jueves, 22 de diciembre de 2016

TRUENO 8

LA BUENA ESTRELLA
Relatos tejidos en viaje por América Latina



TRUENO 8

Colombia 
Segunda parte


XI



Me gustan las raíces del sur
; pienso a 7 mil kilómetros mientras veo estas otras tan hermanas, tan lejanas... Sembré demasiados amores como para que el corazón no se desarme de ganas por volver

Mi cuerpo es una cápsula permeable

 abierta, húmeda, fértil

*
*
*

Atravesada como un río por estas sensaciones, espero el aviso de Johana para viajar al Caquetá: al sur del país. De noche, llegan varios mensajes: hay conflictos en el lugar y mi amiga teme que una visita extranjera complique las cosas. 
Los planes -otra vez- vuelan por el aire.

Hace dos días estoy sola en un coloso de cemento. Cruzo la ciudad hasta llegar a la terminal y saco un boleto a la ciudad de Santa Marta, para entrar al caribe. Son 18 horas de viaje. El destino al que creía llegar recién en mayo, se acerca de repente.


El sábado 15 vuelvo a ver ese mar celeste que conocí en 2011, sobre la isla de Chuao en Venezuela. Mati y Agus están llegando esta misma noche a Taganga; un típico pueblo de pescadores que quedó anexado a Santa Marta, como un barrio más, al otro lado de la montaña. En él confluyen la gente de vida sencilla del lugar y la opulencia de un turismo joven, bastante foráneo y reventado.
En una vuelta por la playa, un hombre ofrece dar unos paseos juntos. Muestra una postura con la que intenta una mezcla extraña: intimidar y seducir. Logra, sin dudas, la primera. Doy un paso atrás para despegarme de su pecho. Se acerca otra vez rozándome el brazo y el cuero se me crispa como a un gato. Observa que ando sola, pregunta por el padre y por el novio; que el pueblo no es tan seguro como para que ande así. Corto el aire caliente con tijera, le doy un apretón de manos y me alejo sin pensar.
A la noche, con Agus y Mati, volvemos a la costa. Varias motos rumean despacito y ofrecen: “merca, fiesta, pastillas”. Buscamos pescado al fuego. Sonríen un poco, saludan y siguen camino.

Los tres venimos de grandes ciudades como Medellín y Bogotá y necesitamos volver al campo, a algún pueblito de bosque y calles de tierra. Vemos en un mapa que, pasando el Parque Nacional Tayrona, el ambiente reverdece. Decidimos montar a otro bus hasta Palomino. Mati ya tiene su guitarra. Imaginamos que ese sea el lugar para cantar y ensayar tranquilos, cocinar, andar descalzos.

Ni bien llegamos, el pueblo me recuerda a Mompiche, en Ecuador. Estamos en un bosque costero y sereno. Celebramos con ron, piñas, mangos y una receta israelí que Agus prepara.


A la madrugada, no somos más de diez personas sobre el mar. Las olas rompen furiosas, como reclamando respeto. Mati cuenta los motivos por los que necesitaba viajar. Es de las primeras charlas profundas que compartimos. Horas antes, mientras Agus cocinaba, los dos dijeron que sí: que ya éramos amigos y sonreímos juntos.

-Y vos, ¿por qué saliste?, pregunta de repente, quebrando un silencio.
-Para encontrarme. Respondo algo sorprendida...
-¡Vamos! Decís que ahorraste dos años, que lo venías deseando hace más y ¿esa es la respuesta...? Mati ríe con ese tono de cuando no te creen ni ahí. Me está pinchando, lo sé. Me está pinchando... Y reconozco cómo me está costando entregarme a ese ejercicio que disfruto alentar en los otros.
Como un rayo se me viene la imagen de una tarde en una plaza platense con Dani B. Mi viejo acababa de escribirme; cosa que me perturbaba en ese tiempo. Hablábamos de mi recurrente deseo de irme y del suyo de que tuviéramos hijos. Uno vendría primero, el otro después. Era 2012. A Dani le entristeció saber de antemano la respuesta a una pregunta que terminó haciendo: ¿vos querés irte por miedo? El plan en pareja iba a arrancar en diciembre de 2015 con mi partida y él se sumaría en marzo de 2016, cuando terminara su gestión en la Universidad. Y, esa tarde, le entristeció saber que nuestro proyecto estaba teñido de escape.

-Evidentemente ese no era mi tiempo de viajar. Tenía que liberarme de muchas cargas para salir liviana. Hubiera sido imposible elegir andar sola, como ahora. ¡Imaginate! Además Dani y yo soñábamos distinto. Hubo un tiempo que nos amamos profundamente, eso fue cierto; pero éramos de mundos distintos. No podía durar. Hasta que un día, por suerte, nos sinceramos: yo necesitaba vagar, perderme un poco a una manera que no era la suya y él, arraigar. Y así fue... Tan lindo cuando la vida te muestra el por qué de las vueltas. Yo tenía que vivir todo un proceso para llegar acá: a este pedacito de costa, donde a esta hora de la madrugada somos vos y yo solos con los ojos clavados en estas olas que están tremendas y mi ex va a ser papá, ¿sabés? Me contó hace un tiempo, cuando andaba por Ecuador y me hizo tan feliz... Los dos siendo lo que necesitamos ser, cumpliendo nuestros sueños por ahí... Qué hermoso pueblo encontramos, che.

Todo esto se lo digo a Mati, remendando la primera respuesta esquiva con algo de sinceridad. -En fin amigo... salí para seguir curando, igual que vos.


XII
“Yo crecí acostumbrado a oír bombas, asesinatos de los paramilitares. Y la guerilla son los campesinos que empezaron a defenderse”. Es de noche. Ramón acaba de terminar el trabajo y conversa mientras toma un café. “Nunca viví algo así, me cuesta imaginarlo”, responde un conocido suyo. “Pues yo sí”, Ramón sonríe, mira al suelo y levanta la frente al instante: “Yo crecí oyendo bombas. Aquí en la Guajira nunca ha llegado el dinero para las obras de agua. Tu bien sabes que aquí no la puedes tomar, que te mandan comprar bolsa. Aquí no llega nada para la desnutrición y cuando subió Uribe todo se ha puesto más violento”.


Son fragmentos fugaces como estos, de vida cotidiana, los que me llevan a la reflexión de que no hay colombiano o colombiana que no tenga la vida atravesada por la guerra. Todos, todas llevan al menos un recuerdo guardado. Si no fue por la violencia directa de las balas, es el padecimiento de un familiar, el recuerdo de los desplazamientos del campo a la ciudad por el conflicto, o una noche en que vieron un cuerpo y ellos -por un minuto- se sintieron muertos y no supieron si llorar, correr, pedir ayuda, enterrar en silencio. El pueblo es protagonista y testigo. Y ese tejido social es el cuerpo sobre el que cae cada zarpazo de la guerra. Igual que las dictaduras al sur; sólo que acá la tierra está rebelde hace 60 años.


“La gente no se acuesta ni se levanta pensando en la guerrilla”, dice un chico del Cauca que conozco estos días en la Guajira. “Y no es que no lo tengan presente. La gente ve cómo alegrarse el día”. Esa es otra verdad que se me va develando lentamente. En las zonas de tierra caliente hay una alegría muy por encima de la media que yo conozco y traigo con mi ser argenta. Va a costarme compartir esto con los y las argentinas que no anduvieron por estos lares y, en cambio, darán refugio a este sentir hondureños, colombianos, peruanos y ecuatorianos. “Es una cuestión cultural”, van a explicarme.

XIII
Los días

Palomino es un pueblo maravilloso que abriga y el cotidiano se da en un camino más o menos así:

Una tarde damos con la desembocadura de un río en el mar. El lugar se convierte en visita casi diaria. Hacia atrás, en dirección al bosque, se forma una olla inmensa que me recuerda a la laguna donde crecí. El agua es transparente. Me sumerjo y nado y nado y nado en lentas brazadas... Cuando llego al centro, subo a la superficie, tomo aire y observo: estoy en el corazón de una laguna en medio del caribe colombiano. Más allá, hay arena y más adelante, el mar. 
El paisaje, otra vez, conmueve.

