domingo, 24 de abril de 2016

TRUENO 4

LA BUENA ESTRELLA
Relatos tejidos en viaje por América Latina


TRUENO 4  

Perú

Sabino Huaman Quispe. Luthier de Cusco.

Dicen que los cactus son los abuelos de estas tierras que, sabiendo que con la
invasión española se abría el largo Pachakuti (tiempo) de oscuridad de 500 años,
eligieron corporizar su espera en ellos hasta que sea el tiempo de volver.  
I
Transacciones de gente

       Cae el sol. Estamos en la frontera. Varias personas se enteran que “les falta un sello” en su pasaporte y que la solución es pagar una multa de entre 200 y 300 bolivianos. El arte de estafar distraídos. Afuera, dos hombres están sentados estratégicamente frente a las colas de migraciones con un cartel. Ofrecen cambio a muy mal precio y son la única opción en la mitad del camino entre Copacabana y Puno. Si discutís con los milicos, nada sale más barato. En este terreno tienen demasiado poder, lo saben, lo aprovechan, lo gozan. La escena se repite del lado peruano. 

        Ayer, hoy y siempre. Sos un número en el límite entre dos naciones. 

Las fronteras entre los Estados / Naciones -particular forma de encierro moderno-, son el gran negocio de quienes las manejan.

Señalización del Imperio Inca en Cusco. Antisuyu es una de las cuatro
regiones en que dividieron el territorio.Todas hacen referencia a un punto cardinal:
Chinchasuyu (hacia el norte), Cuntinsuyu (oeste), Antisuyu (este) y Collasuyu (sur).  
II
Cusco for export

      Después de un mes de viaje, salimos por primera vez a dar vueltas por bares y así entramos al microclima de ese Cusco impostado para los turistas que buscan reviente en medio de paquetes para recorrer todo el Valle Sagrado de los Incas en tres días. 
En una esquina, sobre una de las tantas calles cortadas (característica de esta ciudad de arquitectura colonial), resuenan como masas amorfas los altoparlantes de cinco locales en simultáneo. Fumamos sobre un empedrado chiquito, recostadas sobre las piedras de una fachada, mientras vemos pasar a promotores disfrazados prometiendo la mejor noche de nuestras vidas con vales 2 x 1. Disfrutamos lo que queda del fernet con limón en el termo y huimos.
Calles abajo, en un bar escondido, un grupo de músicos colombianos descose la noche con salsa costeña. Tucumán, Lima y Buenos Aires bailamos a ritmo caleño*. La vuelta a casa nos lleva por calles recortadas de lucecitas mareadas. Somos felices en medio de la madrugada, esquivando tirantes de madera que sostienen un frente en demolición. Los músicos argentinos con los que andamos están por pegar la vuelta al sur. Compartimos el último rato cusqueño con el mismo entusiasmo que nos hizo entrar horas antes al lugar donde tocaban, siguiendo ese violín, guitarra y cajón peruano que oímos de la vereda.
Esta noche fue también la primera que salimos con Flor, djembe y cuatro venezolano a improvizar una copla y un candombe. La cena que nos pagamos en un comedor con esa la ronda de canciones fue de las más sabrosas. 

Mi amiga dice seguido que América Latina es un sólo puño y hoy lo siento en las pequeñas cosas. En nuestras lenguas se va mezclando el continente. Argentina, Bolivia, Perú, Venezuela, Colombia. La música, el camino, la gente que somos y en la que nos vamos transformando en el andar. Algo de cada encuentro se adhiere a la piel y nos devuelve distintas.

“Buen viaje”, nos decimos con las manos en las primeras despedidas. Y es que viajar empieza a mostrarse como un gran ejercicio de desapegos. Los vínculos ganan profundidad con rapidez porque sabemos que mañana mismo los caminos nos pueden separar. Y entonces queremos compartirlo todo, antes de los próximos destinos que bifurquen rutas. “Buen viaje”, nos deseamos otra vez; hipervivos, con los pelos revuelto de frío y los pechos pulsando un mismo ritmo.      
“Hasta algún otro lugar del mundo que nos reencuentre”.

III
Días Ayni** 

Guiada por las indicaciones de Djadira desde Lima, llego al pueblo de Chinchero: una comunidad en medio del Valle Sagrado, donde también perviven poderosas ruinas Incas. 

Busco a Fortunata, una tejedora y tintorera de la zona. Me instalo con ella y su familia durante tres días en los que intercambiamos recetas de cocina de Perú y Argentina, puntos de crochet, canciones y costura de libros. Decido quedarme en el pueblo. Experimento un estado de calma profunda, influenciada por ese cotidiano de trabajo familiar y vida sencilla que me recuerdan a mi infancia en el campo.

Copla de Andrea Mamondes. Grabada para Milagros, 
antes de que Mai y Flor siguieran camino a Machu Picchu


   Fortunata cocina una sopa de sémola, preparo dos fuentes de pastel de papas como despedida, Mili está en la plaza con el puesto de artesanías, Pascual y Diego estrujan ropa lavada. 



     A la hora del almuerzo cae granizo y el viento se vuelve tan furioso que terminamos comiendo con las puertas de madera herméticamente cerradas para que no entre la piedra. 


   Apenas escampa, bajo a la plaza a saludar a Mili que volvió a extender los telares y muñecas de tela en la feria. 

   La aflije mi partida, abraza y mira con sus dulcísimos ojos negros.  Quedamos en un reencuentro: cuando sea más grande la espero por Argentina; seguro voy a tener una casita de madera en las sierras cordobesas para recibirla y seguir tejiendo juntas.

IV

En dos hostels por los que me toca pasar los dueños peruanos tratan mal a sus empleados también peruanos. Silenciosos, la mayoría hace lo que el jefe manda. El machismo y la discriminación son fuertes. En el primero ves colgada la bandera a rayas de colores horizontales que -para mí- representa la diversidad sexual. Sorprendida por el gesto progre, pregunto entusiasmada. El encargado sonríe socarrón: “No, no, no. Esta es nuestra Whipala. Cambiamos hace un tiempo la de cuadritos porque justamente la confundían con esa otra. Pero nosotros acá no, nada que ver”.
Afuera, en la calle, empiezo a prestar atención a la cantidad de negocios que tienen esa insignia y recuerdo: “No, no, no. Nosotros nada que ver”. 
Días después, a la vuelta de Chinchero, voy a un segundo hostal. Una pareja está explicando por qué quieren una habitación matrimonial. Son dos hombres. -Pero, ¿para ustedes?, pregunta una chica sin esperar un sí como respuesta. Ningún cartel lo dice pero parece estar escrito en el aire: las habitaciones matrimoniales son para los heterosexuales. El chico que pide la habitación es francés. Habla poco castellano. Cuando entiende, por los gestos y las vueltas, que lo que están viviendo él y su compañero es una situación de discriminación, la sonrisa le vira una tristeza honda. 
Cuando se libera una, un nuevo encargado le pregunta en tono acusador. “¿Todavía la quieren?” Sí, contesta tímidamente el chico y le hace un guiño a su pareja. Son cómplices en esa resistencia, en medio de la incomprensión de quienes no saben  amar libres de mandatos.

V
El 26 de enero amanece gris en Cusco. Todos tosen, incluyéndome. Recomiendan que no vaya al hospital. “Para los extranjeros la medicina es muy cara o no te van a atender. Te queda el privado y la consulta no baja de los 80 soles. Andá a la botica, que te miren y recomienden”. Una tableta de
ibuprofeno y termos de jengibre, limón y miel me acompañan los días siguientes. 
    

      Vuelvo a caminar la ciudad colonial, pienso que la única vez que estuve antes en un país no limítrofe fue en Venezuela en 2011. En ese tiempo en Caracas, la capital, el chavismo había expropiado el hotel de la firma Sheraton y lo había convertido en alojamiento para los grupos de médicos cubanos que llegaban a colaborar con los campamentos de salud en todo el país. Impensable algo así en el Perú actual, impensable en la Argentina gobernada -otra vez- por el neoliberalismo más asqueroso.

Denuncias en las calles de Cusco,
previa a las elecciones nacionales.
      En Bolivia nos preguntaron mucho por el panorama argentino con el nuevo presidente. Escuché a Flor explicarlo con una simpleza y una profundidad hermosas. A las doñas y doñitos con los que hablamos, les decía que ahora nuestra tierra está dirigida por un rico que no conoce las necesidades del pueblo y que gobierna para las grandes empresas. “Entonces hay una sensibilidad básica que falta”. Escuchar y decir estas cosas lejos nos duele a las dos. Salimos a 20 días de la asunción de Macri y el país empezó a prenderse fuego de reclamos y represiones.

¿Cómo estará mi tierra? ¿Cómo estará la linda Venezuela y sus sueños de revolución? ¿Faltará harina pan en sus mercados? ¿Qué estará comprando nuestra gente para comer en el sur?


Los nombres de algunas calles me distraen los pensamientos. Varias llevan la marca de la colonización católica: purgatorio, ataud, lamentos. Cerca de donde trabaja Sabino Huaman Quispe (luthier de cuerdas, vientos y percusión) aparecen otras en Quechua, como Tandapata***. En la visita, él y su su hijo enseñan acordes de la marimacha; un instrumento dulce parecido a la mandolina. Sabino agrega un tornillo a la base de mi cuatro, lo sujeta con la correa que tejió Fortunana y en ese acto me veo saludando a Cusco.


Mañana cruzamos Lima para llegar a Máncora. Nuestros pies piden salir de las grandes ciudades. Serán entonces 45 horas ininterrumpidas de bondis. 

VI
Empezamos a bordear la columna vertebral del continente por el hilo costero del océano Pacífico. Yo, que nací del lado del Atlántico y que salí hace apenas un mes del sur del sur.

El fractal que llevo dentro se abre para mirar las sierras y campos nuevos. 

Esto recién comienza caracolita nómade****, descansá tranquila que esto recién comienza. ¿Ya vas entendiendo que el viaje, más allá de los kilómetros, es una cosmovisión?

      Se que ella está debajo del pecho, en la boca del estómago. Nos dormimos mientras la acaricio.




VI
Febrero sobre el Pacífico

       Camino por un pasillo largo hecho de palmeras y cañas. A un lado cuelga una tela de soles y lunas con fondo azul. Me recuerdan a las que hizo mamá cuando vivíamos en la quinta del Cerrito Colorado. Se mueven con el viento. El ambiente es cálido, como estar en casa; en una casa lejana y de antes. Hay días en que un perfume, una imagen o una sensación en la piel, recrea ese sentimiento aunque esté a kilómetros de cualquiera de estos recuerdos.  

VII

PKS, en otro tiempo, fue una joya sobre el mar. Hoy es un caserón de aspecto abandonado y derruido que una familia reabrió hace una semana. Para muchos representa la cama baratísima donde caer en plena costa peruana de Máncora. Llegamos con la idea de pasar tres días y terminan siendo -inexplicablemente- muchos más. 

Miércoles 10 de febrero, 11 de la mañana. Mis compañeros de habitación pican marihuana con parsimonia mientras preparo mate. En la pieza de 8 camas tenemos a un extraño durmiendo. Amaneció acá pero nadie lo vio anoche. Entra un grandote primo del encargado y zamarrea al dormilón que -además- está de resaca: “Hey, ¿qué hacés acá? Esta es la cama de una chica, vos no sos de este hostal, salite”. Así se resuelve la incógnita. El borrachín entró de madrugada por la parte de atrás del edificio, que es un patio abierto al mar. Facilísimo meterse en cualquier momento, como se meten las olas cuando rompen fuerte e inundan el salón de uso común.

Adentro nos reímos de la secuencia mientras gira la primera ronda de porro matutino. En PKS no sorprende que pase algo así, de hecho nos la veíamos venir, por eso los chicos se preocupaban en esconderme el cuatro cuando salíamos. Ya hubo choreo, marejada, piñas e inundación. El lugar tiene el clima de un “aguantadero sostenible” o por lo menos así lo defino en tiempos de buen humor. Flor está novianzo con el pizzero de enfrente. El amorío la saca del tugurio familiar y vuelve de vez en cuando a compartir unos mates. No entiende cómo sigo ahí. Hace tres días no hay agua y por la noche nos cortan la luz porque hay peligro de electrocución, por las mareas altas que inundan todo. 
Hubo una tarde que fue de las peores. Llovía a baldazos y las olas furiosas rompían contra las piedras y las aberturas del lugar. Todo era agua. De arriba hacia abajo y de derecha a izquierda. Chapoteamos para ir de la pieza al baño o la cocina, hasta que se escucha un grito desesperado: “¡Cortá ya la luz!”. De ahí en adelante la solución para las tormentas es esa. El PKS tiene también una instalación eléctrica deficiente. 
“¡Cortá ya la luz!”.

Pasamos una tarde a lampazo limpio intentando sacar el agua salada que entra por todos lados. Tarea difícil, como luchar con un molino de viento. Es mejor entregarse a la situación, con luz cortada no hay riesgo de vivir unos días de agua hasta los tobillos. En la calle la situación no es mejor. Una esquina se arremolina de agua marrón y nos acostumbramos a andar con el barro casi hasta las rodillas para ir al mercado. Afuera no dieron la orden de cortar la luz y nos preguntamos si eso estará bien o será que estamos al borde de un desastre. Las moto taxi patinan en la arena y se van de costado al suelo con pasajeros incluidos. Máncora es un caos; una sátira que soportamos en tiras diarias. 
En una de las vueltas al PKS toca una cucheta en el 2° y último piso. Paja y cañas del techo se venían encima, haciendo incómodas cosquillas toda la noche; además fue una de las de peor calor y los mosquitos no dieron tregua. Fue una de las madrugadas más largas en este viaje. Intentar razonar el calor para no sufrirlo, decirme -sin creerme una idea- que la nube de mosquitos era pasajera, que al otro día por la mañana todo estaría bien y revalorar la cantidad de buenas camas donde dormí, fueron algunas de las excusas que inventé para pasar esas larguísimas horas. 
     Cuartos ciegos y húmedos, baños tapados y sin agua en horas pico. La cocina merece un capítulo a parte. Sólo voy a decir que era un mar de fideos viejos.
Por eso la del borrachín de hoy fue hasta graciosa; salvo por la parte en que se le metió en la madrugada a una de las pibas en su colchón y ella terminó cediendo toda la goma espuma hasta terminar en el suelo. Lo cierto es que no me enteré de nada hasta que abrí los ojos, justo cuando mis amigos picaban marihuana para el desayuno. 

Contaba que estos días son de muy buen humor; el PKS obliga a eso también: a mal tiempo... Y la ciudad está en época de inundación.
Busco una olla limpia en la cocina. Imposible. Mesada y piso: mar de fideos. “Maldito el momento en que se me ocurrió venir hasta acá en patas”, escupo al aire. Sale calentar agua en sartén hasta el tope. Todo sea por un mate. Si no tuviera yerba mi humor no sería el mismo, sin dudas. Entro chapoteando a la pieza. Como corrimos el balde de la gotera para desagotar el inodoro, se hizo charco en el piso. La yerba es paraguaya, comprada en bolivia y sabe bien rica. Kurupí , una joya.


VIII

       Quiero viajar mucho tiempo. (Una parte de mí se siente extraña  positividad en un ambiente tan trash, tan al límite. Fumamos rico. Vuelve el agua corriente a la casa. Me pego una ducha y arranco al mercado para preparar un almuerzo a la familia.

     De vuelta, saco un pasaje a Cuenca y me refugio de la tormenta en un barcito donde dos gatos se arrullan sobre un sillón pequeño. Son los últimos días en Perú. Otra vez, cerca de una frontera, en mi cabeza se dibujan nuevos mapas. Resuenan nombres de pueblos y regiones ecuatorianas: Cuenca y Vilcabamba, la sierra al sur; Puerto Cayo y Mompiche, la costa, Puyo y Tena, la selva.


     Esa tarde leo un relato del pueblo indígena Kayambi de Ecuador. Viven en la región de Pichincha, cerca de Quito. Lo primero que me llama la atención es un canto que se comparte con los niños en las lomas altas en verano: Ya Kujuta Karangui Achilli Taitico significa “que el agua llegue”. Por esa dulce relación que tengo con el agua, la imagen de un pueblo entero cantándole me despierta una sensación familiar. 
        La cultura Kayambi está impregnada de un espíritu lúdico. Cuando alguien muere juegan al Chungay: se arma un círculo con doce granos de maíz, seis negros y seis blancos. Imagino que es algo parecido al ajedrez, pero de piso y con granitos de la siembra en lugar de caballos y reinas. Juegan también cuando se enamoran y mientras recuperan la relación cósmica y orgánica con la naturaleza; diluida por la influencia occidental.   

