sábado, 22 de julio de 2017

TRUENO 11

 LA BUENA ESTRELLA
Relatos tejidos en viaje por América Latina


TRUENO XI
México - Parte I


Fruta fresca

21 de agosto de 2016, Ciudad de México. Otra vez tengo marcas de mango en las piernas. Desde que empecé a comerlo, en diciembre de 2015, lo hago con todo el cuerpo; no sé hacerlo de otra manera. Me gusta morderlo sentada en el pasto, atravesar su carne con los dientes, llegar a la pepa grande y chuparle todo el jugo que cuelga de sus fibras. Ahí es cuando –distraída por el placer del gusto- el jugo rueda por las mejillas o cae directo a las piernas o los brazos. Recién al final, voy a notar qué partes de piel quedaron salpicadas por su naranja híper vivo; un naranja que se esparce por fuera y por dentro como un baño de vida. 

***

El silencio es parte de la respiración

Tlalpan, el barrio al borde de la Ciudad de México (CDMX) que eligieron mis amigos para hacer nido, es de una paz sin nombre. Con Juanma acabamos de comer, el sol se hace a un lado y resuenan los primeros truenos, anunciando el chaparrón que cae cada tarde en la época de lluvias. La última vez que estuvimos juntos fue hace exactamente un año.


Desde que lo conozco, disfruto las charlas que sostenemos. En realidad, lo que disfruto es la temporalidad que da a los diálogos… Juanma habla, piensa, habla y en el medio hay unos silencios que –cuando aprenda a escucharlos del todo- voy a alucinar. No es un desbocado como yo, por eso me gusta hablarnos, porque me descoloca. Siempre que creo que un silencio está marcando el fin de un tema, él remata con una reflexión o una pregunta que obligan a agarrarse fuerte del hilo de la conversación para responder... En eso me recuerda a Vito, mina que escucha con un nivel de profundidad que percibí pocas veces. Ella se toma un rato para decir… Es como si las palabras que recibe le transformaran todo. Pocas veces la encontré con algo premeditado. Las más de las veces construye su palabra después de masticar las mías. Eso es un diálogo, reflexiono ahora... Lo demás es soliloquio de yoismos.

            Esa tarde de reencuentro hablamos mucho sobre la sinceridad con los otros. “Y con uno mismo”. Su agregado se convierte en condimento fundamental. A Juanma lo encuentro en medio de la transición entre dos pasiones, la cocina y la investigación social. Dice estar contento por la experiencia que comienza: volver a la universidad, a estudiar... No sé por qué a él siempre lo vi de colores, en su más encendida versión rodeado de la química culinaria. Cuando explica una receta acentuando las proporciones importantes, cuando sazona, cuando pone samba y mueve el wok a ritmo. Esa misma vivacidad en los ojos se la descubrí una tarde que me contó cuando los y las vecinas del barrio de Nini, en La Plata, lo invitaron a chayar, a una ceremonia de agradecimiento a la Madre Tierra. (Quienes hayan participado alguna vez, saben que estoy hablando de una fiesta en comunidad, un día donde honrar la alegría que, si a alguno le falta, seguro te la contagia el de al lado). Agradecer a la Pacha es también ceremoniar la propia vida... Cocina, música y agite con gente, siempre con gente: ese es Juanma para mí. Uno de los locos que una vez abrió la casa que alquilaba y dijo “vengan los y las que quieran, hagámonos cargo colectivamente de estas paredes y creemos algo nuevo”. Así nacimos como En Eso Estamos y así la casa nos parió de nuevo a quienes la habitamos.
   
            -¿Y vos, no sentís que estás buscando algo? Su palabra -como una evocación- vuelve al hilo de la charla, obligándome a aprender que un silencio puede no ser un final, sino una pausa, un relajo, un momento para reunir energía o reflexionar o una transmutación también, quizá.
           
            -No sé… Digo descolocada por la pregunta y creyendo en mi sinceridad. –Desde que desarmé casa y salí a andar a veces, simplemente, voy. Claro que tengo planes, siempre. Viajando me di cuenta que soy mucho más estructurada de lo que creía.

            -Entonces ¿qué estás buscando? Repite tranquilo.
            -Experiencias nuevas… La forma en que una doña hace sus tortillas de maíz, las frutas que se comen en lugares distintos a los que nací, las tonadas y formas de hablar, cómo se saluda la gente en otras veredas y pueblos… Son fragmentos así chiquitos, que me sacan de los espacios y modismos que conozco. Cada vez que incorporo uno nuevo, recuerdo los míos, nuestras raíces y es una oportunidad para preguntarme cuál persona quiero ser ¿No te pasa algo así viviendo acá? Creo que lo que más me gusta de viajar es eso: la pregunta que brota cada vez que dejo entrar en mí una forma nueva… Atravieso algunas experiencias como juegos de reinvención, me gusta la idea de ir siendo… Al final lo que quiero, de verdad, es la vida sencilla. Una vida sencilla soberana y conscientemente elegida. No quiero un nombre en diarios, ni ser reconocida o referente. ¿Qué tiempo tendría para hacer dulces, para escribir, para tejer o coser cuadernos? Además, si alguna vez tengo hijos, quiero trepar a los árboles con ellos, regalarles algo de esa infancia de tiempos circulares que tuve, rodeada de calendarios de siembras y animales. ¡Lo linda que es la austeridad cuando no hay hambre!

