lunes, 20 de noviembre de 2017

TRUENO 12


TRUENO XII
Guatemala y México – Segunda Parte



(nota al pie[1])
septiembre - octubre / 2016

Padre - patria - limbo
Wilfredo, el chofer del transporte pequeño que hace el trayecto Chiapas - frontera con Guatemala, opina que voy a necesitar regresar a este lugar a renovar mi estadía. “Aquí vienen todos a lo mismo, por papeles”, dice mientras maneja despreocupado y ofrece encargarse de alguna futura actualización sin que necesite volver a esta frontera. “Por la mitad de este pasaje, te lo hago, los chicos de migraciones son amigos. En México, si hay plata bailamos todos y si no hay plata, aprendemos a bailar para conseguirla”.
Estamos varados en esa franja invisible que divide un país de otro. Hace rato tengo sellado el pasaporte. Wilfredo baja del vehículo, busca con la mirada a su compañero del lado guatemalteco. Tendría que estar acá para hacer el primer transbordo de cuatro hasta mi destino: Antigua Guatemala. Pero el compa no aparece… “Son las fiestas de este lado y también de allá. Pero nosotros trabajamos igual”, resopla. Mientras lo escucho, pienso que esta noche México va a dar su tradicional grito patrio de cada 15 de septiembre. Hoy cumple 205 años y Guate, 195.
            Del lado mexicano hay poca marca humana en el paisaje, apenas las casetas de migraciones y un bar, del lado guatemalteco se levanta una construcción de concreto habitada por una feria. Son hileras de puestos: golosinas al por mayor y ropa interior, tamales y zapatillas, vestidos brillantes y cambio de moneda.

-¿Va a participar de las celebraciones de la independencia?, pregunta un chico a un señor, mientras espera su dinero en guatemaltecos. Me detengo en el gesto, quizá intenta ser amable, obtener un buen cambio o simplemente abrir una conversación para matar el rato.

El don está concentrado. No levantará la vista ni responderá hasta terminar de contar los billetes. – 50 dólares, 300 quetzales ¿Qué independencia…?

Imagen: thefamilywithoutborders.com

            El tiempo pasa lento, tan lento como en esos espacios donde pareciera no haber. Desde donde estoy sentada puedo observo a un hombre durmiendo sobre sus bolsos a la par de un puesto de accesorios celulares, la firmeza con que una mujer ata tamales con un hilo antes de echarlos al hervor del agua; mientras la calle es un deambular de señores bajitos con carteles que ofrecen pesos de distintos países. Al otro lado de la doble vía, se extiende la cola de quienes salieron de México y esperan entrar a la pequeña oficina de migraciones de Guatemala.
“Nada qué hacer, cuatro horas de espera”, anuncia Wilfredo. “Y usted, a Antigua no llega”, dice dirigiéndose a mí. “Perdemos todas las conexiones. Se queda en Panajachel, junto con los otros”. Acepto con el silencio de quien no sabe nada, pero entiende que esa es la única opción. “Cuatro horas más”, continúo oyendo la voz del chofer mientras se aleja. El tiempo pasa lento, tan lento como en esos espacios donde pareciera no haber.

***

Panajachel. No tengo la más remota idea de su ubicación en el mapa. Es la primera vez que oigo su nombre. Panajachel, ¿habrá un lugar donde pasar la noche? ¿Estará cerca o lejos de mi destino? ¿De qué color será Panajachel? No lo sabré al llegar, será de noche…
Al borde de la patria - padre – limbo, Wilfredo despierta de su siesta por una palmeada en la espalda. Llegó el responsable del primer transbordo. “Arriba, las pertenencias, buen viaje, con él continúan”, anuncia rápido, antes de perderse entre la gente dando pasos hacia atrás hasta el lado mexicano.    

La Libertad – Huehuetenango


             -¿En qué lugar del mundo estamos? Pregunto al despertar, aún en viaje, mientras la inmensidad serrana me devora desde el otro lado de la ventana. El chofer sonríe por el espejo retrovisor y pronuncia “cerca de La Libertad, en Huehuetenango”. Más adelante, en el departamento de San Marcos, atravesamos una parte de la Sierra Madre: forma en la que Guate llama a la cordillera centroamericana que se extiende por el sur de México, El Salvador y Honduras. Sigo algo dormida, pero alcanzo a oír: Sierra Madre. Lo cierto es que me gusta cuando la nombran y estoy entre dormida, es como un arrullo.

          El celular está muerto. Ni internet, ni señal alguna. Ania y Pablo esperarán en Antigua a las 21hs. Debo avisarles que hoy no voy a llegar, que duermo en Pana; como me enseña a decirle cariñosamente un chico de Guadalajara. En la combi sólo hay un móvil para comunicarse con la empresa de transporte. Entonces echamos uso del recurso. A los 15 minutos, ese móvil -más parecido al ladrillo movicom de mamá de fines de los 90’ que a cualquier aparato de 2016- suena. Es la voz dulce de Ania. “Amiga, te han prendido los trancones festivos. ¡Pana es bellísimo! (Ella dice el Pana cariñoso también) Toma una lancha y elige uno de los pueblos que están al otro lado del lago. Te buscamos allí mañana”.

***
           
Panajachel es verde, marrón, azul, mira a un volcán dormido y al lago Atitlán; ese lugar que mi amiga nombraba cuando vivíamos muy lejos de aquí, en Argentina. En aquel tiempo sólo escuchaba su nombre: Atitlán, Atitlán, Atitlán. Debajo hay una ciudad perdida, restos de restos alguna vez habitados por personas antiguas.
Cruzo al pueblo de San Marcos en una pequeña lancha colmada de turistas e isleños que regresan a sus casas. En 24 horas paso de escuchar las lenguas Tzotzil y Tzetzal de Chiapas al K´iche y Kaqchikel de esta región de Guatemala, mezcladas con alemán, castellano e inglés.
  
            A las dos de la tarde mis piernas se hunden por primera vez en el agua cálida del lago. El silencio reina en el pueblecito. Es tiempo de descanso y el volcán parece más impotente… Alguien se acerca corriendo por detrás y me tapa los ojos. Son las manos tibias e inquietas de Ania, que al instante se apuran en bajar por mi espalda hasta abrazarme.
  
Desde la última vez que nos vimos su vida cambió radicalmente, por suerte ninguna de las revoluciones que ha encarado alteró su espíritu alegre, esa templanza, esa capacidad profunda de expresión y de escucha que pocas veces encontré en otras personas. Sin dudas, reencontrarla merece hacer cien veces el largo trayecto para llegar hasta acá.
Con su Atitlán de testigo, se nos irán varias horas conversando sobre la que implica vivir hoy en Guatemala ciudad y sobre la realidad que su compañero ve cuando viaja al campo. En 2015, después de una sucesión de hechos de corrupción, el país se levantó en una pueblada que destituyó a todo el gobierno. Con Ania habíamos vivimos esto a la distancia. Recuerdo que durante las semanas de mayor convulsión social, mi amiga deambulaba por la casa que compartíamos sintiendo a Guate; todo en ella extrañaba estar acá, aportar a estos procesos y abrazar a sus seres queridos, por supuesto. Ahora, mientras narra detalles de la forma que ha tomado su cotidiano, la alegría se mira en sus ojos. Sin dudas acá es donde su corazón late fuerte.



Ciclos sobre ciclos

En la Asociación de Médicos Maya de Chichicastenango trabajan con la lectura del Nahual (conocido en Sudamérica por las deformaciones de la interpretación estadounidense como kin o sello maya) y los baños en temazcales como terapias sanadoras. El Nahual es una energía particular que pertenece a un día y por tanto, a una persona, según su fecha de nacimiento. Estos hacen parte del calendario maya: una manera de entender el tiempo muy distinta a la cartesiana, que está formada por 13 lunas, meses de 28 días y un día fuera del tiempo: el 25 de julio. Durante el año que viví con Ania, ella solía hablarme de las energías de ciertos días, señalando los símbolos del calendario – rueda que había traído de Guatemala. Con ella fui aprendiendo que mi Nahual es Quetzalcóatl, la serpiente, que algunas fechas son mejores para sembrar y otras, para cortar, que hay las jornadas que invitan a la introspección y las que potencian el trabajo colectivo.
Ania y Pablo sostuvieron su amor durante un año a la distancia, con una seguridad y una paciencia que tuve la suerte de admirar y vivenciar como una espectadora cercana. Un día al mes, cada uno desde su lugar, sostuvieron una ofrenda a la energía que los había reunido. Me gustaba ver a mi amiga dirigirse hasta el fondo del patio con algunos cuencos, velas, semillas, al encuentro de esa ceremonia interior de dos en distintos lugares del mundo.
  
