domingo, 17 de octubre de 2010

Lo que el derrumbe nos dejó…



5 de agosto-. El mundo se entera del desastre. Una mina se derrumba en el desierto chileno de Atacama con 33 mineros en su interior.

Muchas menciones al tema recorren la agenda mediática desde el día 1 hasta la inminencia del rescate, sin obviar por supuesto los detalles sobre cómo se planea el operativo. ¿Cuál es el tamiz que se le imprime a esta información técnica para que la audiencia no se aburra?: pasajes poco felices sobre vida y obra de cada uno de los trabajadores.

Así se empieza a agigantar el melodrama de los 33, que por arte de las veleidades televisivas comienzan a ser desembrados de su cualidad de trabajadores arbitrariamente desprotegidos y explotados.

Y ese periodismo símil novela de las 3, ya acostumbrado a la condescendencia de no indagar más de lo que llega por el cable informativo, se da aire para relatar un nuevo capítulo del novelón chileno.



Lo que en el escenario veamos será lo que esté sucediendo.

Bajo este lema los difusores de información caen rendidos a la tentación divina que dicta que todo sucede por obra y gracia de ella; en la catástrofe no habrá más responsable que la omnipotencia del destino, ni empresas mercenarias asociadas a la corrupción estatal.

José Piñera -hermano del actual presidente de Chile- fue Ministro de Minería durante la dictadura de Pinochet y en 1981 impulsó la Ley Constitucional de Minería que deterioró las condiciones de seguridad de la actividad. El reglamento avala entre otras cosas la no consideración de muchas medidas de seguridad y el fin a la condena de las conductas ilícitas de los empresarios que exploten el bien.

¿Qué nos queda entonces? Hacer de la irresponsabilidad un show televisivo cargado de golpes bajos, transformando a una catástrofe evitable en el “milagro chileno”.

13 de octubre-. Cada rescate consta de elevar más de 600 metros el tubo dentro del cual viaja un minero, y para mantener la dinámica del show “Chile en operativo milagro”,- la conductora de un noticiero comenta “Antes de irse de la casa Juan le había dicho a su mujer que no sabía cuánto tiempo iba a soportar la mina en esas condiciones”. La relatora, entre habilidosa y perversa, transforma inmediatamente aquella declaración en una especie premonición astrológica, arguyendo sobre el posible sexto sentido del minero.

Otra vez el show sigue su curso sin otro responsable que ese Dios que hacemos aparecer cuando la hegemonía de la ciencia y la razón nos juega en contra.

Y el travestismo televisivo no se acaba con el relato pormenorizado de Yoni y sus dos mujeres, los comentarios sobre la lluvia de propuestas editoriales y audiovisuales que los mineros reciben estando aún bajo tierra o sobre cuánto asciende el cobro de dinero para quien salga último. El morbo de la transmisión el vivo traduce a la situación en un reality show para toda la familia, que incluye conteo en placas de los salvados al estilo batalla naval.

Piolines sueltos

Si los salvamos somos héroes y el mundo nos verá como un país pujante, entusiasta y responsable, y lo más importante nuestro desliz será pasado por alto.

En este sentido la reconversión de la catástrofe en “milagro” cobra otros sentidos: por un lado el intento por desdibujar lo que efectivamente fue un desastre inminente y evitable, producto de la negligencia; y al mismo tiempo el aprovechamiento del hecho para exaltar los símbolos nacionales y reivindicar a un gobierno que aún rige su actividad minera por una ley de la dictadura.

“Hoy es un día de fiesta para los chilenos y el mundo. Hemos dado un ejemplo de fuerza y lucha en donde nuestra nación unida de punta a punta ha logrado salir adelante” fueron las palabras que pronunció Piñera luego de que saliera el último minero y se entone el himno que los 5 rescatistas cantaron desde el refugio en la mina.

El rescate le costó al gobierno 20 millones de dólares, un tercio de la cual fue financiada por la donación de privadas.

En la actualidad existen 884 minas en Atacama controladas por tan sólo 3 inspectores. Durante la cobertura del rescate no existió lugar a la denuncia de la firma San Esteban Primera S.A, responsable de la explotación de las minas; quien en medio de la catástrofe efectuó un pedido de quiebra.

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