Al tercer día tengo bicicleta para hacer las compras de mercado en los puestos que se acumulan sobre la ruta. Me gusta pedalear cuando cae el sol, esquivando los pozos que dejan las lluvias de las madrugadas.
Me siento como en casa, creando una nueva con otras familias. Siento que no va a durar. Cierta conciencia de fugacidad me enseña a alimentar aún más ese cotidiano. Dar calidez a cada día es la forma que encuentro para sostenerme y disfrutar... Y que el camino sea el que vaya recargando de energía.


Hace una semana duermo en el piso con carpa prestada. Las primeras dos noches corro bajo la tormenta hasta el techo de paja gigante que hace de comedor en el camping. Me acostumbro a dormir con la mochila armada y el piloto de plástico a mano por si hay que huir. Agus ya sabe que cuando ve movimiento de lucecitas, se viene el aviso de evacuación. Es que mi hogar no tiene estacas ni cubre techo. Sirve sólo para noches estrelladas.

Relatado así suena desastroso; pero creánme: son días hermosos. No pasa nada. Es desplazarse rapidito bajo el agua nomás. El calor y el sol de las mañanas me despierta entre 6 y 7. Preparo mate, me siento a escribir hasta el mediodía y como kilos de fruta fresca con Caro; una cordobesa que nació para el stand up. Le pido que siga hablando, que haga un monólogo de anécdotas infinita y ella se enciende. Vivió dos meses en el Tayrona, ahí trabajó en el camping de dos hermanos cuarentones del lugar (los Bermúdez), se enganchó con un pampeano y se la pasaron comiendo asado, milanesas y bondiola en medio de ese Parque Nacional donde no hay ni un mercado y los turistas llegan después de caminar entre una y tres horas cargados de provisiones básicas: agua, frutas, arroz, latas. Después de 60 días de trabajo, amor y convivencia en el camping alguien recomienda que se casen y el machetero es el padrino de bodas. “Un delirio”, recuerda ella riendo con toda la cara.

“Vení, acompañame a ver a un señor”, pide más tarde. Hoy en la casa – camping nos prestan dos bicis y el pueblo se hace más pequeño. La primera parada es el puesto de chip de celulares. Cerrado: imposible tener número colombiano un domingo; cosa de descerebradas. Cruzamos el largo camino de tierra hasta llegar a la ruta y nos metemos a las callecitas del otro lado. Se oye salsa en las casas abiertas de los vecinos, algunos chicos juegan pelota y las asaderas que las doñas tienen en las veredas sueltan su olor a queso derretido dentro de las arepas.

(Me voy enamorando de Colombia. Quiero andarla más y volver si me voy. Instalarme en alguna región de tierra fría o tierra caliente o las dos, aprender a hacer patacones en el transcurrir lento del interior y absorber sus historias, sus memorias hasta que sean parte de las mías. Sí, si siento estas cosas es que ya está: estoy irremediablemente enamorada de Colombia)

Acá, Jose, acá. Volvé”. El grito de Caro me saca del ensoñamiento sobre ruedas. Me encanta seguir a esta delirante, pienso esquivando pozos. Llegamos a una casa de techo bajo, pintada en verde agua. Raúl se asoma, invita a pasar y los dos retoman una charla de antes: Caro le propone levantar un camping; a él le viene bien que alguien cuide la casa. Dos amigos de ella están llegando al pueblo. “Seríamos cuatro. Sin pagar alojamiento, armamos un baño al fondo, la cocina la hacemos con un tambor y somos nosotras... A los dos o tres meses, cuando esto camine, si queremos nos vamos... Quedate nena, quedate”. La propuesta de la cordobesa es tentadora. Sugiero pegar una hidrolavada al frente y pintar un mural. El Don se entusiasma. Tiene un fondo increíble regado de plátanos y mangos. Todos los patios que voy a conocer en esta región son así: alfombras de mango. Me cuesta creer cuando dicen: “Tomá los que quieras. Acá el sol los echa a perder y no hacemos tiempo en comerlos”. Caro, que está más acostumbrada que yo a esto, no tarda en pedir bolsita y empezamos a cargar.


Al final del paseo somos mulas de fruta, en un perfecto equilibrio de dos manubrios. Hacemos una última parada: un parque lleno de árboles de naranja. Mi compañera de aventuras es fanática. La he visto comer seis en un rato. El viejito, dueño de casa, nos invita juntar y a cambio le bajamos varias bolsas golpeando las maduras con un palo hasta que se sueltan. Por media hora quedamos debajo de una lluvia cítrica que me recuerda a las mañanas en la casita La Parra, en La Plata, cuando hacía esto mismo para desayunar. Las bolsitas se estiran, casi que lloran, cuando les echamos más kilos de fruta.
La pedaleada de vuelta nos sumerge en un silencio compartido. Así procesamos algo que acabamos de charlar: este estado de conciencia reveladora sobre cada hora vivida. Estamos, más que nunca, viviendo el aquí y el ahora. Río sobre ruedas, esquivando en lento zig zag a camiones y motitos de la ruta.


Pienso a Nati, la argentina dueña de la historia por la que llegué al pueblo ecuatoriano de Puerto Cayo. Hace unas semanas que viaja por Colombia. Ya me había dado la alegría de visitarme en el eje cafetero y ahora está por llegar a Palomino, en la otra punta del país y la esperamos felices. En casa, Agus prepara un salteado de arroz con camarones y sale el sol que da calambre. Caminamos y hablamos tanto con esa mujer que siento que son meses los compartidos sobre el mar... Llega con noticias increíbles: también vuelve a Argentina en junio, para irse al mes siguiente a hacer una temporada de trabajo en España. Quizá, alguna vez, cumplamos juntas el sueño de recorrer la India; quizá ella aparezca en Chiapas si sale mi trabajo... Lo particular en las charlas con esta niña es que cuando proyectamos rutas, las saboreamos tanto, que casi llegamos a tocarlas. La experiencia es muy orgánica. Entonces me embarco y las ideas abstractas se transforman en destinos futuros... Nos decimos todo esto mirando el mar, con el cuerpo entero sumergido en la laguna. Nos reímos de nosotras mismas y preguntamos ¡¿si será posible andar soñando tanto?! Y en qué momento mandamos a la cucha las posibilidades de ascenso en nuestras carreras profesionales y nos sumergimos en esta olla tibiecita en la otra punta de Sudamérica.


Los procesos son tuyos”, dice con una mirada que busca penetrar.“Los estímulos existen, sí, pero si no hay sensibilidad para percibirlos; pasan. Y esa energía es tuya”. La luna llena está encendida. Nati habla de la atracción que siento por el Cauca, desde que escuché relatos de un chico de ahí... Que son pueblos de risa cotidiana, de baile y juego. Una “chimba” en palabras de Diego; expresión que es lo más parecido a la alegría infinita... De esos momentos compartidos con él me llevo un pedacito de su conocimiento sobre piedras y plantas de América del Sur, una técnica para construir alguna vez mis propios truenos, un repelente natural de mosquitos a base de ruda, marihuana y alcohol, que el Cauca es una tierra de resistencias hecha de pulsión de vida y que Colombia sea -quizá- un lugar a donde volver para siempre.

Palomino me lleva a pensar mucho en la gente: en la mía del sur y en la que voy conociendo...
Cuando hablan con dulzura y los ojos se les iluminan, cuando hablan sin nerviosismo -que es el disfraz de los temores-, cuando bucean profundo: les brota una hermosura que enamora. Es que en ese estado de sensibilidad irradian una energía que llega de forma directa y agita el espíritu de quien escucha.
Y es tan bello verles las esencias.
¡Ay!, ¿cómo explicarlo Nati? Es como cuando sentís mucho frío en las manos y alguien las toma y las entibia con su aliento. Sí. Un relato apasionado es eso, un aliento tibio en medio del frío: lo mejor que cualquier persona pueda dar a otra.

