domingo, 24 de abril de 2016

TRUENO 4

LA BUENA ESTRELLA
Relatos tejidos en viaje por América Latina


TRUENO 4  

Perú

Sabino Huaman Quispe. Luthier de Cusco.

Dicen que los cactus son los abuelos de estas tierras que, sabiendo que con la
invasión española se abría el largo Pachakuti (tiempo) de oscuridad de 500 años,
eligieron corporizar su espera en ellos hasta que sea el tiempo de volver.  
I
Transacciones de gente

       Cae el sol. Estamos en la frontera. Varias personas se enteran que “les falta un sello” en su pasaporte y que la solución es pagar una multa de entre 200 y 300 bolivianos. El arte de estafar distraídos. Afuera, dos hombres están sentados estratégicamente frente a las colas de migraciones con un cartel. Ofrecen cambio a muy mal precio y son la única opción en la mitad del camino entre Copacabana y Puno. Si discutís con los milicos, nada sale más barato. En este terreno tienen demasiado poder, lo saben, lo aprovechan, lo gozan. La escena se repite del lado peruano. 

        Ayer, hoy y siempre. Sos un número en el límite entre dos naciones. 

Las fronteras entre los Estados / Naciones -particular forma de encierro moderno-, son el gran negocio de quienes las manejan.

Señalización del Imperio Inca en Cusco. Antisuyu es una de las cuatro
regiones en que dividieron el territorio.Todas hacen referencia a un punto cardinal:
Chinchasuyu (hacia el norte), Cuntinsuyu (oeste), Antisuyu (este) y Collasuyu (sur).  
II
Cusco for export

      Después de un mes de viaje, salimos por primera vez a dar vueltas por bares y así entramos al microclima de ese Cusco impostado para los turistas que buscan reviente en medio de paquetes para recorrer todo el Valle Sagrado de los Incas en tres días. 
En una esquina, sobre una de las tantas calles cortadas (característica de esta ciudad de arquitectura colonial), resuenan como masas amorfas los altoparlantes de cinco locales en simultáneo. Fumamos sobre un empedrado chiquito, recostadas sobre las piedras de una fachada, mientras vemos pasar a promotores disfrazados prometiendo la mejor noche de nuestras vidas con vales 2 x 1. Disfrutamos lo que queda del fernet con limón en el termo y huimos.
Calles abajo, en un bar escondido, un grupo de músicos colombianos descose la noche con salsa costeña. Tucumán, Lima y Buenos Aires bailamos a ritmo caleño*. La vuelta a casa nos lleva por calles recortadas de lucecitas mareadas. Somos felices en medio de la madrugada, esquivando tirantes de madera que sostienen un frente en demolición. Los músicos argentinos con los que andamos están por pegar la vuelta al sur. Compartimos el último rato cusqueño con el mismo entusiasmo que nos hizo entrar horas antes al lugar donde tocaban, siguiendo ese violín, guitarra y cajón peruano que oímos de la vereda.
Esta noche fue también la primera que salimos con Flor, djembe y cuatro venezolano a improvizar una copla y un candombe. La cena que nos pagamos en un comedor con esa la ronda de canciones fue de las más sabrosas. 

Mi amiga dice seguido que América Latina es un sólo puño y hoy lo siento en las pequeñas cosas. En nuestras lenguas se va mezclando el continente. Argentina, Bolivia, Perú, Venezuela, Colombia. La música, el camino, la gente que somos y en la que nos vamos transformando en el andar. Algo de cada encuentro se adhiere a la piel y nos devuelve distintas.

“Buen viaje”, nos decimos con las manos en las primeras despedidas. Y es que viajar empieza a mostrarse como un gran ejercicio de desapegos. Los vínculos ganan profundidad con rapidez porque sabemos que mañana mismo los caminos nos pueden separar. Y entonces queremos compartirlo todo, antes de los próximos destinos que bifurquen rutas. “Buen viaje”, nos deseamos otra vez; hipervivos, con los pelos revuelto de frío y los pechos pulsando un mismo ritmo.      
“Hasta algún otro lugar del mundo que nos reencuentre”.

III
Días Ayni** 

Guiada por las indicaciones de Djadira desde Lima, llego al pueblo de Chinchero: una comunidad en medio del Valle Sagrado, donde también perviven poderosas ruinas Incas. 

Busco a Fortunata, una tejedora y tintorera de la zona. Me instalo con ella y su familia durante tres días en los que intercambiamos recetas de cocina de Perú y Argentina, puntos de crochet, canciones y costura de libros. Decido quedarme en el pueblo. Experimento un estado de calma profunda, influenciada por ese cotidiano de trabajo familiar y vida sencilla que me recuerdan a mi infancia en el campo.

Copla de Andrea Mamondes. Grabada para Milagros, 
antes de que Mai y Flor siguieran camino a Machu Picchu


   Fortunata cocina una sopa de sémola, preparo dos fuentes de pastel de papas como despedida, Mili está en la plaza con el puesto de artesanías, Pascual y Diego estrujan ropa lavada. 



     A la hora del almuerzo cae granizo y el viento se vuelve tan furioso que terminamos comiendo con las puertas de madera herméticamente cerradas para que no entre la piedra. 


   Apenas escampa, bajo a la plaza a saludar a Mili que volvió a extender los telares y muñecas de tela en la feria. 

   La aflije mi partida, abraza y mira con sus dulcísimos ojos negros.  Quedamos en un reencuentro: cuando sea más grande la espero por Argentina; seguro voy a tener una casita de madera en las sierras cordobesas para recibirla y seguir tejiendo juntas.

IV

En dos hostels por los que me toca pasar los dueños peruanos tratan mal a sus empleados también peruanos. Silenciosos, la mayoría hace lo que el jefe manda. El machismo y la discriminación son fuertes. En el primero ves colgada la bandera a rayas de colores horizontales que -para mí- representa la diversidad sexual. Sorprendida por el gesto progre, pregunto entusiasmada. El encargado sonríe socarrón: “No, no, no. Esta es nuestra Whipala. Cambiamos hace un tiempo la de cuadritos porque justamente la confundían con esa otra. Pero nosotros acá no, nada que ver”.
Afuera, en la calle, empiezo a prestar atención a la cantidad de negocios que tienen esa insignia y recuerdo: “No, no, no. Nosotros nada que ver”. 
Días después, a la vuelta de Chinchero, voy a un segundo hostal. Una pareja está explicando por qué quieren una habitación matrimonial. Son dos hombres. -Pero, ¿para ustedes?, pregunta una chica sin esperar un sí como respuesta. Ningún cartel lo dice pero parece estar escrito en el aire: las habitaciones matrimoniales son para los heterosexuales. El chico que pide la habitación es francés. Habla poco castellano. Cuando entiende, por los gestos y las vueltas, que lo que están viviendo él y su compañero es una situación de discriminación, la sonrisa le vira una tristeza honda. 
Cuando se libera una, un nuevo encargado le pregunta en tono acusador. “¿Todavía la quieren?” Sí, contesta tímidamente el chico y le hace un guiño a su pareja. Son cómplices en esa resistencia, en medio de la incomprensión de quienes no saben  amar libres de mandatos.

V
El 26 de enero amanece gris en Cusco. Todos tosen, incluyéndome. Recomiendan que no vaya al hospital. “Para los extranjeros la medicina es muy cara o no te van a atender. Te queda el privado y la consulta no baja de los 80 soles. Andá a la botica, que te miren y recomienden”. Una tableta de
ibuprofeno y termos de jengibre, limón y miel me acompañan los días siguientes. 
    

      Vuelvo a caminar la ciudad colonial, pienso que la única vez que estuve antes en un país no limítrofe fue en Venezuela en 2011. En ese tiempo en Caracas, la capital, el chavismo había expropiado el hotel de la firma Sheraton y lo había convertido en alojamiento para los grupos de médicos cubanos que llegaban a colaborar con los campamentos de salud en todo el país. Impensable algo así en el Perú actual, impensable en la Argentina gobernada -otra vez- por el neoliberalismo más asqueroso.

Denuncias en las calles de Cusco,
previa a las elecciones nacionales.
      En Bolivia nos preguntaron mucho por el panorama argentino con el nuevo presidente. Escuché a Flor explicarlo con una simpleza y una profundidad hermosas. A las doñas y doñitos con los que hablamos, les decía que ahora nuestra tierra está dirigida por un rico que no conoce las necesidades del pueblo y que gobierna para las grandes empresas. “Entonces hay una sensibilidad básica que falta”. Escuchar y decir estas cosas lejos nos duele a las dos. Salimos a 20 días de la asunción de Macri y el país empezó a prenderse fuego de reclamos y represiones.

¿Cómo estará mi tierra? ¿Cómo estará la linda Venezuela y sus sueños de revolución? ¿Faltará harina pan en sus mercados? ¿Qué estará comprando nuestra gente para comer en el sur?


Los nombres de algunas calles me distraen los pensamientos. Varias llevan la marca de la colonización católica: purgatorio, ataud, lamentos. Cerca de donde trabaja Sabino Huaman Quispe (luthier de cuerdas, vientos y percusión) aparecen otras en Quechua, como Tandapata***. En la visita, él y su su hijo enseñan acordes de la marimacha; un instrumento dulce parecido a la mandolina. Sabino agrega un tornillo a la base de mi cuatro, lo sujeta con la correa que tejió Fortunana y en ese acto me veo saludando a Cusco.


Mañana cruzamos Lima para llegar a Máncora. Nuestros pies piden salir de las grandes ciudades. Serán entonces 45 horas ininterrumpidas de bondis. 

VI
Empezamos a bordear la columna vertebral del continente por el hilo costero del océano Pacífico. Yo, que nací del lado del Atlántico y que salí hace apenas un mes del sur del sur.

El fractal que llevo dentro se abre para mirar las sierras y campos nuevos. 

Esto recién comienza caracolita nómade****, descansá tranquila que esto recién comienza. ¿Ya vas entendiendo que el viaje, más allá de los kilómetros, es una cosmovisión?

      Se que ella está debajo del pecho, en la boca del estómago. Nos dormimos mientras la acaricio.




VI
Febrero sobre el Pacífico

       Camino por un pasillo largo hecho de palmeras y cañas. A un lado cuelga una tela de soles y lunas con fondo azul. Me recuerdan a las que hizo mamá cuando vivíamos en la quinta del Cerrito Colorado. Se mueven con el viento. El ambiente es cálido, como estar en casa; en una casa lejana y de antes. Hay días en que un perfume, una imagen o una sensación en la piel, recrea ese sentimiento aunque esté a kilómetros de cualquiera de estos recuerdos.  

VII

PKS, en otro tiempo, fue una joya sobre el mar. Hoy es un caserón de aspecto abandonado y derruido que una familia reabrió hace una semana. Para muchos representa la cama baratísima donde caer en plena costa peruana de Máncora. Llegamos con la idea de pasar tres días y terminan siendo -inexplicablemente- muchos más. 

Miércoles 10 de febrero, 11 de la mañana. Mis compañeros de habitación pican marihuana con parsimonia mientras preparo mate. En la pieza de 8 camas tenemos a un extraño durmiendo. Amaneció acá pero nadie lo vio anoche. Entra un grandote primo del encargado y zamarrea al dormilón que -además- está de resaca: “Hey, ¿qué hacés acá? Esta es la cama de una chica, vos no sos de este hostal, salite”. Así se resuelve la incógnita. El borrachín entró de madrugada por la parte de atrás del edificio, que es un patio abierto al mar. Facilísimo meterse en cualquier momento, como se meten las olas cuando rompen fuerte e inundan el salón de uso común.

Adentro nos reímos de la secuencia mientras gira la primera ronda de porro matutino. En PKS no sorprende que pase algo así, de hecho nos la veíamos venir, por eso los chicos se preocupaban en esconderme el cuatro cuando salíamos. Ya hubo choreo, marejada, piñas e inundación. El lugar tiene el clima de un “aguantadero sostenible” o por lo menos así lo defino en tiempos de buen humor. Flor está novianzo con el pizzero de enfrente. El amorío la saca del tugurio familiar y vuelve de vez en cuando a compartir unos mates. No entiende cómo sigo ahí. Hace tres días no hay agua y por la noche nos cortan la luz porque hay peligro de electrocución, por las mareas altas que inundan todo. 
Hubo una tarde que fue de las peores. Llovía a baldazos y las olas furiosas rompían contra las piedras y las aberturas del lugar. Todo era agua. De arriba hacia abajo y de derecha a izquierda. Chapoteamos para ir de la pieza al baño o la cocina, hasta que se escucha un grito desesperado: “¡Cortá ya la luz!”. De ahí en adelante la solución para las tormentas es esa. El PKS tiene también una instalación eléctrica deficiente. 
“¡Cortá ya la luz!”.

Pasamos una tarde a lampazo limpio intentando sacar el agua salada que entra por todos lados. Tarea difícil, como luchar con un molino de viento. Es mejor entregarse a la situación, con luz cortada no hay riesgo de vivir unos días de agua hasta los tobillos. En la calle la situación no es mejor. Una esquina se arremolina de agua marrón y nos acostumbramos a andar con el barro casi hasta las rodillas para ir al mercado. Afuera no dieron la orden de cortar la luz y nos preguntamos si eso estará bien o será que estamos al borde de un desastre. Las moto taxi patinan en la arena y se van de costado al suelo con pasajeros incluidos. Máncora es un caos; una sátira que soportamos en tiras diarias. 
En una de las vueltas al PKS toca una cucheta en el 2° y último piso. Paja y cañas del techo se venían encima, haciendo incómodas cosquillas toda la noche; además fue una de las de peor calor y los mosquitos no dieron tregua. Fue una de las madrugadas más largas en este viaje. Intentar razonar el calor para no sufrirlo, decirme -sin creerme una idea- que la nube de mosquitos era pasajera, que al otro día por la mañana todo estaría bien y revalorar la cantidad de buenas camas donde dormí, fueron algunas de las excusas que inventé para pasar esas larguísimas horas. 
     Cuartos ciegos y húmedos, baños tapados y sin agua en horas pico. La cocina merece un capítulo a parte. Sólo voy a decir que era un mar de fideos viejos.
Por eso la del borrachín de hoy fue hasta graciosa; salvo por la parte en que se le metió en la madrugada a una de las pibas en su colchón y ella terminó cediendo toda la goma espuma hasta terminar en el suelo. Lo cierto es que no me enteré de nada hasta que abrí los ojos, justo cuando mis amigos picaban marihuana para el desayuno. 

Contaba que estos días son de muy buen humor; el PKS obliga a eso también: a mal tiempo... Y la ciudad está en época de inundación.
Busco una olla limpia en la cocina. Imposible. Mesada y piso: mar de fideos. “Maldito el momento en que se me ocurrió venir hasta acá en patas”, escupo al aire. Sale calentar agua en sartén hasta el tope. Todo sea por un mate. Si no tuviera yerba mi humor no sería el mismo, sin dudas. Entro chapoteando a la pieza. Como corrimos el balde de la gotera para desagotar el inodoro, se hizo charco en el piso. La yerba es paraguaya, comprada en bolivia y sabe bien rica. Kurupí , una joya.


VIII

       Quiero viajar mucho tiempo. (Una parte de mí se siente extraña  positividad en un ambiente tan trash, tan al límite. Fumamos rico. Vuelve el agua corriente a la casa. Me pego una ducha y arranco al mercado para preparar un almuerzo a la familia.

     De vuelta, saco un pasaje a Cuenca y me refugio de la tormenta en un barcito donde dos gatos se arrullan sobre un sillón pequeño. Son los últimos días en Perú. Otra vez, cerca de una frontera, en mi cabeza se dibujan nuevos mapas. Resuenan nombres de pueblos y regiones ecuatorianas: Cuenca y Vilcabamba, la sierra al sur; Puerto Cayo y Mompiche, la costa, Puyo y Tena, la selva.


     Esa tarde leo un relato del pueblo indígena Kayambi de Ecuador. Viven en la región de Pichincha, cerca de Quito. Lo primero que me llama la atención es un canto que se comparte con los niños en las lomas altas en verano: Ya Kujuta Karangui Achilli Taitico significa “que el agua llegue”. Por esa dulce relación que tengo con el agua, la imagen de un pueblo entero cantándole me despierta una sensación familiar. 
        La cultura Kayambi está impregnada de un espíritu lúdico. Cuando alguien muere juegan al Chungay: se arma un círculo con doce granos de maíz, seis negros y seis blancos. Imagino que es algo parecido al ajedrez, pero de piso y con granitos de la siembra en lugar de caballos y reinas. Juegan también cuando se enamoran y mientras recuperan la relación cósmica y orgánica con la naturaleza; diluida por la influencia occidental.   

IX

Lo onírico – 9 de febrero  
Vivo en un domo de barro pintado de blanco. El piso es de azulejos violetas que brillan. Es mi casa en Ecuador. Dos personas que conozco llegan para quedarse y traen varios instrumentos. Salgo a recibirlos. Tengo el pelo suelto, muy largo, un vestido también violeta y estoy descalza. Camino por la arena, detrás se ve el mar y mucha vegetación. Estamos en una selva tropical.   

Cuando despierto recuerdo imágenes claras. El piso brilla con una intensidad constante y el ambiente es de unos verdes exuberantes. Nunca estuve en costas así de húmedas... Anoto el sueño para no olvidarlo y le cuento escenas a una de las personas que aparecen en él ... Esa luminosidad violeta va a reaparecer en mi cabeza durante la tarde. 



Lo onírico – 11 de febrero 
 Una voz agradece. Abraza y abriga. Dice que es mi protección
por los siglos de los siglos.

Hace 3 días ofrendé al Pacífico el caracol que Dan trajo del Mediterráneo. En su viaje a Francia y Alemania, eligió dos mitades de uno milenario y petrificado. Una parte la dejó en un santuario lleno de objetos que armó en su casa en La Plata, antes de volver a vivir a Bolivia, y la otra me la dio cuando nos encontramos a su vuelta, en septiembre de 2015. 


Una bella caracola. Pienso en cuántas otras tierras habrá andado en su larga existencia antes de que las manos de Dani la encuentren y la viajen hasta el sur del sur. Una mitad vivió meses de grandes movimientos conmigo, en pleno desarme de la casa La Parra en La Plata. Giró por esa ciudad en las últimas tres semanas que viví en hogares de amigos y subió a mi mochila en diciembre. Viajamos juntas hasta Perú donde la liberé al agua. Es la forma que encontré para agradecer al amor que -una vez- nos hizo elegirnos y a las distintas formas que dimos a nuestra relación en siete años. Y por sobretodo, hace parte de un ejercicio de libertades para honrar nuestras existencas...

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Sabores nuevos en el cuerpo

Pisco. En una larga caminata por Cusco nos convidan el trago típico del Perú. Se hace a base de clara de huevo. Dicen que con 3 el mundo da vueltas. 

Cremoladas. El helado popular de la costa peruana. Hielo picado y pulpa de frutas. En Bolivia les dicen cepilladas y en Colombia, bolis. El frío de los 4 mil metros de altura en La Paz hicieron que  los pruebe recién en la costa. 

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*Así se llama a la gente de Cali, ciudad  del Valle del Cauca y conocida como la capital de la salsa, cerca al Pacífico.
**Ayni: ayuda mutua en Quechua
***La calle Tandapata es una de las siete cuestas del barrio San Blas, en Cusco. La referencia forma parte de la edificiación Inca y significa: lugar donde se discute la distribución del agua.
****Esto es un guiño para Ana Colombina y uno de sus poemas.

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