabeza contra la pared y cerró los ojos; estaba conteniendo el llanto.
-Déjenme acá, déjenme acá- Acomodó en el suelo las bolsas que tenía colgadas en ambos brazos y se recostó sobre ellas; antes de dormirse por completo tarareó una canción con aires de tango. El aspecto de sus manos daban la sensación de que no era un hombre de la calle desde hacía muchos años, ya que parecían suaves y no tenía la piel curtida; pero ahora estaba ahí, acostado en las frías baldosas de la precaria sala de espera, que de seguro conformaban el mejor lugar en donde podría pasar aquella noche helada.


Todos habían prestado atención al anciano en un momento, pero desde que cerró los ojos, las miradas pasaron a ser esporádicas y fugaces. Estaba naturalizado que allí asistieran muchos hombres y mujeres de la calle a pasar la noche, al igual que las decenas recostados en los bancos de las plazas, tapados apenas con alguna ropa o papeles de diario.
Casi por falta de alternativas se naturalizaron también las grietas en los vidrios de las ventanas de la guardia, los agujeros en las paredes, la puerta incerrable, al igual que las grandes cantidades de gente que uno o dos médicos de guardia debía contener diariamente en una misma sala.

La pequeña guardia del San Juan de Dios es un ejemplo concreto del caótico estado de cosas en materia de salud pública. Hace dos años, concretamente el 15 de septiembre del 2005, se decretó un paro nacional al que adhirieron todas las instituciones sanitarias del país en reclamo de mayor presupuesto para la salud pública y la seguridad social y un aumento salarial estable para todos los trabajadores de la rama. Hoy los residentes de la provincia cobran un sueldo de 780 pesos y según una investigación realizada por la UBA, faltan 90 mil enfermeros[1].

En aquel paro nacional del 2005, el presidente de la Confederación General de Profesionales Raúl Magariños expresó: “Estamos exigiendo que se tome una decisión política porque el sector está en una crisis terminal, como venimos diciendo en los últimos tiempos. No se puede esperar más. La solución se necesita hoy”[2]. Pasaron tres años de este acontecimiento y para conocer la respuesta basta acercarse a cualquier sala de guardia pública.

-Mi hija está internada en una camilla, porque no hay camas. –La mujer morena hacía esfuerzos por mantenerse despierta. Cuando los pómulos le empezaron a temblar, mordió su labio superior y desvió aquella húmeda mirada hacia la ventana; su tía tendría que llegar en cualquier momento con el café.




[1] 27 de julio de 2008, diario perfil

[2] www.medicos-municipales.org.ar

domingo, 7 de septiembre de 2008


“Lo que todos han de llamar locura no es más que la aguda sensibilidad de los sentidos” Poe


¿En qué piensan?
¿Qué es lo que hacen?
¿Por qué se los encierra?
Asilo es sinónimo de cárcel.
El refugio no existe.

Cuerpos descarnados por el frío
y en el alma, el ardor, vacío
que se va llenando de más vacío

Porque el fruto del encierro
es la locura...

La tortura moral que sufren
es la enfermedad, por su supremacía, mortal.

La insalubridad de esos inmundos cuartos de hospital
es mayor a la suya mental...

Y en silencio, lloran.
oasis internos de llanto, que nadie advierte,
se acumulan y ahogan.

El parque inmenso que los rodea
es un barrote de hierro

No hay reclusión y tortura más acabada
que la provocada por el abandono.

martes, 26 de agosto de 2008

El maldito y codiciado bien de la era



El mercado nos ofrece prácticos electrodomésticos, para que las tareas del hogar nos cuesten menos, comida precocida para que no perdamos tiempo en preparar nuestros alimentos, autos para llegar rápido a destino, Internet para simplificarnos la labor de buscar información, Televisión interactiva para no tener que salir de nuestras casas a buscar “diversión” y celulares, para comunicarnos sin vernos.

¿Qué están logrando?
Ahorrarnos parte de nuestro valioso tiempo

¿Para quién es valioso?
Para quienes le conviene que lo sea

¿A quiénes les conviene?
A aquellos que tienen los medios para explotar nuestras capacidades y traducirlas en dinero.