XIV

Néctar

Es 20 de abril en la Guajira. Unas cuarenta personas nos reunimos a escuchar a una chica de Salta, Argentina, y a otras dos de Colombia (una de Medellín y otra de una comunidad indígena del Pueblo Miuska) sobre medicina con plantas para limpiar el cuerpo en seis etapas.
Me esfuerzo por seguir el hilo y tomar nota. Meses después, Jere va a leer estos apuntes riéndose por la forma en que anoté el nombre de algunas plantas que nunca había oido y va a ayudarme a traducirlas. Me interesa especialmente compartir lo aprendido para que cada quien lo haga si lo sienten necesario:

Primer etapa- Bajar la energía del plano superior / mental hasta drenarla por los pies y riñones. Así comienza un proceso de biologización a través de la absorción de las propiedades de cada grupo de plantas. Amargas: Ajenjo, Ruda, Contragavilana, De Juco Catera, Nim (autóctona de Colombia), Destrancadero, Huaca, Marcu, Artemisa.

Segunda- Expulsión de parásitos y energía hacia afuera. Plantas picantes. Paico (picante y amarga), Menta (dulce y caliente), Ajo (picante y dulce), Artemisa (desparasitadora emocional), Romero (ácida y picante a la vez).

Tercera- Limpieza de los filtros: intestinos y riñones. Cola de Caballo, Cúrcuma, Salsa Parrilla, Diente de león (suaviza la palabra y trabaja con la voluntad). En el intentino grueso se limpian las sombras y las memorias de los daños sufridos. A la incapacidad por soltarlas responden la aparición de hemorroides y colon irritable. Para esto ayuda la “hierba del empacho”. Para limpiarlo ingerir micílago (el lino y la chia tienen mucho. Hay que activarlas dejándolas una noche en un vaso con agua o moliéndolas) En los riñones guardamos la memoria ancestral y el instinto de supervivencia, asociado al territorio. Las mujeres alojamos también estas marcas en el útero.

Cuarta- Limpieza de pulmones. Acá guardamos la angustia y el miedo al ciclo de la vida / muerte / vida. Plantas para este proceso: Malba, Eucaliptus, Borraja.

Quinta- Limpieza de la sangre, por donde circula la alegría de vivir. Llevar la energía de vuelta hacia adentro. Plantas ácidas: Berro o Redondita de agua, Vinagrillo / Trébol pequeño), Ortiga (es ácida, se mira a sí misma y por eso llama a la introspección. Hace desaparecer en el afuera para aparecer en el adentro). Podemos tomarla o pasarla por la piel con un paño de agua fría. También es bueno hacer una cobertura de barro desde el pecho a la panza. Al barro se le puede poner Manzanilla o Caléndula.

Sexta- Volver a subir la energía. Plantas dulces. Aliadas para soñar, crear, decidir. Limonaria, Hierba Buena, Manzanilla, Lavanda (baja la fiebre), Llantén, Mora, Caléndula (ayuda a equilibrar el sistema nervioso).

-Formas de tomarlas: una planta a la vez, diluir un puñado en un litro de agua por día, durante 40 seguidos para conectar con la energía de cada una. Tomar desde la mañana hasta las 8 o 9 de la noche. Es bueno aprovechar el hervor para cargarla de intenciones. El proceso completo lleva unos 250 o 300 días. Cada litro que se toma mueve emociones. Esa es la esencia del agua.

-Tres características para conocer: sabor, temperatura y densidad (o movimiento energético). El sabor varía entre amarga, picante, dulce y ácida. La temperatura indica si nos va a enfriar o calentar. Es importante saber cuál es nuestra temperatura corporal media para no generar choques bruscos. Si tendemos a ser frías, es recomendable ingerir plantas cálidas. La densidad indica el lugar del cuerpo donde va a actuar. Para saber esto se puede poner un puñado de una planta en un vaso con suero. Existen las que quedan arriba, al centro y las que giran.

Para cada síntoma es bueno buscar las plantas del lugar donde estemos. Si por ejemplo estamos expuestas al viento y nos aparece una afección vinculada a él, tenemos que encontrar la especie que se maneje bien en ese contexto. Los síntomas que se quieren sanar pueden aumentar con la ingesta de una planta en particular, como parte del mismo proceso de salud. Hay que confiar en que el cuerpo no va a actuar contra sí mismo y saber que vamos a adoptar la forma de la planta que estemos absorbiendo... Salud es el proceso por el cual nos aceptamos a nosotros y nosotras mismas.


Propiedades de otras plantas:
-Tabaco. Es el padre de todas las plantas. Es amarga y picante. Baja y saca hacia afuera la energía en ceremonias. Su esencia es la comunicación.
-La coca es la madre de todas las plantas. Trae fuerza y dulzura. Es la conexión con la tierra.
-Artemisa. Desparasita la cabeza.
-Carqueja. Trabaja con las propias sombras. Ella es fría y caliente a la vez, a medida que va creciendo gira. Por eso se dice que es hija de los reveses y se lleva bien con los cambios.
-Ajenjo. Buena para el hígado.
-Maca (una cucharada por día) y Salbia ayudan a bajar la mentruación.
-Bolsa de Pastor. Sirve para atender los partos, frena las hemorragias.
-Cola de caballo. La única que se recomienda tomar durante el embarazo.
-Salvia, Zarzamora y Té de Orégano. Buenas para relajar el útero y evitar dolores.
-Poleo. Limpia el útero en tomas de tres meses.
-Marihuana. Muy utilizada en ceremonias amazónicas e hindúes y para preparar repelente natural, disolver un puñado con ruda en un frasco de alcohol.

XV

Tayrona


Entrar a tu exuberancia verde por un camino serpenteante
hasta sumergirse en el mar celeste, apacible.
Y abrir los ojos, siguiendo el nado ondulante de los peces.
Nunca fue tan placentero contener la respiración...

El Tayrona es territorio ancestral del Pueblo Kogui. Ya me había cruzado con varias familias en los mercados de Palomino. Usan túnicas blancas de una tela rústica hasta las rodillas, que los protege del sol. El corazón de la tierra que habitan fue declarada Patrimonio Natural de la Humanidad por la Unesco en 1982. (Igual que la Quebrada de Humahuaca en el norte argentino; Colonia, en Uruguay y tantos otros sitios más) Es peligrosa la varita protectora de la Unesco; a veces dudo para qué y -sobre todo- para quiénes preservan este tipo de declaratorias.
Hoy la reserva como tal pertenece al estado colombiano, quien la consecionó a una empresa que es la que da las charlas informativas al ingreso y -de paso- ofrece su selecto servicio de alojamiento a un precio tres veces mayor que los de las familias del lugar. El cierre a la charla informativa viene con un sutil sistema “de enganche”: pagar 32 mil pesos colombianos (algo así como $170 argentinos) por dormir en una hamaca; cuando los camping de los hermanos Bermúdez, por ejemplo, cobran 10 mil colombianos. Claro que es más difícil llegar a ellos porque no están bien señalizados y nadie informa afuera sobre su existencia. Uno empleado de la empresa nos ofrece el servicio, respondemos que ya tenemos a dónde ir y pregunta cómo es que conocemos otros alojamientos si no estuvimos antes en Tayrona.

Acto seguido: cola para pagar la entrada.
Nacionales: 4 mil colombianos
Extranjeros y nacionales estudiantes con carnet y menores de 26 años: 8 milenario
Extranjeros con más de 26 (o sea, nosotros): 42 mil.
"Corazón de tierra" (o nido de avispas)
Pasada la fanfarria, se abren los caminos selváticos por los que vinimos hasta acá. Con Mati nos detenemos en cuclillas a observar el trabajo laborioso de un centenar de hormigas rojas que transportan hojas seis veces más grandes que ellas. Pienso que son iguales a cualquier grupo humano, cuando nos ponemos de acuerdo en hacer algo en común. El ambiente natural impresiona realmente. Será que por mi identidad geográfica (hecha de lagunas y campos fértiles) la explosión de esta paleta de verdes es una fiesta visual.



