domingo, 21 de septiembre de 2008


La guardia de un hospital público en historias mínimas
-o viceversa-



-Si no es un caso extremo acá no te van a atender. Imaginate que a mi hija me la querían mandar a mi casa así como estaba.
La mujer de tez morena y demasiado delgada para sus cuarenta y tantos, le hablaba al chico que tenía al lado en aquel estrecho pasillo que hacía de sala de espera. Hacía una hora estaba a punto de cenar con sus amigas, cuando un llamado telefónico le avisó que su hija había tomado un frasco de Rivotril.
-Se dieron cuenta de cómo estaba y la dejaron internada, después de hacerle un lavaje de estómago. –La mujer escondía su rostro mirando al suelo; tenía unas gruesas ojeras y la piel curtida.


Una pequeña pantalla calentaba el reducto de 5 x 5 en donde funciona la guardia nocturna del hospital San Juan de Dios, ubicado en 27 y 70. Sus paredes descascaradas y faltas de revoque tenían varios agujeros por donde se filtraba el aire helado de fines de invierno. Los asientos, improvisados con largas planchas de madera atornilladas a la pared, obligaban a los pacientes a sentarse uno al lado del otro, y lo más pegadas que fuera posible. De vez en cuando, y hasta parecían turnarse, uno se levantaba a entornar la puerta, que inmediatamente volvía abrirse porque tenía la cerradura falseada, y era imposible cerrarla de una vez.
El ácido olor a desinfectante inundaba el ambiente y penetraba profundamente en las fosas nasales; malestar que había llevado a los allí presentes a deliberar qué era peor, si soportar el frío o aquel agente nauseabundo. Pero la helada era tal que la mayoría coincidió en que era mejor aguantarse, ya que al fin y al cabo el sentido del olfato era el primero en saturarse, y al cabo de un tiempo aquella extraña mezcla química dejaría de afectarles tanto.

-Negra, ¿querés que te traiga algo? Vamos a buscar el mate porque parece que nuestro amigo tiene para rato ahí adentro.

En la pequeña sala se había formado como una especie de hermandad entre los que estaban de este lado, a la espera. El chico que le había ofrecido comprarle unas galletitas a la mujer era alto, llevaba una barba de días y un terrible aliento a cerveza. La borrachera se le evaporó ni bien había visto a su amigo caer de la moto que manejaba, quien ahora se encontraba bajo el efecto de los calmantes.


-Le dije que no porque ahora está viniendo mi tía para acá; le pedí que me traiga café, mucho café.
Mientras hablaba mirando la pared que tenía enfrente, se refregaba la cara con ambas manos y luego caminaba con pasos rápidos de un extremo al otro del pasillo, repitiendo estas acciones de forma casi cíclica.

Para ser atendido hay que tocar el timbre de una puerta de chapa despintada, detrás de la que funciona el consultorio. Pueden pasar entre cinco y diez minutos hasta que el personal atienda al llamado y le informe al paciente cuánto debe aguardar para ser atendido.
Una joven enfermera que acaba de llegar da muestras de conocer las mañas de aquella entrada derruida y logra pasar al otro lado, luego de forcejear con el picaporte.
La prioridad por orden de llegada es respetada en tanto y en cuento no aparezca una persona con un estado más grave del que está esperando.

-Un hombre todo adolorido estuvo esperando como una hora hasta que lo llamaron- Las palabras de la mujer resonaban en aquel ambiente pequeño y silencioso, y probablemente no debiera tomar conciencia de eso, ya que una enfermera había comentado que se encontraba en estado de shock.
-Me tengo que conformar con quedarme de este lado, porque adentro está el novio, y bueno, él es más importante.
-Bueno, pero lo importante es que ahora está bien, ¿no?-
El joven de barba respondía a todos los comentarios de la mujer, quien tenía siempre la vista perdida en cualquier lugar que no fuera el rostro de otro.
La madre contó que su hija estaba con tratamiento psiquiátrico porque sufría desórdenes mentales y que hace poco tiempo había decidido dejar los antidepresivos sin autorización médica.