            Mientras hablo como una catarata a la que le quitaron el cerco, Juanma se sonríe satisfecho. Su indagación –de apariencia suave e ingenua- parece ahora haberlo sabido todo desde el principio.

            -Hay pueblos del caribe colombiano que me enseñaron mucho sobre la valoración de la vida, la honra de la vida como situación cotidiana. Eso me emociona todavía cuando lo recuerdo. Chupar un mango es volver a ese estado, de trabajar conmigo misma para mantener la alegría. Hoy cuando te fuiste a cocinar al camión, me enchastré comiendo uno ¿Y sabés lo que sentí? Que volvía a respirar mejor, más limpio y profundo.

***

Tlalpan es un barrio de casas bajas y coloridas. Llegando, me cuentan que antes era un pueblo en los márgenes de la ciudad, que terminó anexado por la expansión del coloso DF: tercera ciudad más poblada del mundo, con 21, 5 millones de habitantes. Este dato estadístico, que leí antes de llegar, me asustaba bastante. Por suerte mis amigos, Juanma y Juli, eligieron ser “del campo”, como les bromean sus amigos, a los que voy conociendo con el compartir de los días. Maca, Eds, Ruy, Gime, Pao, son joyas de personas. Él y ella no podrían haber recreado otro ambiente que éste. 


            El lugar es tan apacible que, de camino al mercado, puedo oír mis propios clap – clap contra el suelo. Me gusta saludar a los señores y señoras de los puestos, comprar suelto y por atadito, pedir tortillas de maíz en un pequeño localcito donde las hacen a la vista, entrar a los bazares de usados y buscar una fuente de barro para la casa / nido de Ju y Juan… Tomar el metrobus y hacer combinaciones con el metro (subte) es entrar a la mole de cemento que Tlalpan hace olvidar y ahí, ya va siendo más parecido a estar en Bogotá o Lima… 


***


Una tarde cualquiera, en un parque tlalpeño, Eds, Maca, Pao y Ju se entusiasman con la idea de hacer una versión de Sí, esa cancioncita que escribí en el norte de Ecuador. Dos acordes en el cuatro, arreglos de guitarra, ramas, piedritas y cinco voces dándolo todo, rebrotan las experiencias de esos primeros meses de la Buena Estrella, entre el pacífico y las sierras de Sudamérica.

La semana vuela. Es 28 de agosto, fecha en que pensaba llegar Chiapas y decido posponer la partida hasta el 31.   


Retemblar Chiapas

“El zapatismo, allá en México”. Fue un amigo; ese que tiene el gesto, la acción y la humildad de lo que para mí es la revolución en estos tiempos, el que me habló con tanta sensibilidad de Chiapas hasta plantarla en mi corazón como una rueda irrefrenable. Es también responsable Raúl Zibechi, metiéndose en pleno año 95’ a la selva lacandona a vivenciar y escribir qué revolución se estaba cocinando allí. Fue Dani B también, por compartirme sus relatos, regalando así un par de alas. Fue Flor, soñando con llegar juntas y las horas con Dani A, en el tren de Buenos Aires a Tucumán, en que dibujamos en el aire todas las revoluciones para el alma y el cuerpo que necesitábamos darnos...

El 1 de enero de 1994, momento en que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) se levanta ante el mundo con su ¡Ya Basta! a los malos gobiernos, yo era una niña de siete años. Deberían pasar muchos más hasta que mis oídos pudieran escuchar la palabra zapatista. Cuando a los 17 años elegí el oficio de periodista y comencé a formar parte de la gestión de casas culturales, ferias editoriales autónomas y del Colectivo de Comunicación Socioambiental Tinta Verde (entre otros espacios); la palabra zapatista empezaba a emerger señalando que mucho más al norte, en nuestro continente, grupos de mujeres y hombres hacía rato estaban construyendo otro mundo. Su poesía y sus irreverencias, sus objetivos y sus logros, pasaron a ser alimento cotidiano para muchos y muchas en distintas partes del mundo. Nuestras causas y alcances eran -por supuesto- más pequeñas, pero ellos y ellas las alentaban a la distancia. Recuerdo cómo en La Plata (ciudad argentina que me nutrió de experiencias colectivas) nos reuníamos con amigos a leer los comunicados, que había frases que nos crispaban la piel al punto de mover mares de emoción. Con esa palabra nos alimentamos, sostuvimos sueños en pie cuando todo se ponía oscuro y así crecimos, terco/as en la convicción de que no hay horizontes o deseos inalcanzables… Cuando finalmente llegar a Chiapas se convirtió en realidad, algo dentro de mí se dispuso a cambiar para siempre si la experiencia así lo imprimía…

Estas secuencias vienen a mi cabeza como un álbum de fotos cuando se pasa rápido, ahora que es 1 de septiembre y hace 18 horas viajo en bus por México con dirección sur.
Mientras observo el reverdecer del paisaje por la ventana, recuerdo esas otras procesiones de horas y horas en buses y trenes por Argentina... Me gusta ver los carteles de la ruta, el campo ancho, inabarcable y las primeras señales de la pequeña ciudad asomando.

***

-Hey, vos, argentina; oigo apenas piso la estación de San Cristóbal en perfecto canto cordobés. Emilia viene con paso inquieto detrás de mí y comenta que compartimos el bus desde la capital. Ninguna tiene idea dónde está parada, entonces compartimos un taxi. Dos weras (“así nos dicen a las blanquitas acá”, señala Ju desde CDMX) recién llegadas deben ir a lugares cercanos, pensamos ambas. Intercambiamos números de teléfono y quedamos en vernos más tarde. Apenas son las 8 de la mañana. 
***



Vivo en El Cerrillo, la zona alta. Para bajar por ciertas calles hacia el centro hacen faltan buenas zapatillas. De golpe recuerdo los 4 mil metros de altura en la Paz, Bolivia, y recibo con optimismo los 2 mil de San Cristóbal. En esta primera vuelta, conozco a la que va a ser mi esquina favorita: Belisario Domínguez y Navarro. Hay una suerte de descanso en la que me gusta detenerme y ver cómo se extiende el pueblo calles abajo...

Pero mi destino es más arriba, entonces vuelvo a trepar por los pasos que dejé atrás y otra vez, al Cerrillo. Los pasillos del Mercado Central de San Cristóbal son los más angostos que vi. Los puesteros hacen zigzag con sus carros cargados de mercadería, por espacios en donde apenas caben dos señoras juntas con sus compras. En las afueras del viejo edificio se extienden mujeres y hombres con sus paños en el suelo ofreciendo frutas y verduras. 

Flores de calabaza

Sea lo que sea, todos los ataditos se venden por $5. Descubro los pimientos en sus múltiples formas y colores, naturales, secos y molidos. Está acabando la temporada de mangos y me apresuro en comprar dos kilos.


Me gusta perderme en los mercados de América Latina, pasar de la zona de calzado a la de gallinas, doblar a la derecha y encontrar montañas de especias desconocidas volcadas sobre mesones de madera. Me gusta que en Chiapas la Guadalupe (virgen de los humildes del continente, reconvertida por muchos movimientos sociales como la patrona de las resistencias) esté tan presente, en velas y sahumerios que se huelen desde lejos, en los monederos de las doñas y en la iconografía zapatista con el trazo de una Beatriz Aurora…  



A la tarde, cuando nos encontramos con Emilia, salimos a visitar casas y nos zambullimos en la idea de compartir hogar. Así llegamos a lo de Petra, a pocas cuadras en El Cerrillo. Apenas la mujer abre la puerta, limoneros, perales y flores de bugambilias se asoman y esparcen en un jardín central. A ambos lados de este círculo vegetal, dos casas se extienden en forma de media luna: la de Petra y la de su hija, que ahora está en alquiler. “Los cuartos son sencillos, una de las habitaciones tiene gotera y es la temporada de lluvias”, dice la dueña como alertando. “No importa, yo me quedo con ése. Pongo los baldes que hagan falta”, ofrezco embriaga por el verde de los árboles, sin prestar atención a la cara de pánico de mi nueva amiga.


Emi sugiere que sigamos mirando y cualquier cosa… volver. Ella estaré tres meses en el pueblo y yo, cuatro. El rally continúa en las afueras de la ciudad y más tarde se sumará Junia, una brasilera dulcísima, que se nos presenta diciendo que con ella no nos va a faltar para fumar.
Por indicaciones de otra argentina, caminamos y nos perdemos hasta que se nos seca la lengua. Estamos tratando de llegar al complejo Aurora, una suma de casitas llenas de plantas también. Cuando estamos por dar el brazo a torcer, mareadas en medio de una avenida cercana a la terminal, donde los choferes nos llaman a gritos para llevarnos a destinos desconocidos que no estamos buscando, alguien nos da la décima octava y certera indicación.

Descansamos en la palapa (quincho en argento criollo) central del patio. Las tres estamos más enamoradas de Aurora que yo de la casa de Petra. El dueño aún no llega y eso nos da tiempo a hablar sobre la fiesta que sería vivir acá: los asados que podemos hacer en esta parrilla, los fernet y las caipirinhas, de lo lindo de que te dé el sol de la mañana en la cara en este patio, mientras estás escribiendo, tomando un mate o regando alguna planta.


Por unos minutos, quedamos en silencio con ese jardín… Me gustan las escaleritas que van hacia arriba, a las casas del primer piso. Desde donde estoy sentada, veo una en particular y me imagino subiendo… Hasta que llega el don y su mujer de pocas palabras e informan que la vecindad está a tope; que quizá en octubre algo se desocupe… Así acaba la búsqueda de esta jornada. Semanas después, con más confianza de por medio, Emi va a confesar que ese día creyó que yo estaba un poco loca, que fue consciente de eso cuando se vio montada a un taxi, en las afueras de la ciudad, yendo a ver una casa construida en perfecto super adobe y se encontró preguntándose: “¿en qué momento y cómo llegué acá en mi primer día en el pueblo?”. La decisión sobre el hogar va a quedar en suspenso unos días. Mientras Emi decide dejar el hostal y pasarse conmigo a la pensión de Amalia.  