¿Qué nos ofrecen?
Ahorro de tiempo

¿Con qué fin?
Para que seamos más productivos en sus empresas, en sus fábricas, en sus campos, en sus mercados y talleres, y depositemos ese tiempo ahorrado con recelo en sus bolsillos.
Entonces,
tenemos microondas para comer más rápido, celulares para comunicarnos más rápido, televisión para distraernos y aburrirnos más rápido, autos para llegar más rápido, complejos vitamínicos para reponernos más rápido, Internet para hallar más rápido.

¡Ya! De inmediato. Un segundo, pasa, está pasando en este momento,
y finalmente pasó, se fue, ahora es pasado.

No comemos, tragamos.
No miramos, hacemos zapping.
No nos encontramos, nuestros mensajes se cruzan por los satélites y los cables.

El tiempo, el tiempo, ese bendito tiempo que nos chupan y nos dejamos chupar.

Ahora bien, ¿qué nos venderán cuando ya no existan medios para ahorrarnos tiempo?...
...
...
...
¡Eureka!
Tiempo es lo que nos venderán.
Tiempo en porciones, en frascos,
en litros, en grados,
oor metro y para los poco pudientes de a centímetros.

Nos venderán tiempo, eso es lo que harán.

Habrá Time’s shops
Gente sin ocupación, fuera del sistema –de estos habrá siempre, ya que aunque no parezca son funcionales. El pobre le sirve al rico, para que éste pueda sentirse aún más salvado.
Hambre ofrecida en las vidrieras de las tiendas para cumplir con las tareas que nos sobrepasen en días de trabajo extenuante.
Siempre existe el perverso que ponga en práctica lo que en noches de delirio se le ocurre a algún otro. De esta manera el mercado no tendrá porque sacar de circulación los televisores, los celulares, los microondas, los autos ni las computadoras; ya que al tiempo que obligue a los que están dentro del sistema a empeñar todo su tiempo en beneficios para terceros, existirán los otros que se regalen por monedas en las vidrieras de los Time’s shops.
Esclavos del tiempo y el dinero.

¿El motivo?: la necesidad.

¿Seré terca o alguna vez esto último será cierto?

¿Y terrible?
Y terrible...

lunes, 25 de agosto de 2008

La línea que Roca nos legó -crónica de viaje-


La línea que recorre el tramo Buenos Aires- La Plata, fue creada en el año ’46 y lleva el nombre de Julio Argentino Roca desde hace seis décadas. En la página oficial del transporte se exaltan tanto las mejoras realizadas en los vagones como la figura del ex presidente. No aparece un argumento que explique el por qué de la elección del nombre, pero si se recuerda el estado en que estaban los sectores proletarios de la sociedad durante su gobierno, puede deducirse que el bautismo de la línea fue acertado, ya que dentro del tren se vive de forma casi idéntica que en los tiempos de los conventillos de la generación del ’80.

-Hola, un boleto a Constitución
Luego del pedido, el comprador recibió como saludo el ruido de las monedas del vuelto resonando contra la parte metálica ubicada debajo de la ventanilla. Para llegar hasta allí tuvo que atravesar al amontonamiento de gente apurada por no perder el viaje de las 17:14.
Pasado el primer trámite para ingresar al tren, un guardia enfundado en un traje azul agujereaba los boletos de los futuros viajeros. Para algunos distraídos o desconocedores de la rutina esto representó una complicación, como le sucedió a una joven que en el tramo que separaba la boletería del pedido de los boletos arrojó el suyo, teniendo que volver sobre sus pasos en busca del bollo de papel para poder tomar el tren.
Una chica delgada y de anteojos paseaba con su mascota por el andén en busca de un vagón al que subirse cuando un policía la detuvo.
-Con perro no se puede subir
-¿Cómo que no? Si viajo siempre con él
-Bueno, pero no se puede señorita. ¿No vio los carteles que dicen prohibido ascender con animales?
-Pero voy acá cerca, a Ringuelet. ¿Qué hago? No lo puedo dejar acá
-No sé, no sé, pero ya le dije con animales no.
La conversación se detuvo durante unos instantes, en los que la joven miraba a su perro que llevaba con una correa y volvía la vista hacia el uniformado.
-Ja, ja, ja. Si nena subí, era una broma.
En un intento de buscar un par de ojos cómplices, se dirigió hacia un grupo de jóvenes que observaban la situación y les sonrío.
-Con algo hay que entretenerse, sino uno se muere de aburrimiento acá. –La aclaración estuvo lejos de ser necesaria. El hombre se metió las manos en los bolsillos y viendo que nadie le contestó, continuó hablando con sus compañeros sobre lo lenta que pasaba la hora en aquella situación y su antojo de facturas. El tren había comenzado su marcha y la chica estaba ya dentro con su pequinés, cuando el policía encendió un cigarrillo y se recostó contra la pared viéndolo partir.