IX

Lo onírico – 9 de febrero  
Vivo en un domo de barro pintado de blanco. El piso es de azulejos violetas que brillan. Es mi casa en Ecuador. Dos personas que conozco llegan para quedarse y traen varios instrumentos. Salgo a recibirlos. Tengo el pelo suelto, muy largo, un vestido también violeta y estoy descalza. Camino por la arena, detrás se ve el mar y mucha vegetación. Estamos en una selva tropical.   

Cuando despierto recuerdo imágenes claras. El piso brilla con una intensidad constante y el ambiente es de unos verdes exuberantes. Nunca estuve en costas así de húmedas... Anoto el sueño para no olvidarlo y le cuento escenas a una de las personas que aparecen en él ... Esa luminosidad violeta va a reaparecer en mi cabeza durante la tarde. 



Lo onírico – 11 de febrero 
 Una voz agradece. Abraza y abriga. Dice que es mi protección
por los siglos de los siglos.

Hace 3 días ofrendé al Pacífico el caracol que Dan trajo del Mediterráneo. En su viaje a Francia y Alemania, eligió dos mitades de uno milenario y petrificado. Una parte la dejó en un santuario lleno de objetos que armó en su casa en La Plata, antes de volver a vivir a Bolivia, y la otra me la dio cuando nos encontramos a su vuelta, en septiembre de 2015. 


Una bella caracola. Pienso en cuántas otras tierras habrá andado en su larga existencia antes de que las manos de Dani la encuentren y la viajen hasta el sur del sur. Una mitad vivió meses de grandes movimientos conmigo, en pleno desarme de la casa La Parra en La Plata. Giró por esa ciudad en las últimas tres semanas que viví en hogares de amigos y subió a mi mochila en diciembre. Viajamos juntas hasta Perú donde la liberé al agua. Es la forma que encontré para agradecer al amor que -una vez- nos hizo elegirnos y a las distintas formas que dimos a nuestra relación en siete años. Y por sobretodo, hace parte de un ejercicio de libertades para honrar nuestras existencas...

___

Sabores nuevos en el cuerpo

Pisco. En una larga caminata por Cusco nos convidan el trago típico del Perú. Se hace a base de clara de huevo. Dicen que con 3 el mundo da vueltas. 

Cremoladas. El helado popular de la costa peruana. Hielo picado y pulpa de frutas. En Bolivia les dicen cepilladas y en Colombia, bolis. El frío de los 4 mil metros de altura en La Paz hicieron que  los pruebe recién en la costa. 

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*Así se llama a la gente de Cali, ciudad  del Valle del Cauca y conocida como la capital de la salsa, cerca al Pacífico.
**Ayni: ayuda mutua en Quechua
***La calle Tandapata es una de las siete cuestas del barrio San Blas, en Cusco. La referencia forma parte de la edificiación Inca y significa: lugar donde se discute la distribución del agua.
****Esto es un guiño para Ana Colombina y uno de sus poemas.

miércoles, 20 de abril de 2016

TRUENO 5

LA BUENA ESTRELLA
Relatos tejidos en viaje por América Latina


TRUENO 5

Ecuador
Primera parte


I
El dólar progresista
     Me gusta cruzar la frontera de Argentina y con ella, la moneda. Así vivo casi un mes con pesos bolivianos y otras tres semanas con soles peruanos. Guardo de esos días 20 bolivianos y un sol. Quizá para alguna vuelta... 
      Pisar Ecuador es encontrarse con el monedero en dólares. Tengo que acostumbrarme a moverme en el cotidiano con estas chapitas en inglés: five, ten, quarter, fifty, one dólar y pagar con eso a las doñas en los mercados latinoamericanos.
Los primeros días en Cuenca pregunto por qué es la moneda oficial del Ecuador. La señora con la que vivo cuenta que en el 2000 un gobierno neoliberal la implanta como “solución” a la crisis económica que atravesaba el país. “Por supuesto el cambio no ayudó en nada a estabilizar la situación, pero nos quedó el dólar”. Hace más de 15 años que la gente vive con peso gringo; tanto que hasta han impresos propias y entonces las monedas de dólar ecuatorianas se mezclan con la estadounidense y valen lo mismo. Por mi experiencia argentina, pienso en los '90 y me corre un frío por la espalda. Es raro comprender la vigencia de la extranjerización de la moneda en un contexto nacional gobernado hace años por Correa; uno de los pocos representantes del progresismo que va quedando en América Latina. 
      Salí de Argentina a 20 días de la tristísima vuelta de la derecha al gobierno, encabezada  por Macri y el partido del PRO. En Bolivia presencié críticas al gobierno de Evo Morales y García Linera, y también muchos de los avances en materia social, cultural y económica que el gobierno del MAS dio a este pueblo. Llega la noticia de que Evo pierde el referéndum para volver a presentarse a elecciones. Esta es entonces su última gestión. Me corre, otra vez, un frío seco por la espalda. ¿Qué va a pasar con Bolivia? Sabemos, los progresismos son parches en nuestro continente, no generan soluciones estructurales ni cambian de raíz los moldes económicos que perpetúan nuestras dependencias, pero ¿hay una alternativa de izquierda que pueda superar al MAS? Me entero de esto estando aún en Perú, tierra dirigida hace décadas por derechas de terror. Las calles están empapeladas con el rostro de Keiko (hija del dictador y ex presidente Fujimori) y todo dice que va a ser la figura electa, predicando atrocidades similares a las de su prole. 
      Y ahora, en Ecuador, tengo las  manos llenas de pequeñas monedas gringas. Pienso en el próximo destino: Colombia, una tierra signada por la resistencia campesina y el paramilitarismo y que Centroamérica es un corredor políticamente caliente. Recuerdo las tardes de charlas con Bren en Argentina, cuando ella sufría y sentía a la distancia el desbarate del gobierno de Guate, su país, por los tremendos casos de corrupción.  Hoy no están mejor, Estados Unidos se metió y les puso un gobierno provisional también de derechas obsecuentes con el norte. 

  Otra vez se nos va poniendo negro el cielito latinoamericano

Levanto un poco más la vista, pienso en México y en cómo me apasioné descubriendo esa historia de revoluciones campesinas con Zapata y Villa a principios del siglo XX y qué tan lejos de eso está hoy su realidad política. Me gusta recordar siempre que en esas mismas tierras calientes está plantada la resistencia de los Caracoles Zapatistas dando alientos de autoorganización en todo el continente. Más de 20 años de resistencia, más de 20 años de construcción autónoma. Ahí voy a llegar, alguna vez, dispuesta a que me pongan de cabeza todo mi mundo de ideas y sentires.  
Me esperanza pensar que, en medio de estos contextos, las resistencias son nuestro alimento.

II
Mujeres / Tierra

Lo onírico – 13 de febrero
Una persona me enseña la medicina de las semillas: sus propiedades y cómo mezclarlas para dar salud a distintos dolores.

  A lo largo de este viaje anoto dos tipos de sueños: los que siento premonitorios o que develan algo del orden del deseo. Esta imagen -por ejemplo- no es casual. Tiempo antes de salir de Argentina quiero aprender más de las semillas. Estoy convencida que hay una para cada afección. Muchas veces me soñé moliéndolas; incluso en mi última casa en La Plata lo hice en el mortero de madera con el que mi bisabuela Argentina las procesaba. Mi madre cuenta que la vieja sabía mucho de plantas y germinación de especies que luego convertía en árboles; como el palo borracho que plantó en una casa donde yo viví décadas después. Este sueño saca a la superficie ese deseo: establecerme en algún sitio y acercarme a ellas con más cuidado. Es que por vía materna, mi vida está vinculada a las semillas desde el principio. Mamá me enseñó a sembrar de chica en la huerta del campo (de donde salían las frutillas más sabrosas que probé en 28 años) y en enero de 2015, cuando volvimos a pisar esa tierra juntas después de 10 años, señaló el roble que está frente a la casa y contó: "este lo planté cuando estaba embarazada de vos. Tiene tu intención". Desde ese momento, guardo una hoja suya en uno de los cuadernos que descansan con mi amiga Victoria (guardiana de los relatos que dejé cuando cuando me fui), como agradecimiento a la energía que mi madre pulsó mientras me gestaba.  
  
Mujer tallada en la Plaza de las Madres. Cuenca.
III
Las cuerdas profundas

     “Ahora vas a hacer dos toque seguidos”. Martín marca el tiempo con su mano sobre mi hombro. “Ahora tres más rápidos y dos y tres y dos...Sí, ya lo tienes. Esa es la base de huayno”. En pocos minutos, de su confianza brota el ritmo. No recuerdo que me hayan enseñaron algo con tanto aliento. Quedo desorientadamente feliz, inundada por un sentimiento nuevo. Así él se convierte en un padre musical del camino. 
     Martín viene de Perú y lo encontramos tocando con un amigo en la parrilla “El Che”; a un lado de la ruta de la localidad de San Joaquín. Son un dúo de hombres tan virtuosos como humildes. Compartimos unas dos horas entre música, la receta de la Orchata (una bebida deliciosa a base de doce hierbas) y viajes en bus. La conexión fraterna fluye al instante. 
  Me asombran la dulzura y la paciencia con que enseña. “Niña, estamos para compartir. Los títulos no importan. Todos tenemos el ritmo en el corazón. Vos lo tenés, yo sólo ayudo a que salga. Si estudiaras conmigo, en cuatro días te saco a tocar”. Nos reímos de la ocurrencia; contesto que está loco y que me harían falta bastante más que un par de días. El sigue mirándome con la misma confianza en lo que dice y ya no es posible retrucar.
  En el viaje de vuelta a Cuenca comparte canciones del folclore popular latinoamericano y nos despedimos. El tiene que volver a Catacaos, su lugar en Perú. “Catacaos, otro lugar a dónde ir”; guiña Flor mientras los vemos alejarse.


   Gastamos la nochecita en girar por mercados buscando yerba. Mientras caminamos recuerdo en voz alta escenas de la tarde. Es que hablar siempre fue mi manera de procesar y entender experiencias complejas... Pienso en mi viejo, en las pocas cosas que pudo enseñar con amor y en cuánto elaboré la huella que dejó esa experiencia. Flor escucha atenta. Ya es de noche. Me sorprendo en un llanto que corre tranquilo, como esos ríos de las sierras del sur de Córdoba que tanto me gustan, y agradezco a la Pacha estas revanchas de plantarme padres amorosos en cualquier esquina del mundo. 
      Vuelvo a pensar en el de sangre y le mando un abrazo en el aire; que ojalá donde esté pueda ir sanando tanta violencia, que ojalá sea mejor padre para la niña que está criando. 

Lo onírico – 15 de febrero 
Llego a un pueblo con agua y muchos minerales. Una voz dice que no tome del cauce de la derecha porque viene con oro y es tóxico por el mercurio que usan para explotarlo. Sí, el de la izquierda porque trae magnesio.

  En esos días, sin saberlo, Valentín traza una primera analogía con el sueño. Mientras me prepara un dije con crisocola "para la garganta y la comunicación", enseña a reconocer rastros de hierro y magnesio en la piedra turqueza que hoy cuelga de mi cuello. 
      Con este dato y las imágenes de los ríos a flor de piel, decido que mi ruta siga hacia el sur de la sierra ecuatoriana: a Vilcabamba, un pueblo conocido por lo saludable de sus aguas y la longevidad de su gente.

IV
La intuición al frente

       Salgo tarde de Cuenca. No quiero que me agarre la noche. No sé todavía por qué pero necesito llegar hoy a la reserva Rumi Wilco y queda a varios minutos caminando del pueblo.
Cuando el micro frena, pido un papel de cigarrillo a una pareja. Charlamos, vamos al mismo lugar. El resto del camino se nos pasa compartiendo historias y olvido el horario. 
Viajan hace 4 años. Vivieron en Nueva Zelanda y Australia. Un año de largas jornadas de trabajo ahí les permitió recorrer Pakistán, India, Nepal, China y gran parte de Europa. Ahora están bajando por América Latina, desde México, para volver a casa. Quieren instalarse en Córdoba y tener hijos. “Tiempo de armar el nido”, dicen. Llevan 11 años juntos y un entusiasmo que contagia. 
      Ya en Rumi Wilco compartimos la cena y les pido que me hablen de recetas de la India. Me encanta escucharlos. Me encanta que no se les haya ido el “che” o el “boluda”, habiendo vivido en culturas tan distintas. Cada vez que les brota algo de lunfardo, marca de origen tan nuestra, no puedo evitar sonreirles. Cuando cuentan quiénes eran antes de salir, qué pensaban, cómo vivían y cuáles eran sus prioridades, llegamos a la misma reflexión: el viaje  pasa por el cuerpo hasta atravesar las formas de sentir y pensar el mundo. 

Lo onírico – 17 de febrero
Vuelvo a Argentina. Es 4 de marzo. Los programas culturales del ministerio de Cultura y Educación de la Nación, no fueron desbaratados por el gobierno de Macri y en La Plata los centros culturales del estado son una fiesta, donde pibes y pibas exponen las producciones que hicieron durante el año. Hay murales y orquestas, grupos de danza y teatro comunitario, revistas escritas en los barrios y una radio en vivo. (El alto nivel de energía me recuerda al encuentro de Jóvenes y Memoria en Chapadmalal). Me veo entrando a una sala alfombrada parecida a la del 1° piso del Pasaje Dardo Rocha (centro cultural estatal platense). Abrazo intensamente a Ju y Juanma que volvieron de México. Lloro, Juanma me alza en el aire con otro abrazo y el reencuentro con Kart es igual. Está toda la banda de hermanos y hermanas de la casita En Eso Estamos (eee) porque varios presentan un disco en esa muestra de artes gigante. Sin querer pateo un grabador H4 que tienen preparado. Con vergüenza, trato de juntar y arreglar las piecitas. Una nena me ayuda. 

“Improvisá con esta caracola”, dice uno de los pibes e indica “soplá en cuatro tiempos y a la mitad del tema hacela sonar más fuerte”. Cero ensayo. La improvisación me genera algo de adrenalina. Pienso en mi trueno, siento su ausencia. Busco a Roksha entre la gente; me encantaría encontrarla ahí sonriendo y agitando la calabaza.
Desde el escenario, cuentan la historia de un tema. El chico que toca la mandolina tiene un trueno pequeñito y lo ofrece. "Imposible hacerlo sonar sobre la alfombra", pienso. Encuentro una pequeña plaquita de metal para que su resorte suene contra él y la acomodo en el suelo. Está todo listo. Varios eee forman parte de la banda y otros muchos sonríen amontonados en círculo. Cierro los ojos, me entrego al viaje, como cuando cantaba por las calles de Cusco con Flor.  



Despierto. Estoy en Vilcabamba, Loja, Ecuador.

V

  En la primera mañana en la reserva conozco a Marie, una artesana francesa que trabaja en cristal moldeado a fuego. A esa mujer le brillan los ojos. La vitalidad se le derrama, embelleciéndola. Tiene unos 37 años. Es madre de dos adolescentes de 12 y 16. Cuenta que viajó mucho, que cuando eran cuatro con su ex esposo armaron una camioneta y salieron a girar. Que descubrió el oficio del cristal hace apenas 6 años y que desde ese tiempo trabaja en eso. “Entonces sos artesana”. Contesta tímida con un “sí”, como creyendo que el rótulo le queda grande y relata cómo fue la primera vez que se animó a montar un puesto en una feria que convocaba al mejor soplador de fuego de Francia e Italia. 

      Marie viaja copiando a mano alzada pinturas de distintos pueblos que visita. “Este es de Tena, este de Puerto Misawayi y este del Puyo”. En un mes y medio por la sierra ecuatoriana construyó un registro de diferentes estilos. La mayoría tienen una connotación social clara: el trabajo en la tierra y retratos, la selva reverdecida y los frutos exuberantes.
  Creo que a Marie le incomoda que le hablen en inglés. Ella es francesa, pero maneja muy bien esta lengua y el castellano. Es de las pocas personas que encuentro en este lugar, preocupada por cortar las charlas en idiomas foráneos. Se sabe en América Latina y elige compartir con latinos y latinas en lugar de refugiarse (como muchos europeos y norteamericanos) en quienes sólo hablan su lengua madre. Admiro esa sensibilidad suya, realmente; más aún en el contexto donde estamos. Y es que Vilcabamba es un pueblo con mucho gringo; tanto que la mayoría de los carteles están escritos sólo en inglés. 


  El dueño de un comercio del centro, al que le usan la fachada de cartelería, se cansa de esta situación y planta una nota: “Les recordamos que la lengua oficial del Ecuador es el español. Por respeto al país, se solicita realizar los anuncios en 'español' e inglés, no sólo en este último idioma. Atentamente, La Gerencia”.

El día que nos despedimos saca una bolsita con varios aros que hizo en su taller y pide que elija unos. “Para que te quede un recuerdo mío”. Tomo unos rosados con vetas violetas y le doy unos con piedritas verdes que llevo siempre en la mochila. Siente pudor por aceptar un regalo de mi madre, pero entiende que es parte del intercambio y los acepta con gusto. Instantáneamente las dos nos ponemos nuestros pares nuevos y nos damos un abrazo cálido y sostenido, de esos que incluyen caricias y descanso en el cuerpo de la otra. 

 “Otra persona hermosa en mi camino”, pienso mientras dura esa despedida. Viajar, sigue siendo, un profundo ejercicio de desapego.

VI
Los ríos atraviesan la telaraña onírica

  La pareja de biólogos argentinos que llevan adelante la reserva Rumi Wilco me acercan un dato fundamental: existe cerca la unión de dos ríos con características similares a las de mi sueño. El de la derecha, el Capamaco, es turbio y el de la izquierda, el Yambala, puede tomarse. Explican que ambos son pre ríos y que en la entrada del valle de Vilcabamba se encuentran y forman el Chamba. El corazón se entusiasma. No sé por qué, pero tengo que llegar. Es el único rostro de mi terquedad que me cae bien: el que impulsa a ir detrás de cosas que parecieran no tener sentido desde la lógica racional. 
      Bajamos al pueblo con André. En un comedor donde él para a almorzar, cuento el sueño de los dos ríos a la chica que atiende. Un hombre escucha y se acerca. Tiene su casa en la unión del Capamaco y Yambala: “podés atravesar el terreno sin problemas para llegar”. 
Intento dibujar un mapa, mientras escucho las indicaciones: “Hay que subir más de 3 kilómetros hacia el este y llegar hasta unas cabañas redondas. Llegás hasta el puente que cruza el Capamaco. Ahí te vas a topar con un cartel que dice 'propiedad privada', detrás está la casa morada; la mía. Cruzá tranquila el campo”. 

Estoy frente al puente. 
Avanzo guiada por sus palabras que resuenan como un eco. 
Atravieso el largo brazo colgante, debajo corre uno de los ríos.

Salto un viejo alambrado de púa y entro a un campo de flores amarillas. 

Escucho un rugir nuevo. 
Ha de ser el otro río, 
el de mi sueño... 

  Descalza, piso la primera piedra mojada. Estoy en el lugar exacto donde Yambala y Capamaco se encuentran y se funden. Me quedo en silencio. Oigo el tronar de los dos cauces, observo atenta cómo baja cada uno; con qué niveles de intensidad y pureza; cómo se ondulan, si bajan rápido o tranquilos. Me mojo la cabeza, la nuca y tomo agua del lado izquierdo, del Yambala, en ofrenda a ese mundo onírico que tanto me está dando en este viaje. André se mete en el de la derecha. Reímos. El sol nos cae de frente. Hablamos poco, a veces porque así lo queremos y otras porque nos faltan las palabras como puentes para compartir algunas cosas. El habla alemán e inglés, mientras aprende castellano y la única lengua que manejo de forma fluida es esta última. Nos veo como a dos niños conociéndose sin palabras. 
  Pienso que las lenguas -a veces- son una barrera o un vínculo. Más adelante voy a encontrarme compartiendo esta reflexión con muchas personas. Existen límites muy palpables para expresar sentires profundos cuando las personas no comparten códigos culturales. Y al mismo tiempo reconozco que es un ejercicio interesante, que apertura mucho nuestras formas de pensar y compartir.   

      De vuelta, propone viajar juntos por la sierra ecuatoriana hasta Colombia, cruzar y seguir hasta quién sabe dónde. Miramos un mapa. El plan sería ir a Baños de ahí a Quito, Mindo y Otavalo. Evalúo esa opción o la de subir sola por la costa. Antes de dormir consulto al I Ching.

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“Reflexión y retiro al interior”.
Cierro los ojos con esas palabras y mis dudas macerando una respuesta.

Lo onírico – 18 de febrero
Tengo que desactivar una bomba en segundos.

El sueño me despierta inquieta. En el patio trozan fruta para el desayuno, siento olor a café y a manzanilla recién cortada. Algo me dice que siga camino sola. Sin preguntarme demasiado por las razones, bajo al pueblo y a las horas viajo a Loja, de ahí hasta Guayaquil y tomo el primer bus al pueblo costero de Puerto Cayo. Son 15 horas de viaje ininterrupidas.

VII
Buenaventura

      Del frío otoñal de la sierra paso al calor intenso y pegajoso de la costa del pacífico. Es 20 de febrero y estoy apenas llegada en Cayo. Vuelvo a consultar al I Ching; hay días en que dudo de mis volantazos, aunque tengan siempre un fundamento emocional.

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      55: la abundancia. “Un premio al esfuerzo. Tiempo de brillo, paz y felicidad”. Hay que aprovechar la etapa sin pretender estirarla. Su belleza radica justamente en eso.
      Recién llegada, en un pueblo por completo desconocido, me es imposible dimensionar qué formas pueda tener este tiempo de abundancia del que habla el I Ching.


      Puerto Cayo es un pequeño pueblo de pescadores; casi no llegan turistas más que algún que otro auto que se desvía de la ruta para bajar a almorzar. Hay un puñado de alojamientos atendidos por familias del lugar y muchas casas de lujo deshabitadas.

      Soy completamente consciente de por qué elegí llegar a este pueblo en lugar de los otros puntos más conocidos. Varios meses antes de salir de Argentina: cuando Juanma todavía estaba en La Plata (él y Ju se fueron a México en julio), su primo Facu me contó la historia de una chica que entró "de casualidad, de camino a otro lugar, y terminó quedándose a vivir". La historia se completa con que ella es fanática del cine y de un director en particular que incluyó en una de sus películas el fenómeno del rayo verde: un efecto de la luz del sol cuando se esconde en el Pacífico que pinta el cielo con destellos de ese color y que se aprecia más que nada en las costas de Ecuador. Dicen que si tenemos la suerte de verlo, podemos enamorarnos de la persona con quien estemos compartiendo el momento. Y Nati se enamoró de Elvis, un pescador de Cayo, mientras lo veía surfear en un atardecer de rayo verde.


      La intensidad de la historia que Facu me contó a miles de kilómetros de este pueblo jamás se me borró; tanto que ahora estoy acá, bajo este cielo, en el intento por registrar aunque sea un atisbo de aquello que enamoró a una mujer que ni siquiera conozco.

      Dejó mi mochila en un alojamiento y salgo a buscar a Nati. Preparo mate, “puente de argentina a argentina”, me digo y cruzo la puerta. A los pocos minutos ya tengo la referencia de su casa: una cabaña circular de cañas sobre una loma; apenas a unos 400 metros.
      Toco la puerta. Digo mi nombre y trato de reproducir la historia que me contaron: único argumento por el que estoy acá, parada frente a su casa con el termito en la mano. Me la juego de cabeza. Si cree que estoy loca, por lo menos será otra anécdota graciosa del viaje...

      La calidez con que ella responde es indescriptible. Se nos van las horas en charlas de lunfardo argento, alegrándonos por cada coincidencia que nos une. Me cuenta su vida: nació en Villa Gessel, de ahí que tengamos varios amigos en común, a los que conozco del centro cultural platense lleno de costeños del atlántico sur. Con 20 años viajó de Argentina hasta México con una amiga y sin plata; en un capítulo que ella misma tendría que escribir alguna vez. Después se fue a vivir y estudiar cine a Cuba y terminó casada para simplificarle el trámite migratorio a su pareja de ese entonces. Volvió a Buenos Aires y en otro viaje por Ecuador, llegó a Cayo.

      Nati tiene una sonrisa que le ilumina toda la cara, desde los ojitos cuando se le achinan hasta la boca. Es dulcísima. Compartimos una sopa de pescado que Elvis tiene preparada. El es un enamorado del mar y la cultura de su pueblo. Quedamos en que vuelva al otro día.
Ese encuentro significa para para mí un abrazo; tanto que me decide a alquilarle una habitación a una señora por quince días que -además- ofrece trabajo. Alentada por los relatos de Nati, Cayo se convierte en el primer lugar de este viaje donde voy a pasar dos semanas; necesidad que vengo arrastrando desde Perú. Hacer vínculos, conocer el cotidiano de los pueblos. Echar raíz, aunque sea temporalmente, como la Flor del Aire.

      (Con el pasar de las semanas aprenderé a confiar tanto en el I Ching como en mi intuición; al punto de creer que hablan la misma lengua).

     Se hace de noche. Cruzo y compro una cervecita Pilsener. Buenaventura. Brindo conmigo y la humedad de la tierra con la que comparto el trago.


VIII
Raíces aéreas

      Me cuentan que llegué en la época fértil. El horizonte es una explosión de verdes. En los meses del agua (de enero a mayo), la Pacha da sus mejores frutos: sandía, papaya, pepino, espárrago.
Noches de pecheleo en la costa
    Cayo es pueblo pesquero. Son más de 180 los afiliados al seguro médicos de los “campesinos del mar”, como se identificó uno de ellos cuando charlamos una tarde de asamblea en la plaza. Están los camaroneros, que se embarcan de día y vuelven al atardecer y quienes pasan la noche entera sobre los botes buscando corvinas, lenguados, pargos o albacoras. 

      Conozco a Roberto en la noche de luna llena del 22 de febrero, cuando me mudo frente a su casa. Desde la vereda, lo veo sumar sogas a su red. Sale en unas horas. Escuché que a veces la luna brilla tanto sobre el mar que se transforma en un refugio para los peces, porque ellos también brillan y juntos hacen un efecto espejo. “Hay los que se quedan dormidos también con la luna llena”, agrega mi vecino.

      Saco decenas de fotos. Quiero compartir con otros y otras lo que es tan nuevo a mis ojos: flora intensa, flora de humedad mezclada con agua salada y cultura de mar. Acá aprendo la changa del “pecheleo”, conocida por lugareños y viajeros en “salvar el día”. El trabajo consiste en ayudar a los pescadores a subir el bote a la costa. A cambio una recibe delicioso pescado fresco para comer o revender.



      Nati habla de este trabajo en nuestra primera caminata. Algunas cosas las dice mirando al mar y otras a su pueblo; así lo siente, parte suya. Le gusta ver caer el sol desde la loma donde está su cabaña y es realmente un placer acompañarla en esos ocasos silenciosos. Me gusta observarla sabiendo que también es de un océano, bien al sur de donde estamos, en las costas bonaerenses del atlántico.

     Hace poco tiempo Cayo fue escenario de un proyecto de creación de un centro deportivo en un club abandonado. Cayo Team reunió a muchos jóvenes que hacen surf y se propuso estar abierto a los y las viajeras para que acampen. Recuerdo que antes de llegar acá me comuniqué con Yesica por Couchsurfing (una plataforma de internet para dar y recibir alojamiento en distintas partes del mundo) y ella recomendó que llegue al club. Ahora estoy frente al edificio con Nati; que sigue convidando historias que enamoran del lugar.

   A media hora está Jipijapa, la ciudad donde hacer compras para la semana. Me gusta cómo se despliega este nuevo cotidiano. Me gusta esperar el micro en la vereda de la panadería con mi bolsita de compras que traigo desde Argentina y volver cargada de mangos, acelga, plátanos, zapallo, piña y queso. 

Mis vecinos, que son de una dulzura a granel, se ríen de que cargue con eso y un termo de tan lejos; como se ríe mi amiga Johana desde Bogotá cuando se entera que ando con "bolsa de mercado" por América Latina. 
     Recorro Jipijapa en zig zag, atravesando las hileras de puestos que se extienden por cuadras y cuadras hasta llegar a una esquina donde un señor tiene mangos. Desde que puse un pie en Bolivia, no pasa un día sin que coma uno, dos e incluso tres y aquí en la costa es más difícil encontrarlos.



     En el mercado, un hombre intenta conquistarme con un atado de hierba luisa. Me vuelvo con el yuyito a casa. En el camino de vuelta charlamos con una señora y su hija sobre las diferencias entre la agricultura de la costa y la de altura. Hace tiempo ando por las sierras bolivianas, peruanas y ecuatorianas. Mi paladar está acostumbrado al dulzor típico de los mangos y a las hierbas de esa región. Toca ahora conocer otros colores y texturas: los espárragos y las cosechas del mar.

Pitajaya en Ecuador o Pitaya en Colombia: fruto de un cactus 
originario del oriente ecuatoriano, dulce y llena de agua, 
tan sabrosa como el mango y la naranjilla

Lo onírico – 22 de febrero
Se rompe el huevo de cuarzo rosa que Flor Larralde me regaló después de que Valentín lo tenga entre sus manos.

      Despierto recordando que las piedras se cargan de la energía de las personas que las llevamos y que por eso es bueno limpiarlas en agua bajo la luna llena o enterradas, dependiendo del tipo de mineral. Eso lo aprendí con la serpentina que se me fue por las vías del tren a Tucumán, en 2013, después de que Dan A. la cargara un buen rato (y eso que él había advertido que podía llegar a romperla). El chico con el que sueño es un artesano que trabaja en piedras, que nos hizo a mí y a Flor un colgante con unas crisocolas redondas. La crisocola va en la garganta y el corazón. Es la piedra de la comunicación. La mía llegará a Cayo con ella.


IX
Fechas
Lo onírico – 28 de febrero
      Manejo una combi por una ruta ondulante camino arriba. Llego a una cima. Desde ahí veo la panorámica de un gran valle. De la nariz me saco un moco que tiene la forma de un juez, de esos con peluca blanca de corte yanqui. La estatuilla / moco sostiene una caña de pescar, de la que cuelga un libro como carnada. Esa situación dura un segundo, en medio del éxtasis por haber llegado hasta ese mirador natural. Tiro el moco.

      Nunca antes había soñado con un moco; es una imagen un poco repulsiva que interpreto como metáfora de ataduras culturales que el cuerpo va expulsando. Esa madrugada se llueve el mundo y dan ganas de dormirlo todo. Abro los ojos. Flor llegó. Le cuento el sueño.
Es 28. “Dos meses que salimos”. Es día de festejo. Moco y juez caen al olvido.


El centro deportivo: nido de agua y gaviotas
      Por la tarde visito a Edu, Gonza y Gime, tres amigos que viven en el Cayo Team. Edu y Gonza quedaron ahí varados el 8 de diciembre cuando Melody, la combi en la que viajan, se tragó una tuerca por un lugar equivocado y jodió el motor. Gime, llegó después y se unió a los chicos.

      Edu está tumbado bajo la combi intentando encajar el motor, con Gonza contamos los días que hace que están en Cayo. “83. Ochenta y tres”.

       Los conozco hace una semana y me toca compartir sus alegrías y ansiedades. Subo a Melody por primera vez. Es bonita. Recuerdan esa aparente casualidad que los hizo entrar al pueblo. El mismo día que la tuerca fundió el carburador, Gime volaba de Argentina a Ecuador. Los tres se encontraron en Cayo y se hermanaron.


Parece que Melody va a arrancar. Después de 83 días.

Nunca le vi brillar los ojos tanto a Edu.
Trepamos a la combi.



      Pasamos por la casa de cada persona que les dio una mano en estos tres meses; desde la seño que les fió cigarros y agua, el Jony que abrió su cocina tantas veces para cocinar los pescados del pecheleo y los amigos con los que encendieron flores y flores, un vecino que prestó herramientas y la familia de la panadería de la esquina, que brindó decenas desayunos a base de palenquetas (unos panes rellenos con queso deliciosos).
      Sin preguntar, Edu agarra por la calle empinada del pueblo. Es la prueba de que Melody volvió a las pistas. Llegamos a la cima. Desde ahí arriba, veo por primera vez sobre ruedas todo el paisaje reverdecido. Recuerdo otra vez mi sueño. El vehículo, un motor encendido, la cima y las visiones panorámicas. Lo onírico como anticipo de este estado de conciencia. Y la realidad, superándolo. Porque no estoy sola acá arriba. Somos una familia rodante.




