lunes, 22 de mayo de 2017

TRUENO 10


LA BUENA ESTRELLA
Relatos tejidos en viaje por América Latina



TRUENO 10

Colombia - Parte Cuatro - Argentina

Las memorias

Colombia querida, ahora que estoy pronta a dejarte vivo una retrospectiva de vos, como si mis pasos fueran una cinta de video hecha de todos tus sabores, todos tus caminos y gentes maravilla... Desde la frontera con Ecuador por Ipiales, pasando por Pasto hasta Cali / Salento y el Valle de Cocora / Bogotá / Taganga y las calles laterales de Santa Marta / Todas las noches de truenos en Palomino, al borde de La  Guajira / Tayrona y Minca / Cartagena, Necoclí y el largo camino a Capurganá / El paso por Medellín hasta Bogotá / Y otra vez Cali, y otra vez Bogotá... 


(¡Josefina, esperá! Acá falta un sueño. Imposible arrancar este cuarto capítulo de Colombia -de los que serán los últimos días antes de volar a Argentina- sin transcribirlo).

Lo onírico – 13 de mayo 
Estoy en una Junín destrozada por un terremoto. Busco a Pau entre los escombros. Juntas buscamos a Iaia, nuestra abuela. La encontramos chiquitita, hecho un bollito debajo de escombros. “Resistió por el caparazón fuerte que tiene”, decimos. 

(Abuela, ¿alguna vez me vas a contar tus secretos? 
Dentro del sueño recuerdo la pregunta que le hice  a los 13 años. 
-No lo sé, contestó en ese momento)


  Por las calles la gente corre. Van y vienen con ayuda humanitaria. Mamá está en otra ciudad. (Las imágenes dicen ser la continuidad del sueño de anoche en el bus de Medelllín a Bogotá, después de despedir a Heléna y Nicolás. Así, en una suerte de meta-recuerdo-onírico vuelve una escena de ese primer sueño: Guille Banzato y yo en un sótano que es -a la vez- un altillo. El está intentando desactivar la bomba que daría inicio al terremoto. No sé qué sucede ahí. Sólo me veo encontrándome con su mujer. Parece que él muere en ese intento.


  Despierto 4.30 am y aún acostada hago un esfuerzo por retener las imágenes. Cuando las tengo me levanto, lavo mi cara y tomo el cuaderno. Escribir los sueños en madrugada es sentir que estoy robando (piadosamente) al inconsciente... y me encanta.

***

  Hace dos noches, en Capurganá, Heléna me cuenta que le cuesta recordar los sueños y que por eso se levanta cansada, como si ese tipo de desmemoria significara un peso. Su reflexión me parece más que interesante... Empezó a tomar una hierba del Putumayo (familia de Yagé). Dice que le ayuda a recordar.

  Las escenas olvidadas, las heridas mal curadas... Situaciones en las que nos quedamos pensado con Joh en Bogotá y coincidimos en cómo estos 60 años de guerra atravesaron a todos, toditos los colombianos en su sensibilidad más profunda, aunque pocos lo digan porque la opción que encontraron para resistir es seguir palante, casi sin pensar en los dolores que se cargan...

Migrantes
  El 19 de mayo parto a la Cali caliente; esa ciudad que es la tercera más poblada del país y por la que pasé apenas cuando subí por la frontera con Ecuador, hace dos meses. Cali para mí hoy es Heléna. Voy a verla en esta semana previa a volar a Argentina.

  Despierto en el bus por una película sobre especies nómades del mundo. Los caribúes (o renos) son los animales que en manada hacen la mayor migración terrestre del planeta. El dato me hace agarrarles un amor especial. Las hembras inician la peregrinación y los machos las siguen algunas semanas después, con las crías jóvenes. Meses más tarde voy a recordarles y buscar más sobre ellos: viven en América del Norte, Europa y Asia y son capaces de andar dos mil kilómetros al año.


  El caribú es trashumante por naturaleza, igual que otra cantidad de especies en el mundo: ballenas, tortugas marinas, mariposas, golondrinas, tiburones, focas, libélulas, patos, gaviotas, salmones, cebras, serpientes, cangrejos, arenques, elefantes, ranas... 
    El rally de información me lleva a preguntar en qué momento pasamos a ser de esas pocas especies pelotudas convertidas al sedentarismo. En seguida se me cruzan cuestiones sociales, culturales y económicas. “Que con familia no se puede”, “que el trabajo”, “que la estabilidad”, “que...”, “que...”, “que no lo elijo”, me dirán muchos y está bien... Yo creo que en el fondo de la cuestión están estos sistemas de organización de la vida llenos ismos, con sus patrones de producción que necesitan de nuestro estanque como materia prima fundamental. Para quienes se pongan rebeldones, la respuesta puede ser la expulsión. Porque sino, ¿cómo nombrar la historia de los gitanos, que caminan hace siglos desde el norte de la India, ninguneados y despreciados por todos los sistemas políticos y religiosos del mundo? Latcho Drom explica esto mucho mejor. El documental recorre la trashumancia gitana, en una historia que se hilvana a través de la estética de un Pueblo: su músicas, sus danzas, sus texturas. (Creo ahora que caribúes y gitanos son de la misma familia...)

  ¿A quién se le habrá ocurrido que quedarnos quietos podría ayudarnos a crecer?

    Nomadismo cosmogónico, digo cuando trato de responder a la pregunta de por qué hace meses giro... Nomadismo organizado / estacional, cuando intento imaginar un proyecto realizable y a largo plazo con familia / comunidad.

Un cuarzo blanco para Heléna

Lo onírico – 17 de mayo
La energía de una mujer de pelo oscuro sube ondulante -como si fuera un vapor pesado- por la escalera. Entra al cuarto donde duermo y perturba. Sigue a la del medio, donde hay almohadones y una mesa ratona. No llego a ver si sigue hasta el cuarto de ella, al otro extremo. 

     El sueño lúcido, de las 5.30 de la madrugada, me deja despierta hasta que aclara. En un segundo episodio (de apenas media hora) camino un escenario de otra vida donde con Heléna somos hermanas y tengo que protegerla de una energía extraña usando un gran pañuelo violeta.

  A la noche siguiente nos contamos todo y así, seguimos descubriendo cómo somos tan parecidas en algunas cosas, como opuestas complementarias en otras. Ella nació en un solsticio (21/12) y yo en otro (21/6), a ella le cuesta dormir con claridad y a mi, con las ventadas cerradas. No recuerda los sueños, yo los vivo demasiado. Amamos las berenjenas, igual que mi abuela materna. Creemos en la medicina holística y en la potencia de los registros oníricos, más que en cualquier otra cosa. De a poco descubro a Heléna intuitiva como pocas personas, percibe las energías de la gente, atinando en puntos claves de la personalidad. Es como la Maddalena, en Ecuador, me digo mientras la escucho.

  Cuando le cuento que nos soñé hermanas ella asiente con la cabeza; casi como si no precisara el dato para saberlo. Dice que mi llegada viene a sanar algo en la casa y en su vida, que así lo sintió apenas nos vimos en Capurganá. Con los días incuba una gripe y duerme por horas en las tardes.

      Recorro varias librerías buscando Mujeres que corren con lobos. El regalo la alegra, dice que hace años lo leyó, pero nunca en español y que va a venirle bien recordar esas enseñanzas de pueblos y mujeres ancestrales. Así descubrimos también que desde Europa, ella, y desde América, yo, ya habíamos leído ese poderoso libro antes de encontrarnos. 
      Cae el sol y salimos a caminar. Conocemos a Armando, un simpático heladero italiano amante de la química de la cocina. Nos pasamos el rato hablando de cómo se vino a Cali con la familia, de sus idas y vueltas a su tierra y de una segunda pasión que aprendió en Tailandia: la reflexología; disciplina que trabaja con las plantas de los pies. Ellos son un espejo del estado de todo nuestro cuerpo. Cada punto está conectado a un órgano o zona en particular, explica mientras acuerda visitarnos al día siguiente. ¡La medicina para mi amiga a la vuelta de la esquina!

     Heléna echa palo santo por toda la casa: “para alejar lo que haya que alejar” y pasamos mi colchón a su cuarto, como hicimos esa última noche en Capurganá en el cuarto que compartíamos con Nico. Lo cierto es que duermo mejor. No recuerdo qué soñé. Armo un mate y voy al centro del patio, mi lugar favorito de la casa. Ahí, rodeada por los árboles de mango y flores, siento que tengo que enterrar un cuarzo blanco.

  Subo al cuarto a buscar monedas para el I Ching. Al lado de tres de 200 pesos, encuentro un pedazo de cuarzo en bruto.

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“Cuando la persona aprendió de corazón lo que el temor y el temblor significan, está a salvo de hechos extraños”, susurra el I Ching. “Dejemos que el trueno se expanda. Si hay pérdidas, no presentar resistencia. Lo perdido volverá. Es recomendable el recogimiento interior”.   

  Al día siguiente compartimos un almuerzo con Armando. De entre la decena de consejos que le escuché esa tarde mientras observaba mis pies, hubo uno en particular: “Una puerta es un momento de decisión: de entrada o salida de una situación”.


      Días después de mi partida, Heléna va a escribir: "Desde hoy, en el centro del patio, hay un cuarzo blanco". 


Las otras Bogotá

  A Monserrate, el punto más alto de la ciudad arriba del barrio La Candelaria, se llega en un tren que atraviesa cuevas o por aire, en telesférico. Elegimos subir por un medio y bajar por otro.


  Cuando observamos -desde la calma de montañas- al coloso de cemento que se llama Bogotá, Joh reflexiona en voz alta: “Esto es lo que me faltaba en Buenos Aires, abrir la ventana y verla”. 


     Ahora que estoy junto a mi amiga, mirando lo que miran sus ojos, entiendo cuando se pasaba el rato prendida de los atardeceres porteños desde su piso 9° en el barrio de Once. Quizá jugaba a imaginar que en algún momento iba a asomar su montaña colombiana.


***

  Sólo hacen falta dos buses en dirección sur -desde el centro- para que se despliegue una Bogotá rural y exuberante. Detrás de Usme Centro, está Usme Pueblo rodeado de serranía. Caminamos la sabana vallista hasta un camino de tierra ondulante hacia arriba; ahí donde los campos de flores amarillas salpican el paisaje. Es difícil creer que esto también es la capital; que una hora en transporte público pueda traernos hasta acá, donde la gente vuelve a saludarse con la palabra “vecino” y los comedores de las seños son tan grandes como sabrosos. 


Acá nació el movimiento social Somos Usme, integrado a la Marcha Patriótica: una red de organizaciones con trabajo territorial en toda Colombia surgida en 2012, para hacer frente a las múltiples problemáticas del conflicto armado. Nuevas formas de hacer política a la izquierda que se va inventado la hermosa Colombia para salir de una guerra de 60 años... 





Llegamos a Usme a reunirnos con las compañeras que sostienen una biblioteca popular y dar un taller de encuadernación. 






      Son los 9 de la mañana de un sábado y tengo 45 niños, niñas y adolescentes esperando hacer sus propios cuadernos. Mis ojos no pueden creer la cantidad de caritas que me miran ansioso/as. Rápido, con Joh y las compañeras decidimos trasladar el taller al patio. En un instante tenemos mesas, sillas y pilones de papeles afuera. Hay desde 16 años hasta 5. Todos y todas están ahí para aprender y lo demandan con dulzura. La atención con la que me escuchan presentarme, conmueve. Ellos y ellas están inquietas. Sus ganas agitan las mías, recordándome lo bello que es enseñar y aprender en espacios de libertad.


  Los más chicos hacen dibujos para las tapas, mientras los de 13 en adelante aprenden costuras. Fruncen a veces sus ceños chiquitos y parece que el gesto les ayuda con la puntada clave.


     Usme y el empuje de Joh en su tierra son una recarga energética, de esas que sólo son capaces las experiencias colectivas y comunitarias. Mi agradecimiento infinito queda en esos hilos que tejimos juntas entre el 22 y 23 de mayo.   
 
***

  Cruzo la madrugada del 24 de mayo bogotano. Las despedidas con Juan y Joh fueron difíciles; una nunca quiere irse de gente así. Llego sola al aeropuerto, mejor así, en silencio y oliendo a café. Mi mochila pesa 22 kilos. Nueve son ropas, cuadernos, libros; los otros 13: sabores de Colombia para compartir: 5 kg de harina pan para arepas, 4 kg de panela, 6 paquetes de café, 10 dulces de guayaba, 7 paquetes de pulpas de fruta y un kilo de chocolate con canela.


Vía Argentina
I
Altura: 11301 metros, velocidad 900 km/h, distancia de Lima 394 kilómetros.

  6.30 am en el aire en el centro de América del Sur. Atravieso Ecuador. Pronto este pajarito de metal va a aterrizar en Perú. El sol entra cálido por la ventana, debajo alcanzo a ver campos de arena y bancos de nubes. Recuerdo esa otra vez que viajé en avión y la conciencia que me dio ese otro trayecto sobre las extensas dimensiones de tierra de nuestra América. Durante horas y horas, sobrevolando Brasil, vi tanta tierra que me costó aún más entender por qué tanta gente, en tantos lugares, sufre la falta de un pedacito para vivir.

***

  Ahora empujo con toda la fuerza de mis brazos un carro enorme... Mientras atravieso entradas y pasillos, vuelve como un eco cercano la frase de Armando:  “Una puerta es un momento de decisión, de entrada o salida de una situación...”.

       “Pasá por acá”, ordena el guardia de Ezeiza, aeropuerto internacional argentino. El tono seco me es extraño. Lo había olvidado. Cruzo una última puerta. Ma, Pau, Gabo y Ale esperan del otro lado. La emoción del reencuentro se funde al instante con el sentimiento de cotidianeidad; ese que existe en los vínculos profundos aunque el tiempo pase.

“Ya no voy más sola a la milonga”, el camino de vuelta a La Plata va a estar plagado de  frases célebres de mamá, como si estuviéramos volviendo de la despensa de la vuelta y yo nunca me hubiera ido a 10 mil kilómetros.



  Estoy dispuesta a pasar uno de los inviernos más felices de mi vida, me digo mientras trato de asimilar que estoy volviendo: que ya estoy de vuelta.

***


  El reencuentro con la gran familia En Eso Estamos llega con ese embriague de amor colectivo al que nos tenemos acostumbrados. El 27 despierto y cruzo el Parque Saavedra frío y pelado. Se acerca el invierno. Veo tendales de feria de usados a uno y otro lado de las calles internas del parque. “Esto no está bien”, me digo mientras camino. “Definitivamente esto no está bien”, que tantas familias estén acá, cagándose de frío un sábado por la mañana a la intemperie, es síntoma de que Argentina no está bien. El ambiente me recuerda las secuelas de la crisis del 2001.
Elijo un pulóver. Cuando una nena pregunta: “¿querés algo más?”,  recuerdo estar jugando a atender el puesto de mamá en la feria del trueque de Junín, en los '90. Agradezco y le cuento de cuando fui feriante en esta misma plaza, en 2009, con mi amiga Vito. “¿Qué hacían?”, interroga sonriente. “Lo mismo que ustedes, vendíamos nuestra ropa”. La señora del tendal vecino (que se las rebusca tomando la presión gracias al curso de enfermería que hizo hace unos años) escucha la charla y comenta que sí, que en aquella época éramos más “hasta que la policía desalojó”.


  Quedamos en silencio, la nena vuelve a jugar a atender el puesto de su mamá y yo pienso que en 2009 el desalojo fue Bruera, Scioli: el kirchnerismo... y qué pasará ahora con esta nueva hilera de familias zafando el día en la changa callejera.

  Cruzo la vereda y entro al Instituto de Hemoterapia a donar sangre. “Nena, ¿tenés los 50 kilos vos?”, pregunta mientras mueve la báscula de la balanza. Las dos sabemos que esto es un poco una formalidad, que nunca van a sacarme medio litro como a un hombre de 80 kilos (a lo sumo serán 350 mililitros) y que además, mi presión está joya. Cómplice, se acerca, baja la voz y observa: “51 con ropa. Ponete unas piedritas en los bolsillos cuando vengas a donar y listo”.. A la salida, vuelvo a encontrar ese cartel que recuerda: “La sangre no se fabrica” y el consejo de las piedritas me parece más que necesario.

