domingo, 2 de octubre de 2016

TRUENO 7

LA BUENA ESTRELLA
Relatos tejidos en viaje por América Latina



TRUENO 7

Colombia 
Primera parte



I
            Abro los ojos. Todavía es de noche. Veo cómo aclara mientras entro a Cali en un bus que tomé ayer en Ipiales. Crucé la cuarta frontera por tierra. Estoy en la otra punta de Sudamérica. Naturalizo la experiencia (al fin y al cabo hoy es mi cotidiano), al tiempo que no quiero que se me escape su maravilla.


            Viajo sola hace dos meses, compartiendo de a ratos y en rutas con otros, con un disfrute genuino por cada encuentro. Tuve que llegar hasta Ecuador para comprender que esta es una etapa para viajarme adentro. Ando en un silencio tranquilo por los alojamientos compartidos (sugiere alguien una tarde). Soy la que busca los huequitos, la música en vivo para escribir y las sobremesas para buscar las veredas, las playas, los balcones. Es dulce reunirme conmigo en medio de la noche o la mañana... Pocas veces lo había experimentado con tanto placer.

II
            Todavía no conocí la zona turística de la ciudad: la colonial. El desconocimiento me lleva por un barrio industrial con puestitos de mercado regados a lo largo de las calles. 

           Una mujer morena de sonrisa amplia ofrece un tomate pequeñito. Le echa sal, miel y convida. Los carros con piña trozada se mezclan con los de cristales para espejos de motos. Un hombre canta a viva voz que hay “autopartes a precio de banana” y ninguno tiene un auto al que agregar esas puertas baratísimas.
            Los que más venden son los que tienen alimento para palomas. En la plaza que lleva ese nombre las familias se reúnen a darles de comer. Son más gordas y aguerridas que las de Plaza de Mayo, en la Capital Federal argentina.


            “Ningún turista camina esos bordes”, advierte un parce[1] caleño esa misma noche. Lo  cierto es que no encontramos gran diferencia con cualquier barrio alejado de las grandes ciudades del sur. Pienso que en esto de viajar hay veces que la gente del lugar nos cuida de más -como si fuéramos más frágiles en tierras desconocidas-, y otras en que sus consejos son acertados. Conocer ciertos códigos de un lugar -a veces- puede llevar bastante tiempo.
            “Cali, Caliente”, la llamamos cariñosamente. Por la temperatura que sobrepasa los 30° y la extroversión costeña de su gente, porque la cerveza está “al ambiente” y porque es una de las tres ciudades más grandes de Colombia.

III
            La Universidad del Valle del Cauca -UniValle- es conocida en la región por el alto grado de organización estudiantil. El día que nos reencontramos con Gime, tomamos tres metros hasta la zona sur para conocerla. Son decenas de edificios en un parque arbolado inmenso. Las pintadas y murales dejan en claro una postura política rebelde a las desigualdades sociales del contexto nacional y continental.



            Es día de asamblea y muchos estudiantes se van encontrando en una sala. Hay conversaciones apasionadas en baños y pasillos. El ambiente es pura efervescencia.


IV
            Despierto con deseos de pueblo y dudo en quedarme otro día acá. Cruzo en la cocina a Matías y Agustín; dos cordobeces que conocí el día anterior. Les comento la idea de partir y sorpresivamente ellos tienen la misma sensación. Decidimos arrancar a Salento, un pueblo serrano del eje cafetero.
            Para llegar, pasamos por la ciudad de Armenia hasta Sircasia: un paisaje de casas bajas y azulejos de colores a la vista. Son las 10 de la noche. Tito, el don que maneja el bus llama por teléfono a su parce Bernardo: “Hermano, acá unos chicos necesitan un viajecito hasta Salento. Se les ha hecho la noche y no tienen cómo llegar”. Tito nos deja en una esquina cualquiera con los bolsos y el dato de los números de la chapa de Bernardo para reconocerlo.
             A Bernardo no hay que hablarle mientras maneja; es que -por cordialidad- cada vez que responde gira el torso hacia atrás y olvida la ruta. En silencio, el viaje desenvuelve toda su belleza. La flora reverdece y se espesa. El auto asciende despacio por un camino de cornisa del que apenas vemos la huella. Son las 11 de la noche y Salento duerme mientras zigzagueamos por su natura exuberante. 

Mares de vida
            El valle es fresco y espeso. Lo andamos toda la tarde en un camino en subida que notamos recién cuando la panorámica del pueblo aparece como una estampa lejana.



            Cae el sol. De las escalinatas del centro de Salento se oye un cello. Como en una complicidad de dos, el hombre toca su instrumento hasta que acaba la puesta anaranjada.
            Favio trabaja desde las 6 de la mañana. Había abandonado esta pasión en los tiempos en que vivió en Bahía Solano, sobre el Pacífico. Cuando volvió a Salento, se reencontró con el Cello gracias a una mujer que le prestaba uno a escondidas de los directivos de una escuela de música del pueblo, a la que no podía pagar la matrícula. Cuando le impidieron seguir tocando, se sacó una foto de despedida con el instrumento que dio la vuelta al mundo por las redes sociales y un músico de la orquesta sinfónica de París le hizo llegar uno: con el que vive hasta hoy día.
            Dice que su compañero ya está tostado, es decir que la madera está curada por el uso y saca un buen sonido. Cuando cae el sol, en un código fraterno con él, cierra la última melodía. Enfunda el instrumento y empezamos a bajar las escalinatas.




            “Vénganse a tomar un tinto (café) de un bar amigo”. Aceptamos sin dudarlo, queremos pasarnos los días hablando con este hombre. Favio es un mar de historias, una vida donde parecieran haber cabido muchas. En los 30 años que pasó en Solano, en la región del Chocó, aprendió la ciencia de los moluscos y caracoles de los mares del mundo y se convirtió en guía turístico. “Las algas marinas producen el 70% del oxígeno que respiramos. El cril (una especie del mar) se come el fitoplanton (alga conocida por producir luz verdosa y brillante en la espuma de noche). Ahí empezó a desiquilibrarse un ciclo completo. El cril entró en abundancia con la mata indiscriminada de ballenas, cuando la industria a vapor usaba su grasa porque todavía no se había descubierto el petróleo”. Conoce los ciclos de los seres del agua, de sus vinculaciones con la tierra y las secuelas de tiempos remotos que aún perduran. “Tejidos que se rasguñan históricamente en pos del mal entendido progreso”; pienso en voz alta. 


            Hoy vive en el campo, a 30 minutos caminando del pueblo de Boquia. Dice que volvió a sus raíces. Del mar a la sierra. Cuando contamos que vamos a conocer el Valle de Cocora y sus palmas de cera, sonríe y nombra a su hija; a quien le escribió un poema inspirado en ese ambiente: “Sobre el Valle de Cocora / cabalga, Indira, cabalga...” Indira Gandhi. Así eligieron llamarla con la madre, en homenaje a la primer ministra mujer de la India, quien a su vez recuperó el nombre Gandhi para asumir al cargo. A la media hora, Indira entra al bar arrastrada por dos perros inmensos. Es flaquita, se tiñe el pelo oscuro, anda con una sonrisa inquieta y se suma a la charla. Quiere ser zoóloga y especializarse en serpientes. Se emociona cuando cuenta de su relación con los animales y que los caballos que viven cerca de su casa le relinchan cuando pasa. Comento que de seguro tenga una conexión con ellos y sonríe porque sí: ella lo sabe. Tiene 15 años y una decisión que asombra. Su forma de ser me recuerda a la imagen que hice de mi mamá siendo adolescente, a partir de anécdotas que ella misma fue contando. “Es que me llevo mejor con los animales que con las personas”, confiesa Indira a carcajadas. Esa frase se la escuché decir a la vieja tantas veces en los tiempos que trabajaba en el campo que -por un momento- siento estar frente a una par de la Inés quinceañera, cuando pasaba las tardes con su caballo Barrilete.  


 No recuerdo cómo terminamos hablando de la flor del aire con Favio:
“La Braxabola novosa nace en las rocas y sólo echa su perfume de noche. Si te gustan tanto escuchate el bolero Clavel del Aire”, recomiendo y recita.

"...en esta región / igual que un ombú / 
solito y sin flor / así era yo / 
preso del dolor los años viví / igual que un ombú /  
Y mi ramazón secándose iba, cuando ella una tarde mi sombra buscó / 

Un ave cantó en mi ramazón, y el árbol sin flores tuvo su flor /  
Un feliz viajero -viajero maldito- el pago cruzó; 
en brazos de él se me fue 
y yo me quedé de nuevo sin flor /

El que cruzó fue el viento
el viento pampero que se la llevó..."



Lo onírico – 8 de abril
Amanda sonríe, el pelo rubio le cae sobre la cara. Está algo resfriada.
Yo toco el piano, veo mis dedos deslizándose por las teclas.

            Cuando despierto un desconocido saluda en la cocina, se queda mirando mientras trozo piña sobre una tabla y pregunta -inexplicablemente- si toco el piano. Como un deja vu, el sueño viene a la memoria y junto con él, el recuerdo de Favio diciendo: “Bach no es música, es una constelación. Fue el último barroco”. La idea no significó algo especial para mí, porque jamás escuché clásica con atención, pero atrajo. Lo cierto es que algo quedó guardado y me llevó a buscar -en una asociación libre- sobre Bach y las constelaciones.
Esta es la trama de hallazgos que se terminó tejiendo:   

Bach + Galaxias
=
Avi Avital:
 Mandolinista israelí. Reinterpreta temas clásicos, en un concierto en Buenos Aires que se promociona con la propuesta: “Usá tus ojos como oídos”

Escribo mientras el orden aleatorio de youtube sigue su curso.
En el minuto 1:24 de un video, aparece una reversión de Piazolla en mandolina con reproducciones de galaxias y constelaciones: https://www.youtube.com/watch?v=RhEuVXPXo70
Listo. Decido cerrar mis parte del tejido acá.

Si quieren seguir buscando y tramando, pueden enganchar la aguja en cualquier punto y ramificarlo hacia donde quieran. Esa es la esencia de las urdimbres más interesantes.

V
Cabalga Indira, cabalga



         Cocora, Salento, Cauca, Colombia. El Valle amanece lleno de agua. Bajo un cielo húmedo llego a la Reserva de y encuentro un palo de agua (en Argentina le decimos de lluvia) hecho en madera de Guagua. Elijo dejarle ese nombre. En Bolivia les dicen guagua a las crías. Con él, canto Lágrimas Negras mientras recorro admirada esas plantaciones inmensas de palmas de cera, que son el árbol nacional de Colombia. Haber llegado a este país, en especial a las sierras y el campo energiza tanto como conocer a Mati  y Agus, con los que se reflota la idea de llegar hasta México.

        Vuelvo al pueblo en la chata de un señor. Con las piernas colgando de la caja absorbo los últimos fríos del valle. Hoy emprendo otro largo viaje hasta Bogotá, en la región de Cundinamarca. Después de un año voy a encontrarme con Johana, una de las personas que me contó tantas historias de sus tierras hasta encenderme el entusiasmo por conocerlas.




VI
La ciudad entre la sabana

              Carrera 13 con calle 28. “Así será la capital”, pienso mientras leo esta dirección que anoté en un bordecito del cuaderno. Carreras cruzadas por calles.
            De la “Cali, caliente” (como elegimos llamarla en nuestro paso fugaz) a la bruma fría de Bogotá. Sí, definitivamente esos tres días en Salento fueron oxígeno.
            “Vos no conectás mucho con las ciudades, ¿cierto?”, observa Agus en el quinto día que compartimos entre Cali, Salento y ahora, en las calles de la capital colombiana. De a poquito nos vamos sacando la ficha. Cazo al vuelo cuando le gusta una chica y el ríe con mi nostalgia pueblerina entre moles de cemento.



            Zigzagueamos. Nos metemos en cuanto localcito llama nuestra atención hasta dar con Sauty, un puesto de instrumentos musicales lleno de marimbas, djembes, truenos, palos de agua, cajones, charangos y tamboras de olas del mar. Ahí, algo del tiempo se suspende. Pruebo cuanto puedo; hasta reconocer el espíritu que les habita: están los de agua y aire, los de tierra y fuego.
            No entré buscando un trueno; de hecho andamos queriendo encontrar un charango para Agus. Lo cierto es que ver uno me recuerda al instante a ese que una vez anduvo conmigo y que ahora está en manos de Rocío en La Plata, Argentina. 

       (Me acuerdo bien cómo nació el amor con ese trueno del sur. Fui a buscarlo a la calle Talcahuano de Buenos Aires a finales de 2014 y deambulé bastante preguntando por él: calabaza, cuero, una cinta de colores rodeándole el cuerpo y un resorte elemental. Recuerdo también lo lento que caminé hasta la 9 de julio para probar cómo sonaba contra las baldosas de un microcentro ruidoso y caliente a las 6 de la tarde. Jamás voy a olvidar las gotas gruesas que empezaron a golpear los vidrios del colectivo que tomé para volver a La Plata, a  poco más de una hora de haberlo tocado, ni la lluvia torrencial con la que llegamos juntos hasta casa. Ese día sellamos algo; una especie de pacto ritual que nos trasciende. Siempre que alguien lo tenga entre sus manos y lo invoque con un sincero sentimiento de agua, el cielo va a escuchar... “Porque el agua mueve nuestras emociones”, me dijeron una vez. La frase, muy poética, es además orgánicamente lógica: estamos compuestos en un 70% de ella, igual que la tierra de la que formamos parte...
        Dudo unos minutos si compartir el secreto... Un argumento resuelve: en este cuaderno de viajes la transparencia viene apareciendo como algo innegociable. “Es poco justo guardármelo”)   

              (Hace días que algo me estremece el cuerpo y dilata la narración de la escena de encuentro con ese trueno bogotano y la tambora de olas del mar. ¿Qué será? Ahora que lo medito un poco, no resulta un sentimiento tan extraño. Cuando estoy por escribir situaciones con altas dosis de deseo, puedo dar vueltas y vueltas; como los gatos que parecen sentir placer cuando giran varias veces sobre una almohada -como siguiendo su cola-, hasta entrar al sueño; porque saben que lo tienen ahí cerca, servido, posible. “¿Juego entonces a alargar un momento?”, reflexiono. “Sí, eso hago”. Como saboreando esa sensación de adrenalina que corre por mis brazos haciendo clin clin clin, con un cascabel plateado y frío ahora que empiezo a tipear a buena velocidad.

            Me paro, arreglo el mate, preparo un plato de comida, vuelvo a la computadora cada cinco minutos; formas de retener una sensación. ¡Sí, eso hago!: Me De – Re – Tengo en un estado de preludio. Lispector diría que es un “it”: su forma de nombrar el hallazgo de algo que la conmueve. (Sí, ahora hasta puedo identificar qué es lo que me hace entrar en este estado de antesala: cierta fragilidad emotiva. Voy a aclarar que estas líneas están siendo escritas donde hace un frío crudo y la gente se esconde en sus casas y sus cuevitas temprano y los mangos que llegan con la importación no son tan dulces, ni estoy cantando Lágrimas Negras o Chan Chan con el cuerpo dorado a 35°. Cuando finalmente reconstruya la escena del trueno, podré limpiar este párrafo entero y nadie sabrá cómo es que trabajo a veces, ni la cantidad de giros que puedo llegar a dar antes de tomar de la mano aquello que quiero realmente. Pero estoy en tren de transparencias así que no habrá amputaciones...)

            La mujer del local acepta sacarle sonido a la tambora de olas del mar, mientras pruebo una calimba. El trueno está ahí, colgado. Lo miro con esa mirada indiferente -aunque atenta- con que un gato mira lo que desea cuando lo tiene cerca y sabe que puede tomarlo cuando se lo proponga. Agus filma y suelta una carcajada cuando digo que después de tremendos resonares quedamos bendecidos por el agua y que va a ser mejor buscar dónde refugiarnos. Afuera hay un sol que raja las baldosas. Es una tarde ideal para subir la montaña y llegar hasta Monserrate, desde donde se ve una panorámica de la ciudad. Se llega en telesférico o caminando y nosotros andamos con ganas de la última opción.



            Callecitas arriba, por el barrio de La Candelaria, el cielo se revuelve. De un momento a otro el ambiente se hace gris, como si atardeciera y un viento sacude los toldos de los puestos de mercado, arremolina nuestras cabezas y las copas de los árboles. La gente empieza a cerrar puertas y ventanas. Se viene fuerte.

     Entramos a un bar esquivando las primeras gotas grandes que sueltan unas nubes ennegrecidas. 
            Ahora diluvia hace rato y para mí es carnaval del cielo. Me asomo a la puerta del bar donde seguimos refugiados y desde ahí admiro cómo los ríos recién nacidos corren calle abajo. En mi mente suena Cumbia sobre el río de Celso Piña y me gusta imaginar que la gente que va y viene  esquivando charcos, lo hace siguiendo el ritmo de esa canción. En unas horas todo estará escurrido, menos mis botas.
            Adentro, Agus toma un chocolate caliente mientras embala su mochila con una bolsa. Lo oigo acercándose por el pasillo diciendo algo que no entiendo: “¿Che, vos no serás medio bruja?”.
Dicho eso, vuelve sobre sus pasos y se sienta en la misma banqueta a terminar la taza. 

 Lo cierto es que a partir de ese día, caminamos bastante juntos debajo del agua; hasta que agujereamos pedacitos de suela, nos acostumbramos a los pies empapados y aceptamos que los truenos no van a dejarnos llegar hasta la montaña. 


           Nos encontramos en un momento visagra de su viaje, donde los planes que creía más o menos seguros vuelan por el aire dándole pista para que los transforme en lo que quiera; porque  inesperadamente anda solo. Los primeros días en ese estado pueden ser de una incertidumbre fatal; el tiempo enseña que esa es sólo una etapa más, aunque elemental, para trascender a otros nuevos. El suyo me recuerda a mío de hace dos meses, cuando recién llegada a Ecuador decidí empezar a viajar sola y descubrí verdades muy fuertes, como que es difícil hacernos cargo de la infinita libertad de creación que tenemos y el valor que cobran los afectos cuando nuestro cotidiano se convierte en un cambio constante de paisajes, rutas y rostros.
        Charlamos mucho sobre esto chapoteando por la avenida 7 y así va surgiendo un cariño sincero entre los dos. Me gusta acompañarlo mientras atraviesa sus dudas. Esta es otra forma de reencontrarme con las mías. Algo suyo me hace espejo y entonces cuando le aconsejo, me obligo a decirme ciertas cosas que de otra forma evitaría. Le recomiendo que compre un mapa y lo despliegue. Todos los caminos son posibles. Que se conecte con el deseo y arranque. Practicar la libertad genera una autoconfianza que abraza (casi) tanto como una amiga después de tiempo de no verla. “Ya no existe la casualidad amigo. Son demasiados llamados hacia aquel lado”. Si decide subirse a una avioneta rumbo a Bahía Solano, quizá hoy sea el último día de este viaje que compartamos. A mí me esperan dos semanas de viaje por el Caquetá: una zona muy golpeada por el conflicto armado que vive el país hace 60 años. Johana, mi amiga y puente con la Colombia más profunda, cuenta que el lugar a donde vamos (San Vicente del Caguán) quedó muy estigmatizado por su asociación a las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FARC) y el fracaso de las mesas de negociaciones de la paz en los años '90. Ella va a hacer la prueba piloto de un trabajo que, si sale bien, se replicará a otros 280 municipios: relevar las condiciones de vida de pueblos rurales afectados por la guerra.
            Una sincronía particular hace que hoy empuje a Agus hacia su deseo, como anoche Johana lo hizo conmigo.



 VII
               Antes de iniciar este viaje, dije muchas veces que Chiapas (en México) era mi faro.
            Estando todavía en Ecuador hablo al CIESAS: un centro de investigación de esa región, al que no pude ir a trabajar en 2014 porque me faltaba la guita para los pasajes, entre otras cosas y al que quisiera ir este año. Para que mi estancia de trabajo se concrete, necesito que una investigadora se ofrezca a recibirme. Recibo una propuesta de Xochitl Leyva, una antropóloga e inquieta militante social, a quien le confío ni bien leo cómo se expresa: “Andamos en una idea que llamamos Mujeres en Movimiento... Queremos formar un equipo y aprovechar nuestros nomadismos para recuperar historias de mujeres de la zona”. Ella está vinculada a una editorial cooperativa y a la UniTierra, una Universidad Campesina que conocí por prestar su espacio a distintas actividades del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Este movimiento social (el EZLN) es -a mis ojos- un horizonte a muchas luchas autónomas de América Latina desde hace 22 años, cuando miles de personas de pueblos indígenas y campesinos se levantaron ese 1° de enero de 1994 en el Distrito Federal para decirle al gobierno que están vivos, que existen, que son muchos y dispuestos a crear sus propias estructuras de vida al margen del estado corrupto[2].
            Sus palabras erizaron mi piel durante años a kilómetros de distancia, diciendo que sí: que era posible poner nuestros mundos de cabeza.

        Admirando profundamente sus pasos, sólo existía algo de una vieja tradición militante que mantenían y me dolía en la intimidad: la masividad mediática de un líder criollo con pasamontañas. Y fue el 25 de mayo de 2014 que nos susurraron al oído: “Marcos no existe ni existió jamás”; despertando así una nueva catarata de libertades. Recuerdo la tarde exacta en que lo leí. Vivía temporalmente con la Negra, en La Plata. Ella tomaba mate con Ru, mientras bailábamos Murga Murguera en el comedor, hasta que un impulso me echó a llorar de alegría sobre el sofá y compartí la emoción con mi compañero de ese entonces. Cumplía 27 años y la irreverencia zapatista, 20:


Es nuestra convicción y nuestra práctica que para rebelarse y luchar no son necesarios ni líderes ni caudillos ni mesías ni salvadores. Para luchar sólo se necesitan un poco de vergüenza, un tanto de dignidad y mucha organización (…) No hemos engañado a nadie de abajo. No escondemos que somos un ejército, con su estructura piramidal, su centro de mando, sus decisiones de arriba hacia abajo. No por congraciarnos con libertarios o por moda negamos lo que somos. Cualquiera puede ver ahora si el nuestro es un ejército que suplante o impone (…) 

Somos guerreros y como tales sabemos cuál es nuestro papel y nuestro momento.
En la madrugada del 1 de enero de 1994, un ejército de gigantes, es decir, de indígenas rebeldes, bajó a las ciudades para con su paso sacudir el mundo. Apenas unos días después, con la sangre de nuestros caídos aún fresca en las calles citadinas, nos dimos cuenta de que los de afuera no nos veían. Acostumbrados a mirar desde arriba a los indígenas, no alzaban la mirada para mirarnos.


Acostumbrados a vernos humillados, su corazón no comprendía nuestra digna rebeldía. Su mirada se había detenido en el único mestizo que vieron con pasamontañas, es decir, que no miraron (...)
Nuestros jefes y jefas dijeron entonces: “Sólo lo ven lo pequeño que son, hagamos a alguien tan pequeño como ellos, que a él lo vean y por él nos vean”. Empezó así una compleja maniobra de distracción, un truco de magia terrible y maravillosa, una maliciosa jugada del corazón indígena que somos, la sabiduría indígena desafiaba a la modernidad en uno de sus bastiones: los medios de comunicación. Empezó la construcción del personaje llamado “Marcos” (…)

Y cuando al fin nos dimos cuenta de que ya había una generación que podía y quería mirarnos de frente,  escucharnos y hablarnos sin esperar guía o liderazgo, ni pretender sumisión ni seguimiento.
Marcos, el personaje, ya no era necesario. La nueva etapa en la lucha zapatista estaba lista (...)”.
Tanto, tanto desear ese faro...
y cuando estoy cerca:
mi corazón se detiene en una duda.

                  Porque ya no estamos en febrero. Es abril, estoy en Colombia y hace dos semanas le debo una respuesta a Xochitl... Retengo ese nombre unos minutos, hasta recordar que es la misma mujer que busqué en 2014 y no pudo recibirme porque andaba en viajes. “No era ese nuestro tiempo”; reflexiono mientras busco una respuesta, que ya tengo dentro mío, en I Ching.

45 / La Reunión
            “Es alentadora la unidad en grupo o asamblea. Concentrar para cosechar. Armonía y cooperación (…) Es necesario tener conciencia de lo espiritual, como trasfondo de la comunidad humana (…) En algún momento de su viaje interminable el agua se queda quieta, se junta y colecciona. En el mar, en un lago, en una cisterna; sea donde sea que se quede en reposo sobre la tierra. El agua no planifica, no proyecta, no piensa. Se deja llevar por la Tierra, obedece al Sol y al Viento. La montaña le sirve para subir al Cielo y el Trueno le sirve para bajar a la Tierra (...) En La Reunión nos vemos en el espejo de los otros. Allí aprendemos quiénes somos y quienes no somos. Todo engaño desaparece para el que sabe ver. (…) Hay un centro para la reunión y ese centro es la cuestión que nos convoca; puede ser una persona, pero no es uno de nosotros. (…) Es cierto que alguien ha convocado. Pero ese alguien no representa la cuestión que nos convoca a La Reunión, es un simple gestor de la voluntad comunitaria (…)”.

            Johana primero y el I Ching después, son vitales. Juanma y Ju sostienen su aliento desde México durante esas dos semanas de silencio mío. Es 12 de abril, abro el mail y escribo un sí emocionado desde Bogotá hasta San Cristóbal de las Casas, en Chiapas.
            Por eso hoy, bajo este lluvioso 13 con Agus, siento que estoy devolviendo algo cuando percibo su deseo y lo pincho para que lo alcance.


VIII
Tierra rebelde

            De noche, cuando bajo a fumar un cigarrillo, Bogotá parece más sola y más fría. Son las 9 y casi nadie camina por la calle. Veo como se recorta la montaña detrás de los edificios. Me llegan pedacitos de su flora oscurecida. Desconozco a Bogotá. Hace apenas cuatro días la camino y no me imagino gran tiempo más. “Vos conectás más con los pueblos, ¿cierto?”. Otra vez, la observación de Agus rodando como una certeza.
            Mañana salgo a otro territorio muy distinto a este que también desconozco. En los ratos que compartimos, Johana y Juan se ocupan de prepararme política y sensiblemente sobre el contexto. Cargo en la mochila las crónicas de un escritor colombiano sobre las secuelas del conflicto armado en pueblos de distintas regiones.
            Desde que conocí algo de la historia del país, me hice la imagen de una resistencia no derrotada; como si en el sur las dictaduras cívico – militares no hubieran aplastado las revoluciones de los 60' y 70'. Ni el paramilitarismo, ni las políticas neoliberales fulminan la insurgencia de esas guerrillas campesinas que se vieron en la opción de tomar las armas en los '50 para defender sus territorios; porque ahí jamás hubo ni un asomo de reforma agraria. Y el conflicto lleva 60 años, con complejidades como el narcotráfico y -otra vez- la estigmatización de la hoja de coca por parte del gran negocio de la cocaína.
            Colombia es tierra rebelde. A días de haber entrado en ella, así la siento. La influencia negra cada vez más presente en la cultura, la historia y el cotidiano y la salsa; una cordillera que acá se bifurca en tres: oriental, central y occidental, la irreverencia y la identidad campesina que se reconocen muchos colombianos. Hace rato siento que este viaje es muchos en uno; como una mamuscha. Recuerdo un sueño: un bicho del que sale otro bicho y otro y otro y otro... De noche, el inconsciente recrea escenarios teñidos de una violencia machista estructural... Porque ¿qué son sino las guerras tal y como las conocemos?

 ***
           
            Nadie quiere vivir escondido en las montañas sin tener qué comer por semanas. Es una elección para cambiar el mundo injusto en que vivimos, pero no puede perpetuarse. La guerra no puede perpetuarse. ¿Sabés los ríos de sangre que siguen corriendo?”. En fragmentos así voy conociendo a Juan; el compañero de mi amiga. Tiene una sensibilidad que se muestra paulatinamente y eso me genera cariño y admiración. En medio de una cena, animada por sus palabras, decanto en llanto sobre la mesa. Le tomo las manos en gratitud y le elogio que la utopía se le escapa por los ojos cuando habla de los sueños que sueña para su Colombia y que me gusta saberlo compañero de vida de Joh. 


14/4/16. 00:17. Bogotá.
IX

            Apago la luz. Cierro los ojos. Me digo cosas en silencio para proyectar algún sueño luminoso y se cruza una palabra que usó Juan: esperanza. Fue tan sincera la sonrisa que se le dibujó en los labios cuando la pronunció, que el ambienta quedó envuelta en ella.

            (Creo que me estoy durmiendo... Sí, me estoy durmiendo... Hasta que unas frases sueltas atraviesan mi telaraña onírica. Intento espantarlas como a moscas. Pero no se van, no se van. Estamos en una de esas noches de inquietudes decididas. Rendida, me levanto, enciendo la luz y me les uno, sentada en la cama, esperando qué tienen para contar...)

            Pienso en los y las campesinas que trabajan y trabajan con bajo perfil,en el anonimato que sostienen y en lo fundamentales que son cada uno de ellos, cada uno de nosotros y nosotras.


           La palabra se convierte en abstracción,
           en una forma de estar en el mundo,
           siendo una más / engranaje fundamental / entre las multitudes

Recuerdo lo mucho que me incomoda estar cerca de personas con perfiles altos, que por uno u otro motivo sobresalen seguido y ese estado de sentirse enamorada hacia algo y ayudarlo a crecer sin que haga falta alzar la voz, una individual voz. Pienso en el campesino como metáfora de un ser humilde, sin mayor ambición que sostener la propia existencia y generar vida a los demás.

(Para este momento todo es poesía en la habitación. La lapicera corre a ritmo vertiginoso sobre las últimas hojas del cuaderno y es impensable dormir).

Juego a imaginar un compañero con esencia campesina, cualquiera sea la tarea que elija.
Campesino de la palabra o la música. Artesano en la bondad de compartir lo que sepa.
Orfebre silencioso de los días. Constructor de amores colectivos.

Un campesino poeta o maestro que sonría de mañana con sabor a mate tibio en los labios.
Que nadie lo invite a un pedestal, ni quiera subirse.

Que su nombre sea tan corriente como el mío y en ese dulce anonimato nos crucemos, entre el mar de gentes que andamos soñando otros mundos, por los que hacemos humildes aportes que -unidos- forman tormentas.

Un verso / un cultivo / una canción / un par de zapatos / una comida / una silla de madera / 
una ronda de enseñanzas / una colmena / un libro

Descubro ahora que hay que ser realmente grandes para dejar a un lado los títulos, los escalones, los nombres propios que nos confunden y separan. Y que si lográramos crear un silencio común, prometería sostener el fuego; que no es otra cosa que el alimento de los días por venir.

X  
           
            Despierto con México en el corazón. “La luna y los astros nos juntan”, responde Xochitl. A esa expresión mutua por reunirnos, ahora le restan varias presentaciones y avales formales. Ju, Juanma y mis compañeros de trabajo en La Plata son los únicos que saben de esto y de la posibilidad de volver Argentina si la estancia en Chiapas se convierte en una opción real.
            Armo un mate y escribo un mail sentido a Xochitl, contándole las emociones que se movilizan con la posibilidad de esta experiencia. De ella sabía que es parte de un grupo de artistas, comunicadores comunitarios y antropólogos e intuí que tiene el corazón zapatista. “La luna y los astros nos juntan", asegura hoy. "Jose, estamos como locas armando un trabajo y sabete que el tema: Las luchas de las mujeres y las comunidades por el territorio, la vida y el pluriverso. ¡Y llega tu proyecto ahora mismo! ¿No es eso providencial?  yo creo que sí, lxs dioses y lxs astros existen”.

            Bailo Hasta la Raíz, en agradecimiento a las sincronías. Vuelve a vibrar en mi estómago la turbina del deseo y recuerdo cuando estando ya sin casa en diciembre, hice esto mismo en la cocina de Tomi y Ligia. Es que bailar, a veces, es la forma que encuentro para agradecer. 

El movimiento del cuerpo como ofrenda.  



[1]     Amigo
[2]     El Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) muestra su rostro al mundo el 1° de enero de 1994, en una marcha silenciosa donde comunidades indígenas de la selva Lacandona se levantan anunciando su decisión de crear un mundo nuevo, en los márgenes del Estado Nación Mexicano, a quien identifican como el mal gobierno. En estos más de 20 años de existencia pública, el zapatismo viene dando lucha al avasallamiento, persecuciones y asesinatos de las fuerzas represivas del estado que buscan aplastar al movimiento que se convirtió en la máxima referencia de construcción autónoma en toda América Latina de los últimos años. No tiene jefe, directores ni estructuras jerárquicas. Se manejan con referentes rotativos que llevan la voz de cada comunidad a asambleas generales donde se debate el curso de integral de la vida: salud, educación, seguridad, trabajo y alimento, entre otros temas. Cuentan con respaldo y apoyo de muchas organizaciones a nivel internacional. Se organizan en caracoles, algo así como pequeños parajes o pueblos. “Fuimos el síntoma de un proceso de resistencia nacional e internacional a una lógica que se presentaba como implacable: la globalización. (…) Nuestra lucha es por la paz y el mal gobierno siembre muerte y destrucción. Techo, tierra, paz, salud, educación, independencia, democracia, libertad. Esas fueron nuestras demandas en la larga noche de los 500 años. Estas son hoy nuestras exigencias”. Cada una de sus declaraciones están cargadas de poesía, irreverencia y utopías realizables. Uno de los máximos logros del EZLN, que regó a todo el continente, fue reivindicar el derecho de las comunidades postergadas a decir y decidir en sus territorios las formas en las que quieren vivir. Para muchas de las organizaciones que trabajamos desde y para la autonomía, toma la forma de un faro de esperanza. Para saber más: EZLN

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