***

Otra tarde, caminando juntas el centro, vamos a recibir un primer shock sociopolítico: la hiper explotación de San Cristóbal como pueblo mágico, campaña del gobierno para invisibilizar al movimiento social del que Xochitl va a hablarnos tanto. El pueblo está cruzado por dos andadores (peatonales), en uno de ellos hay locales de grandes marcas e instalaciones que intentan emular shoppings citadinos. San Cristóbal tiene apenas 180 habitantes, es una localidad entre cerros que hace que las calles suban y bajen, las veredas son angostas y a la mayoría les falta obra pública. Chiapas es uno de los estados más empobrecidos y abandonados de todo México; pero la promoción del turismo internacional es feroz. Las familias locales viven de vender productos a los visitantes, ya que en su mayoría los hoteles y comercios más importantes pertenecen a gente de fuera. Si una llega y cuenta con pocos días, va a encontrar que todo está hecho para que el/la viajera haga ciertas rutas: Palenque y las ruinas Mayas, el Cañón del Sumidero y algo de la Selva Lacandona. Belleza natural sin pulso social, exotismo congelado para los disparos fotográficos foráneos. Quienes intenten ir más allá, podrán llegar hasta Oventik, el caracol zapatista más cercano, conocer alguna tienda de las comunidades y regresar. Gobierno y empresas turísticas privadas han capturado parte de la mística chiapaneca en postales que se pueden comprar a bajo costo en esas calles céntricas que replican un cosmopolitismo de ficción y que desaparece seis cuadras más arriba o más debajo.

Con los días voy a entender que “Guerra de baja intensidad”, como escribirá Xochitl en la pizarra de nuestro taller es, en parte, esto: mostrar a Chiapas como un centro de consumo y exotización. Muchos años antes, cuando ni siquiera imaginaba la posibilidad de llegar hasta acá, oí a una chica que volvía de su luna de miel decir: “del zapatismo sólo queda la estampita, la postal, algún dibujo. El zapatismo no está más. Es iconografía”. Recuerdo cuánto me revolvió esa apreciación y el esfuerzo que hice por no creer que fuera así. Hoy, caminando estas calles, recuerdo sus palabras (las de una chica recién casada que estuvo unos pocos días) y lamento lo efectivas que pueden resultar las campañas desde el poder para aplastar a los movimientos. El EZLN contó y sigue contando con la solidaridad internacional, además de sus propias fuerzas para sostenerse, crecer y avanzar. Por esto no es casual que el Gobierno Federal tenga a San Cristóbal como un punto neurálgico de su ruta de Pueblos Mágicos.



Las memorias y el sentir como resistencias

I
“No giramos alrededor de lo individual, sino de lo par, de la dualidad. Son cuatro los sostenedores sobre los que se apoya el universo. No son los cuatro puntos cardinales, aunque coincidan. Son las cuatro parejas del mundo”. Con estas frases, Aura nos comparte la cosmogonía Maya presente en el Popol Wuj, una obra en lengua Kiche, aparecida entre 1554 y 1558, que ella reconoce como “mítica e histórica”. Desde su Guatemala natal, indaga el Popol Wuj para saber cuál era el vínculo entre los géneros antes del esparcimiento rotundo de la colonización y sus efectos: “La invasión provocó destrucción de la historia, la memoria e instaló la vergüenza y el miedo por el pasado. La negación del pasado mutila a un pueblo (…) La gente es un ser más y siente la vulnerabilidad de ser destruida por todo lo que le da vida si no se comporta bien”. Así comienza mi acercamiento a las clases con Xochitl Leyva Solano.

            II
“México: guerra prolongada de desgaste”, escribe en la pizarra después de nueve horas del taller en el que participamos cinco estudiantes.  Es increíble la energía y entrega de esta mujer hacia nosotros/as. “Cómo vamos a trabajar, para qué, para quiénes, con quiénes y contra quiénes”. Sus preguntas quedan resonando en la habitación casi desnuda. Acabo de ser incorporada a un grupo de reflexión sobre metodologías activistas, que alteró el programa de estudios del año en CIESAS - Sureste y que, de tanto insistir, mis compañeros y compañeras lograron un espacio. Junto a ellos y ellas redescubro que mi punto de partida para la historia sobre la lucha de las asambleas del noroeste de argentina contra la megaminería que quiero escribir es la crónica histórica. Seguir el camino del oficio periodístico es entonces la primera guía. Nuestra tutora no cobrará por dar este curso; a pesar de eso está entregada hace nueve horas, de pie, inquieta, de un lado a otro de la pizarra, apuntando con atención cada frase que decimos y que ella considera nodal de nuestras búsquedas. Es una psicóloga para la subversión metodológica. Me gusta verla desmenuzándonos.
Cuando encuentra algo que para ella es una gema, la anota con trazo certero y pide que tomemos fotos. Ante todo, cree en cada uno/a y sus inquietudes, dice los elogios antes que las críticas y es dulce en transmitirnos las últimas, para que nos sirvan como herramientas con las que seguir trabajando. Nunca antes viví clases así. De alguna forma siento que representamos algo de su esperanza en las luchas que viene dando dentro y fuera de la academia. Sueña otros mundos, ella y alienta a que otro/as desplieguen los suyos.
Yo soy las asambleas”, cuando -temblorosa- expreso esto una mañana, Xochitl apunta “voz entrecortada, se oyen truenos”. Es la primera vez que me presento así en un espacio universitario.
Todo aquí va a ser un ejercicio de corrimiento y desnudez política, epistémica, emocional, metodológica y espiritual sin pausa.

III 
¿De dónde vengo? ¿Cuáles son mis raíces? / ¿Quién soy hoy: como persona, desde mi identidad étnica-cultural, como miembro de una organización o grupo artístico-cultural? / ¿Cómo empecé a hacer lo que hago? ¿En qué situación personal y política lo inicié? ¿Cómo contribuye nuestra obra (artística, comunicativa, académica) al desarrollo de la comunidad y la humanidad? / ¿A dónde voy con mi quehacer? ¿A dónde va el pueblo al que pertenezco?”; son las preguntas que vamos intentando respondernos, poco a poco.

Junia se crió en el nordeste, una zona discriminada por las capitales de Brasil. Creció acompañando a su madre en su trabajo con comunidades indígenas de la región. Sus experiencias de niña, hicieron que se interese por la temporalidad cíclica del mundo indígena y los caracoles zapatistas. Se pasó la adolescencia leyendo cada comunicado de resistencia del EZLN, soñando también con llegar hasta acá algún día.
Betto nació en México y se reencontró con su identidad Maya de grande, aprendió la lengua y hoy trabaja acompañando la defensa del territorio ejidal en el estado de Yucután, con las comunidades de Chablekal, Halacho y Kanxoc. Está presente en la medición topográfica de los terrenos amenazados y apoya a testigos en las audiencias, con la intención de realizar una cartografía social desde la memoria de los y las pobladoras.
Tere creció en las afueras de CDMX, pero los giros de su familia la llevaron a Suecia más tiempo del que hubiera querido. Lejos, se dio cuenta que quería ser tan mexicana como pudiera. Regresó para no irse, dice, y se involucró también en las luchas territoriales. Ella sigue de cerca el proceso de construcción de carreteras que podrían afectar al pueblo de Bachajón.
Carlos, es el más chilango (forma de identificar a los que vienen de la capital) de los tres compas mexicanos. De él voy a escuchar tantas veces el lunfardo “wey” para hablar a sus amigos, que casi voy a creer que no nos fuimos de CDMX, de él van a venir también las reflexiones más emocionantes durante nuestro taller. “Yo soy nieto de desterrados”, el día que respiró hondo, sembrando un silencio, que duró lo necesario hasta que esa frase pudiera emergerle, comprendí por qué eligió trabajar con familias desplazadas por el conflicto dentro de Chiapas. Carlos va a hablar con imágenes, a través de una fotografía social de la cual es imposible quedar ilesa. Él va a recordarme a la sensibilidad con que anda un Dani Ayala por el Norte Profundo argentino y a la importancia de llevar con humildad nuestras raíces. 

Somos Brasil, México, Argentina. Algunos de los interiores, otros nacidos en capitales. Chiapas nos reúne en una la misma admiración del proceso de organización zapatista. Días después vamos a conocer a quienes completan el grupo: Vero, una chilena que ríe con una alegría contagiosa y trabaja en la defensa del bosque Mapuche, a Jan, un polaco atraído por el autogobierno zapatista y reincidente en Chiapas, el que cultural y geográficamente viene de más lejos y más rápido toma las formas del lugar y a Axel, un alemán converso, que hace años se enamoró de esta tierra, la abrazó hasta convertirla en hogar y hoy trabaja en antropología visual con comunidades de la zona.
  
Todo/as acá empezamos a entender que para subvertir los modos de hacer ciencia necesitamos, como en toda lucha, colectivizarnos. “Es vital generar comunidad aquí también. Si no trabajan, las cosas van a quedarse en el mismo lugar”, recuerda Xochitl. No habrá un encuentro del taller en que no llore, las exposiciones de mis compas, las propias, las guías de nuestra tutora. Todo aquí moverá fibras íntimas, profundas. Somos, en parte, lo que investigamos. Y lo que investigamos dice de nuestra historia. Acá redescubro también que trabajar con luchas territoriales tiene que ver con haberme criado en el campo, con una madre no reconocida como trabajadora rural en los estatutos por ser mujer. “Sólo podemos anotarla como cocinera”, le dijeron cuando fue a inscribirse. Pero eso no era ni por asomo su única tarea. Y entonces salió de la oficina sin obra social, sin aportes y con su dignidad al hombro. Fue por 18 años campesina en soledad; levantó huertas y siembras rotativas, sostuvo ovejas, cerdos, vacas y un tambo lechero, hasta que el neoliberalismo de los años ’90 lo hizo insostenible. Aprendió veterinaria en la práctica, a leer las necesidades de la tierra y los mensajes presentes en las huellas de los caminos. “Ellos siempre te dicen qué pasó antes que vos”, dijo esa tarde de 2015 en que volvimos juntas al campo, después de 11 años de habernos ido de Junín. En ese viaje me di cuenta que –de alguna forma- nosotras también fuimos unas desterradas por ese modelo que quiere campos sin gentes, para que se expanda el mar verde de la soja transgénica. Y en estas largas jornadas compartidas en Chiapas, voy a encontrar la vinculación entre aquellas memorias y las causas con las que una vez elegí trabajar.  

***

Viajar por las redes

Salir del territorio conocido implica siempre ir en busca de algo, aunque no se sepa exactamente qué. El desarraigo o la distancia física con personas y proyectos, es el costo emocional que una debe afrontar cuando decide irse. Para evitar la angustia o esos huecos que puede generar estar lejos, me esfuerzo por generar hogar a donde llego. Recrear entornos humanos de calidez es parte de una estrategia de sobrevivencia, para que la distancia con las personas y proyectos amados no pese, sino que impulse.
Yo viajo con La Caracola en el corazón: un sello comunitario de libros que creamos con un grupo de hermano/as en 2014, en Argentina. 


Nuestra editorial nace en la ciudad de La Plata (provincia de Buenos Aires) y se difumina por el Noroeste, la Patagonia y en las muchas ferias del libro independientes y autónomas (FLIAS) que brotaron en el sur del sur desde el año 2006, en que vario/as editores/as se opusieron a la mercantilización editorial de la tradicional feria del libro, realizada en el predio de la Sociedad Rural Argentina (SRA, uno de los máximos representantes de la oligarquía nacional en la Capital Federal). En esa primera FLIA, un grupo montó puestos al aire libre, frente a la vereda de la SRA, difundiendo otras formas de hacer y compartir cultura. La iniciativa se transformó en una semilla que terminaría regada por todo el país y gran parte de América Latina. En 2009 varias de las personas que hoy formamos La Caracola, arrancamos las ferias en La Plata y por esto decimos que la editorial es hija indudable del espíritu fliero.


Llego a San Cristóbal sabiendo de la existencia de una FLIA y no pasan más de tres días hasta conocer personas involucradas. Bajando por mí ya preferida callecita Belisario, llego a la librería La Cosecha, donde conozco a Rosa y Marc. El y ella son parte de la editorial cartonera Pensaré, que replica obras en versiones económicas. Pensaré trabaja con el recicle de cartón para las tapas, en vinculación con otros sellos de la región y el continente; además de tener compañeros del otro lado del atlántico; específicamente en la ciudad de Valencia (España).

Más allá de las geografías, en las FLIAS coincidimos en la difusión de materiales gráficos con licencias libres -Copyleft-. Sabemos que toda creación es social, cultural e hija de una serie de producciones anteriores y que por esto no deben ser privatizadas -como los ríos, lagos y montañas- con patentes cerradas como las impuestas por el copyright. Esto no quiere decir que el o la autora no puedan vivir de su obra; de hecho mucho/as editoras que integran la FLIA lo hacen y con esto desenmascaramos a uno de los mayores engaños de la gran industria editorial. Estamos convencido/as que no es justo penar a quien no cuenta con el dinero para comprar un ejemplar y por esto nos oponemos a una de las frases más difundidas por el empresariado: “fotocopia mata al libro”. ¿Cuántas personas hemos transitado nuestros estudios gracias a las copias? Trabajar con licencias libres no trata de ninguna revolución: es simplemente un acto de honestidad intelectual.

 
Hablando de estas y otras cosas, empiezan a pasar las tardes en el cotidiano del taller de libros al que Ro y Marc me suman como encuadernadora. A cambio, puedo imprimir en la máquina del altillo. Recuerdo el primer encargue que llega: un maestro quiere 20 Memorias del Fuego de Galeano, cosidas a mano para trabajar con sus alumnos.
Me gusta coser los pliegos con firmeza, imaginando los rostros de quiénes van a leerlos. Me gusta pensar que Galeano llegue a 20 chicos más, como una vez llegó a mí, dando vueltas mis formas de ver y sentir para siempre.

Lo onírico 6 de septiembre
Una mujer con una energía muy fuerte está parada en la arcada de mi habitación, en la pensión de Amalia. Debo mirarla, pero no indefinidamente. Algo me dice que debo cortar la conexión visual cuando sus ojos se tornen negro o verdes; no recuerdo exactamente. Tiene el pelo recogido, en ondas que parecen serpientes y una piedra verde brilla en su frente.

Lo onírico 7 de septiembre
Me meto en una casa de la que tengo llave en Argentina, pero que no es mía. Parece la vieja escuela de teatro de Junín. Ahí dejé olvidada mi computadora, el tabaco y el mate. Mi vieja avisa que es el último llamado para que suba al avión a México. “No puedo irme sin mis cosas”.
Escena seguida: mi viejo, con el que no hablo hace años, me lleva en su auto a dos casas a donde creo haberlas dejado. En la segunda, las veo por la ventana.

A la mañana, con el primer matecito tibio entre las manos, cuento a Emi que no recuerdo si finalmente tomé las cosas y entonces practico un consejo de mamá: “Visualizá cómo querés que siga la historia”. Desde que llegué, recuerdo los sueños de todas las noches. Lo cierto es que estoy anotando poco. La intensidad de esta primera semana, me lleva a hacer otras cosas en lugar de croniquear.

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La telaraña onírica se aleja pronta. Las dos estamos ansiosas por salir al mercado y buscar la combi hacia Colonia Nueva Maravilla que nos lleve a la Universidad de la Tierra: referencia del zapatismo en las afueras del pueblo, que hace poco tiempo se declaró territorio autónomo del gobierno, de la mano de los cinco caracoles zapatistas.
El CIDECI – Unitierra es un espacio de formación multidisciplinaria que recibe a centenas de solidarios/as con la causa, además de funcionar como escuela de oficios para jóvenes de las comunidades indígenas de la región. Abierto de forma permanente, realizan distintas actividades, entre la que se destacan los Seminarios de los jueves donde se comparten noticias de la región, el país y el mundo en tzeltal y español. Acá, además, va a celebrarse el V Congreso Nacional Indígena (CNI) y mucho/as estamos a la expectativa de que llegue octubre para participar de este evento que va a reunir representantes de distintos Pueblos de México.

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Estampa de la Guadalupe en los buses

Dentro del pequeño vehículo, las monedas de quienes van sentados más atrás avanzan en un pasa manos hasta llegar al hombro del conductor. Me gustan esas pequeñas solidaridades instituidas en reductos tan cotidianos, me gusta encontrar cómo en muchos lugares un viaje en transporte público todavía no se ha transformado en una experiencia individualizada. Me gusta lo que hacemos y lo que somos cuando falta la máquina, la que traga monedas: nos necesitamos. Necesitamos mirarnos, tocar el hombro de al lado para pedirle el favorcito, “que si me cobra uno” y quizá eso haga que empecemos alguna charla, “qué de dónde es usted señorita, qué a dónde va usted doñita”, mientras las monedas hacen su trajín de ir y venir, hasta el fin del recorrido.

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A pie por el barrio, busco alguna fachada pequeña que nos indique el lugar que buscamos. Mi imaginario sobre la estética de los espacios de la resistencia se resume en esto: los sostenidos con mucho amor, a pulmón y pocos recursos. El CIDECI va a trastocar por completo esta idea. En un predio inmenso se distribuyen muchas casas que funcionan de aula taller y otras de viviendas para las 150 personas que estudian allí. Este es un territorio libre, con todas edificaciones necesarias y lleno de espacios verdes, donde funciona un proyecto socioeducativo inmenso, basado en talleres de oficios: herrería, carpintería, música y luthería, mecánica y panadería, zapatería, biblioteca y editorial, telar, bordado y costura y producción agrícola agroecológica. 
Sala de tejido en telar.
La gente nos cuenta que los cursos tienen un doble rol: formar a los y las estudiantes y generar un autoabastecimiento de casi todo lo que una puede observar allí. Los grandes complejos donde están instaladas las escuelas – taller, los salones de reunión, el comedor, los baños, habitaciones y cocina cuentan con equipamiento producido en y por CIDECI.
Comedor: el equipamiento es producido en los cursos de carpintería, telar y herrería.
Caminar esa obra, guiada por uno de los estudiantes de música, una mañana de septiembre silenciosa y observar las grandezas que son posibles de construir cuando un colectivo humano se compromete con un proyecto en el tiempo, es otra de las impresiones fuertes de la llegada a Chiapas. “Y que quede claro, no tenemos nada que ver con el gobierno, ni ong, ni queremos saber de ellos. Todo lo que ven aquí es producto de la autonomía. Aquí hay una postura política tomada, no hay medias tintas: estamos con los y las zapatistas”, explica con dulzura el profesor Raymundo.

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La visita finaliza, pero no podemos irnos. Algo nos detiene, a Emi y a mí en el centro del parque. En silencio observamos quizá un punto perdido del horizonte, algún aula taller o los dibujos y murales que se multiplican por el espacio. Cuando le dirijo la vista, ella me está observando, como sabiendo que es necesario encontrarnos en una mirada. De pie y frente a frente, lloramos. Al abrazarnos, percibo cómo nuestros cuerpos tiemblan un temblor parecido.
-Agradezco que estar acá con vos, dice apretando su pecho con el mío, en un gesto tan sentido que me entrego a su abrazo. -Las experiencias son siempre mejores compartidas, coincidimos. Esa mañana sellamos una complicidad que va a trascender las geografías.

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El sábado 10 amanece torrencial. Emi se levanta tarareando una canción que no recuerdo y hace una tortilla de verdura que le queda tan bonita que da pena comerla. Mientras Junia, armada con paraguas, se camina todo el pueblo en busca de cachaça. Hoy tenemos un almuerzo y la brasilera está loca con prepararnos caipirinha. Cuando Vero, Emi, Junia y yo nos encontramos, ya todas escuchamos el audio con coordenadas para llegar a casa de Xochitl. La salida será un desfile de platos, tupper, botellas y bolsas con hielo y limas, bajo la lluvia.
Me voy enamorando de esta tribu de mujeres sudamericanas, de cómo ríen y cómo bailan. Me gusta vernos moviéndonos con comida de una casa a otra, recreando una especie de comunidad.



La sonrisa que descubro en Junia picando hielo será in-des-crip-ti-ble, sólo comparable a las de las noches en que, al grito de “piso, piso, piso”, nos hará menear hasta el suelo y aguantar ahí abajo hasta que las piernas digan basta. 

“Los hombres llegan tarde”, bromea Xochitl mientras ve llegar a Betto y Carlos, acompañados por Tere, y a nosotras deambulando en la cocina con la primera tanda de caipirinhas. Ahora, truena y cae agua a baldazos. Axel, su compañero, vendrá más tarde. “Podemos empezar sin él”, anuncia la dueña de casa. “Pero nos falta el compa de Polonia. Anda perdido, tratando de llegar”. Jan aparece en la escena pasado por agua y hace tiempo de tender algunas ropas, antes de que Junia le encaje uno de sus tragos de bienvenida.

La tertulia va a durar hasta que oscurezca. Antes de irnos, acordamos que en dos semanas viajaremos juntos/as a la Comunidad de Francisco I Madero, en la región de Palenque, a colaborar en su encuentro previo a la Cumbre de Comunicación Indígena que va a celebrarse en Cochabamba, Bolivia, en noviembre.

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Esa noche, varios nos encontramos en un bar del centro donde una banda toca un repertorio de cumbias latinoamericanas. Jamás podría contar la cantidad de piñas coladas que tomamos. “Esos no son tragos, son caramelos”, jode Emilia mientras sacude la cadera en medio de un mar de gente. A las doce de la noche, tenemos las pieles brillantes de tanto movernos. No recuerdo en qué momento empezamos a bailar con Jan a un lado del grupo, ni cuándo nos besamos; sólo sé que bailar salsa con él es más fluido y natural que parece ser de los sures del mundo.
Emilia pide un brindis por las mudanzas, en diez días nos pasamos a lo de Petra y está feliz. Junia vendrá cerca, a una casa que viene deseando desde Brasil, también en el barrio de El Cerrillo. Borrachas, con la cordobesa enumeramos los platos y tazas que vamos a comprar y -alentada por la idea de armar un hogar-, robo un florero con flores incluidas. “Para ir teniendo algo”, digo mientras me apresuro en guardarlo en la cartera y nos alejamos riendo calle arriba.



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En la Cosecha todavía nos quedan unas doce Memorias del fuego por armar. Marc pone música con ritmos africanos, mientras Ro y yo entramos en trance de costuras. Jan llega y acompaña el final de nuestro trabajo en silencio, apoyando apenas sus dedos sobre los cuadernillos cuando debo tirar fuerte del hilo. Escribir y ser cosedora son oficios que dialogan y en ese cruce, me encuentro como en ninguna otra tarea. Pienso, cerrando el último libro, que alguna vez quiero animarme a vivir de esto… 

Ese día duermo en una de las casas de Aurora, en esa puertita escaleras arriba, que me detuve a mirar tardes atrás, mientras con Junia y Emi esperábamos saber si habría lugar para nosotras.
De noche, el lugar es tan bello como de día. Las bugambilias blancas son más intensas, el césped está recién regado y siento el olor a tierra húmeda. Esa madrugada empezará una continuidad de sueños con árboles altos y bosques que no reconozco bien.

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En la mañana siguiente se confirma mi viaje a Guatemala. Ahí espera Bren, para conocer su lago Atitlán del que hablaba con tanta añoranza cuando estábamos en Argentina… A la vuelta, vamos a tener nuestra casa con Emi, vendrá también el trabajo en la Comunidad de Madero, la continuidad de esas clases maravillosas donde desarmamos búsquedas y biografías y las tardes de cosedora.

A días de haber llegado, siento cómo Chiapas se abre a mí como si hubiera estado esperando, como si supiera que era 2016 y no dos años antes (como había planeado) cuando debía llegar. Redes y personas con las que voy a formar una familia - abrigo estos meses, aparecen de inmediato. Los seminarios en la Universidad de la Tierra – CIDECI, la asociación Civil Fray Bartolomé de Las Casas por la que terminaré viajando al Caracol I – La Realidad, el encuentro con esa cordobesa sin la cual mi experiencia en Chiapas no podría contarse, las ferias de libros independientes desde Argentina a México que cruzan mi camino con el de Ro y Mar, y con ellos, la vuelta al oficio de cosedora y el taller de investigación y acción colectiva, son algunos de los escenarios y personas fundamentales de esta experiencia que agita desde los cimientos, sabiendo que dejará poco intacto en mí. “Estoy dispuesta a dejarme transformar para siempre”, recuerdo haberle dicho a una amiga un día antes de subir al avión, cuando preguntó qué sentía sobre este próximo destino.

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El 14 a la noche Emilia vuelve a pedir un brindis. “Esta es la última noche que estamos juntas acá, cuando vuelvas ya vamos a tener casa”. A esta altura en la pensión de Amalia, montamos un comedor improvisado en mi cuarto. En la mesita hay un vaso de fernet Gagliano, variedad que aprendemos a saborear y valorar por su precio bajito, un vino tinto del sur, unas cervezas mexicanas y -por supuesto- el florero, orgullo de la habitación.

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-¿Cómo nos encontramos nosotros? Pregunta Jan, antes de dormir.

-Mmmm… por Xochitl, trabajamos con ella. 
-Sí, sí. Asiente reflexivo. -Pero ahí hay más gente. ¿Cómo nos encontramos nosotros?
-¿...en el bar? Tanteo. -Antes o después de robar el florero, bailando o cuando nos besamos
Se queda meditando un poco más hasta que, como si hubiera hallado una revelación, dice
-Entonces, un baile, un beso, un robo. Así nos encontramos. 

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A las 7.30 vendrá la combi que me lleve a Guatemala. 

A las 6 suena un despertador. “Mejor más tarde”, digo dormida. A las 6,30 el ruido, otra vez y me engaño con que el mío va a sonar 6.50. Abro los ojos y estoy riendo a carcajadas. Jan pregunta qué pasa y dice que le cuento una historia.

Lo onírico - 15 de septiembre
Estoy caminando por un bosque hasta que me hago vieja, veo cómo el pelo se me va poniendo blanco en el andar y salgo por el final de ese bosque hacia otro espacio que no sé cuál es.

Aunque él no lo nota, sigo dormida. La segunda vez que me despierta, dice que sigo riendo. “¿Todavía estás en el bosque?”, pregunta. “Sí”, respondo y parece que esta vez no describo nada. En la escena siguiente sueño que despierto justo antes de que el chofer del bus toque la puerta.

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 Son las 7.28 y abro definitivamente los ojos. Salto de la cama y corremos a la puerta. Un hombre de gesto simpático, de nombre Wilfredo, toca el timbre y dice “arriba, a Guate”.    

Hoy es día de la independencia a ambos lados de la frontera y se esperan festejos, desfiles y “trancones en el tráfico”, anuncia el conductor mientras hace un tetris con las mochilas. “Y tú tienes que llegar a Antigua, son 12 horas. Saber si haremos a tiempo…”.



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