***

  Si el reencuentro con Vi podría haber sido en el aire, seguro lo habríamos hecho. Lo cierto es que nuestro abrazo no se hace esperar más de un día, que tomamos todos los mates posibles en una tarde que dura más que el tiempo, sabiendo que esta felicidad va a ser coronada en el templo metafísico al que asistimos desde hace 8 años. Un mes antes de mi llegada, cuando ella supo que volvía a Argentina, sacó entradas para un recital de Shaman. Imposible agendar otra cosa para ese 28 de mayo, al que además se suman Kart, Mel y Mac. Para celebrar, esa tarde compro un coco con el que deambulo toda la tarde y con el que llego al evento, por olvidos y profundidades de cartera mediantes.

Horas después Kart va alucinar adivinando cuál de los tres huequitos es el que abre para tomar su agua y un martillazo de gloria nos permite saborearlo de a trocitos en la madrugada.

Nuevos Junios

  Los inviernos siempre fueron los mejores y peores momentos para ciertas cosas. Los abrazos – por ejemplo- son como bálsamos; más si se dan en plena calle cuando los cuerpos están tiritando y los dedos se hacen añicos.
  A veces, andar de recién llegado/as regala una gozosa libertad. Ayer no estuvimos, hoy sí, mañana quizá partamos otra vez. Esa conciencia del ser y el estar da aliento suficiente para pedalear hasta donde el corazón necesite llegar.

La Negra, sosteniendo un bordado de la Guille.
Mujeres - río de amor - En Eso Estamos

  Así recorro el cuadrado platense en gélidos zig zag y subo buses que me lleven mucho más allá del centro e incluso la ciudad. Una de esas primeras visitas es al barrio de Almagro. Con Mati andamos tramando complicidades para concretar un sueño que Ro tuvo en febrero, cuando yo apenas andaba por la costa de Ecuador. “Tocabas la puerta de casa y abría Mati. Cuando te escuchaba, saltaba de la cama. Estabas envuelta en un poncho rojo y tenías tus trenzas cruzadas en la cabeza”. Tratamos de copiarlo tal cual; tanto que en los últimos días en Bogotá busqué ese poncho rojo y me esforcé porque esa noche las trenzas estuvieran bien sujetas. Los encuentros con estos nómades enamorados son un idilio latinoamericano: recordamos rutas y aprendizajes, mientras salteamos plátanos, doramos arepas rellenas con queso y tomamos campari con naranja. No falta el flaco, nunca. Ahora a la lista sumamos a las dos chilenas con las que Mati anda fanatizado, mientras Ro sonríe y comenta que está aprendiendo todas sus canciones. Admirar juntos el silencio de la noche desde el balcón de su departamento es como viajar. Siempre lo pensé, ahora se los escribo amigos.  

***

(El cuerpo dice verdades. Cada día, me convenzo más)

  El jueves 2 de junio, apenas una semana después de haber vuelto, mi útero se agita como dos serpientes y menstrúo que es una hermosura. Me reencuentro con mi copa, la hiervo para esterilizarla, la introduzco en mi vagina y la quito cada ocho horas. Abandonar pudores y toallitas es parte de un redescubrimiento del ciclo que todas las mujeres deberíamos poder vivir. Nuestra sangre es fresca, rojísima, viva. Esconderla, tirarla, no nombrarla, son otros de los malos hábitos a los que nos ha acostumbrado el patriarcado... Seguro las amigas brujas asientan con la cabeza cuando lean esto que una vez me contaron: en la época de la inquisición quemaban a las mujeres que habían alcanzado el poder de alinear su menstruación a la luna nueva y así ovular con menor fertilidad. Por esto, dictaminaron los inquisidores “eran brujas: merecedoras de la hoguera”, por tener un mayor conocimiento sobre sus ciclos.

 "Cazadora de experiencias luminosas"
Bordado de Aminta Espinoza

      Con esta fiesta en el cuerpo, disuelvo la sangre en agua para regar las  plantas. Así entro en estado de ritual interno y elijo dónde dormir en función de dónde dar mi sangre.


      Los talleres en La Plata y Capital van a hacer que dedique bastante tiempo del invierno a juntar y disecar hojas de varias especies, a coser cuadernillos en serie y a montar un pequeño puestito de cerámicas y cuadernos junto a la Ne en las cenas Pan de Remolacha en la casita cultural eee.


(El cuerpo dice verdades, cada día me convenzo un poco más)

***
 
Lo onírico – 5 de junio
Saboreo un mango desde un suelo fresco de lajas. 
Estoy sentada chinita y un poco de jugo se desliza por mis piernas.

Amanezco con la sensación dulce del mango y la alegría de la Ne y Ru. 
Juntos están embalando las cosas de ella para mudarse. 


  Disfruto ver a mis amigos enamorados, en una sonrisa sintonizada que lo envuelve todo, mientras los escucho idear la forma del taller de cerámica y fotografía, lleno de libros y discos que van a montar.



       Por dos meses voy a ocupar el lugar que ella deja en casa de Macu. Mi mudanza es una mochila, dos frazadas en un carro de plástico y una pareja de rudas: “una macho y una hembra, para equilibrar las energías, que no estén solas y se encuentren”, recomienda Luis, el don que me las vende en la feria. Para enraizar esta temporada, se me ocurre que puede ser bueno convivir con un pichón de ficus. Así es como en la casa pasamos a ser la Picu, Mac, la pareja de rudas y el potus, varias plantitas en el patio, el ficus y yo.
      Con los días creo que el arbolito necesita más sol del que le entra al pasillo. Mi concubina y otras  personas con las que sostengo intercambios sobre esto van a desconfiar de la teoría y sugieren que quizá sea yo la que necesite más vitamina D. Lo cierto es que él y yo empezamos a pasar algunas mañanas en la esquina, donde el sol asoma apenas, y la pasamos rico. 
       Cuando el viento no lo voltea, casi que siento que agradece la salida.    



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Cinco de la tarde en 9 de julio y Córdoba. Pleno centro de la Capital Federal. Hormiguero bípedo.

       No puedo dejar de mirar a la gente, no quiero dejar de extrañarme, de verlos y verlas, con esa mirada atenta a conocer con la que viajé los últimos cinco meses desde Bolivia hasta Colombia.

  Los porteños son una fauna particular, entre oscos y mal llevados. A veces pienso que hacen una oda a la queja. ¿Será que varios están acostumbrados a vivir bien? No lo sé... ¿O será esto de haber nacido en el ombligo político cultural y económico del país? Son gente particular. No más que los costeños del pacífico ecuatoriano o los del caribe colombiano o los paceños o cusqueños; pero que se destacan: es claro.

  Queridos, queridas me he ganado más de una bronca en su nombre. “Engreídos, altaneros, de mal genio”, me descargó una tarde un pibe de Capurganá, en el Chocó colombiano, cuando recordó “la soberbia con que decía que a su país es el mejor en el fútbol”. De anécdotas como estas está plagado el camino. A una -ahí- no le queda otra que asentir con la cabeza, como haciéndose cargo de la vulgaridad de esos gallitos porteños, y devenir en argumentos reivindicatorios de la fauna argenta. Que sí, que es cierto y que los hay, los hay, no se lo voy a negar... Pero sepa parce colombiano que en todos, toditos lados hay gente que sí y gente que no...

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  Llego a la Alianza Francesa a un festival de cine socioambiental y recuerdo a Heléna en Cali. Están por dar sala. Hoy se proyecta La Hija de La Laguna: película peruana sobre la resistencia popular al proyecto megaminero Konga, en Cajarmarca.



      Mientras espero el momento para entrar, sentada debajo de un cartel con el nombre de la película, recuerdo los veranos de niña cruzando la laguna de mi pueblo y cómo todavía se me deshace el cuerpo de placer cuando nado en agua dulce; sean ríos o lagos, cenotes, cascadas o esos ojitos de agua, donde si se chapotea fuerte una se puede salpicar completa.

  Por esa esencia de vida es que muchos y muchas, en distintas partes del mundo, decimos: el agua vale más que el oro. ( La frase identifica la lucha de la Unión de Asambleas en Argentina y de todas las organizaciones autoconvocadas que en el continente decimos No a las transnacionales mineras, sojeras, petroleras, gasíferas que avanzan en nuestros territorios)

“Chiquita, para cambiar esta historia hay que asamblear el mundo”, la enseñanza gigante de Cris iba a quedar grabada en mi como una máxima de vida desde esa tarde de 2013 en que viajaba a mi primer encuentro de Asambleas (UAC) en la provincia de San Juan con el Colectivo Tinta Verde. La sabiduría humilde, perseverante y silenciosa de todos los y las compas de la UAC es lo que hoy me tiene acá, buscando la historia de Cajamarca.

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I Ching
8 de junio. 5 / HSU. La inactividad

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Cielo nublado, no llueve aún. Cada cosa a su tiempo, dice el Oráculo del viejo Imperio Chino. Esperar de manera consciente evitando toda acción. Sucede algo inesperado. Con perseverancia se obtiene la fuerza necesaria para afrontar el destino. En la calma se fortalece el espíritu.

      El 19 de junio escribo en el cuaderno las preguntas que Ro hace al I Ching, hasta llegar a la hoja separador que hice con un mapa de Europa. En las fronteras entre Rusia, Ucrania, Bielurrusia, Finlandia y Suecia figura la frase: “53 / Chien (…) en la montaña: un árbol. La imagen del crecimiento gradual...”  

Nidos del sur

Lo onírico – 19 de junio

      -¿Querés salir a dar una vuelta por el mundo? Va a venirte bien una imagen panorámica de la vida. La voz que habla en el sueño parece ser la de un elemento: el aire...  Inmediatamente me veo planeando como un pájaro alrededor de la tierra. La primera imagen es bien de lejos, distingo siluetas azules, verdes, marrones. 

      -¡Cuánto agua! Era cierto que la tierra es agua en un 70%, misma proporción que nosotros. Admirada por tremenda visión planeo un rato más, deslizándome suavemente -sin esfuerzo alguno- en el aire.

      Empiezo a descender y focalizar en distintas regiones. Un desierto lleno de dunas inmensas que cambian de forma, océanos celestes ondulantes, un campo donde una mujer abraza a dos niños mientras macera uvas en un balde de metal y más allá, del otro lado de un puente de madera por el que debajo corre un río apacible, un joven violinista ensaya sus partituras.

-Ves que la vida es calma y cambio. ¿Entendés ahora el curso natural? Para que haya vida tiene que haber movimiento. El guía continúa recordando por qué me está regalando este viaje, mientras planeo fascinada. -Ves que la vida es simple... Los desiertos que se ondulan con el viento, los mares inabarcables siempre en vaivén y ustedes, los humanos, ocupados en quehaceres cotidianos para darse vida: cuidar a los hijos, preparar el alimento, andar la tierra. Se mueven, siempre se mueven, pero no tiene que haber nervios; no hay motivos. Que esa sensación aparezca indica que hay que cambiar de rumbo, simplemente. El esfuerzo también tiene que ser con placer, placer por la vida y el ritmo natural de las cosas. 


  Escucho atenta a esa voz que me lleva. Cuando cruzo una nube en medio del vuelo y me siento cansada, ella se amolda a mi cuerpo y me envuelve de una forma en que puedo quedarme; hasta que salgo y ella se reconvierte en nube. 

  -¿Sabés por qué estás viendo la música y el alimento? Porque son los actos creativos que sostienen cuerpo y ánima. 

  Ánima, eso dice el aire. No espíritu, ni alma. Ánima dice y continúa. -Preparar un alimento, una canción, un poema son creaciones igual de importantes. porque dan la energía integral que necesitan. Y ustedes se mueven para eso: para vivir. 

  No sé en qué momento el aire me devuelve al punto donde hoy duermo. Sólo recuerdo, difusa, la última escena antes de despertar: un halo de mí vuelve al cuerpo que, con una inhalación profunda, reabsorbe a esa partecita que salió a dar vueltas por las mañanas del mundo.

Acuarela de Alicia Pez

      -¿Dormiste bien? Con la dulzura que la caracteriza, Ana ceba el primer mate y pregunta.
      -Si amiga. Ahora que lo decís, no recuerdo haber dormido tan relajada en mucho tiempo. 

Ana sonríe, como ratificando sus pensamientos. -Ese es tu viejo colchón, el que nos diste el año pasado cuando desarmaste La Parra. Algo tuyo lo habrá reconocido. La observación me sorprende por completo. Ese viejo colchoncito de una plaza... Lo tengo desde que llegué a La Plata, con 17 años, en el 2005. Increíble que siga estando bien. Ha pasado por tantas casas. Es cierto que por varios años quedó sin uso. En los últimos tiempos de mis dos convivencias, tuvimos unos de dos plazas pero él siempre estaba ahí, acomodado detrás de un mueble o sirviendo de sofá improvisado. Ahora acompaña la vida de Ana, Mati y Ema en Arturo Segui; un barrio tranquilo a una hora del centro, a donde llegué anoche...
Es tan cálido amanecer en su casa... 

Nacimientos



  20 de junio. La gente de la Comunidad Quechua de La Plata y Berisso enciende un fuego en las afueras del centro. Así saludamos al año viejo, a la espera el Inty Raymi: ciclo nuevo según el calendario indígena. Nací un 21 de junio y desde 2011 elijo recibir ese día alrededor del fuego del Inti Raymi. Esta vez Macu viene viene conmigo. Está cansada después de una de sus eternas reuniones de trabajo con Raúl (un señor al que le están editando un libro sobre un equipo de fútbo con la Ne); pero la atracción por compartir la ceremonia es más fuerte. Antes de salir dejo piedras limpiándose en agua. Es que además tenemos una luna llena increíble.

***
  María Ochoa está calentando el guiso con que nos reciben cada 20. En esa fecha en Argentina empieza el invierno. Las noches de frío mezcladas con la humedad son tan crudas que calan los huesos. Juro que alrededor del fuego ese dolor se olvida pronto. Cantamos y a veces nos quedamos en silencio o escuchando memorias de la boca de algún abuelo. Está vez en el círculo también está Flor Larralde, de esas amigas sabias que saben guiar en muchos caminos. Me alegra saberla en la misma ronda. De a ratos nos miramos y sonreímos cómplices. Esta mujer tiene un poder que le brota como un manantial, desde lo profundo y -por suerte- es bien consciente de esto. 

     A las 00 María me toma de los brazos y dice “Feliz año” dos veces, mientras una sonrisa suave se le dibuja en los labios. Antes de irnos, me recuesto sobre un árbol y con los ojos fijos en la luna agradezco estar en el sur esta noche.  

  El mediodía del 21 la cocina está copada por cantidades siderales de guiso de lentejas. Mamá acompaña cebando mate, admirada del olorcito a panceta ahumada que brota de la olla gigante de En Eso Estamos. La Ne y el Ru prestan su casa para el festejo. El corte de luz en el barrio parece un regalo que permite llenar los cuartos de velas como en un santuario pagano.

La luna llena sigue intensísima.

      A Jere lo hacía en las sierras cordobesas. Mágicamente aparece esa noche. Cómo logra hacer este tipo de cosas jamás me lo voy a explicar, ni siquiera voy preguntarle. Prefiero conservar esa mística.
      Pato llega con el amado balafón, están mi cuatro, la tambora de las olas del mar, el trueno y otros juguetes sonoros que la Ne rescata de la pieza / galpón. Varios vamos a pasarnos la noche haciendo sonar teclas, cuerdas y semillas, mezclando cantos improvisados y siento una conciencia brutal de la cantidad de gente hermosa que tengo alrededor.

  Flor y Paz preguntan si salió el trabajo en México y mientras cuento detalles, las descubro brillando felices por mi felicidad. ¿Cómo no conmoverse con tremendos acto de amor?

  Afuera la luna brilla, como llamando. Cuando asomo al patio, Je, Al y algunos amigos más echan humo, otros acompañan en el cuelgue de ver el cielo. Hace un frío tan dulce como fatal. Y nosotros, hermosos borrachos admirando a esa diosa en medio de la madrugada.

Lo onírico – 22 de junio
  En una casa convivimos varios En Eso Estamos junto con otras personas. El lugar parece un gimnasio donde caben unas 50 almas. Nos cruzamos intercaladamente por un larguísimo pasillo, en el que hay una hilera de puertas con decenas de cuartos. Un chico llama con ambas manos y pide que mire por un cilindro de cartón (igual al que Ro quiso juntar de la calle el fin de semana pasado). Dice que hay un mensaje para mí. Meto el ojo: frases escritas en espiral.