***

Son las tres de la tarde en las puertas de una casa de campo en Chichicastenango. Aún no hemos almorzamos y la señora que recibe avisa que mejor tomar sólo una sopa. “Para entrar al temazcal es bueno estar liviano”. (Su explicación quedará dando vueltas en mi mente, porque coincide con el estado en que escribo mejor).
Oí hablar de los temazcales años atrás. El día que llegué a Chiapas, conocí a una mujer guatemalteca que realiza ceremonias en su casa. Siempre algo en Argentina y luego en México, hizo que no fuera. Hoy, sin que haya intervenido directamente, todo está dado y entiendo que es bueno que la primera experiencia con estas formas de curación sea justamente en la tierra y con la gente con la que nació. Estamos en el día Keme[2]: el nacer y morir como forma cíclica en que transcurre la vida y el linaje genético. Este Nahualt se asocia al agua, la emotividad y el sur como dirección.

Hasta hoy, conocía una forma de practicarlo: en una pequeña tienda circular que puede desmontarse. Dentro se cava un pozo en la tierra, donde se colocan piedras calientes, que representan a las abuelas, las sabias, las que curan y que son expuestas a distintas dosis de agua y hierbas para generar vapor caliente. Se vive como algo ceremonial y colectivo, pueden ingresar entre 20 y 30 personas sentadas muy cerca una de la otra, dependiendo del tamaño de la tienda. Alguien guía, por lo general un hombre y una mujer, representando la dualidad día - noche, arriba - abajo, frío - calor, etc. Dentro se canta y se invoca la energía de los cuatro puntos cardinales. Los dos tienen en común la combinación de las piedras calientes, agua y hierbas.
Semanas después, cuando participe en uno de estos encuentros en Chiapas, alguien va a comentar que esta forma es similar a la que practican los Sioux, Pueblo Indígena de la región norte y sur de Dakota, en lo que hoy es Estados Unidos. También, al regreso de Guatemala, voy a encontrar un acampe de este mismo Pueblo en la plaza de San Cristóbal de las Casas. La manifestación, con la que conviviré durante semanas, forma parte de un reclamo a nivel internacional para frenar la construcción de un oleoducto a lo largo de tierras ancestrales para trasladar petróleo extraído con el contaminante método de fracking. 2016 se cerrará en un hecho histórico con la victoria para la Sioux y yo recordaré la fortaleza de sus luchas y la experiencia de su medicina en el cuerpo.



 “Nos damos baños en el temazcal por las mañanas, para descansar al final del día”, cuenta la guía mientras nos preparamos. Sucede que en tierra Maya, a lo largo de Mesoamérica, el temazcal es un hábito cotidiano muy internalizado en el diario de los hogares.
 La construcción circular es de barro, alcanza el metro de altura. Dentro caben dos o tres personas acostadas. Desnuda, entro casi gateando por la pequeña abertura y me acuesto en una tarima de madera; la guía se sienta a nuestros pies. El sitio representa el útero materno, el origen de la vida y el centro de la tierra. Desde su posición, la mujer va volcando agua caliente y hierbas de distintas aromas sobre las piedras. “Acostada es mejor. La temperatura va a ser alta y cualquier movimiento brusco puede acelerar tu ritmo cardíaco”, recomienda dulcemente. “Y desnuda, para que se abran todos los poros de la piel”.
(Qué sucede ahí dentro es parte de la delicada experiencia personal que Ania considera que es mejor guardar para sí. Además, es realmente difícil recordar para poner en palabras: sólo puedo decir que la piel se siente como lava derramándose).

Ahora la mujer exfolia mi espalda con paciencia. Durante el tiempo que dura el baño, ella es nuestra mamita. Cuando salimos, nos abriga con toallas para mantener el calor e invita a recostamos sobre unas esterillas. “Es bueno que el cuerpo descanse”, comenta mientras nos ve dormitar.

***

5.30 am. Cruzo la ciudad de Guatemala en medio de la noche hasta un centro comercial en las afueras. Allí espera un auto que hará el trayecto hasta Antigua. Una vez allí, un bus me dejará en el cruce de carretera de La Cuchilla, en las afueras de Panajachel.

Para llegar de Guatemala ciudad a San Cristóbal de las Casas, en Chiapas, México son necesarios cuatro cambios de transporte en un viaje de 12 a 14 horas por tierra. Justamente ahora, mientras ando en el carrete de los trasbordos, recapitulo: de Guate a Antigua, luego al cruce La Cuchilla, luego un tramo hasta uno de los pasos fronterizos y, después de cruzar a pie la línea que divide Guatemala de México a la altura de La Mesilla, restarán otras cinco horas de viaje en un vehículo distinto. El último cambio tiene que ver con una reglamentación particular: los transportes de pasajeros de uno y otro país no tienen permiso para hacerlo fuera de su territorio nacional.

En medio de una ruta que atraviesa la serranía, es necesario correr de un bus para alcanzar otro que hace señas de luces estacionado. Soy la única pasajera desde La Cuchilla hasta La Mella.
Apenas arranca, el chico que maneja pone “Adentro”, de Calle 13 desde el celular y lo enchufa a unos parlantes. No nos preguntamos ni los nombres.

-A mí también me gusta calle 13, lo escuchamos en Argentina.
-Ah ¿si?, responde a gusto, devolviendo una mirada por el espejo retrovisor. –Dice la mera verdad, lo que pasa. Asiento a su comentario con la cabeza y entonces, sube el volumen. Después viene “Atrevete” y tendría que estar Julita bailando con la cintura desnuda, para que se le vea ese tatuaje corazón tan latinoamericanamente hermoso. Por un momento me la imagino saltando arriba de esta lata de sardinas en la que viajo y me río sola. -¿Qué?, pregunta el chico. –Nada, nada. Esta canción me recuerda a una amiga, la parte que dice “quítate el esmalte, deja de taparte que nadie va a retratarte, levantate ponte hiper”.

           

Hace rato es de día y los campos de milpa asoman altos a la vera del camino. Guatemala es explosivamente verde. He recorrido el lago Atitlán y algunos pueblos sobre sus costas, además de Quiché, Chinike, Chichicastenango, Antigua y la capital. 

            La última noche allí, el gobierno decreta estado de excepción: algo más leve que el estado de sitio en Argentina, pero que igualmente vulnera varias garantías constitucionales. No se puede hacer reuniones en la vía pública, la policía puede detener a la gente. “Dice el gobierno que es por las lluvias”, me informan. “Nadie lo cree. Lo cierto es que la familia del presidente Jimmy Morales está siendo denunciada e investigada por episodios de corrupción”. Después de la ola de manifestaciones de 2015 en que el pueblo guatemalteco se alzó contra estos hechos, el tema continúa siendo muy sensible. “El Estado de excepción es para que la gente no se manifieste”.
Mientras escucho estas opiniones, pienso que la vulnerabilidad institucional de Guatemala es tal que la gente está acostumbrada a estos clivajes; igual a lo que vivimos en Argentina hace poco más de una década. Allá, en el sur, en 2001 tuvimos cinco presidentes en un solo día, luego llegó la presidencia “provisoria” de ocho meses de Eduardo Duhalde que nos dejó represiones, asesinatos y a Néstor Kirchner como candidato presidencial para que no vuelva a ocupar el cargo Carlos Menen, responsable de nuestras crisis de los ’90. Y todo esto sucedió también en dos años…

            No sé lo que es viajar en estado de excepción. Con todo, emprendo la larga vuelta hasta San Cristóbal. El ambiente se muestra apacible, igual a todos los días cuando todavía no amanecen. Imagino que muchas otras personas, como yo, estarán cruzando Guate en este momento ¿sabrán que no es un día cualquiera? Van a transcurrir horas en que lo único que vea sean señales de tránsito, las franjas blancas y amarillas pintadas en el asfalto y el verde serrano ahí, en el horizonte: testigo exuberante y silencio. Y una misma pregunta volverá una y otra vez: ¿sobre quiénes está cayendo hoy este estado de excepción en Guate?


México – Segunda parte
Chiapaneca


El patio tiene olor a pera fresca, a tierra húmeda. Me gusta mi casa sencilla, con clima de campo. Es lindo volver; volver y tener una casa. Emi hace la mudanza en la mañana, mientras atravieso Guatemala. Regresar a San Cristóbal se siente cálido, creo que no quiero irme de aquí.

Entro silenciosa y la oigo canturrear algo desde la cocina. Desde la ventana que da al patio veo que puso el florero robado como centro de mesa. Esto ya es un hogar.
Deberían conocer a Emilia para imaginar los alaridos que es capaz de dar cuando algo la sorprende. La emoción no le permite soltar el trapo sucio con el que está fregando los muebles y así nos abrazamos, enchastradas de felicidad chiapaneca.   