X

      29. Amanecemos transpirados. En la madrugada, los mosquitos nos obligaron a escondernos en la carpa y ahora sufrimos el efecto invernadero del cubre techo. Tengo el plástico del colchón pegado a la piel. Salto de la carpa. “Ufffff, qué calor”. Son las 10 de la mañana. Quiero ir al pueblo de Montañita sólo a comprar papelillos para el tabaco y un fernet para compartir con Nati. Le prometí encontrar una botella. Y soy terca. Cumplimos dos meses de viaje con Flor y hace mucho que no tomamos un vasito, además ayer arrancó Melody. Sobran motivos. El lugar no me llama en lo más mínimo, vengo escuchando que es puro reviente. Van a ser compras y volver a Cayo. Un rato nomás.

       El cielo está gris, como conteniendo algo revuelto.

    Viajamos tres horas hasta Santa Elena; nada de lo que estamos buscando. Ciudad grande, con aires industriales por fuera. Amplias avenidas, distribuidores, muchos micros de línea y combustión. De vuelta bajamos a mitad de camino: el famoso pueblo de Montañita. Tenemos sólo 40 minutos hasta que pase el último bus para llegar a Cayo. Decidimos separarnos para aprovechar el tiempo y terminamos caminando a trote una detrás de la otra buscando las únicas cosas que nos trajeron hasta acá: papelillos, fernet, tabaco. Una pregunta, una indicación y así seguimos zigzagueando calles, como en piloto automático.

     Una música de luto nos congela en mitad del camino. Sobre la fachada de una casa, en pleno centro, la gente arma un mural con mensajes para dos familias argentinas. Piden justicia, necesitan hacer llegar algo de solidaridad a esos rostros lejanos que no conocen.
Hay gigantografías de dos chicas. Mariana y María José. 22 y 23 años. Algunos prenden velas y las van dejando en la vereda. La música colma el cuerpo de una angustia extraña.
El cielo sigue gris.

     Con el humor perturbado y sin entender del todo la situación, volvemos a caminar. Al llegar a un comercio una señora nos cuenta. Un hombre intentó abusar de una. Ella se resistió y la mató. A la otra también la asesinaron mientras dormía para que no hable. Dejaron los cuerpos en la costa.
     El shock del horror, ahora sí, nos comprime el pecho. Mi cabeza retrocede en la película de los días y se clava en una fecha: es 27 a la tarde, con Nati leemos la noticia de que se buscan a dos chicas de Mendoza. El diario cuenta que hace cinco días no se comunican con sus familias. Nati dice que seguro están bien; que en viaje es normal no comunicarse por días. ¿Cuántas veces en nuestras vidas viajeras vivimos algo así? “Muchas”, coincidimos.

     De a poco vuelvo a escuchar. La mujer sigue dando detalles del horror. Casi no puedo percibir a Flor, estoy aturdida. Esperando el bondi compartimos unas uvas y un pucho armado. Nada tiene el mismo sabor que imaginábamos horas antes. Decimos algo y volvemos al silencio. Antes de llegar a la parada, vuelvo a pasar por ese altar popular y miro otra vez las fotos, los rostros de las chicas, el machismo, la violencia.

      Ya arriba del Manglar Alto, micro que nos lleva de vuelta a casa, abrazo a Flor. Se nos hace de noche en la ruta. Estamos conmovidas. Sin decirlo reafirmamos que viajar nos hermana, aunque a veces tomemos rutas distintas porque necesitamos vivir otras experiencias, y que siempre habrá un punto en América Latina que nos reencuentre. Así viene pasando en Bolivia, Perú y Ecuador.

      Bajamos en la gasolinera. Un hombre se acerca por nuestro acento que nos devela argentinas. “¿Saben lo de sus compatriotas?”, comenta. Necesita hacernos llegar su pésame por ellas, que también son argentinas, viajeras, mujeres. 
        La gente está y va a seguir estando en esa actitud frente a nosotras. Es rara esta situación de cómo otros te configuran la identidad de golpe: “argentina, mujer, viajera, sola”. Eso somos para los ojos ecuatorianos en estos tiempos de noticias violentas.

(Y ahí estás siendo argentina. Para las doñas y doñitos, los pibes y pibas, eso te hace más cercana a las chicas. Y entonces te miran, se acercan con el pésame y los detalles con los que bombardean los medios comerciales)


      Nos reencontramos con Nati y tardamos en que asome una sonrisa por el fernet conseguido; cuando brota, suena forzada. Intentamos cambiar el ánimo. Pongo Sofía Viola: Me han robado el mar y Caca en la cabeza, temas que Jere me hizo escuchar en 2011 y con los que me enamoré de ella para siempre... Elvis trae queso, hacemos unos maduros rellenos. El guiso de lentejas va tomando cuerpo. Llega Flor, más consternada que hace rato. Dice que compartió la noticia con Gime y Edu, de pasada por el centro deportivo, mientras preparaban un guisito de pollo para Gonza, que levantó 40° de fiebre y recuerdo la temperatura de su piel de la noche anterior.

      Charlo con Venezuela, un amigo de Nati y Elvis que está en la casa. Nos veníamos viendo, pero nunca habíamos cruzado palabra. Le brillan los ojos cuando le cuento que conocí su país en 2011 y que me fui sin querer hacerlo; muy prendida de ese espíritu revolucionario que se respiraba en cada lugar en tiempos del chavismo con Chávez; que nunca había vivido el clima de una revolución haciéndose -con aciertos y desaciertos-, en la dinámica misma del cotidiano y que ese viaje se resume para mí en esa imagen.
     Cuando nombro a Petare, ese barrio en los bordes de Caracas al que acompañé al grupo de teatro IIAVE a presentar su obra sobre el levantamiento popular del '99 conocido como “El Caracazo", sonríe con algo de nostalgia y en complicidad con Nati dicen: “¿Justo Petare? Nos pasamos la tarde hablando de ese lugar...” 
Ella me hace un gesto: "acompañame a buscar lo que que falta para la comida". Una vez afuera, me cuenta la historia del chico. El es de Petare. Estaba una pandilla; en el barrio lo conocen como 23. Ayer, otro grupo le mandó un video. “Le mataron a su primo. Lo descuartizaron. Un brazo se lo mandaron a la madre y otro a la esposa”, dice con la voz atravesada por el horror. “Tiene allá a toda la familia, hasta un hijo”. La muerte del primo se la dedicaron a él. “Vení a buscarlo 23, vení a buscarlo”. Así termina la grabación.

      El pecho termina de anudarse. Otra noticia inimaginable. Ese chico de 21 años que está ahí sentado con nosotras, al que le brillan tanto los ojos cuando elogio su tierra y la vitalidad de su gente, carga con esa historia. 
     Seguimos caminando en silencio calle arriba, buscando quién nos venda tomates entre los negocios que las familias tienen en sus casas. Pienso que este vagar buscando “alguito” no es nada nuevo para Nati. “Esto lo habrá vivido mil veces el año que estuvo en Cuba”. Es que mucho antes de instalarse en Cayo, Nati estudió cine en la isla, hizo la ruta Argentina - México, cruzó la frontera Colombia - Panama en barcos con narcotraficantes y terminó refugiada en medio del golpe de estado en Honduras, cuando las fronteras con Nicaragua estaban bloquedas. También vivió y viajó por Europa y hubo decenas de vueltas al sur.

      Un camión de policía detiene a un pibe. Andan buscando faso, lo sueltan.

   Volvemos a la casa prometiendo hacer música para revitalizar los ánimos, que ojalá aparezca un djembe y que el congelador haga buen hielo para el fernet. Ponemos Perro amor explota, de la Bersuit. Es una noche donde necesitamos hacer catarsis desde una argentinidad tremenda. Al rato Flor acerca candome con Maderas del Río de la Plata y con la melodía llega un sabor dulce. Desde la loma de la cabaña se ve el mar y las palmeras ya oscurecidas.
     El cielo está revueltísimo. Se que viene el agua. Tiene que venir. La densidad del aire en este 29 de febrero hace que la necesitemos mucho.


     Recuerdo mi primer atardecer en Cayo. Vi al sol, igual de naranja y redondo, esconderse en el pacífico llegando a esta casa. 
     Abrimos los maduros. Están a punto echando todo su dulzor. Los rellenamos con queso rallado y gira la primera jarra de fernet con gaseosa de limón. Compartimos esa tierna intimidad, de plátanos calientes que se deshacen en las bocas y el sabor a las hierbas del trago. Es tarde para que Elvis prepare el ceviche de sardinas, típico de la costa ecuatoriana. El agua en la olla se consume, señal de que el guiso está listo. Servimos cinco platos. Estamos sentados en ronda.

     La lluvia, como un bálsamo, empieza a caer. Pasamos la cena con la mitad del cuerpo asomado a la terraza. El agua descomprime y trae brisa de mar a los espíritus agitados.
    La vuelta a casa es acompañada por la misma lluvia, que es como una manta fresca, en medio de la madrugada de este 1° de marzo. El agua sigue durante todo el día reverdeciendo el monte; como una metáfora de vida entre tanta muerte. 
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XI
Los sueños de gente querida

     "Anoche te soñé", escriben Kathy, Ana y Ro desde Argentina en la misma semana. La primera me hizo bailar con ella y otras mujeres, de noche en la arena y alrededor de un fuego. Ana, soñadora cinematográfica, relata entre risas que nos llevó junto con Mati y otra gente por caminos de selva espesa y Ro, despierta con la idea de que vuelvo a Argentina con el frío. "Tocabas la puerta de casa, atendía Mati. Yo saltaba de la cama en bombacha y te veía afuera, envuelta en un poncho rojo con tus trenzas". 
     Despierto acordándome de Dani B, mi último compañero en La Plata y le mando un mensaje para saludarlo y saber cómo anda. "¿Te acordás lo que dijiste dos meses después de separarnos? Que viajando ibas a ver una foto mía en facebook con un hijo en brazos". Con esas palabras, me comparte la conmovedora noticia de que va a ser papá. Confieso que el sarcasmo de Da siempre me pareció de una brillantez inigualable... "Bueno, le acertaste en todo, salvo en la fecha. No nace en abril sino en agosto". Julia está en camino. La noticia me agita el cotidiano por completo y ayuda a tomar dimensión de los efectos de cada una de nuestras decisiones. Con un cariño profundo, una vez, decidimos bifurcar caminos porque hacía tiempo soñábamos distinto. El quería formar una familia y yo, viajar. Hoy los dos estamos cumpliendo esos deseos. Y es una alegría inmensa saber de su felicidad, que agranda la mía.
      Julia está en camino, mis amigas me recrean escenarios que alientan este andar; mientras acá en Cayo subo, bajo y atravieso callecitas nuevas.

      Con el corazón expandido, preparo unos mates con jengibre, naranja y cedrón y arranco al centro deportivo a visitar a una parte de la familia. Corto unas flores y sigo. La tarde es silenciosa y tranquila. De lejos veo venir a una señora hermosa emponchada en unas lanas verdes. Juego a colocar las flores en perspectiva sobre su abrigo. Ella nota que la observo y sonríe. Cuando nos encontramos frente a frente, armo un ramo y se lo ofrendo a sus manitos tibias y arrugadas. A cambio recibo un abrazo de abuela y una "bendición que va a cuidarte toda la vida". 




    Llego al centro tarareando Respirar el alba, de Sofi Viola. El lugar es un tendal de ropa secándose; señal de que los chicos están por partir después de tres meses. A Gonza le baja la fiebre, va y viene acomodando cositas. Gime repasa las filmaciones de sus 60 días en el pueblo. Flor está sentada mirando el mar con las clavas con las que hace malabares en las manos. Gonza la filma justo cuando una ola la revuelca en el mar. Repasar esa escena se transforma en el chiste de la tarde.



    Salgo a buscar a Leonela; una de las mujeres del pueblo que conocí noches atrás en la playa donde hicimos un círculo de mujeres en luna llena. Ella prepara la mejor tortilla de camarones de Cayo y acepta enseñarme con gusto. La cita es a las tres de la tarde, cuando los pescadores le llevan la carne fresca.





    El cotidiano avanza. Vuelvo a lo de Pato, donde alquilo habitación. El tiempo se escurre entre este lugar, lo de Nati y el centro deportivo. Preparo un jugo de maracuyá y limón, algo para comer y me siento a escribir lo que tenía contenido de días anteriores. 

  Desde el balcón saludo a Elvis y Nati que pasan vendiendo ensalada de frutas. En unas horas iremos a pechelear con la familia viajera y seguro terminemos cocinando pescados apanados en lo de Jony. El viaje va tomando un ritmo tranquilo, de arraigar por semanas para seguir camino con nuevos vínculos en la piel, como hilitos de colores serpeteando conmigo en la ruta. Recuerdo que el día que Flor llegó a Cayo con la decisión de no volver a Argentina hasta junio, le dije: “acá arranca otra etapa de esto”. Y sí, a diez días de esa charla me encuentro alimentando un cotidiano en este pueblo. Y el deseo de andar sin tiempos por América Latina va tomando cuerpo; tanto que ya puedo palparlo.

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Sabores nuevos en el cuerpo

Orchata. Es conocida como refresco o te, pero para mí es una medicina de 12 ingredientes entre hierbas y frutas que me regaló la localidad ecuatoriana de San Joaquín. 

En una olla se ponen a hervir el jugo y la pulpa de la naranjilla, el limón y el ataco (que es la hierba que da el color rojizo a la bebida). Una vez que el agua rompe en hervor, se apaga el fuego y se le agrega hierba luisa, hierba buena, ataco (para dar color) cedrón, albahaca, orchata, menta, manzanilla, menta, esencia de rosa y miel de caña o de abejas o azúcar marrón, muy usada por acá. Las hierbas se dejan reposar por 5 minutos, como cualquier te y luego se sacan y se deja enfriar. Se puede tomar caliente o bien frío, con las comidas. 
En los mercados se pide el atado de fresco. Es un ramo de hierbas increíble y ahí vienen casi todas las necesarias para preparar esta medicina dulce. La primera vez que la preparé fue en la hostería Santa Fe, con la familia que vive ahí. Hicimos un video donde una doña va recordando qué hierba es cada una y algunos secretos químicos de las hierbas y el calor. 

Medicina sabrosa 
Ensalada Marroquí. Marie la prepara una de las noches que compartimos. Lleva tomate, pepino, cebolla, cilantro, limón, aceite de oliva, sal, comino, pimienta y morrón. Todo picado muy pequeñito. También prepara una sopa marroquí a base de arvejas hervidas y pisadas como puré. 

Plátanos verdes. Se corta el plátano en rodajitas, aceite caliente en una sarten y se doran vuelta y vuelta durante unos minutos. Contextura y sabor son deliciosos. Desde que los descubrí (en su versión frita) se convirtieron en la picada compartida para distraer el hambre antes de la comida. 


Maduros asados con queso. En noches de fuego, se echan los maduros sobre las brasas hasta que se queman las cáscaras. El calor hace que el fruto suelte todo su dulzor. Se abren de lado a lado con una cuchilla y se rellenan con queso picado o rallado. Al final se cierran por un segundo, casi un abrir y cerrar de ojos, para que el queso se funda al dulce. Para compartir, se puede sacar las cáscara en un plato y cortar la banana en 5 pedacitos. Porciones bombón y la alegría, desparramada. 



Tortilla de camarón. 6 u 8 camarones pequeños. Se cortan en 2 o 3 pedazos y se mezclan a un batido de 5 huevos con pimienta, ajo y sal; mientras se deja calentar una capa de aceite en una sartén. Con una espátula se tiene que ir aplastando la tortilla para que los camarones suelten su jugo y dar vuelta cuando la base esté dorada para que no se desarme. Una buena forma de lograr esto sin que se rompa en catorce pedazos es poner un plato sobre la sartén y darla vuelta con éste como base. Luego volver a poner la tortilla. El punto del plato es cuando los camarones ya estén secos. Leonella, desde su bar en Puerto Cayo, enseñó esta receta. Hoy en su cocina hay una foto suya de ese momento como gratitud. Cuando comenté que debía quedar rica con limón, me miró algo extrañada. Sobre la costa de Ecuador entonces, no estilan comerla así. Yo recomiendo probarla con ese toque cítrico y fresco.