Los vagones blancos que salieron esa tarde eran nuevos, la mayoría de los asientos de plástico grises aún tenían su almohadilla adherida y las ventanas estaban reforzadas con unas rejas delgadas, para evitar que los vidrios se rompieran a causa de los apedreos que solían ocurrir durante el viaje. Las trabas de varias ventanillas ya se habían roto, por lo que a medida que el tren fue adquiriendo rapidez, comenzó a hacer más frío y varios pasajeros decidieron ponerse las camperas que llevaban colgadas.
Las primeras dos estaciones, Tolosa y Ringuelet, pasaron con cierta agilidad, pero a partir del camino hacia Gonnet éste bajo la marcha debido al mal estado de los vías, sumado al conocido riesgo de vuelco que podría producirse si se fuera a más velocidad. Dos jóvenes de alrededor de 20 años charlaban sobre la necesidad de que se efectuara por esa zona un nuevo relleno de tierra a la vera de los rieles y que esa tarea de mantenimiento ayudaría mucho a mejorar la situación.

-Son unos ladrones. ¿A dónde van los subsidios? Acá todos los sueldos los cubren con la plata de los pasajes, a mí que no me vengan a decir otra cosa. Lo que llega se lo chupan, si es que llega.
El hombre no podía esconder su claro gesto de indignación mientras le comentaba a su compañera de viaje cuál era la explicación al deplorable estado del servicio.
-Hace unos años llegábamos a casa en 7 minutos, ¿te acordás? Ahora tardamos más de 15 por cómo está el camino.
El “y bueno” de la mujer quedó resonando en el vagón por largo rato, hasta que alguien volvió a levantar la voz.
-Buenas tardes queridos pasajeros, disculpen la molestia. Vengo a ofrecerle estos maravillosos cuchillos de la conocida marca alemana Solinger.
El hombre comenzó a sacar de su bolso unos utensillos de 20 centímetros de largo y los exhibía, mientras describía las bondades del elemento.
-Son de acero inoxidable, con una larga vida útil y hoy pueden llevárselos por sólo 5 pesos.
Su figura vestida de jean desapareció rápidamente del vagón sin vender un cuchillo y comenzó a escucharse en la cabina siguiente, cuando ingresó un chico de unos 25 años vendiendo cd’s grabados. Sin emitir palabra, fue depositando en las faldas de los pasajeros discos de Enrique Iglesias y Néstor en Bloque. Llevaba una gorra negra, equipo de gimnasia y la cabeza gacha; ni siquiera por un momento levantó la vista y siguió su recorrido.
Los silencios se extendían hasta que llegaba un nuevo vendedor, haciendo que algunos volvieran la vista hacia él, dejando atrás la clásica y nostálgica postal de varios cuerpos recostados sobre la ventanilla mirando el paisaje.
El tren se bamboleaba de un lado a otro cuando subía la velocidad, obligando a los presentes a ejercer un tímido movimiento de caderas de izquierda a derecha. Uno de ellos estaba absorto en la lectura del diario El Plata, y el llamativo meneo de su cuerpo, no parecía distraerlo de la sección policiales.
Al lado de la estación de Villa Elisa había varios puestos pintorescos, eran casillas pintadas de colores pastel, en donde funcionaban una agencia de remises, una de lotería y un kiosco con forma y techo de calesita.
Cada etapa del viaje parecía estar marcado por un rubro específico de productos y a partir de este tramo se inició un desfile de vendedores de alimentos diversos.
-Pan casero, trenza dulce, todos ricos para la tarde a sólo 2 pesos. –Mientras el joven de sonrisa amplia hablaba vio a un grupo que estaba preparando el mate y se les acercó.
-Yo acompañaría eso con una bolsa de bizcochitos. ¡Miren que pinta! –Por hambre o la simpatía del vendedor, los chicos terminaron comprando un paquete.
A pesar de las vueltas que el joven debería estar dando para poder vender lo que llevaba en su canasta, no había dejado de sonreír mientras hablaba, pese a que atendiendo a sus ojeras, se notaba un dejo de cansancio acumulado.
Cuando éste terminó de pasar por los asientos, apareció detrás suya una mujer de ojos pequeños y tez morena que repartía aros y prendedores al precio de $1, 50. Llevaba en el rostro un gesto de entre tristeza y agotamiento. Cuando se acercaba a dejar su producto en las manos de los pasajeros, miraba tímidamente sin pronunciar palabra. “Gracias” fue lo único que se le escuchó, después de que un hombre le comprara un prendedor. En ese momento, el chico de los discos volvió a dar una vuelta a ver si algún viajero se decidía a comprarle alguno. El tren estaba llegando a Hudson y él había aparecido a la altura de City Bell, eran alrededor de las seis de la tarde y todavía le quedaba por recorrer una larga hilera de vagones.
Algunos vendedores deambulaban con gesto alegre, apelando a la ayuda de sus monólogos para obtener una venta mayor entre un grupo de gente que apenas lo miraba; otros por el contrario arrastraban sus pesados bolsos con un claro gesto de abstracción, comunicándose apenas con los presentes mediante una mirada fugaz o un pequeño roce cuando les depositaban en la falda los productos que ofrecían.
La abismal diferencia entre unos y otros actores dentro del vagón podía llegar a impactar en aquellos que no utilizaran frecuentemente el servicio, pero con el pasar de las estaciones la imagen se volvía algo cotidiano y muchos dejaban de observar. Mientras unos viajaban hacia sus trabajos, para otros el mismo tramo en tren representaba su única oportunidad para ganarse la vida.