Historia en panorámica

            En ambos extremos del centro y en línea con el andador de Guadalupe (calle peatonal) hay unas escaleras cuesta arriba, muy largas. Me gusta tomar la que está enfrentada a la iglesia de la Virgen de Guadalupe, para ver SanCris desde ahí. Desde su cima se puede observar una buena panorámica: la ciudad es un mar de cruces, llena de iglesias. La marca de la colonización, pienso mientras volteo a uno y otro lado. A mis espaldas tengo –por supuesto- otra. Será por eso que me gusta echarme a andar cuesta arriba por los escalones que me muestren de frente a la Guadalupe; la única imagen que los pueblos de América se apropiaron hasta convertirla en suya. Es la virgen de las causas urgentes, por la que se canta, baila y celebra en diciembre. Todo/as dicen que su día es una de las fiestas más grandes en todo México, junto con la conmemoración de muertos, el 2/11. 



Latidos cotidianos en las calles de San Cristóbal

I

“Cuando acaban su negocio, ellos se van y quedamos nosotros: los que siempre estuvimos”, denuncia una mujer Mapuche, desde el sur de lo que hoy es Argentina, en un documental sobre el contaminante método de extracción de petróleo, conocido como fracking. “No es digno el lugar, te lo devuelven indigno, pero es tu lugar”.


II

“… a mi mami no la mataron, se jodieron los asesinos que querían matarla, porque ella está acá; porque ella vive en cada uno y cada una de nosotras…” Carta de Berta (hija), a seis meses del asesinato de la luchadora ambiental hondureña.
Es de noche en el medio del centro y un altar con centenas de velas va creciendo con cada persona que se acerca a sumar una llamarada. Es la memoria a Berta Cáceres, referente del Pueblo Lenca que encarnó una batalla para impedir que se construya la represa hidroeléctrica Agua Zarca. En 2015 había sido premiada por el premio internacional Goldman por su defensa del medio ambiente. No importó o no bastó para protegerla. Fue asesinada el 3 de marzo de 2016, tras recibir reiteradas amenazas.


Escuchar la voz de su hija diciendo “… a mi mami no la mataron, se jodieron los asesinos que querían matarla porque ella vive en nosotros/as…”, es una expresión tan poderosa que resulta inexplicable; igual de inexplicable que vivenciar el abrazo que todo el Congreso Nacional Indígena dará a los padres y madres de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa, reclamando verdad y justicia tras dos años de impunidad, en la apertura del V Congreso Nacional Indígena (CNI).

III

“En los ’60 los ginecólogos estadounidenses impusieron normas para el alumbramiento. Dictaminaron el tiempo en que debía abrirse la vagina y el tiempo que debía durar un parto; todo esto en base a líneas productivas para obtener más resultados en menos tiempo (…) El arte de las parteras consiste en saber esperar y colaborar con los tiempos de la naturaleza”, mientras oigo la crítica a la invasión en los cuerpos de la medicina occidental, de parte de una investigadora alemana que trabaja con parteras en el campo, recuerdo a Andre siempre con un bolsito listo, cortando cenas o mates o cervezas en medio de la noche, para ir a acompañar a las mujeres a sus casas. Vuelven también las palabras de Tati en su libro Mamíferas, donde recopila historias de mujeres que han parido en el hogar, frente a testimonios de hospitalizadas. “El médico no entiende lo que está ocurriendo en un nacimiento”, continúa diciendo la expositora en un Cideci – Unitierra colmado de oyentes. “No intervenir y soportar requiere incluso más conocimiento”. Entonces aparecen los nombres de mis amigas que trajeron al mundo a sus hijas con sus propios tiempos, acompañadas respetuosamente por parejas, parteras o médicos. “La ciencia no tiene raíces en la experiencia carnal (…) Hay que hacer explotar el marco del tiempo lineal”.

***
 Atravesar el fuego

-Voy a dejarlo. Creo que no tenemos mucho que ver. Además, es una historia que acaba de empezar. Podemos parar ahora sin problema… Mejor así, ¿cierto?
-Que son distintos, ¡claro!, pero eso no tiene por qué ser un argumento para terminar. Ahora, si estás segura de que no te interesa estar ahí, está bien.
-Sí, voy a explicar bien todo y cerrarlo acá.

***

            Hace una hora flotan en el aire palabras y gestos confusos. Ella se posiciona desde esa lejanía que la resguarda cuando el otro está abierto y receptivo, pero esta vez algo es diferente; aún no sabe qué.
–No somos compatibles
            -¿En qué?
            -¿Formas de ser, búsquedas, quizá?
Jedrek se queda pensativo, como si eligiera el silencio cuando no tiene algo mejor qué decir. Entonces vuelve a observarlo: su espalda ancha y sus gruesos brazos se esconden en un abrigo, empieza a hacer frío en las noches en San Cristóbal. Sus manos descansan sobre su falta.
Ahora que mira hacia arriba y no hacia ella, se detiene en su perfil cuadrado, recortado por la tenue luz del patio. Observa su boca y su mentón, sus pómulos, su frente amplia. Minutos atrás él le dio un abrazo fuerte y sintió susto cuando bromeó con que tenía el control. Explotó en llanto, él no entendió y ella tardó en explicar algo que no afloró hasta después de un tiempo. La crio un hombre violento, un machista de manual que usaba su aspecto físico para imponer miedo. Entonces, se construyó como mujer por oposición a ese arquetipo sin saberlo, hasta esta noche, en que Jedrek la abrazó demasiado fuerte, mientras pensaba dejarlo y una nueva evidencia de esta historia asomó implacable.

            -Entonces me estás dejando porque tengo la espalda más ancha que la cadera, Jedrek reflexionó en voz alta, cortando el silencio de repente.

            Ahora ella llora despacio, tranquilamente, como si la tormenta hubiera acabado y sólo quedara el agua bajando por las calles. Entonces él la acaricia y comienza a hablar del sentido del tacto, de la suavidad y de la firmeza, de las cosas que hacemos cuando queremos sentir profundo una piel y de todo lo que diferencia a esto de la violencia. Sigue llorando, pero es como si ya no lo hiciera sola porque él está hablando “de las cosas que hacemos cuando queremos sentir una piel profundamente y del abismo que hay entre esto y la violencia”.
             Va a dormir sujetada a sus brazos. Del momento que pase al sueño, sólo recordará que él recorre sus hombros con paciencia.

La mañana amanece fresca y brillante, el sol cae en el centro del patio, iluminando las bugambillias. Mientras beben mate y café bajo el limonero, Jedrek comenta algo sobre la seguridad que siente por la forma en que ella lo toma con sus manos. Asombrada por esta apreciación, se queda mirándolo y entonces él grafica: -No es así (dice apoyando suavemente cuatro de los dedos de ella sobre su pecho), sino así (ahora toma su mano, la extiende sobre su brazo e indica cómo lo rodea con toda la palma) No puedo explicarlo bien, es algo orgánico, somático. 


“La verticalidad enferma, la comunidad cura”[3]

La frescura serrana de San Cristóbal de las Casas se aleja de a poco. Los vehículos en los que viajamos se siguen en fila en medio de las rutas ondulantes de Chiapas. Así nos acercamos al Valle del Tulijá, cerca de Palenque, conocido como el área de pre – selva.


En un ambiente donde todo el año parece un verano de vegetación diversa y exuberante, nos espera la gente de la Comunidad Francisco I Madero, para compartir tres días de trabajo. Somos un equipo de múltiples nacionalidades, oficios y trayectorias y llegamos aquí para colaborar en las distintas actividades generadas por la propia Comunidad, como espacio de debate previo a la Cumbre de Comunicación Indígena que va a celebrarse en Bolivia.

La primera experiencia de trabajo en territorio en el estado de Chiapas me remitirá todo el tiempo a los encuentros de asambleas en el sur del sur de América Latina, junto al Colectivo de Comunicación Tinta Verde. El pulso colectivo y comunitario de Madero me hará regresar -una y otra vez- a los campamentos de la Unión de Asambleas Ciudadanas (UAC) en las distintas provincias argentinas afectadas por proyectos extractivos: los grupos de mujeres cocinando al aire libre, protegidas del sol por una media sombra, hacen guisos gigantes para alimentar a las 200 personas que somos; los micrófonos pasan de mano en mano, la autoridad comunitaria despierta desde bien temprano para dar sus vueltas matutinas: quiere saber cómo estamos y disculparse porque amanecimos sin agua en el pueblo; es la grandeza de los corazones humildes que no tienen geografía porque (por suerte) están regados por todo lado. Los y las niñas ríen y juegan en medio de las rondas de debate, porque la asamblea y la política también son sus espacios… Son pequeños escenas; esas que de tan vivas transcurren con fugacidad, las que me acerquen a las otras rondas, las del sur… La gente encontrándose, hablándose porque flota en el aire esa misma obstinación de construir otros mundos.

 

El segundo día en el Valle del Tulijá empieza con una ceremonia. Somos una ronda de personas en la plaza del centro del pueblo Francisco I Madero. La colonización del Estado mexicano les quitó su nombre original, pero hay bases de esencia que no lograron arrancar. “Este es el altar Maya”, susurra Xochitl –nuestra coordinadora- al oído, viendo cómo a varios nos impresiona el fuerte sincretismo con la religión católica “...esto es una muestra de resistencia, ya les voy a contar de la larga resistencia. 524 años y no pudieron imponer el español, fíjense cómo se esfuerzan en hablarlo para comunicarse con nosotras/os, porque acá su idioma sigue siendo el Chol... Y esa cruz que ven ahí (ella señala al centro del altar hecho de maíz de varios colores, frutas, frijol) no simboliza sólo la cruz católica, es también la cruz maya que representa los cuatro puntos cardinales”. Después de escucharla, pienso en los sentidos de nuestras lenguas, que es la forma en la que vemos, sentimos y nombramos al mundo, miro el círculo de dos colores distintos de maíz con los que se representa la salida y puesta del sol, el día y la noche, la vida y la muerte: el sentido cíclico de la vida... “Lo que se impone con violencia, nunca prende”, reflexiono mientras incorporo símbolos de esta ofrenda.

-¿Este maíz servirá para preparar pan de elote?, pregunta ella.
-Tomemos un poco, opina Jedrek mientras la observa alejarse. Todavía no sabe si le divierte o le avergüenza verla bailando alrededor de las cosechas allí servidas; sin embargo sonríe mientras recoge granos en una pequeña bolsa de plástico.

            Más tarde, cuando todos en la comunidad estén empeñados en alguna tarea, ellos comerán frijoles y tortillas de pie, mientras montan una muestra fotográfica en el salón de usos múltiples. El trabajo convivencial los acerca y es agradable presenciar cómo aprenden a conocerse sin advertirlo.
            Se sentirán a gusto amaneciendo con el café con pan que sirve una doñita, acompañando en las asambleas, ensamblando sus cuerpos en el suelo para dormir en las aulas compartidas de la escuela, mientras los perros aúllan afuera.  

***

 (¿Hija de quién soy yo, que nací en el sur del sur, en Argentina y mi lengua madre es el español? ¿Hija de quién es mi madre, que nació en el sur del sur, en Argentina y su lengua madre es el español? ¿Hijas de quiénes son mi abuela y mi bisabuela? ¿Dónde están? ¿Cuáles son nuestras otras lenguas madres? En mi árbol deberé rastrear muy lejos hasta encontrar esas otras formas de habla que no sean herencia de esta cruz espada de 524 años).

Una de las imágenes más potentes de la experiencia en Madero viene del taller de género (donde algunas colaboramos tomando notas en castellano de lo debatido). Es la primera vez que participo de una discusión donde la lengua más popular no es el español “la castilla” (como oí decir en Madero y alguna vez a los y las zapatistas) sino el Chol. Solicitar a compañeras jóvenes bilingües de la Comunidad que nos ayuden con la traducción para que todas estemos integradas, hace que emerja en mí una sensibilidad nueva.

A partir de este día voy a disfrutar escuchando a las personas cuando hablan su lengua -sea cual fuera- aunque yo no entienda porque eso no es lo que importante, sino la calidez que brota de sus facciones cuando se comunican en su registro. Me dedicaré a aprender en silencio de sus gestos, valorando cada momento en que se esfuerzan en volver al español para comunicarse conmigo. Esto me sucederá escuchando tzotzil y tojolabal en San Cristóbal y meses después –al otro lado del mar- compartiendo días y noches con valencianos, italianos, polacos, árabes y austriacos.
 
“Co mech, pu sic al”, “Te quiero, corazón”, me enseña a decir en Chol una de las niñas -en un descanso del taller- mientras nos refugiamos de la lluvia bajo un alero de la lluvia.

***

2 de octubre del dolor. Con el corazón en Colombia

            Uno de los vehículos hace señas de luces a otro y otro y otro. Es de noche cerrada, en medio de la carretera, cuando nos detenemos en algún punto distante entre Tulijá y San Cristóbal.
            Mientras en nuestros corazones todavía vibra el recuerdo de los estudiantes asesinados en este país un 2 de octubre de 1968; un celular suena en la mesa y da una noticia oscura: ganó el No a los Acuerdos de Paz en Colombia. En medio del shock, cada quien intenta comunicarse con su gente de ese país. Una palabra de ellos, de ellas que calme la incertidumbre…
            Mientras, el puesto de comidas donde estamos trabaja sin descanso rellenando tortillas con órdenes de tacos al pastor y quesadillas con flor de calabaza. Cerca del fuego escapa gas de una garrafa y en un segundo el ambiente se convierte en un caos. Sin tiempo para pensarlo, corro más rápido de lo que me creo capaz esquivando autos que avanzan a toda velocidad por la ruta. Del otro lado me encuentro en un mismo abrazo aterrado con una niña de 14 años que viene con nosotros.
Minutos atrás, en el viaje, ella vio un choque que aún la tiene sensibilizada. El accidente en el comedor activa en mí la memoria de la última madrugada que corrí tan rápido: fue en La Plata, cuando un efectivo de la policía local nos disparó dentro de nuestra casa cultural y el clima, ahí también, fue una estampida de gente desesperada. Son incalculables las memorias que habitan nuestros cuerpos.
  
