lunes, 15 de agosto de 2016

TRUENO 6

LA BUENA ESTRELLA
Relatos tejidos en viaje por América Latina

TRUENO 6

Ecuador  
Segunda parte


XII

¿A dónde ir cuando me vaya de acá?

        Manejar dosis de libertad tan amplias configura la conciencia desde un lugar nuevo. Tenemos una capacidad ilimitada de crear entre las manos... Pero no nos educan para que sepamos esto.

Más al norte. Por la costa. Hasta Mompiche. 
No hay caminos directos, alerta Nati.

Toca trasbordo.
Serán entonces seis buses distintos en tramos de entre una y cuatro horas.


XIII
El jueves es un día de barajar y dar de nuevo. Edu y Gonza arrancan a Jipijapa y PortoViejo a trabajar para pagarle a Tuto, el mecánico que arregló la combi. Gime los acompaña, se siente parte de esa etapa final. El domingo empiezo el viaje a Mompiche y Flor irá a Canoa más adelante.  
Propongo a la familia una tirada de I Ching para que nos acompañe. La consulta común gira alrededor del clima de nuestros rumbos en las próximas semanas:

EDU                         FLOR
6 ----  ----                 7 –--------
6 ----  ----           9 –--------
6 ----  ----                 8 ----  ----
7 ---------                 7 ---------
8 ----  ----                 6 ----  ----
8 –--   ----         7 –--------
15/ la modestia                  37/ la familia

JO                                      GIME
6 ----  ----                            8 --------
6 ----  ----                           7 ----  ---
7 ---------                            8 --------- Ese día Gonza estuvo fuera,
7 ---------                            7 --------- por eso no hicimos su tirada.
7 ---------                            7 ---------
8 ----  ----                           8 ---------

34 / el poder de lo grande       48 / La esencia, el pozo


XIV
Remolino entre paréntesis

(Argentina, Bolivia, Perú, Ecuador. Lo andado
Colombia, Guatemala, México. El deseo 

Amanezco hecha una ensalada de destinos y deseos.
Brota inesperadamente la posibilidad de volver a Argentina para estar más cerquita de Bolivia en julio y la casa del Colectivo Chixi en La Paz. Argentina es el abrazo a los amores del sur y un posible vuelo que me lleve a Chiapas, México, en primavera para trabajar ahí unos meses cerca de los Caracoles Zapatistas*. Chiapas es -desde hace mucho- un horizonte y un faro a muchas de mis búsquedas. Significa también el reencuentro con Ju y Juan, que viven en el Distrito Federal hace un año e implica estar a una frontera de Bren, en Guate, y sus lagos y montañas de las que tanto me habló en ese 2015 maravilloso en que compartimos casita platense.  
   
Mientras, hoy soy toda Ecuador. Puro presente. Este lugar representa la felicidad del aquí y ahora, la vivencia de un estado de emoción permanente frente a todo lo que se presenta cuando me dejo sorprender. 
Colombia es la próxima y cuarta frontera. Pero sé que para ella falta un tiempo)
 
XV
Los chicos salen hoy. Se lo dicen a sí mismos para convencerse. Fueron tres meses y cuesta partir.

      “Las despedidas son esos dolores dulces”, recuerdo la frase de los redondos que Flor Yannielo usó la última vez que nos vimos en Argentina, en diciembre de 2015, a lágrima tendida. Me gusta recordar esa escena, digna de una película. Dos mujeres abrazadas, llorando dentro de un auto, en plena avenida central de una ciudad en hora pico; bombardeada de bocinazos, semáforos atascados y decenas de buses yendo y viniendo.

Gonza va temprano a Jipijapa y a la vuelta nos cuenta cómo fue su ronda de despedida con los amigos del pueblo, montado en una motocarro, pasado de faso y felicidad. Llegando al centro deportivo, para en la tienda de la seño (la que fia los puchos) y la saluda con un beso en la mano, del otro lado de la reja. Ella se pone colorada.
      Gime va y viene con una computadora y auriculares. Edu ajusta tuercas de Melody. No sé exactamente qué hace. Creo que calma la ansiedad ahí debajo del motor. Lavan más ropa, arman bolsos y guardan el cenicero nuevo de la combi; hecho con ese bendito pistón que fue el principio de toda esta historia.