Se nos hace tan de noche chapoteando, que terminamos perdidos en medio de la costa, al lado de una laguna de caimanes. Temprano había leído un cartel que decía “Peligro: laguna de caimanes” y recuerdo haber puteado a los conservacionistas. “Ay, ¿pero qué piensan que les voy a hacer yo a un par de flamencos?”. Mati no leyó el cartel. Se queda helado con mi comentario. Jose, ¿qué te pensás vos que son los caimanes? ¡¿Pajaritos?! Son unos cocodrilos que si andan con hambre nos comen en porciones”. Automáticamente me corre un frío por la espalda y recuerdo una frase de Nati: “Corrí hasta con la lengua”.
No sé cuánto dura la estampida. Somos ciervos asustados escapando de un león. La laguna no para de ondularse. Se dan cuenta que estamos acá echando adrenalina. Una paisano nos cruza al galope en medio de la maratón y grita que tengamos cuidado, que esta es “la hora de ellos”...
En medio de la perdida, Mati empieza a tararear una canción. Amo su sentido del humor. Cantamos a los gritos para espantar el terror, hiper agitados: “Voy hacia el mar / con la esperanza de que al caimancito no le guste el agua salá...”

Ver, a lo lejos, el primer farol del camping de Bermúdez es lo más parecido a esos relatos de los que estuvieron en coma y dicen haber visto el túnel luminoso. A las 9 de la noche ya estamos enfundados en nuestras hamacas con mosquiteros incluidos. Es la primera vez que duermo en el aire y es mucho más hermoso de lo que imaginaba. No recuerdo el sueño. Seguro versa sobre esta selva que me contiene...

XVI
Firmemente dulce y dulcemente firme”
Canto al maíz del Pueblo Miuska


Minca es un pueblo cercano, dentro de la órbita de la Sierra Nevada de Santa Marta (la más alta del mundo) Ella es una presencia intangible. En medio de la noche cerrada subo a una moto pequeñita cargada de frutas y verduras para llegar hasta el alberque donde está Nati. Es un viaje de media hora por camino de ripio. El pibe que conduce, al que le estoy confiando mi vida, dice que la huella está más resbaladiza que lo habitual porque llovió mucho. Apago la mente, no hay mejor opción para este momento. La moto se esfuerza por escalar en medio del barro, rumea algo que no entiendo, hasta que se apaga el motor, patinamos y nos salvamos de desbarrancar gracias al reflejo de nuestras piernas. Vuela alguna que otra fruta de la bolsa y volvemos a subir. El dice que falta poco. Cuando bajo me doy cuenta que las piernas me tiemblan como resortes.

Nidos de América del Sur
La noche va a transcurrir sin que tengamos idea de dónde estamos. En la casa nos dicen que esperemos la mañana. Vamos a un mirador natural y nos recostamos a ver la luna y algunas constelaciones. Al día siguiente en ese mismo lugar el horizonte es de un amplitud indescriptible. Mil metros arriba, todavía se ve el Mar Caribe y la Sierra Nevada. Minca está atravesada por decenas de hilos de agua cristalina. Con Mati aprovechamos las mañanas panorámicas para cantar, oír cómo se hablan los pájaros, dejarnos inundar por tanto oxígeno.




Nunca antes había estado en un valle con humedad tropical. La inspiración de García Márquez se percibe en cada rincón; como diría Mati tratando de graficar la admiración por Colombia cuando viajaban con Ro. 
Tomo un caminito delgado entre la selva y llego en La Candelaria: una finca familiar de cacao y café. Ahí conozco Ramón, quien me enseña a reconocer los frutos del cacao y el café que crecen en las laderas donde trabaja. “El campesino hace el trabajo más duro y en todos los países se nos reconoce poco”.



Cuando nombro la isla de Chuao, de Venezuela, donde vi por primera vez un cacao, suelta sus recuerdos. "Le conozco bien. Ahí viví 27 años". Es colombiano y campesino de alma, como mi mamá. Dice que el amor a la tierra es mayor que el sacrificio. Antes de irme, su mujer ayuda a elegir un café para mi abuela y cuando cuento que hago cuadernos, recomienda que me baje al pueblo y busque a Leila: “Al lado del centro de salud" Hace libros con ramas, hojas y semillas de la zona. "Decile que vas de parte de Ana, de la Candelaria”. Tomo el dato como una señal y bajo esa misma tarde.
Nati está por emprender su largo regreso a Puerto Cayo, en Ecuador. En medio de nuestra despedida aparece una caracola sedimentada por los años, con la que Natalia va a registrarme. Y así, esa imagen se convierte en símbolo de futuros reencuentros.  


domingo, 2 de octubre de 2016

TRUENO 7

LA BUENA ESTRELLA
Relatos tejidos en viaje por América Latina



TRUENO 7

Colombia 
Primera parte



I
            Abro los ojos. Todavía es de noche. Veo cómo aclara mientras entro a Cali en un bus que tomé ayer en Ipiales. Crucé la cuarta frontera por tierra. Estoy en la otra punta de Sudamérica. Naturalizo la experiencia (al fin y al cabo hoy es mi cotidiano), al tiempo que no quiero que se me escape su maravilla.


            Viajo sola hace dos meses, compartiendo de a ratos y en rutas con otros, con un disfrute genuino por cada encuentro. Tuve que llegar hasta Ecuador para comprender que esta es una etapa para viajarme adentro. Ando en un silencio tranquilo por los alojamientos compartidos (sugiere alguien una tarde). Soy la que busca los huequitos, la música en vivo para escribir y las sobremesas para buscar las veredas, las playas, los balcones. Es dulce reunirme conmigo en medio de la noche o la mañana... Pocas veces lo había experimentado con tanto placer.

II
            Todavía no conocí la zona turística de la ciudad: la colonial. El desconocimiento me lleva por un barrio industrial con puestitos de mercado regados a lo largo de las calles. 

           Una mujer morena de sonrisa amplia ofrece un tomate pequeñito. Le echa sal, miel y convida. Los carros con piña trozada se mezclan con los de cristales para espejos de motos. Un hombre canta a viva voz que hay “autopartes a precio de banana” y ninguno tiene un auto al que agregar esas puertas baratísimas.
            Los que más venden son los que tienen alimento para palomas. En la plaza que lleva ese nombre las familias se reúnen a darles de comer. Son más gordas y aguerridas que las de Plaza de Mayo, en la Capital Federal argentina.


            “Ningún turista camina esos bordes”, advierte un parce[1] caleño esa misma noche. Lo  cierto es que no encontramos gran diferencia con cualquier barrio alejado de las grandes ciudades del sur. Pienso que en esto de viajar hay veces que la gente del lugar nos cuida de más -como si fuéramos más frágiles en tierras desconocidas-, y otras en que sus consejos son acertados. Conocer ciertos códigos de un lugar -a veces- puede llevar bastante tiempo.
            “Cali, Caliente”, la llamamos cariñosamente. Por la temperatura que sobrepasa los 30° y la extroversión costeña de su gente, porque la cerveza está “al ambiente” y porque es una de las tres ciudades más grandes de Colombia.

III
            La Universidad del Valle del Cauca -UniValle- es conocida en la región por el alto grado de organización estudiantil. El día que nos reencontramos con Gime, tomamos tres metros hasta la zona sur para conocerla. Son decenas de edificios en un parque arbolado inmenso. Las pintadas y murales dejan en claro una postura política rebelde a las desigualdades sociales del contexto nacional y continental.



