lunes, 25 de agosto de 2008

La línea que Roca nos legó -crónica de viaje-


La línea que recorre el tramo Buenos Aires- La Plata, fue creada en el año ’46 y lleva el nombre de Julio Argentino Roca desde hace seis décadas. En la página oficial del transporte se exaltan tanto las mejoras realizadas en los vagones como la figura del ex presidente. No aparece un argumento que explique el por qué de la elección del nombre, pero si se recuerda el estado en que estaban los sectores proletarios de la sociedad durante su gobierno, puede deducirse que el bautismo de la línea fue acertado, ya que dentro del tren se vive de forma casi idéntica que en los tiempos de los conventillos de la generación del ’80.

-Hola, un boleto a Constitución
Luego del pedido, el comprador recibió como saludo el ruido de las monedas del vuelto resonando contra la parte metálica ubicada debajo de la ventanilla. Para llegar hasta allí tuvo que atravesar al amontonamiento de gente apurada por no perder el viaje de las 17:14.
Pasado el primer trámite para ingresar al tren, un guardia enfundado en un traje azul agujereaba los boletos de los futuros viajeros. Para algunos distraídos o desconocedores de la rutina esto representó una complicación, como le sucedió a una joven que en el tramo que separaba la boletería del pedido de los boletos arrojó el suyo, teniendo que volver sobre sus pasos en busca del bollo de papel para poder tomar el tren.
Una chica delgada y de anteojos paseaba con su mascota por el andén en busca de un vagón al que subirse cuando un policía la detuvo.
-Con perro no se puede subir
-¿Cómo que no? Si viajo siempre con él
-Bueno, pero no se puede señorita. ¿No vio los carteles que dicen prohibido ascender con animales?
-Pero voy acá cerca, a Ringuelet. ¿Qué hago? No lo puedo dejar acá
-No sé, no sé, pero ya le dije con animales no.
La conversación se detuvo durante unos instantes, en los que la joven miraba a su perro que llevaba con una correa y volvía la vista hacia el uniformado.
-Ja, ja, ja. Si nena subí, era una broma.
En un intento de buscar un par de ojos cómplices, se dirigió hacia un grupo de jóvenes que observaban la situación y les sonrío.
-Con algo hay que entretenerse, sino uno se muere de aburrimiento acá. –La aclaración estuvo lejos de ser necesaria. El hombre se metió las manos en los bolsillos y viendo que nadie le contestó, continuó hablando con sus compañeros sobre lo lenta que pasaba la hora en aquella situación y su antojo de facturas. El tren había comenzado su marcha y la chica estaba ya dentro con su pequinés, cuando el policía encendió un cigarrillo y se recostó contra la pared viéndolo partir.

Los vagones blancos que salieron esa tarde eran nuevos, la mayoría de los asientos de plástico grises aún tenían su almohadilla adherida y las ventanas estaban reforzadas con unas rejas delgadas, para evitar que los vidrios se rompieran a causa de los apedreos que solían ocurrir durante el viaje. Las trabas de varias ventanillas ya se habían roto, por lo que a medida que el tren fue adquiriendo rapidez, comenzó a hacer más frío y varios pasajeros decidieron ponerse las camperas que llevaban colgadas.
Las primeras dos estaciones, Tolosa y Ringuelet, pasaron con cierta agilidad, pero a partir del camino hacia Gonnet éste bajo la marcha debido al mal estado de los vías, sumado al conocido riesgo de vuelco que podría producirse si se fuera a más velocidad. Dos jóvenes de alrededor de 20 años charlaban sobre la necesidad de que se efectuara por esa zona un nuevo relleno de tierra a la vera de los rieles y que esa tarea de mantenimiento ayudaría mucho a mejorar la situación.

-Son unos ladrones. ¿A dónde van los subsidios? Acá todos los sueldos los cubren con la plata de los pasajes, a mí que no me vengan a decir otra cosa. Lo que llega se lo chupan, si es que llega.
El hombre no podía esconder su claro gesto de indignación mientras le comentaba a su compañera de viaje cuál era la explicación al deplorable estado del servicio.
-Hace unos años llegábamos a casa en 7 minutos, ¿te acordás? Ahora tardamos más de 15 por cómo está el camino.
El “y bueno” de la mujer quedó resonando en el vagón por largo rato, hasta que alguien volvió a levantar la voz.
-Buenas tardes queridos pasajeros, disculpen la molestia. Vengo a ofrecerle estos maravillosos cuchillos de la conocida marca alemana Solinger.
El hombre comenzó a sacar de su bolso unos utensillos de 20 centímetros de largo y los exhibía, mientras describía las bondades del elemento.
-Son de acero inoxidable, con una larga vida útil y hoy pueden llevárselos por sólo 5 pesos.
Su figura vestida de jean desapareció rápidamente del vagón sin vender un cuchillo y comenzó a escucharse en la cabina siguiente, cuando ingresó un chico de unos 25 años vendiendo cd’s grabados. Sin emitir palabra, fue depositando en las faldas de los pasajeros discos de Enrique Iglesias y Néstor en Bloque. Llevaba una gorra negra, equipo de gimnasia y la cabeza gacha; ni siquiera por un momento levantó la vista y siguió su recorrido.
Los silencios se extendían hasta que llegaba un nuevo vendedor, haciendo que algunos volvieran la vista hacia él, dejando atrás la clásica y nostálgica postal de varios cuerpos recostados sobre la ventanilla mirando el paisaje.
El tren se bamboleaba de un lado a otro cuando subía la velocidad, obligando a los presentes a ejercer un tímido movimiento de caderas de izquierda a derecha. Uno de ellos estaba absorto en la lectura del diario El Plata, y el llamativo meneo de su cuerpo, no parecía distraerlo de la sección policiales.
Al lado de la estación de Villa Elisa había varios puestos pintorescos, eran casillas pintadas de colores pastel, en donde funcionaban una agencia de remises, una de lotería y un kiosco con forma y techo de calesita.
Cada etapa del viaje parecía estar marcado por un rubro específico de productos y a partir de este tramo se inició un desfile de vendedores de alimentos diversos.
-Pan casero, trenza dulce, todos ricos para la tarde a sólo 2 pesos. –Mientras el joven de sonrisa amplia hablaba vio a un grupo que estaba preparando el mate y se les acercó.
-Yo acompañaría eso con una bolsa de bizcochitos. ¡Miren que pinta! –Por hambre o la simpatía del vendedor, los chicos terminaron comprando un paquete.
A pesar de las vueltas que el joven debería estar dando para poder vender lo que llevaba en su canasta, no había dejado de sonreír mientras hablaba, pese a que atendiendo a sus ojeras, se notaba un dejo de cansancio acumulado.
Cuando éste terminó de pasar por los asientos, apareció detrás suya una mujer de ojos pequeños y tez morena que repartía aros y prendedores al precio de $1, 50. Llevaba en el rostro un gesto de entre tristeza y agotamiento. Cuando se acercaba a dejar su producto en las manos de los pasajeros, miraba tímidamente sin pronunciar palabra. “Gracias” fue lo único que se le escuchó, después de que un hombre le comprara un prendedor. En ese momento, el chico de los discos volvió a dar una vuelta a ver si algún viajero se decidía a comprarle alguno. El tren estaba llegando a Hudson y él había aparecido a la altura de City Bell, eran alrededor de las seis de la tarde y todavía le quedaba por recorrer una larga hilera de vagones.
Algunos vendedores deambulaban con gesto alegre, apelando a la ayuda de sus monólogos para obtener una venta mayor entre un grupo de gente que apenas lo miraba; otros por el contrario arrastraban sus pesados bolsos con un claro gesto de abstracción, comunicándose apenas con los presentes mediante una mirada fugaz o un pequeño roce cuando les depositaban en la falda los productos que ofrecían.
La abismal diferencia entre unos y otros actores dentro del vagón podía llegar a impactar en aquellos que no utilizaran frecuentemente el servicio, pero con el pasar de las estaciones la imagen se volvía algo cotidiano y muchos dejaban de observar. Mientras unos viajaban hacia sus trabajos, para otros el mismo tramo en tren representaba su única oportunidad para ganarse la vida.

En Hudson subieron muchas más personas que en las estaciones anteriores, por lo que los vagones comenzaron a llenarse un poco de más de vida. Atento a esto un hombre de unos 50 años subió con sus cajas de garrapiñadas y recorrió el vagón a paso lento, deteniéndose en los asientos en donde había niños con sus madres. Si bien era de pocas palabras, miraba fijo a los ojos a cada pasajero al que se le acercaba y les extendía un paquete.
-Garrapiñadas a $1, garrapiñadas a $1.
El grito inaugural de la etapa de las golosinas fue alejándose, abriendo paso a los chocolateros.
Cinco cuadras después de la estación Plátanos, el tren cruzó una laguna con agua podrida, que acumulaba a sus costados una cantidad inmensa de basura. Una nena que subió acompañada de su madre entró con gesto de asco, abanicándose la nariz para alejar el olor nauseabundo, pero era en vano, éste había penetrado en el trasporte y tardaría varios minutos en disiparse.
Llegando a Espeleta un hombre de piel curtida y muchas arrugas subió ofreciendo chocolates con maní.
-Chocolateconlecheymaníochentagramosdepurochocolateasólodospesos.
Sin pausa para el respiro, el vendedor continuó pronunciando la oración, hasta que se detuvo a vender unos cuantos en las últimas filas del vagón.
-Chocolate Chonic, dos por $2, aprovechen la oferta, dos por $2. –el joven de rulos y voz grave había aparecido con una oferta mayor, para disgusto de quienes habían comprado su golosina hacía unos instantes. Detrás de él aguardaba un tercero que terminó entrando al grito de “Tres chocolates Arcor por $2”, escoltado por un cuarto que prometía ocho barras por el mismo precio que los anteriores.
La coordinación era perfecta ya que después de una ronda de alimentos, ingresaban vendedores de estampitas, colgantes y lapiceras con linterna incorporada, aprovechando que los pasajeros tenían las bocas llenas y seguramente no comprarían otro producto comestible. Media hora después de la venta de chocolates, volvían al ruedo, las trenzas dulces, las impresionantes ofertas de cuatro alfajores triples por $2 y las garrapiñadas, en busca de los indecisos que no se habían animado a comprar en la primera vuelta.
-Con todo el respeto que ustedes se merecen vengo a mostrarles un producto maravilloso que no puede faltar en la cartera de la dama o el bolsillo del caballero.–Apelando al cliché de la venta ambulante, el hombre sacó de su bolso una docena de lapiceras y las exhibió.
-Los bolígrafos “Brilliante”, no sólo cumplen la función principal de uno común, sino que también, como ustedes pueden ver, apretando un botón que tiene cerca de la punta, proyecta en la pared el escudo de un equipo de fútbol. Además tienen un trazo muy bueno, así que son ideales para regalar.
El hombre de saco gris y pañuelo azul que estaba leyendo desde hacía un largo rato la sección policiales, levantó la vista por primera vez y le hizo un ademán con la mano al simpático vendedor.
- Buenas tardes señor ¿Qué escudo quiere?
-Cualquiera, a ver dame la azul
-Esta proyecta el escudo de river ¿está bien?- Ni siquiera por cortesía el hombre miró cuando el joven le mostraba la imagen, y se entretuvo en cambio buscando un billete de dos pesos para pagarle y seguir con su lectura.
La noticia sobre el hallazgo de los cuerpos de los empresarios asesinados le interesaba demasiado como para distraerse apenas por un minuto. Ni bien tuvo la lapicera entre sus manos, remarcó varias líneas del cuerpo de la nota y pasó a otra hoja.
Durante el trascurso del viaje sólo pasaron cuatro trenes por los rieles paralelos. Uno de ellos apareció a la altura de Villa Dominico, en una zona bastante despoblada que contaba con una inmensa cancha de fútbol y varias de tenis. En ese momento una joven de pelo ensortijado y ojos delineados con un grueso trazo azul entró silenciosa vendiendo tarjetas de Meta Guacha y Leo Mattioli, y mientras las repartía, el tren pasaba al costado del parque “Los derechos del trabajador”.
A la altura de Avellaneda, pasando por la cancha de independiente, el hombre de traje gris levantó la vista, oprimió el botón de la lapicera, vio el escudo de river y volvió a zambullirse en las hojas de diario. La sección escogida en ese momento era “Viva la pesca”, parte a la que le prestó la misma atención que a la del hallazgo de los cuerpos.
Mientras éste se encontraba sumido en la lectura, el tren había atravesado una infinidad de paisajes disímiles entre los que figuraban desde extensas zonas desiertas, hasta otras con gran movimiento, tales como Wilde, Avellaneda y Berazategui. Después de tanto lote baldío y tierra sembrada, cada estación significada un espacio de recreación, para aquellos que no habían llevado otro entretenimiento más que los objetos que tenían en su bolso o cartera.
Comenzó a anochecer cuando el tren estaba llegando a Constitución, una seguidilla de fábricas habían sido la antesala a la estación de trenes. Una vez dentro de ésta comenzaron a divisarse una gran cantidad de cuerpos que se acercaban a la plataforma de salida.
En una esquina cerca de un puesto de hamburguesas, una mujer sostenía a una niña en brazos, mirando de un lado a otro, mientras apretaba su bolso con fuerza.
Si bien el lugar estaba iluminado y lleno de gente, no dejaba de ser desolador. El largo camino hasta la entrada, los techos de chapa altísimos, las estructuras de hierro oxidado que se extendían en diferentes partes del camino de cemento al lado de las vías y la desesperación de la gente que corría sin prestar atención a otra cosa que no fuera llegar hasta los vagones, representaban un clima frío y hostil.
-Acordate que cuando volvamos no nos va a tocar uno como este, vamos a viajar en esas porquerías todas sucias y rotas que siguen teniendo en funcionamiento.
Las palabras provenían de una de las últimas filas del vagón. Era un hombre robusto de unos 40 años que llevaba camisa a cuadros y un pantalón de jean. Si bien le hablaba a una persona en particular mientras se levantaba para bajar, su tono de voz alto hizo que todos escucharan lo que decía. Sabía que estaba en lo cierto y que ese tren no sería el que lo llevara de vuelta si salía en el último viaje de las 23:50, ya que con la noche la ilusión de los vagones nuevos se esfumaba y volvían a aparecer los viejos transportes despintados, sólo que no todos lo sabían.

No hay comentarios: