sábado, 28 de mayo de 2016

TRUENO 3

LA BUENA ESTRELLA
Relatos tejidos en viaje por América Latina

TRUENO 3

Bolivia


I
  Otra vez acá. Villazón, tierra de trabajo para quienes viven a uno y otro lado de la frontera. Conocí algo del pulso comercial de ese puente internacional entre esa ciudad y La Quiaca en un viaje anterior, en 2011; cuando andaba relatando historias de distintos pueblos del interior del noroeste argentino. Esa experiencia, que duró tres meses y la convertimos en un libro, que puede descargarse y compartirse libremente acá, es la genealogía de este otro andar que hoy comienza.

   Pasaron dos años de ese viaje relámpago que hicimos con Dan Ayala en diciembre de 2013, para presentar el libro y dar un ejemplar a las personas que nos contaron sus historias; reconstruyendo la ruta de los 15 pueblos con los que trabajamos.
Y hoy estoy otra vez acá. Para llegar desarmé casa, vendí y regalé la cocina y los pocos muebles que tenía, mi humilde tallercito de encuadernación, mucha ropa y libros.
  Villazón, es -otra vez- un puente. Su tierra me sella el pasaporte por primera vez en este viaje que no tiene fecha precisa de retorno. Siento que algo se cierra y algo se abre después de esa hoja entintada. Después de 28 horas de viaje desde Buenos Aires, hacemos largas colas para migraciones: salida de Argentina y entrada a Bolivia: 29/12.

II
  Tupiza es la primera cama, el primer plato de comida. Algo de la emoción y la altura me llevan a dormir temprano. Al otro día Flor se hace arreglar una muela y salimos a almorzar a una plaza, con verduras y un tuper, bajo la lluvia.
  Es 30 de diciembre y queremos decidir a dónde ir. “El 31 va a ser un quilombo”, coincidimos. Mejor buscar un lugar para estar hasta el 2. Elegimos viajar todo el 30 y llegar el 31 a las 6 de la mañana a Cochabamba.



  Ella es una reina, una ciudad planeada. Se nota. Avenidas amplias, distribuidores de tránsito pesado. ¿Cómo será La Paz, la capital de Bolivia, si así es otra de sus grandes ciudades?, me pregunto mientras la camino.
  Su estructura partida en dos me huele a otras que conozco. Nada de esto desafía las estructuras que tengo en la cabeza, pienso. De un lado el circuito turístico. Hiper limpio, hiper iluminado, verde, plazas, alojamientos de 3 o 4 estrellas con cartelería en inglés, sonrisas bilingues. Del otro lado, la realidad. El mercado, las casas bajas, los colores vivos de las fachadas, el olor exquisito que hacen brotar las mujeres desde sus cocinas. Probamos y andamos todo lo que podemos.

  Cruzo a un chico que anda con un charango. Yo voy con la mandolina. Charlamos un poco. Del cómo es la vida del músico callejero en Bolivia, que la gente es muy generosa, que hace meses alquila una pieza con su compañera. Le cuento que quiero vender mi instrumento. Lo tengo hace muy poco y me doy cuenta que mi base cero en todo el universo musical, me complica arrancar con uno de cuerdas dobles de acero. Su novia toca la mandolina, él justo anda probando las de modelo bolivianas y ningún sonido le cuadra. Nos pasamos contactos.
  Sería hermoso vendérsela a él. Con esa misma plata, como un trueque, me compro un ronrroco o un cuatro. Lo deseo, lo deseo fuerte. Pero él no llega con la plata. Tiene $200 bolivianos en el bolsillo y no puedo dársela a menos de $700, lo que equivale a $1400 argentinos. Quedamos en hablar a la vuelta del viaje que estamos por hacer con Flor al pueblito de Toro Toro; un paraíso serrano de gente tranquila y sopitas de maní, de ríos delgados como hilitos y mangos bien dulces.

La Wachuma sagrada -o San Pedro- crece ambos lados del camino a Toro Toro. 
Mucho más adelante, en Ecuador, me cuentan que sus flores duran sólo un día y una noche abiertas.


  De regreso a Cochabamba conocemos la casa Muyu, un proyecto colectivo alejado del centro donde se alojan viajeros y viajeras de todo el mundo. Los aportes que cada uno da ayudan a sostener la casa y construyen comunidades más o menos transitorias entre músicos y artesanos que salen a trabajar en las tardecitas por bares y mercados.
Casa Muyu



  Nos tentamos con quedarnos, el ambiente es realmente hermoso, tierra fértil para proyectar lo que una quiera. Pero de nuevo, algo nos tira a seguir. Esa noche nos encontramos con el charanguista en la terminal. Le termino dando el instrumento por lo que pudo juntar: 470 bolivianos. Cierro los ojos, ni la pienso. Que se quede con él. La providencia es así... y me subo al micro con la mitad de la guita, sin la mandolina y confiada en que se viene una buena.

  Apenas hace 10 días que salimos de La Plata y arremetemos otras 17 horas en bondi. “Si seguimos a este ritmo, vamos a hacer América Latina sobre ruedas y sin parar”; me digo un poco angustiada. “Pará, pará, ya van a bajar el ritmo; recién estás despegando”. Con esa tranquilidad me duermo.


III
  Me gusta la realidad y el pulso de la calle en La Paz. 
  Para mi sorpresa no hubo apunamiento. 

  Hoy recorremos el Mercado de Brujas; mañana vendrá el barrio de Sopocachi en busca del Tambo: una casa cultural llevada adelante por el Colectivo Chixi, donde trabaja la socióloga aymara Silvia Rivera Cusicanqui; mujer que se convirtió en una referencia para mí, por la forma en que conjuga su rol de pensadora y militante social en América del Sur, igual que el uruguayo Raúl Zibechi y la argentina Rita Segato.


  Estoy en pleno Mercado, exactamente abajo de la casa de Ernesto Cavour, el maestro boliviano del charango y necesito encontrar a mis nuevas cuerdas compañeras. 

  Carlos es un melómano y virtuoso: sabe tocar un poquito de todo. Lo digo yo, él es además un humilde irremediable. Atiende el local de instrumentos de su viejo en vacaciones. Ahí nos encontramos. 



  Después de ver y tocar algunos ronrrocos, pregunto por cuatro venezolano. Prueba los dos que le quedan y decide cuál suena mejor para darme. El paso de los días hace nacer una linda amistad entre nosotros, que me lleva a visitarlo y tomar clases improvisadas de cuatro. 

  Carlos habla de una casa – museo que armó Cavour en la calle Jaen. “Ahí toca los sábados”, recomienda un luthier que visito esa tarde.



Museo de instrumentos musicales de Bolivia


  

  

  La Paz es también el punto de reencuentro con Bren en su camino de vuelta a Guatemala. Desde una esquina de la plaza Jaramillo, la veo junto a David llamándome con las manos.
  Viví la historia de amor a distancia entre mi amiga guatemalteca y su enamorado costarricense, durante todo el 2015, en nuestra casita en La Plata. Con David nos vimos las caras y charlamos por computadora durante ese año y prometimos darnos un abrazo cuando él bajara al sur a buscar a Bren. El encuentro es mágico. Guatemala, Costa Rica y Argentina, en un abrazo profundo en Bolivia.


IV
  Las calles suben y bajan. Las camino acompañada de este cuatro venezolano, que valió exactamente lo mismo por lo que di la mandolina. La sincronicidad, la sincronicidad...
Me sonrío mientras repito:

LA –--------- 4
RE –--------- 3
FA # –------- 2
SI –---------- 1

Y así paso de las cuerdas de la mandolina a la calidez del cuatrito.

Flor se anima al djembe y un palo de lluvia. Nos sentimos listas.

  La Paz abriga en medio de frío y nosotras tarareamos “Hasta la raíz”, de Lafourcade.
Armamos una lista de temas para cantar. La copla de Andre, Lágrimas Negras, el camdombe Imposibles, Cosechero de Tonolec, Respirar el alba de Sofía Viola, La Niebla de Shaman y el pescador en versión de Toto la Momposina.
  Buscamos hielo para el fernet bajo la garúa típica de las tardecitas de enero.
  Salteamos banana con batata.
  Acá el maní es más rico.

Y dan ganas de amar a todas las doñitas de los mercados.

V
  Llueve toda nuestra primera noche.
  Villazón, Tupiza, Cochabamba, Toro Toro, La Paz. A donde llego -aprendí a agradecer en lugar de protestar-, llueve siempre. Si no es la primera tarde, es la primera madrugada.
  Como un bálsamo, el agua, cae. “Bienaugurando tu camino y el de la tierra donde estés”, me enseñó Ernestina mientras nos refugiábamos de los relámpagos que nos impidieron presentar el libro Norte Profundo en la plaza de Amaicha, en Tucumán, en diciembre de 2013. “El agua en nuestra zona es muy importante”. Ella, mujer totémica de palabras justas y sonrisas filosas, celebró la llegada de Norte en la intimidad. Más tarde entendí que algo de eso que habíamos hecho en círculo había acercado el agua.
  Y acá en La Paz el cielo se revuelve, se pone gris, mientras anoto la dirección donde encontrar a Silvia Rivera y al Colectivo Chixi: gris en idioma Aymara. 
  Chixi es lo que se interrelaciona, lo que se mezcla y se funde. “Nuestra apuesta es lo Chixi”, dice Silvia por ahí. “Elegimos el concepto para responder a quienes dicen que trabajo intelectual y artesanal van por vías distintas”; rasguña la socióloga Aymara que una vez me revolvió la cabeza, como está revuelto el cielo ahora que voy a buscarla.

   Herencias distintas que se complementan. Trabajos intelectuales, artesanales, manuales que se articulan logrando esa integralidad de la que tanto hablamos y a veces olvidamos cómo se practica y que uno no podría existir sin la nutrición del otro. Pienso que mamá es una gran enseñadora de la práctica artesanal. Es hermoso verla. Tan internalizados tiene los ciclos de ciertas plantas, que no necesita un manual para saber cómo sembrar, rotar o curar cultivos. Eso es lo que llamo conocimiento en el cuerpo. Antes de salir a Sopocachi, escribo estas ideas como una forma de procesarlas... 

A dos cuadras de Plaza Lira. Jaime Zudañez 1322.
Anoto. Cierro el cuaderno. Salgo.



  Decidí quedarme en La Paz para conocer esta experiencia, Flor se va para Coroico. Por primera vez en dos semanas de viaje, nos separamos coincidiendo que -esta vez- deseamos cosas distintas y que el reencuentro va a ser hermoso si cada una va a donde siente. Así nos conocemos y construimos una relación a base de libertad, compañerismo y confianza.
  La ida al barrio del Tambo es un serpentear de calles hacia arriba.“Lo bueno es que a la vuelta, es todo bajada”; me animo. Al llegar, miro por los agujeritos de las maderas del frente: hay movimiento. El señor Gabriel, albañil del grupo, me había avisado que el domingo es día de reunión y trabajo. 


Adelante, un terreno grande con huerta agroecológica1. La casa es amplísima; hay una parte en plena construcción. Gabriel es el maestro de la obra. Lo encuentro ahí mismo, serruchando unos listones de madera. En la parte trasera, subiendo una escalera, está la sala donde se dan muchos de los talleres con los que el Colectivo financia el proyecto. Eugenia y Marina me reciben. Las dos hacen danza, vienen de Santa Fe, Argentina, a tomar el curso “Oralidad andina, imagen y narrativas”, que Silvia Rivera arranca a dar en unos días.
  A ella la encuentro cortando el pasto a tijeretazo limpio. Me mira cálida e invita a acercarme y ayudarla. Salto el alambrado, me siento a su lado y agarro otra tijera. Nos conocemos en ese silencio compartido. De vez en cuando lo interrumpimos para decirnos algo: mi nombre, cómo llegué a la casa, la historia del proyecto. Los comentarios son cortos. Sonreimos, nos miramos y seguimos concentradas en la tarea que nos une. Podría estar hablándole más, aprovechar ese momento de intimidad para conocerla más, pero algo me dice que sacarle el juego realmente a este encuentro pasa por valorar el silencio. Algo así como cerrar la boca y abrir el corazón.
  Silvia tiene unas trenzas largas que se unen en una sola punta sobre el final con lanas; igual a la mayoría de las doñas que veo por la calle. Cuando levanta la vista, me mira con la misma calidez con que me dio la bienvenida. Sus ojos grises hablan clarito. Por eso, ahora, la palabra sobra.
  Llegan tres chicos de Perú, otro grupo de Bolivia y Colombia. Todos y todas se ponen a cargo de alguna tarea: limpiar un cuarto, abrir un surco en la huerta, desmalezar o cocinar. Esto es lo chixi en la práctica, siento. Todas estas personas vienen a tomar cursos, sabiendo que éstos no se limitan al momento aúlico, a lo discursivo, sino que trascienden y van a atravesar todos los quehaceres del cotidiano grupal durante un mes.


  Antes de almorzar compartimos una ronda de coqueo2 y nos presentamos. Así se va armando el grupo de la primer tanda de talleres de 2016; los próximos serán en julio.
  Vine a conocer al grupo y encuentro una casa llena de vida, en pleno movimiento. Definitivamente es mucho más de lo que había imaginado. Una emoción me recorre el cuerpo como un rayo. Siento estar en una tarde de trabajo en En Eso Estamos, en esa casa / familia que construimos en La Plata. Las mismas ganas, el mismo empuje. Es el espíritu autogestivo colmándolo todo de energía.

  “No, no estoy inscripta en nada”. El grupo se sorprende, ninguno cayó justo hoy de casualidad.
 “Quedate. Si llegaste ahora, hacé con nosotros los talleres”, dicen varios. Yo, creyente fiel de la causalidad, coincido en que“si llegue ahora... es ahora”. Pero hace apenas dos semanas que salí. Sí, es cierto que mi intención en este viaje es ir arraigando, sumarme a proyectos colectivos en el camino, recrear un cotidiano en distintos lugares, tender lazos y seguir cuando lo sienta... Sí, esto que se presenta hoy es tal cual lo que desee antes de conocerlo, pero... algo me impulsa a seguir. El camino está lleno de proyectos y gentes a las que entregarme. Y además, puedo volver en julio.

  Hago el camino de regreso al alojamiento con los compañeros peruanos. Intercambiamos sentires sobre América Latina. Sobre los progresismos que se van alejando y las derechas que arremeten con todo. Que tememos por Venezuela y el futuro de las revoluciones que soñamos. Que habla muy mal de nuestras universidades nacionales tener que hacer estos talleres en verano porque muchas academias de nuestros países no las reconocen como cursos formativos y entonces hay que invertir las vacaciones institucionales, si queremos transitar experiencias educativas profundas e integrales como las del Tambo u otros colectivos de educación popular.


VI
  Llego al Carretero, hostel donde estoy hace una semana. Lo atienden empleados del lugar. Entre ellos se hicieron muy amigos; tanto que desde afuera parecen una familia. En la recepción hay dos chicas de entre 20 y 30 años, el portero es un don que ronda los 60 y la encargada otra doña de unos 50 con su hijo, que anda en bicicleta por cuanto pasillo y recoveco brota de esa construcción de cuatro pisos, con patios internos, llenos de viajeros. 

  Algunos borrachines se duermen sentados, otros hacen música con tambor, charango, guitarras y violín. Hace dos siglos esto seguro fue un conventillo. Tiene todísima la pinta. Y nosotros y nosotras acá, recreamos algo parecido a una carpa de circo con viaje de egresados.

  Tengo la emoción del Tambo en el cuerpo. La música está al palo y satura. El chico que toca los mismos hit de los redondos e intenta -en vano- imitar la voz del Indio Solari, le gana por goleada a mi paciencia. Como Flor se fue, me mandaron a la pieza a un cordobes recién llegado del Machu Picchu. Sus nervios están conectados a 220 voltios. Escucho su verborragia y dudo si viene de la ciudad sagrada o de un shopping. Trae un tinto destapado y porte de cheronka que no levantó nada en un boliche a las 6am. Liquida media botella en dos segundos. Desinhibido con el empujoncito del alcohol, se tira el lance. ¡Listo!. Estoy en una peli de género bizarro a la que no quise entrar. Afuera, la banda está prendida fuego. 
¿Dónde anda mi emoción en medio de este quilombo?
Me muevo rápido a otra pieza antes de perderla.

  Quiero refugiarme en mi caracola o en mi kibutz y saborearla un poco más.

  Tengo la suerte de conocer a Nacho y escuchar algo de clarinete, ver mapas de Europa del este y compartir música balcánica. La caracolita se va formando, tiene buena aislación. 

  En el último piso del carretero están las piezas de los trabajadores. Hay un jardín de invierno, grandes ventanales y tendales larguísimos donde secan ropa. Nos pasamos la noche ahí, viendo las luces de los barrios altos, las hileras de casitas al pie de cerros.




VII  
  Como en una especie de pacto con la ciudad, dejo una bolsa con ropa y libros. En parte porque necesito andar más liviana y porque deseo volver.

Y me voy recordando: Cóndor, Puma, Serpiente.
Tres animales sagrados de la cultura andina. 
Cada uno habita y representa un nivel de poder en estas tierras. 
Lo divino, lo terrenal, lo subterráneo.
Cóndor, Puma, Serpiente.

Estoy enamorada de La Paz.


VIII
Caminos serpenteantes

  Es mediodía. Voy hasta el barrio del cementerio. Subo a una trufi con destino a Coroico. Elijo el 10. Al lado, en el 9 está un chico que saluda a secas. Le hablo y contesta lo justo. 
  No sé en qué momento dejo de ser -a sus ojos- la gringa que hace turismo en el lugar de su vida, y se abre.Viajamos tres horas de charlas. Cuenta que su abuela sabe que los antiguos hablaban con las piedras. “Por eso dice ella que existen esas grandes construcciones en Tiwanaku3”. 
  Cuando coincidimos en algo que nos maravilla, sonreímos con las manos bien extendidas todo lo que nos permite la mini bus, y esa gestualidad común nos acerca un poco más.
  Carlos vive en La Paz, detrás de El Alto. Achacoral es impensable para mí en medio de la capital de un país, detrás del barrio más gigante y popular del país. Sí, detrás de El Alto, de ese mercado donde se consiguen desde frutos de papayas hasta partes de auto, está su pueblo.
  Otro de los surrealismos de Bolivia.
 Achacoral es valle, tiene dos lagunas inmensas. Carlos muestra una desde su celular. Ojos y corazón no pueden creer esa inmensidad. Detrás de barrios bajos de cientos de casitas construidas en laderas, descansa Achacoral.

  Carlos mira por la ventana y se alarma por el agua y la niebla. Las nubes se condensan y no dejan ver la marca de la ruta en el camino de cornisa hacia arriba. El aviso me da algo de temor. Cierro los ojos. Siento que todo va a estar bien. Sonrío. No le cuento que tengo amigas brujas, ni que mi cuerpo está habitado por las energías de todas las mujeres del círculo que sostuvimos en las lunas llenas de 2015, en el patio de frutales donde viví en La Plata ese año. Me mira y sonríe también. Entiendo que percibe todo; tiene madre y abuela brujas. Ninguna mujer que no haya despertado algo de su poder interno, podría haber entendido que los antiguos hablaban con las piedras.
  A los pocos minutos el cielo se abre. 
  La magia de ir subiendo. 
  Siempre pasa. Puede llover torrencialmente y al instante, que el sol queme. Hacer el camino a los Valles Calchaquíes tucumanos por cuatro años me enseñó sobre lo usuales que pueden ser estos cambios bruscos.
  Coroico ahora se deja ver, abajo y lejos.


  Carlos pregunta por la marihuana, que él nunca fumó y que le atraen sus fines medicinales. Le cuento de lo rico que es fumar flores cosechadas por amigos y que la mamá de Bren prepara calmantes en Guatemala extrayendo la esencia de la planta, el THC, en gotitas. Se ríe, casi con vergüenza. Y quedamos en que eso no es droga, como tampoco lo es su hoja de coca; mientras vemos las primeras terrazas de cultivo en las laderas del camino. “Es tiempo de cosecha antes de que el agua amenace”, comenta. Increíble que en 500 años no hayan logrado destruir esta técnica indígena de siembra en las alturas. Increíble que no hayan podido con la coca, aunque el afán de dinero de unos haya inventado la cocaína para matarse y matarla.
  Carlos nos saca del silencio con un comentario: la cosecha tiene que ser rápida, de verdad. Seguro hoy llueva en el pueblo. Comento que desde que fui por primera vez al norte argentino en 2010, llueve siempre que llego a un lugar. Que al principio protestaba hasta que una mujer me enseñó a agradecerlo, porque el agua en muchas zonas es un bien preciado y por eso se lo considera abundancia y buen augurio. Ahora, mientras escucha, el que se ríe es él.

-¿Qué?, ¿qué? Mi interrogación parece hacerle cosquillas. Ríe más y larga.
-Vos venís llorando, por eso traés el agua. Eso dice mi abuela.

  La conciencia del aquí y ahora se me suspende por un segundo. Recuerdo la tarde de ayer en el Tambo, la emoción de verme reflejada en la claridad de los ojos de Silvia y de conocer rinconcitos de ese proyecto. Le cuento que esa experiencia me depositó conmovida en la minibus y que así ando, en un estado de levitación permanente.
  -Por eso hoy llueve en Coroico, repite.


IX
  Con el agua, la flora de la región se hace todavía más exuberante. Me toca conocer a una Coroico reverdecida. Yunga de cuero tropical, con verdes fluorescentes y caudales de agua que caen de cascadas y serpentean entre piedras formando ríos. 

el camino a una de las tantas casas de este viaje
  La zona de la yunga boliviana es menos conocida que la andina, aunque representa el 70% de su territorio. Por su temperatura alta y húmeda, éste fue el lugar que eligieron los invasores para que vivan los negros esclavos traídos de África, después de comprobar que se morían en el frío potosino y el trabajo crudo en las minas. 
  La influencia de la comunidades afrobolivianas habla a través de los colores vivos de las casas, los rulos ensortijados de las mujeres, la percusión, las sonrisas contagiosas, las pieles negras, perfectas, el fuego.

  Nos reencontramos con Flor, cantamos sierra arriba y entre cascadas. El agua está hermosamente helada. Vivimos en un camping familiar a 10 minutos del pueblo. Desde este terreno saboreamos la yunga apenas abrimos los ojos. Franklin, el dueño de casa, tiene gallinas a campo abierto que nos cacarean en cada canción, incluso en la improvisación de la letra que Flor apodó como "la feminista"; surgida después de que ella tuviera que ponerle los puntos a otro gallito del lugar. (Ambas recordamos esta escena como mi versión más fiel de Inodoro Pereyra) El temita va dedicado a todas las delirantes que tenemos de hermanas...


  

Lo onírico - Madrugada del 16 de enero de 2016
Cuando un animal duerme, todos los demás conspiran para que ese sueño sea el más cálido de todos”. (La frase resuena en mí cuando despierto). En un nido duerme, cálido, un pajarito. Sonríe. Seguro está soñando. Se siente tibiecito. A su alrededor muchos animales forman una ronda en el aire. Ellos están ahí sosteniendo el sueño del pajarito. Así es, así funciona, dice una voz desde afuera de la escena.


X
  Viajo de Coroico a La Paz para llegar a Copacabana. La primera noche sobre el Lago Titicaca duermo largo y descansado. Al otro día recorro el mercado; un sinfín de hileras de cocinas donde las doñas fritan trucha, papa, pollo y churrasco. Los mangos son de un dulzor increíble.


  Cuando May y Flor llegan, nos mudamos a una casa alejada del pueblo. Ahí conozco a una integrante de Mujeres Creando, un colectivo feminista que lleva adelante una casa cultural en La Paz. Un grupo de músicos me cuenta la historia de la ciudad debajo del lago. Recuerdo que en la Patagonia argentina me contaron algo parecido: que hasta ahora nadie logró medir la profundidad de las aguas y todo me parece lógico. Si el planeta es 70% agua, ¿cómo no va a ser posible que sociedades enteras vivan ahí abajo como nosotros acá arriba?”.
  Las pibas se van a la Isla del Sol. Yo decido quedarme. Me ofrecen trabajo por un día en un restaurante familiar y sin pensarlo mucho, lo agarro. Es mi última noche en Bolivia. Mañana de un tirón un micro nos cruza a Puno (ciudad peruana al otro lado del lago). Sí, estoy a sólo dos horas de las fronteras que se trazaron hace más de 200 años por estas latitudes. Hay una sensación de algo que se cierra. Será por eso que me siento cansada. Van tres semanas de viajes y siete ciudades y pueblos donde vivimos de a dos o tres días. Y así, por las decisiones que vamos tomando y el ritmo que le imprimimos a este viaje, el viernes 21 de enero ya será Perú.


XI
Imágenes breves de socioeconomía

 Los bolivianos y las bolivianas son silenciosas hasta que entran en confianza. Sonríen mucho. La mayoría no pierde ese ritmo tranquilo, como de tiempo circular que los caracteriza, aunque estén cambiando dólares sobre una mesita en pleno centro de La Paz.
  Nada tiene precio fijo, salvo los helados de la marca nacional de lácteos Pil. Ni hoteles, ni alimentos, ni transportes de larga distancia. Las cholas manejan una economía flexible. Dicen el precio y lo rebajan -a veces- sin que el cliente lo pida. “Para usted hasta 20 bolivianos se lo puedo dejar”, la frase se repite en cada huequito.
  La economía del regateo duele un poco. No sé bien a quién le estoy dando o quitando.
 Un grupo de diez chicos entra al mercado de Copacabana, preguntan a una mujer el precio de las baratísimas bananas y comentan entre ellos en voz alta para que ella escuche: “es claro que por cantidad nos va a bajar bastante”. La chica sonríe; está acostumbrada. Soy yo la que se incomoda un poco, tengo que admitirlo. Me quedo a un costado con mi bolsita esperando que termine la secuencia.
  Hay mandamientos que se pasan entre ciertos turistas y viajeros (algunos, con bastantes menos códigos de lo que tolero) y para Bolivia la afirmación es: “regateá todo”.
  Sí, es cierto. Pasa. El pulso de la economía en este suelo tiene mucho de eso. Las vendedoras mismas lo practican, pero ¿todo lo que naturalizamos es sano? ¿Es bueno para la sociedad boliviana que lleguemos sabiendo que podemos regatear cualquier cosa y que ellos suban y bajen los precios según el día, la cara de quién pregunta, la necesidad? Algunos no se animan a pedir rebaja, otros lo hacen con prepotencia y en el medio hay decenas de grises, cientos de laburantes, la economía maleable de un país saqueado y pobre de América del Sur.


XII
Relatos potosinos
  
  En tiempos de la invasión española en Potosí, más precisamente durante la época de mayor explotación de plata del Cerro Rico ubicado en esa región, las gradas por las que se sube al 1° arco de cobija fueron el lugar de entierro de los campesinos pobres que osaban con pasar por ese lugar reservado a los ricos. “Por eso es un lugar pesadito”, comenta Anahy. Ella nació y vivió en Potosí hasta que decidió irse a estudiar cocina a Cochabamba. Ahora está de paso en Copacabana; su novio Iván trabaja en el alojamiento donde estoy y, con los días, los tres nos hacemos amigos.
  Como buena mujer reservada de su tierra, a Anahy no le incomodó el silencio que sostuvimos durante un buen rato, compartiendo la misma mesa. Cuando algún comentario rompió el hielo, pude conocerla y aprender de sus relatos: “Los pobres vivían abajo del 2° arco y no podían subir hasta el 1°”. Potosí está llena de iglesias, una de las estrategias de la dominación física y espiritual de la conquista. La Catedral, San Francisco, La Merced, Santa Teresa; todas de la alta sociedad. San Benito era la de los pobres.
  Ana cuenta que tiene ganas de instalarse en Sucre, pero que siempre vuelve a Potosí porque ahí está su familia; donde soy bienvenida para recorrer las calles de donde vienen todas las historias que me regala.

  “Potosí sigue siendo una ciudad olvidada”, agrega y recuerda esa frase que una vez leí a Galeano: “Con toda la plata que España se robó podrían construir un puente que una Bolivia con Europa”. Cuenta que las primeras monedas usadas en la época virreinal eran de plata pura y que incluso la casa de la moneda guarda en su interior con un pesado legado: sangre esclava derramada. “Por eso es que no dejan ingresar al cuarto patio. Entrando a la casa se ve una cara grande. Parece sonriente pero cuando le da la mitad del sol, se lo ve serio. Dicen que es el rostro de un indio que murió ahí. Nadie se anima a quitar la figura, dicen que puede pasar algo...”.
  Ana detalla que las calles de su Potosí están cargadas de leyendas como éstas, que construyen fortalezas y hasta sitios intocables. Pienso que quizá sea una forma de sostener la memoria entre tanto despojo y matanza.
  “De lejos al Cerro Rico lo ves en punta, pero de cerca ya no tiene forma por tanta explotación. En carnaval, adentro de las minas los trabajadores le dan sangre de llama al tío, que es el diablo, como ofrenda”. También están los rostros actuales del despojo. “Un puñado de hombres que son los nuevos ricos de Potosí, los que siguen con la triste tradición de llevarse la plata de la ciudad e invertirla en hoteles, supermercados y colegios en lugares como Sucre”. Dicen que si alguno de ellos entran a la mina, mueren; por todo lo que han robado. Uno es -además- el dueño de un gran hotel que vemos construirse desde la ventana del barcito donde estamos.

  Potosí, pendiente Potosí. Potosí y todos tus misterios. “Una cruz verde que crece sobre la iglesia San Francisco, el remolino que se forma en el Ojo del Inca entre las 5 y las 6 de la tarde que se ha cobrado varias vidas. Potosí y la calle de las siete vueltas por donde arrastraban a ladrones y violadores antes de matarlos en la Casa del Ahorcado”. Anahy también nombra balcones míticos: el de las mujeres curiosas, el de las serpientes y el de los enamorados. Los caminos de piedra hacia arriba y abajo, los túneles y la minería que sigue y sigue, cada vez más dolorosa, cada vez más escasa.


XIII
Titicaca

“Su energía es poderosa. Siento que dice: 'podés venir, pero no te quedes'”. Mucho antes de llegar al Lago, había escuchado esta frase y me quedó grabada.


Va anocheciendo, es enero y hace frío. Me acerco a un muelle y hago de mi cuerpo una bolita, flexionando las piernas y sujetándolas con los brazos. Soñé con este momento. El frío del agua araña la cara. Miro ese manto negroazulado completo.

Soñé con llegar hasta vos, soñé con tus profundidades, con tus embarcaciones de totora, con todo el misterio del mundo que guardás. Y es cierto, tu energía es implacable. No abrazás de inmediato, como casi todo en Bolvia a vos, Lago, hay que darte tiempo para que quieras empezar a mostrarse.

Así, hecha un bollito diminuto frente a tanta inmensidad, lloro mi primera noche a los pies de ese misterio ondulante. Ofrenda de agua para el agua. Agradezco haber llegado. Recuerdo las tardes en que imaginé este momento desde el sur y disfruto el silencio. A mis espaldas, los comedores abiertos de par en par ofrecen trucha y otros menú por 20 bolivianos. La calle está luminosa y colorida.

De cara al lago el mundo es otro.



***


BOLIVIA / Sabores nuevos en el cuerpo 

Mango. A punto o maduro. Mejor los de cáscara rosada. Su carne es naranja, fresca, llena de agua y fibrosa. De Bolivia nacen los mangos más ricos que probé en tres países.

Sopita de maní. La infaltable en los mercados fríos de La Paz y Copacabana. Para hacerla hay que moler el maní y echarlo a la olla. Esa es la base de la sopita. Lo demás es secreto de mamitas, mezclado con zanahoria y papa en cubitos, puerro, cilantro y fideos de sémola o quinoa.



***

1 La agroecología es una forma de cultivo de la tierra que retoma gran parte del conocimiento ancestral campesino, a base de semillas criollas no modificadas genéticamente, ni uso de agrotóxicos. Se respetan los ciclos naturales de crecimiento, se trabaja con asociaciones de plantas que se nutren y protegen de plagas mutuamente. La huerta toda es un sistema integral que se relaciona. Un mismo cuerpo.
2 Así se le dice al mascar hoja de coca; planta sagrada que se consume en Bolivia y el norte argentino desde hace siglos. Tan discriminada como defendida. Es central en la identidad de los pueblos andinos, como es para mí la yerba mate.
3 Sitio sagrado e histórico del altiplano boliviano, a pocos kilómetros del lago Titicaca.