Se les van las horas, de abrazo en abrazo, de emoción en emoción. La noche nos reencuentra a los cinco comiendo pizza del puesto del Napolitano; un viejo artesano del pan con pinta de dibujito: anteojitos, bigote arremolinado, panzón, camisa a cuadrillé y delantal blanco manchado de salsa.
       A la vuelta, sobre la canchita de básquet, nos espera el grupo de amigos del pueblo. Una botella de ron Ronponpon con coca y otra de puro de caña con naranja giran en la ronda grande. La emoción que sentí esa noche escuchando a los pibes de Cayo y a Gonza, Edu y Gime despedirse, no la voy a poder definir; así que ni lo intento. Algo de lo que Scar y Elvis dicen antes de que subamos a la combi, son una buena síntesis: “Brother, yo los respeto porque ustedes se quedaron, cuando los viajeros acá pasan y se van. Eligieron vivir acá estos tres meses, cuando podrían haber estado en cualquier otro lado”. “Y ustedes se quedaron, le dieron vida al centro deportivo. Brother, eso lo hicieron ustedes”. Las últimas palabras, las de Elvis, quedan en mi memoria como la imagen más fiel que pude retener.

      Hay dos bicis chiquitas acostadas en la calle. Las usamos por turnos para darle la vuelta a la gran plaza del Cayo dormido. Levantando velocidad, el aire fresco pega en la cara. Me llama el rugido del mar. Llego hasta la playa. Sola, frente al manto azul, lloro sonriendo y vuelvo a arrancar. 
Es un placer inmenso pedalear de noche bajo estos cielos.

XVI
Algo tiene que cerrarse para que una nueva etapa seabra. Son las 12 de la noche. Edu y Gonza cargan las últimas cosas. Flor se queda sola por primera vez en el centro deportivo y pide que no la saludemos, así no seda cuenta cuando nos vamos.


      La acaricio mientras se duerme en una colchoneta. La música suena hasta último momento, gracias a ese cable mini plug que Gonza consiguió hoy a la tarde para disfrutar el último día entre Bersuit, el flaco y una versión de Lágrimas Negras que se repite y se repite, en un aliento al canto.

  Me cuesta cerrar la puerta. ¿Flor habrá entrado al sueño o estará todavía apretando los ojitos para no sentir las nuevas ausencias? Subo a Melody. Los chicos me dejan en casa. Sabemos que nos vemos pronto pero en otro historia; esa que se abre ahora mismo que nuestros pedacitos se alejan de Cayo.


XVII
  Otra vez la mochila en la espalda después de 15 días. Cuesta alejarse del primer lugar donde desplegué todo lo que cargo hace más de dos meses y vínculos profundos, como el que construimos con Nati. Cuesta despedirse de Elvis y todos los chicos del centro deportivo, de la calidez de Leo y su cocina y ese fuego que compartimos en el encuentro de mujeres en luna llena. Durante todas las lunas de 2015 tuve mi círculo de mujeres en La Plata. Ese fue un espacio de exploración, expresión y creatividad donde además nacieron buenas amistades. Desde que salí de viaje lo había perdido y Cayo fue -además- el escenario que me devolvió la calidez particular de la urdimbre femenina.

      Cuesta también despedirse de las señoras de las tiendas a las que les compro cada mañana y del legumbrero que pasa en su camión vendiendo plátanos y piñas. Cuando los veo por última vez (sabiendo sólo yo que esa va a ser la última), miro tímida para abajo y juego a que la despedida no sea más que un "hasta luego" colgado del airecito fresco de las 10.
El ambiente de la mañana siguiente en el centro deportivo ya es distinto: un matriarcado hecho entre Flor, Gime y yo. Con ella y los chicos (que a estas horas ya están en PortoViejo) nos reencontramos en Quito para el cumple de Gime, el 17 de febrero.

...pero el asunto son los afectos que quedan en Cayo. A Nati le cuesta despedirse. Siento la honestidad de su abrazo. Yéndome de noche de su casa, Elvis llama por la ventana y me regalan una caracola para que me acompañe. En ese acto el mundo se me vuelve todavía más cíclico. En ella llevo ahora muchas de las experiencias que quiero, como la editorial que creamos con un puñado de hermanos y hermanas al sur del continente hace dos años, y las vivencias de estos 15 días. “Viajar por mucho tiempo me hizo darme cuenta que los lugares donde más me quedé, fueron los que más me gustaron”, me había dicho Nati días antes.
       Es cierto amiga: los vínculos son todo. 

XVIII
Comparto los dos mangos y la pitajaya** con una familia que también espera el bus sobre la ruta, frente a la gasolinera. “¡Manta, Manta!”, el grito del guarda me saca de la caracola y subo rápido la mochila. Me esperan varias escalas: el plan chino de querer conectar por la costa a Cayo con Mompiche, dos pueblos pequeños y lejanos entre sí. De Cayo a Manta, de Manta a Bahía, una vez ahí cruzar el puente que conecta con San Vicente, esperar otro transporte que llegue a Pedernales y el trasbordo continúa... A mitad de camino queda Canoa, me recomiendan dormir ahí. Los tiempos ya no dan para llegar hasta Pedernales y tomar un bus a Chamanga y un último hasta la ruta de entrada a Mompiche. 