-No entiendo. No llego a leer. Digo y levanto la vista.  

El cilindro se hace alto y se transforma en un farol de calle, de esos antiguos, en el que nos apoyamos los dos, espalda contra espalda para hacer equilibrio. 
Vuelvo a meter el ojo en el cilindro. -¿Sabés lo que pasa acá? Las frases están hechas una maraña de palabras, no se dejan entender. No te angusties, ya se va a abrir la espiral.


Dicho esto, despierto.

Lo onírico – 23 de junio
Las plantas crecen y crecen, como el potus que Alicia dibujó naciendo del pecho de una mujer.

Suena el timbre. Fin de la escena.


Lo onírico – 24 de junio
(Noche del Wetripantu. Año Nuevo Mapuche)

     La crisocola, que cuelga de la pared de la habitación -exactamente arriba de mi cabeza- y la amatista, desde la puerta -a mis pies- me avisan que necesitan ser limpiadas por la luna. Lo advierten hasta la súplica. Dicen no estar dando toda la luz que son capaces porque necesitan ser limpiadas. Sus energías, a uno y otro extremo de la cama, vibran trazando una línea diagonal sobre la cama. 

     Cada hora despierto y recuerdo el sueño de manera exacta. Estoy desnuda y hace frío. ¡Me da tanta pereza levantarme a hacer lo que pide la telaraña onírica! Cierro los ojos, típico autoengaño que utilizo cuando no quiero despertarme y así proyecto las escenas de lo que haría despierta: vestirme, tomar las piedras, correr en saltitos hasta la cocina para esquivar el frío inclemente de las baldosas. ¡Qué simple se ve en la recreación mental! Quitar la amatista de la cadena y hundirla en agua, a la crisocola la pondría en la tierra... ¡Victoria idiota! Otra vez la visualización del paso a paso de lo que debería hacer me sirve de estrategia y quedo dormida.

  Despierto a la hora y a la hora y a la hora... Las piedras están tenaces, en cada sueño se encienden como luces fosforescentes llamando toda la atención posible... A las 6.30 (todavía de noche) casi que decido levantarme. A las 9 o 10, cuando logro despegarme de la cama, resoplo. Otra vez no le di bola al sueño, elegí esconderme un poco más en la frazada... es que estaba tan rico, encima este frío... 

     La frustración no es de esos sentimientos que me dure mucho; menos si se trata de dormir en invernada. Automáticamente encuentro un buen argumento para atenuar la vagancia: “hoy las limpio, es 24 y todavía estamos en luna llena”.  
  La casita está hecha una heladera, de esas petisas sin freezer. Comparto unos mates con los amigos que deambulan desde temprano entre el estudio de Mac y la cocina, mientras cruzo la telaraña onírica y van apareciendo estos recuerdos.  

***

Cazadoras de experiencias luminosas

      "Esta noche hay que ir a Koquena", insiste Djadira con ese tono comprador que la caracteriza "una chica mexicana está exponiendo algo buenísimo... A ti que te gusta la ritualidad. Definitivamente, tenemos que ir...". Es cierto, la limeña tiene un gusto exótico, innovador e hiperlatino que me atrae. Todo recital o banda a la que llegué por ella han sido de una alucinación audiovisual. Sólo por nombrar una de sus perlas, voy a decir: TREMOR, palabras preliminares

Esta vez, no iba a ser distinto... 

      Aminta hace obra a base de fotografía, tejido, video y bordado. Cazadores de experiencias luminosas es una instalación compleja que bucea en las ritualidades de distintos pueblos de Latinoamérica. Fue tal el trance en el que me mete con su muestra, que no puedo menos que quedarme escribiendo por media hora en el cubículo diminuto donde hay una proyección con escenas de bosques y ceremonias, acompañados por una música similar a la de Chancha Vía Circuito. Cuando salgo, mi cabeza parece ser una continuación de las imágenes de Aminta. Seguimos la calle 8 hasta una diagonal en dirección al parque. 


      La noche termina en un bar con funky, donde transcribo ideas sueltas sobre los bosques y altares de Aminta. Ahí decido buscar a esa chica para conocerla y acercarle este manojo de palabras... 


CICLOS

(…) ella llegó de México hace 7 años para estudiar en Argentina. Viajó lejos para reencontrar sus raíces, algo así como llegar hasta el año 0; tan fuerte en la cultura Maya (…) Al final mucho de lo que hacemos está impulsado por esa pregunta: ¿qué somos? Reflexionamos para destruirnos y reconstruirnos después”, susurra Luis antes de que me sumerja en el trance de esta buscadora…

UNO
Necesito explorar
bucearlo todo
(de una vez)
entrar
en

Ya no más vivir en las riberas.
Sé de selvas húmedas.
Ya no más huir de esta conciencia
de saberme tierra

DOS
Esta es una búsqueda ritual
hacia la recuperación de una sabiduría ancestral
que pervive en todos y todas como un cofre del deseo.
Sabiduría que -como todas las de su especia-
espera con paciencia milenaria
el tiempo de cada una para abrirla.
Me guía el sentido del tacto
Soy semilla, pétalo, arena
lana, hierba fresca, algodón
Soy tierra, soy selva, soy carne
Y ante todo
soy agua

TRES
Voy a quedarme recostada aquí, en este nido de tierra que moldeé con mis manos,
hasta que mi piel se amalgame y deje de sentirse una extraña,
que es igual a sentir frío.


Confío en que este contacto profundo nos devuelva a las dos la tibieza.
Tengo de aliadas la energía solar del maíz, mis 37° corporales
y el útero de la madre a la que estoy volviendo.
Hay un momento donde una advierte que es tiempo de dar el salto.
*
**
***
CUATRO
Estoy a punto de desnudarme los pies. Siento algo parecido a la adrenalina. Pero no, no es eso. Me falta la palabra exacta para nombrar la experiencia. Es una sensación brillante, nueva; más cercana al recuerdo o la memoria. (Una vez escuché un secreto que hoy me animo a cantar
"Los zapatos son vendas porque nuestros pies son en verdad nuestros ojos" 

CINCO
Ya no más vivir en las riberas *
Sé de selvas húmedas
y del placer de zambullirme en ellas.
Mi cuerpo se baña de ritualidad.
Ese es el puente que tiendo con la madre.
Ya no más vivir en las superficies,
-me digo ahora con los pies lúcidos-.
SEIS
Siento un erizo de gloria
y no quiero huir.
Acaricio, rasgo la tierra con los dedos; 

así me afirmo a ella.

SIETE
Y en las manos: ¿qué llevo?
Pétalos de rosas rojas, tallos reverdecidos de savia, flores amarillas, violetas, rosas, cuencos con granos de maíz y azúcar, amuletos de mujeres que llegaron antes que yo. 
Tiendo una manta de hojas de chala sobre la hierba y me recuesto. 

Los caminos son, siempre, de ida.
Imposible volver a un sitio de ayer siendo la que se fue.
Ya no más vivir en las riberas del mundo
Ya no más escape de esta esencia cazadora.
CERO
Hoy comprendo por qué río
como de niña oí reír
a las lobas y a las brujas
de mis sueños
* Antes de entrar en “Cazadora…” Luis me cuenta que el filósofo Rodolfo Kusch sostenía que los colonizadores europeos construyeron las ciudades en las riberas de los ríos por el miedo terrible que tenían hacia las entrañas de las tierras y gentes americanas. “Cerca del río, para escapar. Quedarse al borde, en la superficie, frente a lo desconocido que podía haber en la profundidad”. Esto caló tan fuerte en mí, hasta imprengnarse en las líneas que escribí mientras viajé en la obra de Aminta.

***

Sudamérica nocturna

  “El cuerpo es el hilo que me teje la vida (…) Sin él, no hay nada”, dice Aurora en la presentación de su novela sobre el terremoto que asotó a Bogotá en el '99 y la violencia política que hace 60 años se cobra vidas en Colombia. Con esta frase, la autora nos recuerda lo inesperada que es siempre la muerte.
  “Armenia desapareció del mapa”, dijo la televisión el día después. El gobierno declaró estado de sitio y militarizó la zona. “Esto no lo hemos nombrado aún como sociedad”, confiesa mirando al frente, “en lo personal, hoy que estoy lejos, puedo verlo con claridad”.

  “Montañas azules es una mirada crítica con la que intento ayudar a la reconstrucción de la memoria nuestra de esta tragedia”. Aurora es periodista pero no eligió la crónica, sino la novela para narrar esta historia; quizá lo explique su identidad colombiana, de poesía a flor de piel. 
  La noche va a encontrarnos pulsando ritmo caribe sobre el gélido suelo del julio platense. Es que además de su libro, se trajo a un grupo de parces músicos que tocan cumbia afrocolombiana.
    “Invitame a tu casa a comer arepas, aguita panela”, me dice con esa dulzura típica de Colombia, cuando le cuento que llegué de su tierra con la valija llena de harina pan. 

  Ahí mismo reencuentro a Verona. Está acompañando a Aurora en su presentación. Los primeros minutos la veo de lejos. Disfruto escucharla -como una observadora invisible- soltando su poesía espontánea. Si digo que Vero es la artesana de palabras más brillante de la ciudad, no exagero.
     Ahí está ella, echando luces, rayos y centellas a medida que hilvana sus ideas con los dedos, dibujando en el aire. Ahí está la Verito, con su naricita afilada y esos ojos hipervivos que la caracterizan. Creo que debe mirar así desde que nació. Me encanta, siendo maravillosamente incorrecta en una presentación de libro. Piensa en voz alta, lo confiesa sin pudor y así dice lo más creativo y sincero que cualquiera pueda decir de una obra cuando nos conmueve. 

Apenas me reconoce, se acerca y nos damos un largo abrazo. “Estoy embarazada”, me sopla en la cara con gesto risueño. “Vi la ecografía, ya tiene orejas. ¿Podés creer?” Vero, tus descripciones siempre fueron supremas.   

  ¡Ay querida, no me voy a cansar de repetirte que lo tuyo es de una modestia exagerada! Porque claro, nunca te vas a hacer cargo de lo cautivante de tus ideas. ¿Recordás esas madrugadas desveladas, en que  tratábamos de encontrar la punta del ovillo de nuestras crónicas y nos íbamos en charlas larguísimas sobre nuestras vidas y yo me desesperaba porque no teníamos ni una línea...? y vos, con la parsimonia de las sabias, me calmabas con una sola frase: “Tranquila, todo es insumo para la escritura”. ¿Y esos días que andábamos dele que te dele en entrevistas por Libertador en Jujuy? En esos tiempos tu sensibilidad con el mundo me enseñó más que cualquier curso de periodismo. 

  Querida, no me cansaría de repetirte esto jamás, aunque vos te excuses con que lo digo porque te quiero, y te empieces a poner de colores y sueltes una risotada de esas grandes a las que me acostumbraste en 2012. No querida, no. El cariño no tiene nada que ver con esto, o mejor dicho: esa complicidad que surgió apenas nos cruzamos fue lo que me permitió apreciar de cerca la maravilla con que apalabrás todo lo que te rodea. 

  Ahora que te escribo recuerdo que te debo una disculpa. En realidad lo que te debo es un cuaderno; ese que me pediste para escribir durante tu embarazo y no llegué a coser antes de irme. Voy a enmendarlo apenas vuelva apilando decenas de cuadernillos para que le escribas a tu hija. Ah, es cierto que la ecografía no lo dijo aún... Ojalá sea hembra esa vidita con la que te encontré andando plena esa noche de julio.
"Cultivar la paciencia".
Ilustración de Pili para nuestra Editorial La Caracola, 2014
***


Lo onírico – 24 de julio 
(Último día del calendario Maya)

Veo a Dani B. y Lucía con su beba cruzando una puerta hacia un patio verde, con mucha luz. 
Dentro del sueño algo me hace entender que esa es una metáfora del nacimiento de Julia.

  Despierto con un sentimiento de felicidad expandida. Es que siempre me gusta soñar buenos deseos sobre la inminente paternidad del que fue mi último compañero. Se que ella ha tenido alguna complicación de salud en los últimos meses del embarazo, por eso apenas despierto le escribo para compartirle la alegría.

  El 25 de julio es el día fuera del tiempo para la cultura Maya y -cariñosamente- recordamos la anécdota en alguno de esos mensajes que intercambiamos. Él es un fanático de las efemérides. Siempre me llamó la atención su capacidad para asociar los cumpleaños de amigos y familiares con algún suceso histórico.

  Como en una sucesión maravillosa, el 26 de julio, es Da quien escribe: “Nació Julia, apurada, un mes antes”. A la distancia, imagino la emoción que lo envuelve ahora que al fin está viviendo su anhelado deseo de ser papá. Y obviamente es él el primero en vincular: “26 de julio, día de la revolución cubana”. ¡Efémeride incurable! (Seguro si alguna vez lee esto va a soltar una de esas risitas de Patán, de los autos locos, mientras los ojos se le ponen un poco chinos).

Feliz día Julita.
La vida es una rueda irrefenable.
Y para vos, acaba de empezar.

***

    “Voy a Argentina por pocos días. Te envío tres libros que acabamos de sacar para que presentes conmigo y otras dos compañeras en la UBA. Además quiero conocer tus redes, a la editorial... ¿Qué tal un encuentro en el centro cultural del que me hablaste?”. El mail de Xochitl entra de repente. Vamos a conocernos acá, antes de mi viaje. Con ella, México se acerca real y palpable.

  Cuando al fin le pongo rostro, gestualidad y color de voz, reafirmo por qué deseé durante tanto tiempo trabajar al lado de esta mujer. Tiene la energía irrefenable de una turbina de avión. Tan inquieta, como sensible, se embarca de inmediato en el plan de compartir un almuerzo en la casita cultural de La Plata.

***

     Antes de dormir me concentro para despertarme a las nueve. Esta vez no puedo quedarme dormida. Xochitl va a estar esperándome en la terminal. El sábado abro los ojos en casa de Paz y veo los grises del cielo, marcando aún la primera parte de mañana invernal. Faltan quince para las nueve. Me toca salir rápido. Encuentro a Xochitl y cruzamos las cinco cuadras que separan la terminal de En Eso Estamos cargadas de maletas con libros. “Autogestión editorial. Esto pesa la autogestión”, grita en tono cómplice y muere de risa, mientras esquivamos autos tirando de esos bártulos de papel.

eee: la casa que camina, por los ojos de Ru

     Cuando llegamos recorre las habitaciones en silencio mientras suelto algo de los seis años de historia de esta casa mágica. Vi prepara una tarta en la cocina, Al ceba el primer mate y saca charla. Entrar en eee siempre es tan cálido como llegar al hogar después de todo un día fuera.

  Xochitl va a pasarse la tarde preguntando sobre el panorama social y político del sur. Ella habla de medios libres, de malos y buenos gobiernos. Tiene la palabra y el sentir zapatista a flor de piel. Da unos abrazos tan genuinos que el corazón queda latiendo hasta buen rato después. Su visita es un impulso definito. En tres semanas me voy a vivir a México, a Chiapas.

***

Agua
  La madrugada del 31 de julio me duermo con el tambor de olas del mar encima. En distintos puntos de la ciudad sentimos venir la tormenta y -a pedido de Ro- hacemos estruendo para alentar su inminente presencia.

    Será que en estos días andamos jugando como dos niñas con el aire, la tierra, el agua y el fuego. La idea nos tiene entusiasmas aunque realmente no sepamos qué estamos haciendo, a dónde es que vamos ni queramos averiguarlo... Colgándonos con telas de los árboles, encendiendo fuegos en un bosque escondido, pintándonos las caras en medio de la noche, nadando en el aire cabezas abajo. 


***



La mañana del 1° de agosto amanece hermosamente torrencial
Trueno 10


Útero Tierra

       Es el segundo año que la ofrenda a la Pachamama me encuentra en la provincia de Buenos Aires en lugar de Amaicha, en Tucumán; ahí donde en 2012 participe por primera vez de una ceremonia familiar. El 1° se reinicia un ciclo agrícola. En el norte de Argentina, que es muy árido, la gente pide por el agua. Año a año ,e acostumbré a atravesar los 10 kilómetros de tierra fina que separan al centro del pueblo de Amaicha con El Remate: zona sagrada de la Comunidad cerro arriba, elegida por unas cuantas familias amigas para la ceremonia.

      Yo soy -en cambio- de una zona tremendamente fértil. La identidad geográfica se me aparece de golpe; ahora que la pala que uso para cavar un pozo en el patio de Vi se hunde en las lagunas que dejó lluvia de anoche. ¿Qué pedir en medio de estas lagunas?, me pregunto con las manos enlodadas y cortajeadas por el frío húmedo del sur del sur. Tapo la boca abierta de la tierra (para que descanse un poco) y busco a Vi. 


     Ceremoniamos juntas en la intimidad, como lo hicimos en 2015 en La Parra con Ju y Juanma antes de que partieran a México. Cuando me toca estar en La Plata comparto el día con personas que forman parte de mi cotidiano y les invito a ofrendar. Disfruto ver como cada uno/a dedica tiempo a elegir objetos, deseos, flores o cualquier otra cosa que les signifique algo especial. "Porque a ella tenemos que darle algo que tenga que ver con nosotras"; me gusta compartir esa enseñanza de Celia e imaginando que todavía está hablando sentadita desde su viñedo en Amaicha.

     Hoy con Vi pedimos por el equilibrio, para que en algunas zonas no falte lo que en otras sobra. 
"Cataplasmos de barro en los pulmones, para que el pecho largue todo lo que tenga que largar...". Con las manos todavía húmedas, recuerdo el consejo de Armando desde Cali y junto de esta tierra para mezclarla con eucaliptus y esencias de otras plantas pulmonares.

     Los valles calchaquíes, el cerro del Aconquija y todos los cursos de agua entre Tucumán y Catamarca  rondan presentes, como lo están Kari, Auka y José, desde Santa María, Juanjo, Renzo y la Asamblea de El Algarrobo, desde Andalgalá, Koke y la ronda de mujerazas Mamondes / Balderrama, la UAC, Tinta, Jere y todas las personas y contextos que caminan abriendo las puertas de la sensibilidad.

     Porque a fin de cuentas, esto es el 1° de agosto: 
     una cosmogonía que nos re enlaza a todo lo corpóreo, 
     a todo lo trascendente que nos sostiene la vida. 
  
La tan bella como fuerte...
Kari, en su cerro.- nido

Lo onírico – 9 de agosto

  Dani A. está de pie mirando un árbol en el campo. Yo me cuelgo y empiezo a agregarle ramas. 
De a ratos miro las facciones de él, que ahora sonríe con la vista en el suelo, y recuerdo los rasgos de su hermana Ange; tan parecidos a los suyos. Sigo agregando ramas al árbol -que es muy alto- y por momentos la tarea se complica. Cuando la considero terminada, bajo, me paro al lado de Da y miro al árbol en perspectiva: “Ahora sí: es igual a vos... Tenés las facciones de ese árbol”, le digo orgullosa por la creación.

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(Escena onírica seguida)

     Un hombre lee mi blog y me invita a Alemania a la presentación de una película de Osvaldo Bayer. Veo una imagen suya con gafas de aviador. Parece Saint Exupery, el autor del Principito... Creo que lo veo piloteando y todo...
     Me reciben tres mujeres en un cuarto con tres percheros, donde hay mucha ropa que otras mujeres usaron para la filmación. Con tono cálido, invitan a que elija lo que quiera para ponerme. "Es hora de ir yendo. Está por empezar la proyección inaugural”, pronuncian en un idioma extraño que -sorprendentemente- comprendo.

***

La Rosa Mística


     Caminamos por distintos lados de una calle del centro platense. El cruce de una sola mirada hace que se acerque y me detengo en la esquina a esperar. La mujer avanza despacito y camina encorvada, abrigada con dos ponchos y una campera. Tiene las muñecas cargadas de bolsas de plástico; los ojos azulísimos, el pelo finito, corto y blanco.

Está deshecha y hermosa.

     Me pide que le compre unas galletas para la tarde. Ando con un helado en medio del frío y dudo si convidarle. Puede ser diabética, sufrir de presión o cualquier otro problema de los viejos. “Hoy no querida, porque un señor me invitó a comer unos ravioles y la salsa era explosiva. Me dejó mal. Por ahí sí un poquito del sabor de agua”. El comentario me da la pauta de que está joyita y come que da calambre. Se manda la parte y me encanta. “Vamos a buscar un kiosco en las otras calle, porque acá sobre 12 no hay”. Me la estoy llevando. La doña se sorprende pero relaja al toque. Tomamos la 59, me dice que se llama Ana y empezamos a charlar. Pregunto si vive muy lejos y dice que en Tolosa: “donde la inundación nos tapó con dos metros de agua”. (Está hablando de la catástrofe de 2013, que dejó cerca de 100 muertos y miles de personas afectadas) Comento que tengo varios amigos de Tolosa y otros barrios que pasaron lo mismo y retruca: -Pero yo perdí todo, lo más importante es que ya no tengo los recuerdos de toda la vida. Por el tono del relato, advierto que si no la remo ya mismo vamos a entrar a un túnel de angustias, con crisis y llanto a cielo abierto.

-Ah, no, no Ana. Los recuerdos los tenemos en la memoria. No me diga eso. Me mira de reojo y resopla un poco, como si no la entendiera. -Miré, yo hace casi un año que no tengo casa, ni álbum con fotos. Ando en viaje. En una mochila guardo ropa, algunos cuadernos y el resto está acá; le digo señalándome el pecho. Por primera vez después de un rato vuelvo a ser digna de su mirada y los ojos le brillan. Creo que algo del nomadismo la entusiasma y ahora es ella la que pregunta de dónde soy y de a poco olvida la angustia que le dejó el agua de 2013.

-¿Y no te da miedo andar solita de acá a Colombia? Le digo que no, que la gente la cuida mucho a una y que -además- nosotras no somos boludas, ni nos abrimos a cualquiera porque observamos mucho. -¿Cierto? Elijo incluirla en el plural porque ella, con alrededor de 80 años, pide comida en la calle y -a los ojos de cualquiera- también puede parecer expuesta.
-Ah, pero vos debés tener muchas guardianas, por eso no tenés miedo. Reflexiona en voz alta. Reímos y contestó que sí, que seguro que sí. A esta altura de la conversación, estamos hace rato adentro del kiosco haciendo bulto y el chico que atiende dejó de mirarnos.

-Y vos nena, ¿cuáles son tus deseos? Contame. Yo con sólo tocarte las manos, le pido a mi Rosa Mística y ella me cumple; no me vas a creer. -Que haya amor Ana, que sobre amor... Eso, nada más y nada menos. Se concentra y en voz alta, le pide a su santa “la inmensa felicidad”. Mientras, del otro lado de la puerta la gente exige entrar al local. Ana pide un surtido de galletitas dulces marca Bagley y una sprite “para la panza”. Está joyita. Es una cara dura y me encanta. Me recuerda a mi bisabuela: la Pepa, que se fritaba una mila cada mediodía y después sermoneaba indigestión.

-Y vos querida, ¿estudiaste? Pregunta de repente. 
-Sí, periodismo. Y vos Ana, ¿que has hecho en tu vida? 
 -Yo soy pianista. Responde inflando el pecho flaquito. 
-¡Ahhh, bueno, lo que tenías guardado! ¿Y qué música te gusta hacer? 
 -La noche que estaba muriendo Evita, yo tocaba el Claro de Luna de Beethoven. La conexión tan puntual con un recuerdo me conmueve y de repente la imagino joven, sentada con su partitura, llorando por los dedos la muerte de esa mujer que fue mamá y guardiana para muchos y muchas en los 40' y 50'.

-Así que Clásica Ana. Clásica y Peronista... ¿Y dónde está el piano, dónde puedo escucharte? -No toco más, eso fue hace mucho y al piano lo regalé un año antes de la inundación por suerte. Porque si me lo hubiera agarrado el agua... ¡ahí te juro nena que me volvía loca! -¿Y no te dan ganas... algún que otro tema? -No. -¿Nada de nada ¿Nunca? ¿Ni para recordar un poquito qué se siente...? -Bueno, alguna vez sí, aunque ya me van doliendo los dedos. -Entonces tengo esperanza de escucharte. De verdad me gustaría...

     Como al inicio de nuestro encuentro, quedamos en medio de la calle. La charla se convierte en un círculo del que no hago nada por salir. Quisiera acompañarla a su casa, ver un piano adentro y cómo revuelve algún cajón hasta encontrar una partitura vieja. Yo cerraría los ojos para absorber mejor la melodía. De vez en cuando los abriría para observarla en su alegría de reencuentro con las teclas y quizá me pondría a escribir... Pero ya no hay piano, dice ella.
     La ensoñación es mía y el realismo vuelve de golpe: es martes 9 de agosto de 2016, en 10 días vuelo a México y son las 6 de la tarde. Todavía me quedan cosas por hacer antes de que caiga el sol y ella sigue, no sé a dónde, pero sigue...

-Démonos un abrazo. Así anuncia la despedida. -Vas a ser muy feliz. -Buena vida, Ana, le digo apenas se aleja y vuelvo automáticamente sobre mis palabras: estoy deseándole buena vida a una vieja a la que seguro le queda poco. ¡Ma, sí! Que lo que le quede, sea bueno igual.
-¡Buena vida, Ana!, le grito por última vez antes de que se me pierda entre la gente, sinceramente, sin querer que eso pase. Doy vuelta para seguir camino y chocó a un chico que carga un teclado y la base del instrumento, que va en dirección a donde Ana. Vuelvo la vista hacia ahí.
-¡¡Ana, Ana!!, grito bien fuerte, con la esperanza de que me escuche. Entre el tumulto de gente, veo que asoma su cabecita blanca y el pibe del teclado que la cruza justo. -¿Le viste? ¡Un teclado Ana, es una señal!, ¡tenés que volver a tocar! ¿Cómo va a ser casualidad?Ella me mira, riendo a carcajada limpia. 

-Nena, vas a ser inmensamente feliz, repite mientras la marea de gente me disuelve su rostro. -Y acordate de mí, dice clavándome una mirada fuertísima, de esas que arrojan quienes confían en sus palabras. Y la pierdo de vista para siempre.


    Ahora que camino sola otra vez, me reclamo por qué no le pedí la dirección. Que realmente quisiera oírla tocar... Tarde, bien tarde, voy a contarle todo esto a la Negra y buscar la historia de esa santa, mientras escuchamos el Claro de Luna de Beethoven que la Ana Mística tocaba en el invierno del 52', despidiendo a Evita.    
***
     La última quincena en Argentina me mudo con Emi, la correntina. Hacía años que no compartíamos cotidiano, desde 2013 en que asambleas de los lunes en En Eso Estamos nos devolvían al barrio pedaleando juntas en las calles mudas de la madrugada platense.
  La Emi es una técnica en casi todo: electricidad, peluquería, escenografía e iluminación. Tiene una tranquilidad activa que siempre admiré. Volver a verla me alegra. Nos la pasamos comiendo y cocinando, tejiendo, encuadernando. Asaltamos la feria de usados de la iglesia de la esquina y nos desvelamos destejiendo un viejo pulóver rojo para convertirlo en bufanda nueva. Las mañanas con ella son de una paz tranquila y permanente. Rara vez voy a escucharla quejarse o amargarse por pelotudeces, rara vez va a despreciar esa sonrisa chinita que le embellece el gesto. 



***

  Volver a salir es tan extraño como natural. Esta vez sé a dónde voy y más o menos con qué proyectos. Chiapas se acerca vibrante, siendo igual de impredecible que otros andares. Mamá y Pau sacaron pasajes para visitarme en México. Por primera vez vamos a encontrarnos fuera del país juntas; un deseo que tenemos de hace muchos años.

***

  Volver al sur del sur fue tan desafiante como dulce. Di talleres de encuadernación en cuanto lugar surgió, soñé mucho, muchísimo y lloré otra buena cantidad, dormí más noches de las que imaginaba en la Capital Federal y anduve mucho menos en bici entre las diagonales. Como siempre me di una buena dosis de música en vivo y de fernet. Visité Junín, a mi abuela, mis amigas y mi laguna. No llegué a pasar por Córdoba, ni Tucumán, ni Catamarca. El disfrute de los amores de esa región queda pendiente para una próxima vuelta... 


(Olvido una infinidad de escenas de estas 12 semanas; lo sé.
Realmente no hay mucho tiempo para el repaso ahora...)

Agosto, 20

-México, ¿por qué hasta México y no otro lugar?, preguntó un amigo cuando estaba por salir de Argentina en diciembre de 2015. El que respondió -intuyendo los intereses- fue otro de la mesa: -Porque ahí están los caracoles zapatistas, de las autonomías más grandes del continente.

La anécdota viene a mi mente ahora que armo otra valija. Suena Raíz, de Bomba Estéreo y el tema me acerca a mis últimas casas en Colombia... En el extremo norte de América Latina esperan Ju y Juanma, con quienes no nos vemos hace exactamente un año, desde que se fueron a vivir al DF.

     Para este nueva vuelta cargo el mate de cerámica hecho por las manos de la Ne, la amatista y el cuatro, hojas y flores disecadas para estampar, una fotografía de los últimos fuegos que encendimos en 2014 en la casa La Parra y las de siempre: una de la salida del sol en Amaicha un 1° de agosto, otra con Pau y mamá, postales de eee, las imaginarias de Alicia, pedazos del tabaquito cosechado por Je (precioso, tu cosecha está tan bien camuflada como esas florcitas que zafamos de la poli la vez que nos frenaron a la salida de Córdoba. Vos -además- sabés que a este viaje subís conmigo. Si hay alguien en el mundo con el corazón zapatista: ese sos vos. La inquietud mía es siembra tuya...). 

    Últimas cosas que guardo en la valija: libros de la caracola y la muñequita guatemalteca de Bren, el cuarzo rosa y unos cuantos cuadernos para seguir escribiendo.

Cierro la puerta de la habitación y la de la casa.
Echo una carta a Emi por debajo y camino el largo pasillo hasta la tercera puerta.
Abro, deslizo la llave hacia adentro y cierro.

Afuera, el curso natural de las tardes.
En el sur del sur falta poco para la primera.
La vida es una rueda imparable.
***

Sabores nuevos (y familiares) en el cuerpo

-Manzanas y peras al horno (Postre clásico de la Iaia):
Ahuecar las frutas, hundirles un pedacito de manteca, azúcar y un poco de agua. Llevar al horno por 20 o 30 minutos.

-Sopa crema de arvejas.
La distancia de Macu con la cocina me ha dejado una receta tan simple como maravillosa, con la que entibiamos casi todas las noches de nuestros dos meses de convivencia. “Hervís las arvejas con sal hasta que las puedas pisar”, fue la explicación que recibí.

-Guiso de lentejas (manos, creatividades y corazones eee, en particular del Juanma)
"Vamos a cocinar 300 gramos de panceta ahumada primero, para que nos quede esa grasa para cocinar todo y no ocupamos aceite... Para unas 20 personas: 1 kilo y medio de lentejas, 3 de papas, 1 de zanahoria, 2 de zapallo, 1 1/2 de cebollas, 1 cabeza de ajo, 3 de carne, 2 chorizos colorados. Más o menos por ahí estamos...", canta Juanma apenas pido un refresque de memoria culinaria. 
La preparación: primero doramos cebollas, ajo y carnes, después vamos agregando agua para cocinar las lentejas y las verduras, según su cocción. Zanahoria, zapallo y papa es un buen orden. Podemos agregar batatas (que dan una pizca dulce y pimientos de varios colores y sabores)

-Amargo Obrero y Fernelo (“fernet con pomelo”, Ru):
Hielo, una medida de Fernet o Amargo Obrero y el resto, gaseosa de pomelo. Para despertar el odio de todo/as lo/as fernetero/as ortodoxo/as, acá va la clave para quitarse de encima la coca y disfrutar la frescura de las hierbas de estos aperitivos.


-Tarta invertida de manzana:
“Ingredientes...”, recita Luci y me preparo para anotar una de sus mejores recetas con proporciones a ojo, como saben hacer las auténticas cocineras. “Aceite en la fuente, azúcar, manzanas, semillas de cardamomo peladas, jengibre a gusto, canela... La masa tiene que quedar rota, se llama masa quebrada y lleva harina leudante, azúcar, aceite, ralladura de limón y agua. Con eesa masa envolvés las manzanas que vas a poner en láminas en la fuente. ¿Horno? Hasta que esté dorada”.

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