En Hudson subieron muchas más personas que en las estaciones anteriores, por lo que los vagones comenzaron a llenarse un poco de más de vida. Atento a esto un hombre de unos 50 años subió con sus cajas de garrapiñadas y recorrió el vagón a paso lento, deteniéndose en los asientos en donde había niños con sus madres. Si bien era de pocas palabras, miraba fijo a los ojos a cada pasajero al que se le acercaba y les extendía un paquete.
-Garrapiñadas a $1, garrapiñadas a $1.
El grito inaugural de la etapa de las golosinas fue alejándose, abriendo paso a los chocolateros.
Cinco cuadras después de la estación Plátanos, el tren cruzó una laguna con agua podrida, que acumulaba a sus costados una cantidad inmensa de basura. Una nena que subió acompañada de su madre entró con gesto de asco, abanicándose la nariz para alejar el olor nauseabundo, pero era en vano, éste había penetrado en el trasporte y tardaría varios minutos en disiparse.
Llegando a Espeleta un hombre de piel curtida y muchas arrugas subió ofreciendo chocolates con maní.
-Chocolateconlecheymaníochentagramosdepurochocolateasólodospesos.
Sin pausa para el respiro, el vendedor continuó pronunciando la oración, hasta que se detuvo a vender unos cuantos en las últimas filas del vagón.
-Chocolate Chonic, dos por $2, aprovechen la oferta, dos por $2. –el joven de rulos y voz grave había aparecido con una oferta mayor, para disgusto de quienes habían comprado su golosina hacía unos instantes. Detrás de él aguardaba un tercero que terminó entrando al grito de “Tres chocolates Arcor por $2”, escoltado por un cuarto que prometía ocho barras por el mismo precio que los anteriores.
La coordinación era perfecta ya que después de una ronda de alimentos, ingresaban vendedores de estampitas, colgantes y lapiceras con linterna incorporada, aprovechando que los pasajeros tenían las bocas llenas y seguramente no comprarían otro producto comestible. Media hora después de la venta de chocolates, volvían al ruedo, las trenzas dulces, las impresionantes ofertas de cuatro alfajores triples por $2 y las garrapiñadas, en busca de los indecisos que no se habían animado a comprar en la primera vuelta.
-Con todo el respeto que ustedes se merecen vengo a mostrarles un producto maravilloso que no puede faltar en la cartera de la dama o el bolsillo del caballero.–Apelando al cliché de la venta ambulante, el hombre sacó de su bolso una docena de lapiceras y las exhibió.
-Los bolígrafos “Brilliante”, no sólo cumplen la función principal de uno común, sino que también, como ustedes pueden ver, apretando un botón que tiene cerca de la punta, proyecta en la pared el escudo de un equipo de fútbol. Además tienen un trazo muy bueno, así que son ideales para regalar.
El hombre de saco gris y pañuelo azul que estaba leyendo desde hacía un largo rato la sección policiales, levantó la vista por primera vez y le hizo un ademán con la mano al simpático vendedor.
- Buenas tardes señor ¿Qué escudo quiere?
-Cualquiera, a ver dame la azul
-Esta proyecta el escudo de river ¿está bien?- Ni siquiera por cortesía el hombre miró cuando el joven le mostraba la imagen, y se entretuvo en cambio buscando un billete de dos pesos para pagarle y seguir con su lectura.
