domingo, 9 de noviembre de 2008

Artículo






Él no se siente observado, ni siquiera se pregunta cuán expuesto está. Sus pensamientos vuelan hacia un tentador sándwich de jamón, mayonesa y aceitunas. Nunca estuvo en una cárcel de extrema seguridad, es un “buen” ciudadano y sólo quiere almorzar.
Él pasa por la esquina, dobla y se pierde entre otras historias con las que convive ligeramente.
La gente camina, corre, atraviesa cuadras a velocidad de rayo y se disipa entre sí misma. Él es un punto más en medio de aquella estampida de almas que forman su todo cotidiano.
Confía en su bajo perfil, armadura a base sumisión. Consigue un par de buenos tapones a prueba de los gemidos del cemento caliente y sigue camino. Él confía en su bajo perfil y lo cultiva con entusiasmo, mediante planes que diagrama mentalmente cada noche, antes de dormir.
Él se siente a salvo. Sólo se atemoriza cuando cruza la ciudad a las 3 de la mañana y, está dejando de hacerlo. Detesta la lluvia, colecciona paraguas y revistas de TC.
Él no ve venir el desastre, de ninguna índole. Recuerda lo bueno que estuvo su almuerzo. Dibuja un cronograma semanal de actividades y lo cuelga en su pared.
Él es rutina, mar sin oleaje. Él es coraza, hogar con cimientos de cristal. Se muestra huérfano de recuerdos que procuren hacerlo quebrar.
Él no admite que, de a ratos, lo asalta el aburrimiento por estar tradicionalmente “bien”.
Del trabajo a su casa, compra el diario para dejarlo durmiendo en el sofá. Él enciende la radio y tararea las canciones alegres que le canta cualquier dial.
Alguna voz extraña le comenta que alumno significa “sin luz”. Suena el timbre, un conocido. Mira la repisa de los objetos pequeños y comprueba que aún tiene un atado de cigarrillos sin estrenar. Él es fumador social.
Él está bien, bien, bien... Extenuantemente “bien”.

Él santifica el logro de la casa propia y, regularmente, la comparte con sus amigos; con quienes a su vez, coincide en la práctica de cualquier deporte para sentirse bien, ¡mejor aún!
Él nunca tiene que ingeniárselas para llegar a fin de mes. Su casa materna, aún hoy huele a jazmín.
Padece miedos que no asume para intentar, así, erradicarlos. Miedo a perder, a dejar de ganar, a cortarse y no saber como parar de sangrar. Él es fóbico a los grandes saltos, huye de cualquier riesgo al filo del dolor. Le gusta ir a los casinos, siempre y cuando tenga unos pesos para gastar.
Él no quiere más que rozar otra piel de manera trivial. En todo espacio, reduce sus encuentros a fórmulas concretas y sencillas. Se resguarda del dolor y de todo aquello que lo invite a arder.
Él es práctico, haya respuestas en informes de TV. Nunca oyó hablar de dudas existenciales, no se pregunta ¿por qué? o ¿por qué no?
Él se siente -y, piedad ante la repetición- bien, caminando en sentido recto por aquel camino trazado por otros con anterioridad.
Él quiere seguir dibujando en su cabeza los mismos planes que esbozó para el día de ayer.
Estoy segura, él seguirá pasando por esta esquina para luego, doblarla y perderse como siempre -como todos los esquematizados días de su vida- entre esas otras historias con las que convive ligeramente.


(Él es fragmento y desglose. O bien, la conjunción de rasgos de un sin fin de personas que conocí a lo largo de mis 19 años; incluyéndome)






marzo de 2007

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