sábado, 1 de agosto de 2015

Abuelo fuego

(a la Pacha, en su día)


Nos elogian el realismo mágico,
pero nos desgarran el tejido,
los hilos donde circulamos las memorias.

Nos alavan la sobrevivencia,
el surrealismo de nuestras resurrecciones,
pero nos asfixian la semilla
de lo que se empeña en volver a nacer

elogian cómo resistimos cuando lo hicimos,
pero nos satanizan la danza, la ronda:
úteros de nuestra creatividad.

Dicen adorar el poder de nuestras ceremonias
pero les temen más que a la peste y las ratas.
Quieren, en cambio, un misticismo de cuadro, 
de museo, de trazo muerto, domesticado.

Les gusta leer, hacer historia de nuestras historias
pero no se arriman ni un instante
a las aguas revoltosas donde hacemos 
nuestra ciencia de habla con la tierra.

Toman las pastillas hechas de nuestras plantas,
pero lloran de miedo en nuestras selvas húmedas.

No saben que vivimos en cada porción 
de lo que de esta tierra se llevan.

No quieren saber que nuestro espíritu negro
-hace rato- entró en sus cuerpos. 

Que ellos ya no son lo que eran cuando llegaron.

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