La noticia sobre el hallazgo de los cuerpos de los empresarios asesinados le interesaba demasiado como para distraerse apenas por un minuto. Ni bien tuvo la lapicera entre sus manos, remarcó varias líneas del cuerpo de la nota y pasó a otra hoja.
Durante el trascurso del viaje sólo pasaron cuatro trenes por los rieles paralelos. Uno de ellos apareció a la altura de Villa Dominico, en una zona bastante despoblada que contaba con una inmensa cancha de fútbol y varias de tenis. En ese momento una joven de pelo ensortijado y ojos delineados con un grueso trazo azul entró silenciosa vendiendo tarjetas de Meta Guacha y Leo Mattioli, y mientras las repartía, el tren pasaba al costado del parque “Los derechos del trabajador”.
A la altura de Avellaneda, pasando por la cancha de independiente, el hombre de traje gris levantó la vista, oprimió el botón de la lapicera, vio el escudo de river y volvió a zambullirse en las hojas de diario. La sección escogida en ese momento era “Viva la pesca”, parte a la que le prestó la misma atención que a la del hallazgo de los cuerpos.
Mientras éste se encontraba sumido en la lectura, el tren había atravesado una infinidad de paisajes disímiles entre los que figuraban desde extensas zonas desiertas, hasta otras con gran movimiento, tales como Wilde, Avellaneda y Berazategui. Después de tanto lote baldío y tierra sembrada, cada estación significada un espacio de recreación, para aquellos que no habían llevado otro entretenimiento más que los objetos que tenían en su bolso o cartera.
Comenzó a anochecer cuando el tren estaba llegando a Constitución, una seguidilla de fábricas habían sido la antesala a la estación de trenes. Una vez dentro de ésta comenzaron a divisarse una gran cantidad de cuerpos que se acercaban a la plataforma de salida.
En una esquina cerca de un puesto de hamburguesas, una mujer sostenía a una niña en brazos, mirando de un lado a otro, mientras apretaba su bolso con fuerza.
Si bien el lugar estaba iluminado y lleno de gente, no dejaba de ser desolador. El largo camino hasta la entrada, los techos de chapa altísimos, las estructuras de hierro oxidado que se extendían en diferentes partes del camino de cemento al lado de las vías y la desesperación de la gente que corría sin prestar atención a otra cosa que no fuera llegar hasta los vagones, representaban un clima frío y hostil.
-Acordate que cuando volvamos no nos va a tocar uno como este, vamos a viajar en esas porquerías todas sucias y rotas que siguen teniendo en funcionamiento.
Las palabras provenían de una de las últimas filas del vagón. Era un hombre robusto de unos 40 años que llevaba camisa a cuadros y un pantalón de jean. Si bien le hablaba a una persona en particular mientras se levantaba para bajar, su tono de voz alto hizo que todos escucharan lo que decía. Sabía que estaba en lo cierto y que ese tren no sería el que lo llevara de vuelta si salía en el último viaje de las 23:50, ya que con la noche la ilusión de los vagones nuevos se esfumaba y volvían a aparecer los viejos transportes despintados, sólo que no todos lo sabían.