  En Canoa ceno el rejunte de lo que tenemos cuatro colombianos, un uruguayo y yo: sardinas asadas, verduras salteadas, ensalada y arroz. Los seis viajamos sin tiempo fijado de vuelta. Ya es marzo. Charlamos que en las rutas se ven cada vez menos turistas: “puros viajeros andamos”, comenta uno de ellos. Los y las viajeras coincidimos en ritmo y búsquedas. Los momentos que compartimos, que a veces son fugaces y otros pueden extenderse a días o semanas, son profundos. Es que solemos estar más predispuestas a abrirnos y en la primera tarde muchos y muchas terminamos versando sobre las historias de nuestras vidas y nuestros sueños más sinceros. Estos niveles de apertura (que no se dan con todos por supuesto) fortalece.
Los dos primeros colombianos que conozco vienen bajando en motos, otro hace la ruta en bici y el cuarto cuenta que saluda al tercero, que es su amigo, por la ventana del bus.
  Con los primeros nos dibujamos mapas de nuestros países con rutas, provincias y recomendaciones de los lugares que más queremos de nuestras tierras para que los otros las conozcan. 
Colombia
  Es la primera vez que anoto esa palabra en este cuaderno y este viaje. Haber bajado el ritmo hace que todavía sienta muy lejana a su frontera. El corazón me dice que Colombia va a ser tanto o más alucinante que Bolivia. 

     (Hay momentos en que se me hace imposible no inundarlo todo de poesía o que la mística no me coma el relato. Resulta que creo demasiado en la conexión que existe entre ciertas escenas de nuestro pasado y presente; vínculos que se van develando en el transcurrir mismo de los días. Para ejercitar la dulce causalidad sólo hace falta mantener encendida la llamita de la memoria y animarse a interpretar por encima de los vicios de la racionalidad que nos nublan la sensibilidad. En síntesis, jugar al delirio)

Colombia emerge como algo inmenso, inabarcable. Todavía estoy lejos. Ya vendrán los tiempos de desenvolvernos los sabores. “Un mes más en Ecuador seguro”, digo. 
      Me hablan de la región de Antioquia, del eje cafetero y anoto -algo sorprendida- estas palabras que no esperaba y sigo apuntando: el Caribe y en particular, la Guajira. Recomiendo Cayo y el centro deportivo y deciden ir para allá.
Los otros dos son unos personajes: el que anda en bici y el que saluda en cada terminal desde el bus. Son parlanchines. Uno de ellos quiere llegar a Argentina a estudiar sociología de la imagen. Admiro la dulzura que dejan en el aire cuando se ríen y se dicen “parce”***. Siempre los y las colombianas me llenan de calor con sus formas de expresarse. El me recuerda a Kathy y Diego (desde La Plata, Argentina), a Johana (desde Bogotá) y Andrea (en Manizales, Colombia). Gentes luminosas, alegres, profundísimas.

No pregunto nombres ni contactos. Me acuesto deseándoles buenos viajes y rutas y vidas.


XIX
Cuchillos

     Amanecemos preocupados. La chica suiza que duerme en el cuarto que ocupo no volvió anoche. La encargada comenta que salió a las 5 de la tarde, una hora antes que yo llegue. Los dos femicidios recientes nos tienen a todos y todas sensibles en Ecuador. Son las 9 de la mañana y varios acuerdan esperar al mediodía para llamar a la policía.
  En la habitación está su celular. Muchos decimos “no pasa nada, anoche hubo fiesta, quizá conoció a alguien” y al mismo tiempo reconocemos que la preocupación está en el aire. Me voy a las 11 queriendo reconocer a la chica en las distintas mujeres que cruzo de camino a la parada del bus. “El miedo no puede detenernos nunca”, me digo mientras avanzo.

Otra vez el canto de mi voz, como una marca de origen, me delata Argentina y es suficiente para que dos hombres se acerquen apenados a preguntar si sé lo de “mis compatriotas”. Va a ser imposible que no me busquen para hablar, pienso para irme preparando.
  Hay algo de mí que vulneran cada vez que preguntan: ¿por qué viajás sola? ¿no te da miedo? ¿con lo que le pasó a tus compatriotas...? Agradezco los buenos deseos cuando los recibo y cambio de tema. Sólo la primera vez terminé siendo canal de una señora y su catarsis del crimen y fue terrible.    
  Otros dos hombres me piden “perdón como ecuatorianos". Tienen buenas intenciones pero no pueden con su mandamiento de hombría, de verse frente a una extranjera y preguntar intimidades: que por qué viajo sola, que si tengo marido o dónde dejé al novio, porque ellos dos son solteros y están dispuestos. El comentario me cae mal y lo demuestro pero ellos parecen no advertirlo. Si por lo menos la cercanía del crimen nos diera unos días de veda a este tipo de "chistes" que recibimos a diario... "Chistes" a los que nos acostumbramos a contestar con sonrisas y respuestas diplomáticas que dejen bien en claro el rechazo a las propuestas que los hombres nos hacen cuando nos encuentren solas en una calle, la playa o una ruta.

  Viajando en el bondi a Pedernales, un viejo desagradable cuenta que se cansó de los planteos de su mujer, que ahora “cada vez que quiero a una prostituta la pago”, pero que el problema es que ya no tiene quién le cocine y vive de los comedores. El otro lo escucha y no pierde oportunidad en contar sus hazañas: “en Manta busco las putas baratas y les doy 10 dólares más por acabarles adentro”. Ríen socarronamente. Dos hienas despreciables. Las mujeres del bus soportamos en silencio esas violencias.   
  Revuelta de asco en mi asiento, pienso cómo hacer frente al machismo estructural que pesa en Ecuador, Perú, Argentina y el mundo entero. “Si no lo denunciamos, los crímenes no van a terminar”. Esto contesto a los dos hombres con los que charlo en la parada del bus, donde por primera vez soy yo la que recuerda a María José y Marina: “Esos crímenes suceden por el machismo, no porque las chicas se hayan confiado. ¿Desde cuándo aceptamos que los hombres pueden hacer con nosotras lo que quieran?”. Ambos se quedan en silencio. Son buena gente. Llegan el bus, me ayudan a subir la mochila y le dicen mi destino al chofer. Subo pensando que ese acto de sobrecuidado funciona -a veces- como otro rostro del problema.
Ya fue... me puse heavy. Bueno, lo merezco. Además hoy es 8 de marzo: día internacional de nuestras hembras reivindicaciones.  

XX
       Mientras subo por la costa, mi cuaderno se va llenando de anotaciones sobre espacios y proyectos culturales de Quito. Se que no voy a alcanzar a conocerlos a todos, no suelo tolerar largas estadías en las ciudades, igual los agendo con la idea de que le sirvan a otras personas.

-Tranvía Cero: colectivo artístico con trabajo en barrios en las afueras.
-La Casa del Arbol: centro cultural y biblioteca popular. Barrio Floresta. Lugo y Vizcaya. Tel: 6041653 – casa.del.arbol.ec@gmail.com – Guayaquil entre Versalles y América, 2° piso.
-Casa 18: espacio de arte. Ahí puedo encontrar a una mujer que vínculada a círculos de mujeres e iniciativas de parto respetado (figura como Amar Anta en facebook). Calle 18 de septiembre 10/40.
-La trueca. Sitio de libre intercambio de distintos productos.
-NinaShunku. Bar artístico / cultural con talleres. En barrio la Ronda. Calle García Moreno y Morales.
-El barrio de Guapulo y el Mercado de Santa Clara, en la zona Mariscal.


XXI
Los oficios compartidos

     Mompiche es una selva tropical con mar, río y una isla que se puede cruzar a nado cuando la marea está baja. Acá se pechelea más cerca. Ni bien se baja a la playa, ahí están los pescadores.


     Aprendo a abrir y limpiar los pescados. Se convierte en costumbre saltearlos con bananas. Los maduros los dejo con su dulzor natural y a los verdes, les echo sal. Con el correr de los días y la cocina en Ecuador, aprendo a distinguir las variedades de bananas y plátanos para pedirlos en los mercados. A la que en Argentina le decimos banana, acá se llama guineo. El plátano verde es mucho más grande y fibroso; se conoce simplemente como verde y lo usan para todo. Se cocina frito, sancochado, se ralla para hacer masas y harinas. Cuando la cáscara se pone amarilla, se convierte en maduro. La primera vez que lo probé a las brasas, relleno con queso, bajo una noche estampada de estrellas en la sierra de Vilcabamba, aluciné.  


  Mompiche se presenta ante mí, desde el primer día, como un microclima de amigos. Muchos viajeros y viajeras con andares interesantes. Cada uno carga con una historia digna de bajarse tres termos de mate, escuchándolas. Trabajan como voluntarios, cocinan, hacen música, tienden comunidad. Se saben en viaje y cuáles son las cosas fundamentales para fluir en ese estado con alegría. Hay que recrear los lazos afectivos que dejamos lejos, cada vez más lejos. ¿De dónde? ¿De qué o quiénes? Cada viajante tiene sus búsquedas y respuestas. Lo cierto es que por acá nos abrazamos más fuerte y hacemos círculos donde trocamos talleres y otras excusas para encontrarnos y encontrarnos.
  Ludmila y Cami son voluntarias de un hostel. Me invitan al grupo de mujeres que armaron hace un tiempo y así conozco a una comunidad de inquietas con las que compatirmos tardes de clown, música, yoga y encuadernación. Lo que cada una sabe, lo convida.


Taller de encuadernación en La Chocolata,
cafetería del pueblo.
  Por estos días pienso mucho en esa necesidad de hacer vínculos, en todo el amor que cada persona lleva dentro y necesita canalizar. Lejos de casa, muchos y muchas se sienten también más libres, despojadas. Te quiero. Nos queremos. Listo. No hace falta otra explicación y ninguna rosca impide el encuentro. El desafío es llevarse esa sabiduría a casa, a alguna casa, en el lugar del mundo donde decidamos seguir construyéndolas.


  Me invitan a la despedida de una pareja del grupo que sigue a Colombia. Dos mujeres increíbles. En pocas horas de charla, sus historias y la energía que irradian me dejaron tanto para aprender que ojalá puedan leer esto como forma de agradecimiento. 
  También me toca compartir mesas mundiales: Canadá, Finlandia, Ecuador, Italia, Bolivia, Singapur, Colombia, Argentina. Hay algo de las distintas lenguas que nos impide profundizar en las charlas. Yo no hablo inglés y éste es lamentablemente el nexo hegemónico. Somos unos diez. Decimos poco y trabado en espanglish; hasta que aparecen una guitarra y un cajón y el idioma universal del tarareo reemplaza los verbos por un rato. 

XXII
Sí 
Cuando me fui de Argentina pal norte
mi corazón se guió a ritmo de un sueño
andar todita la América nuestras
bañar la piel de caminos y gentes

Mango, maní, altiplano y yunga
Huayno en la sierra y candombe de costa

Cuánta abundancia regala mi Pacha
brindo con ella en cada experiencia

Así seguimos girando en la tierra
trigo, maíz, arroz, plátano y coco
Y voy entrando de a poco al Caribe
tierra de yuca y café

Nuestro horizonte es todo de colores
que en el cuerpo me los quiero llevarse
es de alegre resistencia y paciencias
y su calor sigue sembrando historias...

    sigue pariendo la historia...

(Práctica de Huayno en Cuatro Venezolano. SOL / SIm) La letra salió en el bus de Mompiche a Esmeraldas para acompañar el rasguido de los pocos acordes que sé hasta ahora.


XXIII
La ciudad. LoTrash

Caminamos tanto de madrugada por las calles del barrio Fosh, que se me gastan los zapatos hasta llenarse del agua helada de la lluvia con la que Quito recibe. 


Por la noche transpiro en medio del frío de la sierra. Gonza dice que tengo fiebre. Me duermo sobre un sillón. De ahí en adelante, no recuerdo más que sueños. Hoy era el recital de Damas Gratis, estampa de la cumbia villera argentina, en un salón estatal de la ciudad. Los cinco nos reencontramos ayer en Quito -justamente- porque Gime quería festejar su cumpleaños ahí. Pero la fecha se suspende sin explicaciones y por eso los cuatro están de vuelta temprano, regados en un comedor cualquiera, tomando dos tintos que Flor y Gime consiguieron en el mercado Santa Clara.   
    Sólo hace falta un día en la capital para caer en cuenta de lo barato que viví durante un mes en la costa. Un hostal económico ronda los U$D7 por noche. “El Sucrecito zafa, el Sucrecito zafa”, hinchan las pibas. Vaaaamos al Sucrecito entonces.
    Me levanto temprano a conocer La Casa, Espacio Catapulta: un centro cultural independiente donde funciona el Bachillerato Popular Mujeres de Frente y surge la posibilidad de dar taller de encuadernación. 




     Al mediodía llego a la puerta del nuevo alojamiento: un frente pintado en azul estridente a mitad de cuadra, cerca al centro histórico. Atiende un retacón baboso, que se te mete a la pieza más veces de las tolerables, hasta que le echamos tranca a la puerta. 
De noche, tres cincuentones estacionan un auto con grandes parlantes en la vereda y ponen electrónica y reggaeton a niveles inimaginables. Los vidrios de las ventanas saltan y rechinan al tiempo de la música latosa. Mi fiebre sube, llega a 39°. ¿Cuánto puede durar esta locura? Por la ventana, veo al petiso encargado asomándose a la joda. Resulta que el pelotudo que arrancó todo esto es el dueño real del lugar. En lunfardo argentino: ¡Andá a cantarle a Gardel! 
Me arrastro por el pasillo hasta llegar a la cocina. Trepo a la mesada y golpeo con fuerza las ventanas. Cuando por fin capto la atención de uno, pido que por favor bajen el volumen. Son las dos de la madrugada. “Oh, si mi amor”, dice un tipo que apenas puede sostenerse en pie. Vuelvo a la cama. Noto, por lo empañado de los vidrios, que está más frío pero yo sigo envuelta en  transpiración. 
Los vidrios vuelven a saltar. La música ahora llega como cuchillos afilándose contra una piedra. ¿O será parte del delirio de la fiebre? Flor balbucea que los tipos son unas basuras. Vuelvo a reptar por el pasadizo hasta la cocina y otra vez salto con esfuerzo a la mesada. Uso dos sartenes como platillos y las golpeo entre sí, contra las aberturas de las ventanas y la pared. Los cuatro miran sorprendidos para arriba. “¡Pedazos de porquerías! Son las 4 de la madrugada, pelotudos”, escupo a gritos. Seguro no van a parar porque uno de ustedes es el dueño de este tugurio y seguro está arreglado con la policía". ¿Como puede ser que el barrio entero tolere esto varias veces a la semana?  No se duerme hasta las 6 de la manaña, cuando deciden apagar el equipo y uno sube a la casa, a golpearle la puerta a la mujer que duerme en el cuarto al lado del nuestro. El tipo está tan borracho que ni siquiera se le entiende el balcuceo. La mujer lo putea a lo ecuatoriano; con mucha más dulzura que lo haríamos en el sur. Llego a entender que ni loca le abre con el pedo que tiene, que duerma afuera o donde quiera. El gallito se esfuerza por modular tres palabras y suplica: “dele, mi amorceeeto”. 
No veo la hora de que sean las 8. Agarrar la mochila y huir de acá. Antes de caer en otro lugar tengo que pasar por el centro de salud. Camino dormida por el centro histórico hasta llegar a una sala de espera. El diagnóstico: amigdalas inflamas, infección, fiebre. 

XXIV
Caro Williams (maestra y amiga) me enseñó a reconocer la enfermedad como síntoma, a deshojarla hasta llegar a la raíz que causa ciertas reacciones del cuerpo. Por eso esta gripe, como la que tomé en Cusco en febrero, no son sólo cuestión de clima para mí. Vengo de pasar un mes de mucho placer en la costa. Andando descalza, yendo por la mañana a pechelear para buscar el pescado, cocinando, enseñando a encuadernar y aprendiendo algo de música. Volver a cegar mis pies con zapatos y mi cuerpo con abrigo para readaptarme al ritmo de una ciudad, que además es fría, no fue algo para lo que estaba preparada. 
Las ciudades me bloquean un poco. Hace tiempo las veo como usinas de violencia, sitio donde más se condensa la desigualdad en que vivimos. Hay más hambre y más dolor donde la gente  no tiene tierra para vivir ni para sembrar. Además, una debe entrar -indefectiblemente- en un ritmo más frenético para que la ciudad no devore. Buses, tiempos acotados, el petróleo barato inundando las carreteras de vehículos particulares. Hay más consumo de combustible, de comida chatarra en la calle porque es imposible volver a casa a preparar una sopa. Los tiempos del trabajo no permitirían ese “lujo” que es postal cotidiana en los pueblos del interior y la costa: volver a la casa a preparar la comida. Las ciudades son un chupadero de energía. Doy la mía a cambio de dinero que gasto en comer, trasladarme y dormir mal. 

XXV
     Después del diagnóstico paso a saludar a Madallena, una tana divina con la que nos hicimos amigas en Mompiche y quedamos en reencontrarnos en Quito. Ella se está quedando donde una amiga, también italiana, que tiene una pizzería en una callecita turística que se llama La Ronda. Apenas me ve, se carga mi mochila y cruzamos la ciudad en bus hasta llegar a un hostal familiar del barrio anterior. Sólo se va cuando me acuesto. Está por volver a su pueblo a trabajar en la temporada de verano europea, que va de julio a octubre. Ama América Latina. Sólo vuelve a su país a visitar familia y amigos y juntar dinero para seguir viajando por acá. Quizá pueda llegar en octubre o noviembre a Chiapas a visitarme, si me sale el trabajo en México. "Quizá, alguna vez, viajemos juntas a la India", decimos.  

XXVI
24 de marzo
      No estar hoy en el sur duele. Sé que las plazas y las calles están llenas de amigos. El contexto es adverso. Hace tres meses hubo cambio de gobierno. Macri aprobó la picana eléctrica**** para reprimir las manifestaciones sociales. Hoy, para muchos, es un día para evocar la Memoria, la Verdad y la Justicia; en conmemoración del 40° aniversario del último golpe cívico-militar.
Me recuerdo sosteniendo una bandera en alguna marcha. Pero hoy no. Estoy en Ecuador. Los de acá dicen que estamos en una temporana que para mí es otra. Es que el 21/3 arrancó la primavera, pero en Argentina es otoño y los amigos y amigas escriben contando cómo empiezan a desprenderse las hojas de los árboles, cubriendo las veredas de mantas marrones.

Cómo revuelve este 24 lejos, esta efervecencia; lejos.
El corazón late a ritmo sur.

XXVII
Sierra central

Hace frío en el pueblo de Baños y llueve las dos primeras mañanas. Por la ventana ruedan cientos de gotitas. Respiro y juego a sacar vapor por mi boca. Mate con jengibre y cáscaras de naranja y limón. El agua -además- tiene orchata: producto de estos tiempos viviendo en Ecuador. Sólo falta el cedrón para sentirme en la última casita platense que habité, pero no parece ser común esa hierba por estos lares. Por la tarde el cielo se abre. Hablo con Bren desde Guate, con Ju que está en México y con Johana que me espera en Colombia; también con mi hermana Paulina y otras mujeres queridas del sur.

Estoy en el paralelo 0° del mundo.

Ayer volví a consultar al I Ching sobre los mejores tiempos para cruzar la cuarta frontera del viaje. La enfermedad y el paso por Quito me dejaron anímicamente cansada. El hexagrama recomienda espera, aprovechar el tiempo en nutrición ya que pronto vendrá la lluvia como bálsamo.

8 ---  ---
7 --------
6 ---  --- 5 / HSU. Inactividad. “Espera activa, meditativa.El peligro es grande y no
9 -------- somos lo suficientemente fuertes. Las cosas necesitan ser alimentadas.
7 ---  --- Tiempo para la nutrición. Lluvia próxima. Sucede algo inesperado.
7 ---  --- Para cruzar la gran corriente es necesario tener certidumbre de la propia meta, sin autoengaños”.

XXVIII
La gran corriente

      Me entrego a la vida apacible de este otro pueblo que empiezo a descubrir. Hay mucho productor dulcero con azúcar de caña y aprendo de uno de ellos algo de la técnica del amasado y a reconocer distintas recetas con coco, arequipe y manjar de guayaba.



     Donde vivo atiende una señora que abre de par en par su cocina para que experimente con la receta del corviche, que me me contaron en Manta. Así la cocina, como corazón del espacio, termina uniendo a varios de los que estamos hospedados con la familia que sostiene el lugar y nos convertimos en una manada de doce, entre niños, jóvenes y una abuela. Días de comida casera, de agua y escritura.


      Todavía toso y me duele el pecho. Hablo con Johana y acordamos mi fecha de llegada a Bogotá: el 10 de abril. Con la novedad, rebrota algo similar al deseo. Quisiera estar ya por ahí, pero el I Ching pide paciencia y siempre es beneficioso ejercitarla. 

El 30 de marzo comparto el año de aniversario de viaje de Lucas y Facundo. Ellos salieron de Buenos Aires en una combi y se encontraron con Cami y Ale que habían salido 6 meses antes. La familia se completa con Ivan y Marata. Cuatro de ellos forman La Chaplin, una banda con la que sostienen el viaje. Cami hace acrobacia aérea y circo y Marata, serigrafía. Los conozco en mi  primera noche en un bar del pueblo, donde si llevás la foto de un perro te regalan una cerveza.


La celebración es en un campito. Prenden un fuego para hacer unas pizzas a la parrilla, trepamos a los árboles de aguacate y mandarina que están cargados de fruta, estiramos las piernas, Cami se sube a la tela y compartimos un vino tinto áspero, suavizado con jugo de naranja. La noche se corona con una salsa de pesto y una torta de chocolate gigante que Marata cocina con los anafes instalados en las dos combis. 
      Es increíble la destreza que se llega a desplegar en viaje para no extrañar ciertas comodidades de un hogar. En la tarde siguiente nos despedimos haciendo serigrafía y cuadernos. La terraza del hostal donde vivo se convierte en un tendal de pañitos estampados, cuadernillos e hilos de colores regados por las mesas.

Después de 10 días en la serranía de Baños, vuelvo a Quito y arranco de madrugada un tramo de 8 horas de Quito a Tulcán y Pasto (ciudades a uno y otro lado de la frontera). 
       
        Avanzo lentamente por las colas de las oficinas de migración de Ecuador y Colombia. 
Es 5 de abril, cumpleaños de Johana (mi amiga colombiana que me espera) y tengo el sello de ingreso a su país.


___

Sabores nuevos en el cuerpo:

      Corviche. Otra delicia de la costa ecuatoriana. Es un buñuelo a base de masa de plátano y maní relleno con pescado. Mi plato favorito. Los ingredientes para la masa son: dos plátanos verdes rallados, maní molido con achiote, un huevo, sal, ajo y comino. (Desconozco cuánto se consiga el achiote en otros lados, puede usarse el aceite que viene condimentado con él o se me ocurre que simplemente aceite con pimienta roja como variante que dé color y sabor). Se mezcla todo y se forma una masa espesa, no seca. Para el relleno se cocina y desmenuza algún pedazo de pescado fresco sin espinas, salteado con ajo, cebolla y perejil (en Ecuador usan mucho albacora y el cilantro en lugar del perejil). Una vez listas estas dos cosas, se toma un pedazo de masa que se puede extender sobre la mano, se echa una cucharada de relleno y se cierra haciendo una bola. Para cocinar se usa bastante aceite, un tercio de una olla. Cuando esté bien caliente, se van poniendo los buñuelos y cada tanto se rotan con una espátula hasta que queden bien dorados, casi marrones. Por otro lado, se pica o se ralla bieeeeen finito repollo blanco, colorado, zanahoria y/o remolacha.       

      Cuando los corviches están tibios se les hace un tajo y se le distribuye un poco de ensalada. Así se comen, generalmente de a pie, por la tarde y en la calle, cuando una se cruce a “el o la” doñita que hace los mejores corviches de cada pueblo.
      Esta receta me la enseña Verónica; una señora que trabaja en el mantenimiento de los baños de la terminal de Manta, Ecuador. Nos conocemos al paso, mientras yo bajo de un bus y espero el siguiente. Del otro lado de la puerta le pregunto si sabe dónde pueda conseguir los buñuelos y que me gustan tanto que quisiera aprender a hacerlo. “¡Oh!, si es muy fácil...”, contesta sonriendo por los ojos y empieza a enumerar los pasos a seguir. Cuenta también que su Ecuador está en el cinturón de fuego, que es el centro de la tierra. “Una región bendecida la nuestra”, resume después de nombrar la variedad de climas y frutos. “Lo que no hay en tu tierra, viajando, lo puedes llevar y con eso trabajar”, dice después de convidarme una de las recetas más sabrosas de la costa.
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*El Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) muestra su rostro al mundo el 1° de enero de 1994, en una marcha silenciosa donde comunidades indígenas de la selva Lacandona se levantan anunciando su decisión de crear un mundo nuevo, en los márgenes del Estado Nación Mexicano, a quien identifican como el mal gobierno. En estos más de 20 años de existencia pública, el zapatismo viene dando lucha al avasallamiento, persecuciones y asesinatos de las fuerzas represivas del estado que buscan aplastar al movimiento que se convirtió en la máxima referencia de construcción autónoma en toda América Latina de los últimos años. No tiene jefe, directores ni estructuras jerárquicas. Se manejan con referentes rotativos que llevan la voz de cada comunidad a asambleas generales donde se debate el curso de integral de la vida: salud, educación, seguridad, trabajo y alimento, entre otros temas. Cuentan con respaldo y apoyo de muchas organizaciones a nivel internacional. Se organizan en caracoles, algo así como pequeños parajes o pueblos. “Fuimos el síntoma de un proceso de resistencia nacional e internacional a una lógica que se presentaba como implacable: la globalización. (…) Nuestra lucha es por la paz y el mal gobierno siembre muerte y destrucción. Techo, tierra, paz, salud, educación, independencia, democracia, libertad. Esas fueron nuestras demandas en la larga noche de los 500 años. Estas son hoy nuestras exigencias”. Cada una de sus declaraciones están cargadas de poesía, irreverencia y utopías realizables. Uno de los máximos logros del EZLN, que regó a todo el continente, fue reivindicar el derecho de las comunidades postergadas a decir y decidir en sus territorios las formas en las que quieren vivir. Para muchas de las organizaciones que trabajamos desde y para la autonomía, toma la forma de un faro de esperanza. Para leerlos a ellos y ellas: http://zeztainternazional.ezln.org.mx/ - http://enlacezapatista.ezln.org.mx/

**Pitajaya o Pitaya. Fruto de cactus de la zona de Palora, en el oriente ecuatoriano. Sus pieles son amarilla o fucsia. Su carne es blanquísima, llena de agua dulce y semillas negras. Su jugo es de una delicia indescriptible.

***Amigo/a en lunfardo colombiano.

**** Herramienta de tortura introducida en los años '50 en la Policía por Polo Lugones, hijo de Leopoldo Lugones (poeta y portavoz de la derecha que impulsó el primer golpe de estado en Argentina en los '30). La historia de esta familia y la vinculación con la violencia es trágica. Piri Lugones, tercera generación de este linaje; hija del policía y nieta del poeta, fue militante política en los años de la represión del '76 y terminó siendo torturada con el arma que introdujo su padre. La picana tiene -por todo esto- un simbolismo pesado en nuestro país. Los milicos hacían descargas eléctricas sobre los cuerpos de los detenidos, alternando esto con inmersiones en agua fría para que “cantaran” nombres de compañeros.

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