Prospecto sobre lo que es y no urgencia
A la una de la mañana una joven delgada, vestido con jean ajustados y campera de cuero ingresó a la sala y tocó el timbre
-Hola, venía por una infección urinaria.
-¿Tenés fiebre?
-No, no. Quería que me receten un remedio para empezar a tomar antes de que me agarre, porque yo tengo esto casi crónico y siempre me pasa igual, primero me empieza a doler.
La doctora escuchaba a la chica con gesto serio mientras apoyaba su cuerpo en la puerta entreabierta. Era petisa y robusta, y sobre el ceño fruncido le caían unos negros mechones ensortijados.
-Mirá esto es un hospital público y precisamente donde estás es la guardia. A la guardia se viene por una urgencia y cuando digo urgencia, me refiero a un paro cardíaco o un accidente, no a una infección que vos creés que se te está despertando. Acá el laboratorio está al servicio de ese tipo de cosas, no para hacerte un cultivo, para eso vení a un clínico en otro momento o andá a una clínica privada.
La chica casi aterrada escuchaba las palabras de la doctora que, además de hablar con la boca lo hacía con las manos.
-Bueno, discúlpame por hacerte perder el tiempo
-Está bien.

Cuando la puerta se cerró la joven se dio vuelta y miró a quienes estaban sentados. Nadie habló durante la fugaz discusión, pero se habían mantenido atentos.
-Nena, andate a una farmacia de turno y pedile el remedio.
La chica miró con gesto algo desorientado a la mujer de tez morena. -Necesito una receta para que me lo den.
-¡Pero no! Vos andá firme, sin titubear y decile “dame una tableta de Norfloxacina”. No le des ninguna explicación ni le digas nada, vos andá y pedilo así. Tenés una de turno acá a dos cuadras, en 27 y 68 creo.
A los cinco minutos la joven había desaparecido de la sala; los chicos que esperaban a su amigo cebaban mate siguiendo la ronda de todos los que habían aceptado y devoraban biscochos salados.

La desesperación
Un hombre robusto de pelo largo y canoso abrió la puerta con violencia, despabilando a la mujer morena que estaba a punto de dormirse. Llevaba una gorra desteñida con visera y un equipo de gimnasia bastante caminado. Tocó el timbre con igual impaciencia y la golpeó varias veces, quería saber cómo estaba su hija y urgente.
-Hola señor, estamos revisándola.
-¿Cómo está? No se qué pasó, le apareció esa bola en la muñeca de abajo de la piel y no la tenía antes.
-En un rato le vamos a poder dar más información, ahora la está viendo el médico. Necesito que me de los datos de la nena, se puede acercar acá
. –La mujer le indicó que fuera hacia uno de los extremos del pasillo, en donde debajo de una tarima de madera estaba el cuaderno en donde asentaban los casos que llegaban a la guardia.
-¿Cómo se llama?
-Carolina, Carolina López.
-¿Fecha de nacimiento?
-24… 24 de…
-El hombre tenía un codo apoyado en el mostrador y se refregaba la frente con una de las manos, como si aquel ejercicio le ayudara a recobrar la memoria con mayor rapidez. Tenía los párpados caídos y un claro gesto de congoja en el rostro-. 24 de enero
-¿Y el año?
-Eh… y tiene 17
-¿No me había dicho que tenía 16?
-Ah, si, si 16.
-Bueno entonces tiene que ser del ’92, ¿cierto?-
Asintió dando un pequeño movimiento con la cabeza, que escondía entre sus brazos apoyados en aquel lugar. Los demás pacientes estaban expectantes, los amigos habían interrumpido la ronda de mate y se habían mirado absortos, quizá por escuchar que el hombre no recordaba el cumpleaños de la hija.
-No tiene documentos la chica, ¿cierto?
-No, no tiene.
-¿Me puede dejar un teléfono para ubicarlo?
-El de mi vecino, en mi casa no hay
- Sacó apresurada y torpemente un papel arrugado de uno de los bolsillos de su campera y le dictó el número a la enfermera.
-¿La puedo ver ahora?- Tiempo antes la mujer le había dicho que debía esperar hasta que terminaran de revisarla, pero esta vez entendió que la pregunta era por pura cordialidad, ya que de seguro haría cualquier cosa por entrar, estaba desesperado y empeoraría su estado si no podía cumplir con su deseo.
-Bueno, está bien, pase cinco minutos- El hombre suspiró algo más aliviado y entró rápidamente, olvidando cerrar la puerta.


El desamparo total
-Todavía estoy mareado y me duelen los huesos y la cabeza, ¡ayy!- El anciano se agarraba la cabeza, cuando se le iba bruscamente contra la pared que estaba detrás suyo. Tenía alrededor de 70 años y una borrachera de vino tinto que se advertía a una cuadra. Había salido hacía poco más de cinco minutos del consultorio y los dolores no se le calmaban.
Una gorra de lana le cubría la cabeza calva, su ropa estaba sucia y las alpargatas agujereadas. No tenía a donde ir y había pedido pasar la noche en aquel cuarto con calefacción. En un momento sus quejidos cesaron, apoyó nuevamente la cabeza contra la pared y cerró los ojos; estaba conteniendo el llanto.
-Déjenme acá, déjenme acá- Acomodó en el suelo las bolsas que tenía colgadas en ambos brazos y se recostó sobre ellas; antes de dormirse por completo tarareó una canción con aires de tango. El aspecto de sus manos daban la sensación de que no era un hombre de la calle desde hacía muchos años, ya que parecían suaves y no tenía la piel curtida; pero ahora estaba ahí, acostado en las frías baldosas de la precaria sala de espera, que de seguro conformaban el mejor lugar en donde podría pasar aquella noche helada.


Todos habían prestado atención al anciano en un momento, pero desde que cerró los ojos, las miradas pasaron a ser esporádicas y fugaces. Estaba naturalizado que allí asistieran muchos hombres y mujeres de la calle a pasar la noche, al igual que las decenas recostados en los bancos de las plazas, tapados apenas con alguna ropa o papeles de diario.
Casi por falta de alternativas se naturalizaron también las grietas en los vidrios de las ventanas de la guardia, los agujeros en las paredes, la puerta incerrable, al igual que las grandes cantidades de gente que uno o dos médicos de guardia debía contener diariamente en una misma sala.

La pequeña guardia del San Juan de Dios es un ejemplo concreto del caótico estado de cosas en materia de salud pública. Hace dos años, concretamente el 15 de septiembre del 2005, se decretó un paro nacional al que adhirieron todas las instituciones sanitarias del país en reclamo de mayor presupuesto para la salud pública y la seguridad social y un aumento salarial estable para todos los trabajadores de la rama. Hoy los residentes de la provincia cobran un sueldo de 780 pesos y según una investigación realizada por la UBA, faltan 90 mil enfermeros[1].

En aquel paro nacional del 2005, el presidente de la Confederación General de Profesionales Raúl Magariños expresó: “Estamos exigiendo que se tome una decisión política porque el sector está en una crisis terminal, como venimos diciendo en los últimos tiempos. No se puede esperar más. La solución se necesita hoy”[2]. Pasaron tres años de este acontecimiento y para conocer la respuesta basta acercarse a cualquier sala de guardia pública.

-Mi hija está internada en una camilla, porque no hay camas. –La mujer morena hacía esfuerzos por mantenerse despierta. Cuando los pómulos le empezaron a temblar, mordió su labio superior y desvió aquella húmeda mirada hacia la ventana; su tía tendría que llegar en cualquier momento con el café.




[1] 27 de julio de 2008, diario perfil

[2] www.medicos-municipales.org.ar

domingo, 7 de septiembre de 2008


“Lo que todos han de llamar locura no es más que la aguda sensibilidad de los sentidos” Poe


¿En qué piensan?
¿Qué es lo que hacen?
¿Por qué se los encierra?
Asilo es sinónimo de cárcel.
El refugio no existe.

Cuerpos descarnados por el frío
y en el alma, el ardor, vacío
que se va llenando de más vacío

Porque el fruto del encierro
es la locura...

La tortura moral que sufren
es la enfermedad, por su supremacía, mortal.

La insalubridad de esos inmundos cuartos de hospital
es mayor a la suya mental...

Y en silencio, lloran.
oasis internos de llanto, que nadie advierte,
se acumulan y ahogan.

El parque inmenso que los rodea
es un barrote de hierro

No hay reclusión y tortura más acabada
que la provocada por el abandono.