lunes, 6 de marzo de 2017

TRUENO 9

LA BUENA ESTRELLA
Relatos tejidos en viaje por América Latina



TRUENO 9

Colombia 
Tercera parte



XVI
Estamos en Ciénaga; otra vez los tres reunidos. Con Agus nos deleitamos con el patio lleno de mangos de María y pensamos en quedarnos una tarde más sólo para encender un fuego y transformar la fruta madura en dulce. Ella acepta gustosa. 



María combina ternura y firmeza en cantidades exactas; sólo a su padre le soporta demasiado. Es un déspota, de los que se le nota que pierden el anclaje de sus vidas si quitan su bota de encima de la cabeza de sus hijos. Se delata solito por la forma en que expande -como un pulpo- sus brazos y piernas por arriba y debajo de la mesa a la entrada del patio; cuando nota que la hija nos deja pasar sin cobrarnos antes :“Ustedes van a pagar cada mañana, ni bien se levanten”. "Pero el alojamiento es mío y yo quiero otro trato con las personas", reclama ella. 
A veces me pregunto si será posible que este tipo de gente sienta tanto terror a algo, como para levantar una muralla defensiva tan alta. Mucho de esto lo reflexionamos con María en la cocina, mientras enseña la técnica de amasado de la harina de maíz y me confirma que sí, que su viejo es un tipo de mierda y que planea seriamente sacárselo de encima. 
La declaración es música para mis oídos. Para estimularle su digna rabia, le cuento cómo logré pegarle un boleo en el orto al mío y entre carcajadas nos entusiasmamos ideando cómo sería ese nuevo cotidiano suyo, ya libre de este bofe al que escuchamos resoplando desde el largo pasillo, exigiendo la comida. María se hizo cargo del viejo cuando los demás de la familia le pusieron límites y se alejaron. Crío hijos que ya están grandes y también quiere mirar un mapa y viajar. 


Es mi turno de amasar. María se coloca detrás mío y observa el movimiento de mis manos: “Tu siéntela Josefina, ella ahora te está pidiendo más agua”. Mi maestra habla de “ella” cuando se refiere a la masa; así la humaniza y mantiene un diálogo a través del tacto, mientras regala otros dos consejos fundamentales: que no debe faltar aire y que la sensibilidad nos corre por las manos. 
Ahora las arepas empiezan a dorarse en la sartén y sueltan su primer dulzor. 



-Si alguna vez volvés, ya no voy a estar acá, promete con la sonrisa iluminada. 
-Será una alegría no encontrarte querida.


Con la noche llega el silencio y oímos al río que corre debajo de nuestra calle. Con Agus tanteamos piedras en la oscuridad hasta llegar. El ambiente es de una oscuridad absoluta, apenas iluminado por el serpentear de las luciérnagas. Nos perdemos de vista, sabiendo que el otro está ahí. La conciencia de tiempo y espacio se diluye y -por un rato- nos deja ser parte de ese manto oscuro de aire, agua y tierra.


Más tarde, un corte de luz en todo el pueblo nos encuentra a la par de una cantina con mesa de pool. Un grupo de hombres ríe a carcajadas, mientras suenan el clap clap de los bastones contra las bolas, una ranchera caribeña y el ccchhhh de la espuma de la cerveza liberada, subiendo por las latas. 

Con ron y chelas marca Pola celebramos mis primeros cuatro meses de viaje. La mejor esquina del mundo -esta noche- es la nuestra: de luz tenue y llena de plantas. Ahí nos guarecemos y vemos el panorama de las callecitas. Agus anda movilizado y movilizándonos con su lectura de Las Venas Abiertas de América Latina. El maestro Galeano le está partiendo la cabeza y -por suerte- lo comparte.  

XVII
Los niños amanecen decididos a que volvamos a Palomino a instalarnos y ahora soy yo la que dudo si hacer eso o seguir por la costa hasta la frontera con Panamá y empezar a bajar por Antioquia, hasta el Tolima o el Cauca. Todavía en Ciénaga, recibo un nuevo mail de Xochitl reconfirmando que hará todo lo posible porque salga mi estancia en México. La idea de volver a Argentina va tomando más cuerpo y eso, indefectiblemente, cambia de dirección mis rutas presentes. Salgo a buscar fruta y en el mercado oigo que una mujer llama a otra por el nombre Diana. Me acerco y cuento que en una finca de arriba me recomendaron buscarla. Ella es la encuadernadora que sabe disecar hojas y flores e invita a pasar por su taller después de las 10. 
De vuelta en la casa, con Agus compartimos dudas sobre a dónde y cuándo seguir. Le ofrezco tirarse el I Ching y acepta con el entusiasmo de un niño; pero a mí algo me dice que espere al reencuentro con Diana. 

------------ 9
------------ 7
-----   ----- 8
------------ 7
-----  ----- 8
-----  ----- 8

Nos vamos corriendo hasta la esquina de Angie, la panadera que nos da internet, a buscar el significado y leemos: 53, la evolución. El va a quedarse en esa esquina develando el oráculo.

XVIII
Son las 10. Diana está parada en medio del patio; como esperando. Roberto, su esposo, poda un árbol. Seguro junten las hojas antes de que caiga la lluvia diaria a la que este pueblo me va acostumbrando. Entre las 11 y las 13 del día no se recomienda andar mucho fuera. Es como si la naturaleza dijera “es tiempo de volver a casa, hacer la sopa, guisar carne, moldear arepas con las manos y que alguna mesa los reúna con la gente querida”.
Diana mira a su compañero, sonríe y dice: “La nuestra es una sociedad de dos”. Tienen un taller de arte donde elaboran cuadernos, tarjetas, tintes naturales, papel reciclado, pintan con óleos, disecan hojas y flores y dan talleres sobre todas estas técnicas.
Cuando intento presentarme ante Roberto, suelta la tijera de podar y en tono amable expresa que no son necesarias las explicaciones: “Viniste ayer. Diana oyó esa misma voz mientras estaba en la ducha, también te vio con Angie, la panadera, ya te has hecho amiga. Bienvenida”. Vuelve la vista a la tijera y se sumerge en su tarea, dejándonos el tiempo del encuentro a nosotras. Con un gesto, ella invita a entrar. 
El primer cuarto es un taller en estado de producción plena. Sobre la mesa: papeles teñidos con té y cúrcuma, un bastidor con una tela tenzada espera que sigan pintándole flores con extractos de remolacha. 
Semillas de achote que cosechamos con Diana para lograr tonos rojizos
Mientras disfruto viendo el despliegue artístico de esta pareja, siento que debajo de su dulzura yace un nerviosismo; como una huella de algo que aún no puedo explicar. Este pensamiento se hila con nuevos objetos del espacio: un pequeño recorte de diario pegado en la pared que dice “El teatro como puente”,  y el lomo de un libro con la palabra “Tanja” captan mi atención. Elijo no preguntar al instante por ellas. (Mientras las escribo para que el olvido no se las lleve, vuelve -como un rayo- una imagen similar que escribí en otras latitudes y otros cuadernos: ese mediodía de enero de 2011 que encontré otro recorte de diario sobre un proyecto teatral, dentro de las Ruinas del templo Jesuítico en Lules, al sur de la provincia de Tucumán. El papel decía: “La Red Lules”. Esa sola frase me llevó a recorrer el pueblo hasta dar con sus creadores. Los Alves se convirtieron en grandes amigos y puertas para conocer la historia social y cultural de la región. Era el tiempo en que andaba en viaje Norte Profundo... Será por esto que ahora que mis ojos vuelven a detenerse en un recorte de diario sobre teatro, me esfuerzo en retenerlo)     
Diana y Roberto vivían en una ciudad dormitorio pegada a Bogotá. Hace 22 años se mudaron a Ciénaga enamorados del río caudaloso que es el corazón del pueblo y de sus calles de tierra y gente sencilla. “No había carros. Cuando vinimos en el 94' no había carros”, ella ríe fuerte y agrega: “es que yo siempre huyo de ellos”.  
La escucho sin decir palabra, respetando sus silencios y el encuentro con sus recuerdos. Percibo cómo Diana está entrando a un túnel de relato y no quisiera que mis preguntas desvíen el camino que su memoria emotiva elige tomar. No siempre logro ganarle a la ansiedad o a esa forma odiosa de un tipo de comunicación que se para como si estuviera en un cuadrilátero de boxeo; convencido de que a más preguntas definidas, mejor y más provechosa será la información que reúna. (Dos cosas voy a aclarar: una, que no llegué acá buscando una nota -aunque la inquietud por narrar anda conmigo por todo lado- y dos, que considero que ese vicio viene del mal llamado “periodismo político”; el que interroga a quienes -se sabe- siempre van a mentir: funcionarios de gobiernos, responsables de grandes empresas, criminales, corruptos. Entonces el periodista, antes de salir de casa, se siente algo nervioso -o poderoso, lo cual es más grave-, repasa sus preguntas, asegura que el grabador tenga carga y se arma hasta los dientes para salir al ring de la mentira masticada de antemano. Lo que necesita ese tipo de periodismo es “LA prueba de la mentira”, es decir, la frase entrecomillada del corrupto mintiéndole en la cara, con la esperanza de que ésta se convierta en prueba para ejecutar alguna condena social o judicial si ahí le escuchan... 
Después de pasar por varias de esas experiencias, decidí que nunca más iba a ofrecer mi tiempo para estas tareas, sino que por el contrario iba a orientarme en un oficio hecho de retazos de encuentros, una amalgama de las memorias de hombres y mujeres que caminan, hacen y trabajan con la mayor honestidad posible. Ellos y ellas pueden obviar información claro, disimular, callar en un momento, pero jamás demandarían que ensaye un tono desafiante o la astucia de una zorra que retruque la mentira obscena. 
La última tarde que entrevisté a un funcionario me fui masticando bronca. Era el subdirector del ministerio de Salud de la Provincia de Buenos Aires, a días de la inundación en la ciudad de La Plata que dejó cientos de muertos y que evidenció que el gobierno no tenía ningún plan de contención frente a catástrofes. Todavía recuerdo al tipo tan asqueroso en sus palabras... Me recibió con folletería impresa en alta calidad, con los detalles del plan de respuesta ante emergencia que supuestamente habían desplegado. “Fuimos efectivos. Tuvimos plan de trabajo en todos los barrios. La situación estuvo controlada. Respondimos a tiempo”. Guardo en la memoria cómo mi compañera Agustina apretó el puño debajo de la mesa, mientras repreguntábamos con datos certeros sobre las muchas zonas afectadas a las que no había llegado ayuda alguna del Estado, a una semana de la catástrofe. Fue en vano. Siguió mintiendo, siempre. En ese tiempo trabajaba en la revista La Pulseada. Necesitábamos la declaración del funcionario para que “estuvieran presentes todas las voces en nuestro informe sobre inundaciones”, había pedido la jefa de redacción. La cobertura de la tragedia era un trabajo en equipo y nosotras estábamos a cargo del área de salud. “Tienen poder, siempre van a tener algo que esconder para conservarlo”, recuerdo que nos dijimos con Agustina, escupiendo la misma impotencia a la salida)  
   
Hoy experimento otro tipo de comunicación: una que intenta ser más silenciosa y respetuosa del vínculo que se va construyendo. No necesito convencer a nadie para que me diga lo que está en su corazón. Si ambos lados estamos abiertos al encuentro, simplemente, sucederá...

Por eso prefiero a la gente como Diana, que cuando se entregan pueden terminar contando la historia de sus vidas, sin importar cuán profundo lleguen. De cierta manera, cuando nos comportamos así, somos “incorrectos”, corremos el riesgo de quedar vulnerados por expresar un sentimiento profundo. Y la verdad, soy una convencida de que la desnudez es la piel que más bonita nos queda a la gente.  

Ella sigue hablando... A Ciénaga llegó por Gloria, su hija mayor, quien es además la actriz responsable de que tenga pegado en la pared aquel recorte de diario que dice “El teatro como puente”. Gloria conoció la tranquilidad del pueblo antes de irse a Europa con su marido, donde fundaron un colectivo de teatro que trabaja con refugiados de guerra y migrantes. Sus padres terminarían yéndose a vivir a Ciénaga, alentados por ella. “Es bellísimo... aunque también está muy marcado por la violencia...” Suelta en un instante. 

-..la guerra interna, aquí en Colombia... Nos dejaban los muertos aquí regados en la puerta. 
-¿Quiénes?
-Los para. Los paramilitares. Siempre teníamos muertos aquí. Semanalmente Roberto debía enterrar a un joven.

Compartimos el mismo silencio, mirándonos. 
Trato de imaginar el día en que él eligió hacerse cargo de esos cuerpos, dándoles sepultura y convirtiéndose así en otra víctima del conflicto armado en Colombia.  

-Ahora se han abierto las conversaciones de Paz en La Habana entre la guerrilla y el gobierno para acabar con esto. Son 60 años de confrontación. El gobierno armó programas para trabajar la memoria histórica de todo el dolor que deja el conflicto. 
-¿Han llegado esos programas a Ciénaga?
-Todavía los esperamos. Parece que están en proceso. 

Le pregunto cómo imagina que un pueblo entero pueda escribir su historia; una historia reciente como la de Colombia marcada por la muerte, el desmembramiento social, la resistencia. Se nos vienen a la cabeza rondas donde la gente pueda encontrarse a hablar, a recordar y que de allí puedan desprenderse coincidencias sobre episodios que consideren fundamentales. Diana asiente: “Claro. Eso es lo que no tenemos aún. Nos reunimos en la asamblea comunal a charlar sobre dónde volcar el dinero que queda del turismo, qué infraestructura mejorar; pero nada de todo el dolor que hemos vivido”.

Coincidimos en que generar esos espacios es una forma de empezar a sanar, que esos dolores no pueden quedar dentro de las personas, que sale muy caro al espíritu y al cuerpo. Ella sigue asintiendo con dulzura.


Cuando aparecen las palabras diálogo, compartir, sanar, su semblante se despeja y las marcas de la tensión se hacen a un costado. De repente, mi corazón vuelve a la primera escena: cuando entré a la casa y noté ese halo de nerviosismo en ambos. No, no es nerviosismo, me digo ahora. Son rastros del horror.

Roberto sigue podando las hojas que luego Diana secará para forrar cuadernos. Duele imaginar a estas personas cavando fosas para enterrar a los jóvenes asesinados en las afueras de su casa. Duele saber que cada zona de Colombia está marcada por esa guerra con que los gobiernos respondieron a los primeros grupos campesinos que se levantaron por tierra, dignidad, vida. 
Pienso en los paisa en Medellín, en los rolos de Bogotá, en los costeños (de los que me enamoré por su extroversión y alegría, y en los cachacos; gente cálida del interior como esta pareja. Me cuesta asimilar cómo en el cuerpo de Colombia se conjugan niveles de violencias tan altos, como de fuerza y resistencia hace seis décadas. 

Cuando propongo quedarme para aprender la técnica de disecado de hojas y flores, Diana  reflexiona: “Vos y toda la gente que llega aquí para aprender parecen salidas del mismo molde. Te escucho y recuerdo a otras personas que me han visitado...”  Las dos estamos agradecidas del encuentro y quedamos en reunirnos a las tres de la tarde para iniciar el taller. Ahora en casa me espera María para hacer arepas y seguro los chicos estén prendiendo el fuego para cocinar el dulce de mango. Antes de irme, pregunto por la segunda frase que captó mi atención.

-¿Qué es Tanja?
-Es la historia de la guerrillera que olvidó su morral con su diario de lucha dentro. De ese hallazgo, escribieron este libro. Es una bonita historia. Ella es holandesa, se sumó a la guerrilla. Hoy participa de las mesas de negociaciones de Paz. Podés llevarlo y leerlo estos días. 
No queremos soltarnos. La charla fluye como un río. Pero me voy. Me voy y vuelvo. Además es la hora de la lluvia; señal de ir a casa y preparar la comida con la familia rodante de hoy. 

La última tarde en Ciénaga versará en el aprendizaje de las suavidades de pétalos y hojas. Tres veces al día debo cambiarlas de lugar dentro del libro donde las seque. Tres veces al día. Mañana, tarde, noche. Será una semana de diálogo con ellas. 


Hasta que sus suavidades empiecen a parecerse a las cortezas: rugosas, secas, firmes. Una vez que las fijemos con pegamento a un cuaderno, es bueno rociarlas con laca para barcos en spray. Así nos aseguramos su resistencia. “Conviene cortarlas en luna menguante, hace menos daño a la planta”, sugiere Diana sobre el final de la tarde; aún absortas en las texturas vegetales. 
Ahora nuevas hojas viajan conmigo. Desde Ciénaga hasta Cartagena y a un extremo del Chocó, por Necoclí, hasta llegar a Capurganá; ahí donde el continente se ahueca en una U, cerca a la frontera con Panamá.
    
Cuaderno abrigo de las crónicas colombianas,
argentinas y mexicanas que vendrán
XIX

Lo onírico – 25 de abril
Llego a Argentina y al día vuelve mi menstruación. Estoy en el baño. No sé si es el de mamá y Pau o el de la casa de Ligia y Tomi. Veo una mancha roja, redonda. 
Desde que salí de viaje no menstruo. Interpreto que esto tiene que ver con parte de un proceso de adaptación a la vida -vertiginosamente- nómade que llevo hace 4 meses. La estabilización del ciclo habla de la armonía con el ritmo circular que habita en cada mujer. La mancha roja y redonda la asocio a la sincronicidad con la luna, que aprendí a reconocer en los círculos de mujeres durante las 10 lunas de 2015 en La Plata. Esas noches compartidas fueron de mucho aprendizaje, apertura y sensibilización. Ahí descubrí que los estados anímicos y orgánicos que transitamos durante un ciclo de entre 28 y 32 días tienen una vinculación directa con las cuatro fases lunares (pueden consultar el libro Luna Roja), que todos y todas canalizamos las emociones en ciertos órganos o partes del cuerpo y los míos son los pulmones y el útero. 

Una semana después compruebo que este sueño es una mezcla de premonición con deseo. Quiero, necesito volver. Mi cuerpo lo sabe y expresa. El 30 de abril, estando en Cartagena, saco un pasaje a Argentina y a los dos días vuelve mi ciclo.

XX
Cartagena




Las mujeres más bellas del mundo

Cartagena es un verso largo de raíz negra, indo, latina
que cantamos con Mati.
Cartagena es un resto de restos, de restos
Es el barrio pintoresco de Getsemaní, amurallado, con una muralla invisible
que separa la Cartagena que se quiere mostrar a los turistas y la otra: 

donde deambulan los y las destrozadas por la pasta base del narcotráfico
los hijos de los hijos de esclavos
las hijas de las hijas de esclavas

los poetas bohemios de vino tinto
los poetas carnales de ron

los hijos de los hijos de las guerras
las hijas de las hijas de las resistencias

Son los rostros morenos, perfectos, de las mujeres 
que descansan bajo el sol con coronas de flores en sus cabezas

Para andarla, 
a la Cartagena, 
mis caderas piden abrirse, ser más anchas
la piel, dorarse a fuego
y la boca rosada, roja 
tararear una memoria vieja de tambor.


 XXI

Es de noche bajo un árbol de copa grande. Las piernas están salpicadas de arena y sal. El corazón, arremolinado. Arriba, Agus hace sonar el ukelele. Practica el Chan Chan que Mati le está enseñando. Nico sonríe suave, en expresión de cercanía. Yo garabateo el cuaderno. Vale y Helenna andarán en alguna hamaca, batiendo algo de ron, fumando. Cada quien parece estar viajando en su nave.

Para llegar a Capurganá, pasamos por Necoclí: un pueblo caliente, de calles larrrgas y aroma a pollo rostizado. La casa de Harold, donde dormimos, es de los lugares más extraños que habité en la vida. La entrada es una sala con decenas de animales disecados mirando al frente, el piso está forrado en sogas gruesas y gastadas de tanto zapato que le pasa encima. Del techo cuelgan chapitas, bichos tallados en madera y pintados de colores estridentes, gallinas y cuises sueltos corren entre barcos de plástico y varios bidones de agua están regados en el piso; dudo si para bajar la temperatura del ambiente.


  Nos bañamos a baldazos en un cuarto oscuro y dormimos con un ventilador que gira con esfuerzo. De noche hace el mismo calor que al mediodía. ¿Dije que es un pueblo caliente?


Viajamos en lancha por dos horas hasta Capurganá: pueblito de afrocolombianos, de la región del Chocó, frontera con Panamá. En el único hotel cuatro estrellas del lugar hay árboles con mango desperdiciándose. Entro y consigo dos bolsones. Acá, mi fruta favorita está regada en las calles como si fueran las hojas de otoño en mi sur.



En el nuevo hogar conseguimos ron y toda la mercadería se convierte en trago para la ronda. No sé en qué momento deshacemos dos botellas. Estoy borracha al otro extremo de Sudamérica. 
Ahora subo -otra vez- las escaleras de la casa de madera y me refugio en mi caracolita. Abajo queda el grupo. Como un eco cercano, escucho sus voces y sus charlas. Estiro un poco las piernas por el balcón hasta dejarme acariciar por las hojas de una palmera. “Podría quedarme acá por horas”.

XXII
Soy otra. Otra vez, voy siendo otra. Estos días hago conscientes dos rasgos de mi cultura que tenía muy naturalizado: la nostalgia implacable de gran parte de los y las argentinas del centro del país y el hábito de la queja. Me sorprendo sintiéndolos como cosa ajena, extraña. Será el efecto de este mes / vida entre costeños y costeñas de pueblo. Verlos y escucharlos en su extroversión, simples, alegres, viviendo y siendo sin más: van enseñándome tanto sobre el valorar la existencia... 

Me gusta cómo se saludan en la tienda: “vecino, vecina, regáleme una panela pequeña”.

-¿A cómo?, me enseñan a preguntar en las tiendas del Caribe.
-¿Qué vale?, en el Chocó.

Así el lunfardo de argentina se va fundiendo a expresiones de distintos puntos de América Latina, mi habla se va transforma en una mamushka de modismos regionales. 
Me gusta notar cómo mi lengua va siendo más del continente. 



(Tengo vuelo de vuelta a Argentina para el 25 de mayo. "¡Qué patriótica! El día de la revolución de mayo”, me bromean desde el sur. Era el más barato, hermana. A la mierda las efemérides nacionalistas. Esta vuelta es parte del viaje. Sí, definitivamente hay algo por lo que tengo que estar en invierno ahí. Quiero invitar a tanta gente a tomar mates, a encuadernar, fumar, a hacer sonar conmigo el trueno y el tambor de olas del mar (si logro comprarlo en Bogotá) pero no tengo casa. Tampoco me preocupa... Cada paso que la gente da abajo retumba en mi cuerpo aquí arriba. Los siento andar en mis costillas, brazos, piernas y hasta la cabeza. No se puede más pensar acá, boca arriba)
Hoy Mati se la juega por amor. Después de permitirse sentir y hablar sobre Miray, busca un pasaje a Córdoba con dos escalas. Sacar un vuelo internacional en este pueblo no es nada fácil. Sólo basta decir que nuestra conexión fue mínima y desde la vereda de un hotel. En cinco días va a estar de vuelta. Su valentía conmueve y no dudo en agradecerle la jugada, a nombre del mundo. 

XXIII
Lo onírico – 9 de mayo

Caminamos a oscuras por la selva con Valeria.

-¿Llevás con vos la pastilla todavía? Pregunta
-Sí. Contesto
-Bueno, entonces usémosla; bien masticada.

El ambiente tropical es el de Capurganá, donde nos encontramos viviendo juntas cuando tengo este sueño. La situación de escape a la represión a través de una pastilla es similar a otra que soñé en 2007, en un contexto en que me involucré emocionalmente en la búsqueda del primo de una amiga, nacido en cautiverio. Tanto aquella vez como ahora la escena tiene algo de fantástico y de memoria histórica. En el primer sueño la pastilla nos invisibilizaba frente a los genocidas, que nos tenían en fila para hacernos entrar de a uno a la sala de tortura. Yo estaba con Lucha (amiga de la universidad) y era ella quien sugería que la usemos. El efecto, además, hacía que “muriéramos por un rato”. Nos veía a ambas metiéndonos en las fosas comunes que eran asignadas a nuestros cuerpos después de las torturas, hasta estar tapadas de tierra y esperar el momento para escapar.   
Como en una especie de continuidad entre una y otra escena, cuando en el sueño de esta noche Vale interroga y ordena que “usemos la pastilla”, recuerdo el de 2007 y vinculo ambas imágenes con el párrafo sobre el 24 de marzo que me quedó por pasar del cuaderno ayer. (*24 de marzo. No estar hoy en el sur duele. Las plazas y las calles están llenas de amigos. El contexto es adverso. Hace tres meses hubo cambio de gobierno. Macri aprobó la picana eléctrica para reprimir las manifestaciones sociales. Y para muchos es un día para evocar la Memoria, la Verdad y la Justicia; en conmemoración del 40° aniversario del último golpe cívico militar. 
Me recuerdo sosteniendo una bandera en alguna marcha. Pero hoy, no. Estoy en Ecuador. Los de acá dicen que estamos en una temporana que para mí es otra. Es que el 21 /3 arrancó la primavera, pero en Argentina es otoño y los amigos y amigas escriben contando cómo empiezan a desprenderse las hojas de los árboles, cubriendo las veredas de mantas marrones.

Cómo revuelve este 24 lejos, esta efervescencia; lejos.
El corazón late a ritmo sur)
  
Cuando despierto 6.30, Vale y Marlen están tomando café en el comedor. Las abrazo, le digo a la segunda que hoy vamos a cocinar los corviches para el almuerzo y le cuento el único sueño que recuerdo en ese momento:
-Quería comer un coco y me regañaba por no haberte prestado atención sobre cómo lo habías abierto con el machete. Me veía de pie al fondo con coco y machete en mano y no lograba darle en el punto. ¡Ella tiene tan claro cuál es el golpe exacto!, decía sobre vos Mar en el sueño...
  
Ninguna presta atención ni se sonríe. 

-¿No viste como tiene la cara?, dice Vale con estridencia italiana, cuando Mar se aleja. 
-El ex marido le pegó anoche.  

Recibo la noticia sin siquiera haberme enjuagado la cara. Me siento confundida y perturbada. Pido disculpas y prometo incorporarme a la situación. Voy al baño y me refriego rápido los ojos. Busco a Marlen, la envuelvo en mis brazos y la beso. Está trabajando, va y viene con la escoba y algunas sábanas. Le digo que cuando quiera sólo me llama y nos sentamos a charlar. Con la cara escondida en mi pecho, solloza un poco y dice “sí”, que más tarde cuando termina me busca. Vale me hace un gesto con las manos, tiene el mate preparado. Vamos bajo un árbol. -Es la primera vez que la nueva pareja la acompaña acá al trabajo. Observa ella, mientras prueba la temperatura del agua. Es cierto, había un hombre en silencio apoyado contra la baranda de las escaleras. El gesto me tranquiliza un poco. 
Sentirá que así la protege un poco. La debe querer  bien, pienso.

Valeria y Marlen son dos de las amigas que hago en Capurganá, las conozco juntas en el alojamiento donde trabajan. La primera es italiana, venía viajando sin tiempo ni destino fijos y eligió quedarse en Capurganá. Mar es la primera mujer de la comunidad que se abre a mí sin reservas y me incorpora a su cotidiano. Nos contamos las vidas en varias tardes cálidas y en los paseos que hacemos por el pueblo para que ella sugiera dónde comprar alimentos. Es que nuestra amistad nació en la cocina, intercambiando comidas, mates, café. 

Recetas de Mar: Arroz con Coco y Cocadas
Corviches de Ecuador para la familia nómade de Colombia
Mar es mi maestra de la cocada y el arroz con coco; mientras yo convido la receta del corviche del pacífico ecuatoriano. Aunque podría decir que parte de ese cariño también nació de un episodio que Nicolás recordaría días después: una tarde en que Mar llegó a trabajar con su hija e hicimos clases improvisadas de baile: la chiquita me enseñó a bailar salsa -es decir- a despertar mis caderas rioplatenses, bajando el movimiento de mis hombros hacia las caderas, hasta despegarlas. Luego bailaríamos la cumbia argentina. Esa tarde hicimos poco de cualquier otra tarea. No escribí. Ni siquiera fui al mar a buscar a esos cardúmenes de peces violeta con los que disfruto nadar cada tarde. Esa tarde fue pura cumbia y pura salsa.
  
Pero ahora necesito estar un rato sola. El sueño y la situación con la que desperté me dejaron abrumada. Son las 7 de la mañana y el horizonte apenas está abriendo los ojos. 
Busco coco en la tienda. Comparto el camino de vuelta con Helena, otra de esas mujeres con la que conectamos al instante y que seguiremos compartiendo experiencias al sur de Colombia. 
A la vuelta, Mar pela el coco con el machete. Mi estrategia sigue siendo la de la piedra en punta, así que trato de prestar atención. Tiene la cara hinchada, enrojecida, marcada. Decide revisarse con un médico de confianza para que le de un certificado. Con ese papel va a hacer la denuncia. Sabe que su noticia puede movilizar a la comunidad. Hasta ayer todos hablábamos del hombre que quemó y mató a su mujer en un pueblo cercano. Mar -ahora- está tranquila. Sus hijos la acompañan en la decisión y en expulsar al ex marido de la casa; cosa que tendría que haber sucedido mucho antes (dice) pero no había dinero para sostener dos techos.

Volcamos el agua del coco en un vaso. Por un momento recuerdo la abundancia y la dulzura natural del mundo, por encima de la violencia. 

Voy al patio y luego arriba, que hay menos gente. Me sumerjo en la escritura como descarga. Llega Nico y se sienta -como de costumbre cuando escribo- en silencio a mi lado. Somos de una tranquilidad parecida. Pasamos así más de dos horas. Escribo tecleando rápido, suenan Sara Hebe y el compilado de comparsas indígenas de Luis Durand. Abajo la familia bromea con que me escapo porque “no me dejan trabajar”. "Les quiero", respondo desde arriba. Hoy, en la frontera entre Colombia y Panamá, otro grupo de personas es mi familia nómade.


Sabores nuevos en el cuerpo:

Arepas asadas con queso
Recetas compartida por María, desde Ciénaga.
½ kilo de harina pan (de maíz), una “punta” de azúcar y otra de sal más pequeña,  250 gramos de queso duro (la mitad la rallamos y la otra queda para rellenar las arepas) y tres tazas de agua tibia. Con esto se arma un bollo uniforme, después de amasar por varios minutos con la mano bien abierta y hundiendo los dedos para que ella respire mientras le damos forma. Luego se toman pequeños pedazos, se arman tapas, en medio ponemos queso y asamos durante 5' o 10' de cada lado.

Patacones
De los sabores Caribe que no podría ni quisiera olvidar. Son parte de mí desde que Johana los cocinó estando aún en la Argentina. Hay que comprar plátanos verdes, se trozan en cuatro o cinco pedazos, se cocinan en aceite bien caliente, se retiran y aplastan con un plato y se vuelven a freír. El resultado son unas tortillas saladas que se acompañan con salsa de tomate, cebolla y carne de pollo mechada. Esta última se logra hirviendo las piezas del pollo y desmenuzando luego en tiras finas. También se les puede echar simplemente queso.

Pesto Johana
Aceite de oliva, ajo, albahaca, almendras, queso parmesano, sal, pimienta.

Arroz con coco
El coco se pela a machete y es muy recomendable hacer el corte final con un vaso abajo para no perder una gota de su agua. Se rallan las dos mitades blancas, con su fina cáscara marrón incluida y se pone en una olla grande. Hay que agregar varios vasos de agua y estrujar el coco: de ahí sale la famosa leche de coco donde se va a hervir el arroz. Este procedimiento puede repetirse tres veces. Con seis tazas se puede cocinar ½ kilo de arroz. Se agrega una pizca de sal, un trocito de panela para endulzar y sobre el final unas pasas de uva. “El secreto es la pegada”, dice mi maestra. Hay que sentir un leve olorcito a quemado. Eso significa que la base está dorada y lista.


Cocadas
Con el coco rallado que queda de la receta anterior, se hace el postre. Hay que agregar 100 – 150 gramos de panela y llevar a hervor hasta que se evapore todo el agua. El coco queda teñido de marrón. Se pueden hacer bolitas o galletas. Manjar, puro manjar.

Ensalada Nicolás
Apareció una noche entre las muchas cenas compartidas con la familia rodante de Capurganá. Lleva casi todo lo que se puede encontrar en el pueblo. Aguacate, cebolla, queso, tomate, maní (cacahuate) o nueces, pasas de uva, manzana, banana, mostaza, pimienta, aceite de oliva. Voy a ser sincera: si leyera esto sin haberlo probado, jamás intentaría tremenda mezcla, pero lo cierto es que es delicioso.

Pan de bono – Yuca (mandioca)
Son pequeños bollos de panadería, rellenos de queso fundido y dulce de guayaba. No aprendí a hacerlos, ya llegará el tiempo en que conozco a la maestra o maestro que me sumerja a la paciente tarea de extraer harina de la yuca. Otra delicia que conocí gracias Johana, en Bogotá. Ella río viendo cómo -con el pasar de los días- me volvía reincidente de la panadería cercana. Sucede que en los últimos años en Argentina tuve que eliminar el trigo de mi dieta; cosa que en la región donde nací es bastante complicado porque tanta influencia de italianos, españoles, franceses, minaron nuestras cocinas de pan, pasta, pizza, facturas, galletas. Vivir en Argentina y no comer trigo es casi imposible, pues no hay grandes opciones baratas a la mano. Por eso, desde que crucé la frontera en dirección norte, y encontré habas, plátanos, sopas de maní, panes de yuca o maíz, se me abrió todo un mundo culinario sabroso, diverso y económico.

Tinto de coca
Café de hojas de coca

Lonja veleña
Es la versión Caribe del dulce de membrillo argentino. Se lleva a hervor la guayaba con azúcar durante mucho tiempo. A más cocción, más firmeza. Como todas las mermeladas. La lonja veleña tiene toda una historia y tradición en una región de Colombia.

Aguapanela con canela
Es el azúcar del campo, de los pobres, por eso no la quieren en las grandes ciudades” dicen los y las campesinas colombianas que trabajan en la zafra del azúcar. “Que por ella nunca nos enfermamos y tenemos bien la salud de toda la familia”. Panela es casi un sinónimo de Colombia. La agüitapanela se hace llevando a hervor un trozo de este azúcar de caña (que tiene menos procesamiento que la blanca y de ahí sus mayores propiedades), a la que se puede agregar canela y queda increíble. La agüitapanela es el mate rioplatense, se toma caliente y es como sentirse en casa. 
Mis dos meses en ese país están llenos de imágenes de buses deteniéndose en la carretera para buscar a la doñita que ofrece un vaso caliente con pan. Son tantos los sabores de Colombia de los que ya no podría prescindir que, a la hora de partir a Argentina, regalo ropa y bolsa de dormir para cargar más de 15 kilos de comida, entre dulce de guayaba, café, panela, pulpas de fruta y harina pan para compartir con los amores del sur del sur.

No hay comentarios: