jueves, 11 de diciembre de 2014

Reflexiones vegetales de una Flor del Aire*



¿Se puede haber nacido así, tan buscadora? 
Ahora tengo nuevo destino. Voy a encontrarme con lo apenas conocido, siguiendo señales. ¿Cuáles? El cuerpo me avisa. A veces tanto que no quiere dormir y me deja con las raíces colgando de cualquier suspenso. Creo que eso debería alcanzarme para no dudar. 
(Pero existe el miedo, sí. Es innegable) Miedo a perder el abrigo de la última estación que pasé en un parque cálido, a las seguridades cultivadas, miedo al miedo; ese es el peor. También hay algo de miedo a encontrar la plenitud. Sí, aunque suene extraño, tengo miedo de (re)confirmarme: eterna inquieta, eterna buscadora, de raíz aérea, tan de mi especie, tan Flor del Aire…

Los árboles me generan una atracción fatal, creo que los amo, los admiro. A algunos me abrazo cuando me entrego una, dos, tres temporadas. Me gusta sentir la firmeza de sus troncos, la sabiduría de sus anillos, la resistencia de sus cortezas. Alguien me dijo una vez que sus raíces son tan o más profundas que la altura de sus copas. Sus arribas, entonces, son espejos de sus abajos.


Pero yo no soy árbol. Tengo raíz, es cierto, raíces que aman profundo, intensamente aunque no permanezca quieta más que algunas estaciones. Yo amo, abrazo al árbol, lo admiro en su constancia, hasta puedo enamorarme de sus virtudes, tan distintas a las mías. 

Cuando recuerdo esto lloro como una marrana porque una parte mía quisiera quedarse en el abrazo del árbol, echar raigones sólidos a la tierra y armar un nido con tiempo y espacio duraderos.
Mientras las patitas aéreas me cosquillean por nuevos cielos, me piden vuelo, nuevas aguas, nuevas cortezas. Esta contradicción es la usina de mis miedos. Hablo con otras de mi especie y mientras las veo volar, me dicen que no hay que andar contra la esencia. Yo a veces pienso: no es tan simple.

Soy Flor del Aire, no árbol. Es decir que hay algo que tira más, ¿cierto?, idea a la que podría agarrarme para dejar fluir tranquila los cambios. Pero ¡qué lindo viven los árboles! Con vecinos de toda la vida, con tierra amorosa que los abriga. ¡Y qué fuertes sus bases! Lo distinto, siempre, me genera gran admiración. Y soy tan esponja que por momentos tomo demasiado néctar de mis adorados árboles y ahí es donde viene la gran confusión, la duda, la angustia por el despegue que mi otra partecita empieza a pedirme. 


Soy Flor del Aire, no árbol; me repito.
Ahora, ¿las flores estamos destinadas a viajar solas?
No me gusta pensar que sea así la cosa. Cierro los ojos y –al fin- veo… Un viento fresco nos traslada. Somos varias, de piernas bailando sin suelo. 
Estamos cerca, no pegadas. 
Estamos juntas acompañándonos en el vuelo. 

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*Científicamente me conocen como TillandsiaDicen que pertenezco a un género con más de 650 especies. Ando en desiertos, bosques y montañas del Norte, Centro y Suramérica; aunque mi lugar en el mundo es la humedad subtropical de América del Sur. Las raíces me sirven para sujetarme a los árboles, rocas, techos y hasta cables de teléfono a los que a veces me engancho, sin ser parásito. Porque el alimento y el agua lo tomo literalmente del aire, a través de mis hojas. Pocas de nosotras crecemos directamente en la tierra

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