            Es día de asamblea y muchos estudiantes se van encontrando en una sala. Hay conversaciones apasionadas en baños y pasillos. El ambiente es pura efervescencia.


IV
            Despierto con deseos de pueblo y dudo en quedarme otro día acá. Cruzo en la cocina a Matías y Agustín; dos cordobeces que conocí el día anterior. Les comento la idea de partir y sorpresivamente ellos tienen la misma sensación. Decidimos arrancar a Salento, un pueblo serrano del eje cafetero.
            Para llegar, pasamos por la ciudad de Armenia hasta Sircasia: un paisaje de casas bajas y azulejos de colores a la vista. Son las 10 de la noche. Tito, el don que maneja el bus llama por teléfono a su parce Bernardo: “Hermano, acá unos chicos necesitan un viajecito hasta Salento. Se les ha hecho la noche y no tienen cómo llegar”. Tito nos deja en una esquina cualquiera con los bolsos y el dato de los números de la chapa de Bernardo para reconocerlo.
             A Bernardo no hay que hablarle mientras maneja; es que -por cordialidad- cada vez que responde gira el torso hacia atrás y olvida la ruta. En silencio, el viaje desenvuelve toda su belleza. La flora reverdece y se espesa. El auto asciende despacio por un camino de cornisa del que apenas vemos la huella. Son las 11 de la noche y Salento duerme mientras zigzagueamos por su natura exuberante. 

Mares de vida
            El valle es fresco y espeso. Lo andamos toda la tarde en un camino en subida que notamos recién cuando la panorámica del pueblo aparece como una estampa lejana.



            Cae el sol. De las escalinatas del centro de Salento se oye un cello. Como en una complicidad de dos, el hombre toca su instrumento hasta que acaba la puesta anaranjada.
            Favio trabaja desde las 6 de la mañana. Había abandonado esta pasión en los tiempos en que vivió en Bahía Solano, sobre el Pacífico. Cuando volvió a Salento, se reencontró con el Cello gracias a una mujer que le prestaba uno a escondidas de los directivos de una escuela de música del pueblo, a la que no podía pagar la matrícula. Cuando le impidieron seguir tocando, se sacó una foto de despedida con el instrumento que dio la vuelta al mundo por las redes sociales y un músico de la orquesta sinfónica de París le hizo llegar uno: con el que vive hasta hoy día.
            Dice que su compañero ya está tostado, es decir que la madera está curada por el uso y saca un buen sonido. Cuando cae el sol, en un código fraterno con él, cierra la última melodía. Enfunda el instrumento y empezamos a bajar las escalinatas.




            “Vénganse a tomar un tinto (café) de un bar amigo”. Aceptamos sin dudarlo, queremos pasarnos los días hablando con este hombre. Favio es un mar de historias, una vida donde parecieran haber cabido muchas. En los 30 años que pasó en Solano, en la región del Chocó, aprendió la ciencia de los moluscos y caracoles de los mares del mundo y se convirtió en guía turístico. “Las algas marinas producen el 70% del oxígeno que respiramos. El cril (una especie del mar) se come el fitoplanton (alga conocida por producir luz verdosa y brillante en la espuma de noche). Ahí empezó a desiquilibrarse un ciclo completo. El cril entró en abundancia con la mata indiscriminada de ballenas, cuando la industria a vapor usaba su grasa porque todavía no se había descubierto el petróleo”. Conoce los ciclos de los seres del agua, de sus vinculaciones con la tierra y las secuelas de tiempos remotos que aún perduran. “Tejidos que se rasguñan históricamente en pos del mal entendido progreso”; pienso en voz alta. 


            Hoy vive en el campo, a 30 minutos caminando del pueblo de Boquia. Dice que volvió a sus raíces. Del mar a la sierra. Cuando contamos que vamos a conocer el Valle de Cocora y sus palmas de cera, sonríe y nombra a su hija; a quien le escribió un poema inspirado en ese ambiente: “Sobre el Valle de Cocora / cabalga, Indira, cabalga...” Indira Gandhi. Así eligieron llamarla con la madre, en homenaje a la primer ministra mujer de la India, quien a su vez recuperó el nombre Gandhi para asumir al cargo. A la media hora, Indira entra al bar arrastrada por dos perros inmensos. Es flaquita, se tiñe el pelo oscuro, anda con una sonrisa inquieta y se suma a la charla. Quiere ser zoóloga y especializarse en serpientes. Se emociona cuando cuenta de su relación con los animales y que los caballos que viven cerca de su casa le relinchan cuando pasa. Comento que de seguro tenga una conexión con ellos y sonríe porque sí: ella lo sabe. Tiene 15 años y una decisión que asombra. Su forma de ser me recuerda a la imagen que hice de mi mamá siendo adolescente, a partir de anécdotas que ella misma fue contando. “Es que me llevo mejor con los animales que con las personas”, confiesa Indira a carcajadas. Esa frase se la escuché decir a la vieja tantas veces en los tiempos que trabajaba en el campo que -por un momento- siento estar frente a una par de la Inés quinceañera, cuando pasaba las tardes con su caballo Barrilete.  


 No recuerdo cómo terminamos hablando de la flor del aire con Favio:
“La Braxabola novosa nace en las rocas y sólo echa su perfume de noche. Si te gustan tanto escuchate el bolero Clavel del Aire”, recomiendo y recita.

"...en esta región / igual que un ombú / 
solito y sin flor / así era yo / 
preso del dolor los años viví / igual que un ombú /  
Y mi ramazón secándose iba, cuando ella una tarde mi sombra buscó / 

Un ave cantó en mi ramazón, y el árbol sin flores tuvo su flor /  
Un feliz viajero -viajero maldito- el pago cruzó; 
en brazos de él se me fue 
y yo me quedé de nuevo sin flor /

El que cruzó fue el viento
el viento pampero que se la llevó..."



Lo onírico – 8 de abril
Amanda sonríe, el pelo rubio le cae sobre la cara. Está algo resfriada.
Yo toco el piano, veo mis dedos deslizándose por las teclas.

            Cuando despierto un desconocido saluda en la cocina, se queda mirando mientras trozo piña sobre una tabla y pregunta -inexplicablemente- si toco el piano. Como un deja vu, el sueño viene a la memoria y junto con él, el recuerdo de Favio diciendo: “Bach no es música, es una constelación. Fue el último barroco”. La idea no significó algo especial para mí, porque jamás escuché clásica con atención, pero atrajo. Lo cierto es que algo quedó guardado y me llevó a buscar -en una asociación libre- sobre Bach y las constelaciones.
Esta es la trama de hallazgos que se terminó tejiendo:   

Bach + Galaxias
=
Avi Avital:
 Mandolinista israelí. Reinterpreta temas clásicos, en un concierto en Buenos Aires que se promociona con la propuesta: “Usá tus ojos como oídos”

Escribo mientras el orden aleatorio de youtube sigue su curso.
En el minuto 1:24 de un video, aparece una reversión de Piazolla en mandolina con reproducciones de galaxias y constelaciones: https://www.youtube.com/watch?v=RhEuVXPXo70
Listo. Decido cerrar mis parte del tejido acá.

Si quieren seguir buscando y tramando, pueden enganchar la aguja en cualquier punto y ramificarlo hacia donde quieran. Esa es la esencia de las urdimbres más interesantes.

V
Cabalga Indira, cabalga



         Cocora, Salento, Cauca, Colombia. El Valle amanece lleno de agua. Bajo un cielo húmedo llego a la Reserva de y encuentro un palo de agua (en Argentina le decimos de lluvia) hecho en madera de Guagua. Elijo dejarle ese nombre. En Bolivia les dicen guagua a las crías. Con él, canto Lágrimas Negras mientras recorro admirada esas plantaciones inmensas de palmas de cera, que son el árbol nacional de Colombia. Haber llegado a este país, en especial a las sierras y el campo energiza tanto como conocer a Mati  y Agus, con los que se reflota la idea de llegar hasta México.

        Vuelvo al pueblo en la chata de un señor. Con las piernas colgando de la caja absorbo los últimos fríos del valle. Hoy emprendo otro largo viaje hasta Bogotá, en la región de Cundinamarca. Después de un año voy a encontrarme con Johana, una de las personas que me contó tantas historias de sus tierras hasta encenderme el entusiasmo por conocerlas.




VI
La ciudad entre la sabana

              Carrera 13 con calle 28. “Así será la capital”, pienso mientras leo esta dirección que anoté en un bordecito del cuaderno. Carreras cruzadas por calles.
            De la “Cali, caliente” (como elegimos llamarla en nuestro paso fugaz) a la bruma fría de Bogotá. Sí, definitivamente esos tres días en Salento fueron oxígeno.
            “Vos no conectás mucho con las ciudades, ¿cierto?”, observa Agus en el quinto día que compartimos entre Cali, Salento y ahora, en las calles de la capital colombiana. De a poquito nos vamos sacando la ficha. Cazo al vuelo cuando le gusta una chica y el ríe con mi nostalgia pueblerina entre moles de cemento.



            Zigzagueamos. Nos metemos en cuanto localcito llama nuestra atención hasta dar con Sauty, un puesto de instrumentos musicales lleno de marimbas, djembes, truenos, palos de agua, cajones, charangos y tamboras de olas del mar. Ahí, algo del tiempo se suspende. Pruebo cuanto puedo; hasta reconocer el espíritu que les habita: están los de agua y aire, los de tierra y fuego.
            No entré buscando un trueno; de hecho andamos queriendo encontrar un charango para Agus. Lo cierto es que ver uno me recuerda al instante a ese que una vez anduvo conmigo y que ahora está en manos de Rocío en La Plata, Argentina. 

       (Me acuerdo bien cómo nació el amor con ese trueno del sur. Fui a buscarlo a la calle Talcahuano de Buenos Aires a finales de 2014 y deambulé bastante preguntando por él: calabaza, cuero, una cinta de colores rodeándole el cuerpo y un resorte elemental. Recuerdo también lo lento que caminé hasta la 9 de julio para probar cómo sonaba contra las baldosas de un microcentro ruidoso y caliente a las 6 de la tarde. Jamás voy a olvidar las gotas gruesas que empezaron a golpear los vidrios del colectivo que tomé para volver a La Plata, a  poco más de una hora de haberlo tocado, ni la lluvia torrencial con la que llegamos juntos hasta casa. Ese día sellamos algo; una especie de pacto ritual que nos trasciende. Siempre que alguien lo tenga entre sus manos y lo invoque con un sincero sentimiento de agua, el cielo va a escuchar... “Porque el agua mueve nuestras emociones”, me dijeron una vez. La frase, muy poética, es además orgánicamente lógica: estamos compuestos en un 70% de ella, igual que la tierra de la que formamos parte...
        Dudo unos minutos si compartir el secreto... Un argumento resuelve: en este cuaderno de viajes la transparencia viene apareciendo como algo innegociable. “Es poco justo guardármelo”)   

              (Hace días que algo me estremece el cuerpo y dilata la narración de la escena de encuentro con ese trueno bogotano y la tambora de olas del mar. ¿Qué será? Ahora que lo medito un poco, no resulta un sentimiento tan extraño. Cuando estoy por escribir situaciones con altas dosis de deseo, puedo dar vueltas y vueltas; como los gatos que parecen sentir placer cuando giran varias veces sobre una almohada -como siguiendo su cola-, hasta entrar al sueño; porque saben que lo tienen ahí cerca, servido, posible. “¿Juego entonces a alargar un momento?”, reflexiono. “Sí, eso hago”. Como saboreando esa sensación de adrenalina que corre por mis brazos haciendo clin clin clin, con un cascabel plateado y frío ahora que empiezo a tipear a buena velocidad.

            Me paro, arreglo el mate, preparo un plato de comida, vuelvo a la computadora cada cinco minutos; formas de retener una sensación. ¡Sí, eso hago!: Me De – Re – Tengo en un estado de preludio. Lispector diría que es un “it”: su forma de nombrar el hallazgo de algo que la conmueve. (Sí, ahora hasta puedo identificar qué es lo que me hace entrar en este estado de antesala: cierta fragilidad emotiva. Voy a aclarar que estas líneas están siendo escritas donde hace un frío crudo y la gente se esconde en sus casas y sus cuevitas temprano y los mangos que llegan con la importación no son tan dulces, ni estoy cantando Lágrimas Negras o Chan Chan con el cuerpo dorado a 35°. Cuando finalmente reconstruya la escena del trueno, podré limpiar este párrafo entero y nadie sabrá cómo es que trabajo a veces, ni la cantidad de giros que puedo llegar a dar antes de tomar de la mano aquello que quiero realmente. Pero estoy en tren de transparencias así que no habrá amputaciones...)

            La mujer del local acepta sacarle sonido a la tambora de olas del mar, mientras pruebo una calimba. El trueno está ahí, colgado. Lo miro con esa mirada indiferente -aunque atenta- con que un gato mira lo que desea cuando lo tiene cerca y sabe que puede tomarlo cuando se lo proponga. Agus filma y suelta una carcajada cuando digo que después de tremendos resonares quedamos bendecidos por el agua y que va a ser mejor buscar dónde refugiarnos. Afuera hay un sol que raja las baldosas. Es una tarde ideal para subir la montaña y llegar hasta Monserrate, desde donde se ve una panorámica de la ciudad. Se llega en telesférico o caminando y nosotros andamos con ganas de la última opción.



            Callecitas arriba, por el barrio de La Candelaria, el cielo se revuelve. De un momento a otro el ambiente se hace gris, como si atardeciera y un viento sacude los toldos de los puestos de mercado, arremolina nuestras cabezas y las copas de los árboles. La gente empieza a cerrar puertas y ventanas. Se viene fuerte.

     Entramos a un bar esquivando las primeras gotas grandes que sueltan unas nubes ennegrecidas. 
            Ahora diluvia hace rato y para mí es carnaval del cielo. Me asomo a la puerta del bar donde seguimos refugiados y desde ahí admiro cómo los ríos recién nacidos corren calle abajo. En mi mente suena Cumbia sobre el río de Celso Piña y me gusta imaginar que la gente que va y viene  esquivando charcos, lo hace siguiendo el ritmo de esa canción. En unas horas todo estará escurrido, menos mis botas.
            Adentro, Agus toma un chocolate caliente mientras embala su mochila con una bolsa. Lo oigo acercándose por el pasillo diciendo algo que no entiendo: “¿Che, vos no serás medio bruja?”.
Dicho eso, vuelve sobre sus pasos y se sienta en la misma banqueta a terminar la taza. 

 Lo cierto es que a partir de ese día, caminamos bastante juntos debajo del agua; hasta que agujereamos pedacitos de suela, nos acostumbramos a los pies empapados y aceptamos que los truenos no van a dejarnos llegar hasta la montaña. 


           Nos encontramos en un momento visagra de su viaje, donde los planes que creía más o menos seguros vuelan por el aire dándole pista para que los transforme en lo que quiera; porque  inesperadamente anda solo. Los primeros días en ese estado pueden ser de una incertidumbre fatal; el tiempo enseña que esa es sólo una etapa más, aunque elemental, para trascender a otros nuevos. El suyo me recuerda a mío de hace dos meses, cuando recién llegada a Ecuador decidí empezar a viajar sola y descubrí verdades muy fuertes, como que es difícil hacernos cargo de la infinita libertad de creación que tenemos y el valor que cobran los afectos cuando nuestro cotidiano se convierte en un cambio constante de paisajes, rutas y rostros.
        Charlamos mucho sobre esto chapoteando por la avenida 7 y así va surgiendo un cariño sincero entre los dos. Me gusta acompañarlo mientras atraviesa sus dudas. Esta es otra forma de reencontrarme con las mías. Algo suyo me hace espejo y entonces cuando le aconsejo, me obligo a decirme ciertas cosas que de otra forma evitaría. Le recomiendo que compre un mapa y lo despliegue. Todos los caminos son posibles. Que se conecte con el deseo y arranque. Practicar la libertad genera una autoconfianza que abraza (casi) tanto como una amiga después de tiempo de no verla. “Ya no existe la casualidad amigo. Son demasiados llamados hacia aquel lado”. Si decide subirse a una avioneta rumbo a Bahía Solano, quizá hoy sea el último día de este viaje que compartamos. A mí me esperan dos semanas de viaje por el Caquetá: una zona muy golpeada por el conflicto armado que vive el país hace 60 años. Johana, mi amiga y puente con la Colombia más profunda, cuenta que el lugar a donde vamos (San Vicente del Caguán) quedó muy estigmatizado por su asociación a las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FARC) y el fracaso de las mesas de negociaciones de la paz en los años '90. Ella va a hacer la prueba piloto de un trabajo que, si sale bien, se replicará a otros 280 municipios: relevar las condiciones de vida de pueblos rurales afectados por la guerra.
            Una sincronía particular hace que hoy empuje a Agus hacia su deseo, como anoche Johana lo hizo conmigo.



 VII
               Antes de iniciar este viaje, dije muchas veces que Chiapas (en México) era mi faro.
            Estando todavía en Ecuador hablo al CIESAS: un centro de investigación de esa región, al que no pude ir a trabajar en 2014 porque me faltaba la guita para los pasajes, entre otras cosas y al que quisiera ir este año. Para que mi estancia de trabajo se concrete, necesito que una investigadora se ofrezca a recibirme. Recibo una propuesta de Xochitl Leyva, una antropóloga e inquieta militante social, a quien le confío ni bien leo cómo se expresa: “Andamos en una idea que llamamos Mujeres en Movimiento... Queremos formar un equipo y aprovechar nuestros nomadismos para recuperar historias de mujeres de la zona”. Ella está vinculada a una editorial cooperativa y a la UniTierra, una Universidad Campesina que conocí por prestar su espacio a distintas actividades del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Este movimiento social (el EZLN) es -a mis ojos- un horizonte a muchas luchas autónomas de América Latina desde hace 22 años, cuando miles de personas de pueblos indígenas y campesinos se levantaron ese 1° de enero de 1994 en el Distrito Federal para decirle al gobierno que están vivos, que existen, que son muchos y dispuestos a crear sus propias estructuras de vida al margen del estado corrupto[2].
            Sus palabras erizaron mi piel durante años a kilómetros de distancia, diciendo que sí: que era posible poner nuestros mundos de cabeza.

        Admirando profundamente sus pasos, sólo existía algo de una vieja tradición militante que mantenían y me dolía en la intimidad: la masividad mediática de un líder criollo con pasamontañas. Y fue el 25 de mayo de 2014 que nos susurraron al oído: “Marcos no existe ni existió jamás”; despertando así una nueva catarata de libertades. Recuerdo la tarde exacta en que lo leí. Vivía temporalmente con la Negra, en La Plata. Ella tomaba mate con Ru, mientras bailábamos Murga Murguera en el comedor, hasta que un impulso me echó a llorar de alegría sobre el sofá y compartí la emoción con mi compañero de ese entonces. Cumplía 27 años y la irreverencia zapatista, 20:


Es nuestra convicción y nuestra práctica que para rebelarse y luchar no son necesarios ni líderes ni caudillos ni mesías ni salvadores. Para luchar sólo se necesitan un poco de vergüenza, un tanto de dignidad y mucha organización (…) No hemos engañado a nadie de abajo. No escondemos que somos un ejército, con su estructura piramidal, su centro de mando, sus decisiones de arriba hacia abajo. No por congraciarnos con libertarios o por moda negamos lo que somos. Cualquiera puede ver ahora si el nuestro es un ejército que suplante o impone (…) 

Somos guerreros y como tales sabemos cuál es nuestro papel y nuestro momento.
En la madrugada del 1 de enero de 1994, un ejército de gigantes, es decir, de indígenas rebeldes, bajó a las ciudades para con su paso sacudir el mundo. Apenas unos días después, con la sangre de nuestros caídos aún fresca en las calles citadinas, nos dimos cuenta de que los de afuera no nos veían. Acostumbrados a mirar desde arriba a los indígenas, no alzaban la mirada para mirarnos.


Acostumbrados a vernos humillados, su corazón no comprendía nuestra digna rebeldía. Su mirada se había detenido en el único mestizo que vieron con pasamontañas, es decir, que no miraron (...)
Nuestros jefes y jefas dijeron entonces: “Sólo lo ven lo pequeño que son, hagamos a alguien tan pequeño como ellos, que a él lo vean y por él nos vean”. Empezó así una compleja maniobra de distracción, un truco de magia terrible y maravillosa, una maliciosa jugada del corazón indígena que somos, la sabiduría indígena desafiaba a la modernidad en uno de sus bastiones: los medios de comunicación. Empezó la construcción del personaje llamado “Marcos” (…)

Y cuando al fin nos dimos cuenta de que ya había una generación que podía y quería mirarnos de frente,  escucharnos y hablarnos sin esperar guía o liderazgo, ni pretender sumisión ni seguimiento.
Marcos, el personaje, ya no era necesario. La nueva etapa en la lucha zapatista estaba lista (...)”.
Tanto, tanto desear ese faro...
y cuando estoy cerca:
mi corazón se detiene en una duda.

                  Porque ya no estamos en febrero. Es abril, estoy en Colombia y hace dos semanas le debo una respuesta a Xochitl... Retengo ese nombre unos minutos, hasta recordar que es la misma mujer que busqué en 2014 y no pudo recibirme porque andaba en viajes. “No era ese nuestro tiempo”; reflexiono mientras busco una respuesta, que ya tengo dentro mío, en I Ching.

45 / La Reunión
            “Es alentadora la unidad en grupo o asamblea. Concentrar para cosechar. Armonía y cooperación (…) Es necesario tener conciencia de lo espiritual, como trasfondo de la comunidad humana (…) En algún momento de su viaje interminable el agua se queda quieta, se junta y colecciona. En el mar, en un lago, en una cisterna; sea donde sea que se quede en reposo sobre la tierra. El agua no planifica, no proyecta, no piensa. Se deja llevar por la Tierra, obedece al Sol y al Viento. La montaña le sirve para subir al Cielo y el Trueno le sirve para bajar a la Tierra (...) En La Reunión nos vemos en el espejo de los otros. Allí aprendemos quiénes somos y quienes no somos. Todo engaño desaparece para el que sabe ver. (…) Hay un centro para la reunión y ese centro es la cuestión que nos convoca; puede ser una persona, pero no es uno de nosotros. (…) Es cierto que alguien ha convocado. Pero ese alguien no representa la cuestión que nos convoca a La Reunión, es un simple gestor de la voluntad comunitaria (…)”.

            Johana primero y el I Ching después, son vitales. Juanma y Ju sostienen su aliento desde México durante esas dos semanas de silencio mío. Es 12 de abril, abro el mail y escribo un sí emocionado desde Bogotá hasta San Cristóbal de las Casas, en Chiapas.
            Por eso hoy, bajo este lluvioso 13 con Agus, siento que estoy devolviendo algo cuando percibo su deseo y lo pincho para que lo alcance.


VIII
Tierra rebelde

            De noche, cuando bajo a fumar un cigarrillo, Bogotá parece más sola y más fría. Son las 9 y casi nadie camina por la calle. Veo como se recorta la montaña detrás de los edificios. Me llegan pedacitos de su flora oscurecida. Desconozco a Bogotá. Hace apenas cuatro días la camino y no me imagino gran tiempo más. “Vos conectás más con los pueblos, ¿cierto?”. Otra vez, la observación de Agus rodando como una certeza.
            Mañana salgo a otro territorio muy distinto a este que también desconozco. En los ratos que compartimos, Johana y Juan se ocupan de prepararme política y sensiblemente sobre el contexto. Cargo en la mochila las crónicas de un escritor colombiano sobre las secuelas del conflicto armado en pueblos de distintas regiones.
            Desde que conocí algo de la historia del país, me hice la imagen de una resistencia no derrotada; como si en el sur las dictaduras cívico – militares no hubieran aplastado las revoluciones de los 60' y 70'. Ni el paramilitarismo, ni las políticas neoliberales fulminan la insurgencia de esas guerrillas campesinas que se vieron en la opción de tomar las armas en los '50 para defender sus territorios; porque ahí jamás hubo ni un asomo de reforma agraria. Y el conflicto lleva 60 años, con complejidades como el narcotráfico y -otra vez- la estigmatización de la hoja de coca por parte del gran negocio de la cocaína.
            Colombia es tierra rebelde. A días de haber entrado en ella, así la siento. La influencia negra cada vez más presente en la cultura, la historia y el cotidiano y la salsa; una cordillera que acá se bifurca en tres: oriental, central y occidental, la irreverencia y la identidad campesina que se reconocen muchos colombianos. Hace rato siento que este viaje es muchos en uno; como una mamuscha. Recuerdo un sueño: un bicho del que sale otro bicho y otro y otro y otro... De noche, el inconsciente recrea escenarios teñidos de una violencia machista estructural... Porque ¿qué son sino las guerras tal y como las conocemos?

 ***
           
            Nadie quiere vivir escondido en las montañas sin tener qué comer por semanas. Es una elección para cambiar el mundo injusto en que vivimos, pero no puede perpetuarse. La guerra no puede perpetuarse. ¿Sabés los ríos de sangre que siguen corriendo?”. En fragmentos así voy conociendo a Juan; el compañero de mi amiga. Tiene una sensibilidad que se muestra paulatinamente y eso me genera cariño y admiración. En medio de una cena, animada por sus palabras, decanto en llanto sobre la mesa. Le tomo las manos en gratitud y le elogio que la utopía se le escapa por los ojos cuando habla de los sueños que sueña para su Colombia y que me gusta saberlo compañero de vida de Joh. 


14/4/16. 00:17. Bogotá.
IX

            Apago la luz. Cierro los ojos. Me digo cosas en silencio para proyectar algún sueño luminoso y se cruza una palabra que usó Juan: esperanza. Fue tan sincera la sonrisa que se le dibujó en los labios cuando la pronunció, que el ambienta quedó envuelta en ella.

            (Creo que me estoy durmiendo... Sí, me estoy durmiendo... Hasta que unas frases sueltas atraviesan mi telaraña onírica. Intento espantarlas como a moscas. Pero no se van, no se van. Estamos en una de esas noches de inquietudes decididas. Rendida, me levanto, enciendo la luz y me les uno, sentada en la cama, esperando qué tienen para contar...)

            Pienso en los y las campesinas que trabajan y trabajan con bajo perfil,en el anonimato que sostienen y en lo fundamentales que son cada uno de ellos, cada uno de nosotros y nosotras.


           La palabra se convierte en abstracción,
           en una forma de estar en el mundo,
           siendo una más / engranaje fundamental / entre las multitudes

Recuerdo lo mucho que me incomoda estar cerca de personas con perfiles altos, que por uno u otro motivo sobresalen seguido y ese estado de sentirse enamorada hacia algo y ayudarlo a crecer sin que haga falta alzar la voz, una individual voz. Pienso en el campesino como metáfora de un ser humilde, sin mayor ambición que sostener la propia existencia y generar vida a los demás.

(Para este momento todo es poesía en la habitación. La lapicera corre a ritmo vertiginoso sobre las últimas hojas del cuaderno y es impensable dormir).

Juego a imaginar un compañero con esencia campesina, cualquiera sea la tarea que elija.
Campesino de la palabra o la música. Artesano en la bondad de compartir lo que sepa.
Orfebre silencioso de los días. Constructor de amores colectivos.

Un campesino poeta o maestro que sonría de mañana con sabor a mate tibio en los labios.
Que nadie lo invite a un pedestal, ni quiera subirse.

Que su nombre sea tan corriente como el mío y en ese dulce anonimato nos crucemos, entre el mar de gentes que andamos soñando otros mundos, por los que hacemos humildes aportes que -unidos- forman tormentas.

Un verso / un cultivo / una canción / un par de zapatos / una comida / una silla de madera / 
una ronda de enseñanzas / una colmena / un libro

Descubro ahora que hay que ser realmente grandes para dejar a un lado los títulos, los escalones, los nombres propios que nos confunden y separan. Y que si lográramos crear un silencio común, prometería sostener el fuego; que no es otra cosa que el alimento de los días por venir.

X  
           
            Despierto con México en el corazón. “La luna y los astros nos juntan”, responde Xochitl. A esa expresión mutua por reunirnos, ahora le restan varias presentaciones y avales formales. Ju, Juanma y mis compañeros de trabajo en La Plata son los únicos que saben de esto y de la posibilidad de volver Argentina si la estancia en Chiapas se convierte en una opción real.
            Armo un mate y escribo un mail sentido a Xochitl, contándole las emociones que se movilizan con la posibilidad de esta experiencia. De ella sabía que es parte de un grupo de artistas, comunicadores comunitarios y antropólogos e intuí que tiene el corazón zapatista. “La luna y los astros nos juntan", asegura hoy. "Jose, estamos como locas armando un trabajo y sabete que el tema: Las luchas de las mujeres y las comunidades por el territorio, la vida y el pluriverso. ¡Y llega tu proyecto ahora mismo! ¿No es eso providencial?  yo creo que sí, lxs dioses y lxs astros existen”.

            Bailo Hasta la Raíz, en agradecimiento a las sincronías. Vuelve a vibrar en mi estómago la turbina del deseo y recuerdo cuando estando ya sin casa en diciembre, hice esto mismo en la cocina de Tomi y Ligia. Es que bailar, a veces, es la forma que encuentro para agradecer. 

El movimiento del cuerpo como ofrenda.  



[1]     Amigo
[2]     El Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) muestra su rostro al mundo el 1° de enero de 1994, en una marcha silenciosa donde comunidades indígenas de la selva Lacandona se levantan anunciando su decisión de crear un mundo nuevo, en los márgenes del Estado Nación Mexicano, a quien identifican como el mal gobierno. En estos más de 20 años de existencia pública, el zapatismo viene dando lucha al avasallamiento, persecuciones y asesinatos de las fuerzas represivas del estado que buscan aplastar al movimiento que se convirtió en la máxima referencia de construcción autónoma en toda América Latina de los últimos años. No tiene jefe, directores ni estructuras jerárquicas. Se manejan con referentes rotativos que llevan la voz de cada comunidad a asambleas generales donde se debate el curso de integral de la vida: salud, educación, seguridad, trabajo y alimento, entre otros temas. Cuentan con respaldo y apoyo de muchas organizaciones a nivel internacional. Se organizan en caracoles, algo así como pequeños parajes o pueblos. “Fuimos el síntoma de un proceso de resistencia nacional e internacional a una lógica que se presentaba como implacable: la globalización. (…) Nuestra lucha es por la paz y el mal gobierno siembre muerte y destrucción. Techo, tierra, paz, salud, educación, independencia, democracia, libertad. Esas fueron nuestras demandas en la larga noche de los 500 años. Estas son hoy nuestras exigencias”. Cada una de sus declaraciones están cargadas de poesía, irreverencia y utopías realizables. Uno de los máximos logros del EZLN, que regó a todo el continente, fue reivindicar el derecho de las comunidades postergadas a decir y decidir en sus territorios las formas en las que quieren vivir. Para muchas de las organizaciones que trabajamos desde y para la autonomía, toma la forma de un faro de esperanza. Para saber más: EZLN