            “Estamos movilizados. Mañana en la tarde marchamos en Bogotá. Esto es desesperante, ha ganado el No de Uribe, de la derecha más conservadora del país”, nos hace llegar una amiga colombiana. “Debe cambiar algo en estos días, pues el 31/10 cesa el alto al fuego”.
            A dos días de la noticia, el corazón está regado en Colombia, en todos esos pueblos donde la gente me enseñó que la valoración de la vida es una práctica cotidiana que empieza con iluminarnos los ojos para saludar al otro. “Buenos días doñita, ¿cómo la trata el trabajo? ¿Tiene una panelita que me regale?” Así aprendí a decir en las tierras calientes del Chocó y cerca de La Guajira.

La valoración de la vida como resistencia diaria.
Ese es el piso de lucha y de ahí no nos bajamos.

“Yo me crié con el estruendo de las bombas… Nadie puede querer realmente la guerra… Son 60 años de conflicto, ¿te das una idea cuánta sangre, cuánta gente llevamos perdida?” Las palabras de las personas de Palomino, Bogotá, Cali y Minca resuenan ahora como una reafirmación urgente. Después de oírlos, se confirma la explicación que intentamos darnos aquel 2/10 en medio de la carretera: el No ganó en zonas urbanas y en los estratos menos afectados por el conflicto. Los Acuerdos deben avanzar a como dé lugar. No hay opción: es la paz o la paz.

***

Una buena parte de San Cristóbal amanece palpitando el inicio inminente del V Congreso Nacional Indígena (CNI). Mucho/as hemos viajado de lejos para estar en las instalaciones del Cideci – Unitierra, donde 32 Pueblos de distintas regiones del país se reunirán para construir política desde la horizontalidad; comunicadore/as y adherentes a la Sexta podemos asistir como oyentes a las asambleas. Es un momento histórico. Este CNI coincide, además, con el 20 aniversario del primero.
Es 8 de octubre, “faltan apenas dos días” nos decimos con Emi mientras caminamos calles arriba, hasta la casa de unos amigos mexicanos que nos invitan a compartir un temazcal, a la manera ritual y colectiva. Sé que las dos andamos como flotando por esa emoción compartida. Desayunamos poco para entrar livianas a la ceremonia. Allí nos espera un fuego que comienza a arder para calentar las piedras, a las abuelas, que entrarán con nosotras al centro de la tienda circular montada para la ocasión. En el jardín, algunas personas conversan, otras alimentan la hoguera, mientras compartimos té de ruda. 

***

 Durante estos días tejo un relato[4] para cruzar el continente y llegar hasta mis compañero/as de Ediciones de La Caracola que, en Argentina, presentan Canción de los días por viajar.

-¿Qué es la plenitud?, reflexiona una cómplice de la comunidad chiapaneca, en medio de las múltiples intensidades que nos tocan vivir.

-La imagen más honesta se parece demasiado a días como éstos, en los que cruzamos el fuego riendo.  La escena quedará girando en el aire. Pocos imaginamos los cambios qué traerá el mañana. Nos habita una conciencia rotunda del aquí y ahora, de este placer - presente que vamos construyendo de a poco.





[1] A un año del cuaderno que hoy transcribo: de cuando oficio de empleada de mis propios relatos.
Creo que lo mencioné antes. Escribo estas crónicas en cuadernos; cuadernos que se van acumulando y con los que viajo. A esta altura de la andanza (van casi dos años), cargo cinco, mientras otros dos descansan en Argentina. Transcribo mucho más lento de lo que quisiera porque están el trabajo, la vida diaria y la necesidad de escrituras sobre lo que impacta en presente, que lleva a encuadernar una nueva pila de hojas. Cuando toca, como ahora, volver a abrir los registros se me presenta una disyuntiva. ¿Cuál es el texto? ¿El escrito allí, en las hojas, u otro reinterpretado por la que soy ahora, mientras leo y tipeo? ¿Falto al sentipensar de la mujer que fui cuando escribí aquello, si lo altero por percepciones actuales?
La duda permanece cada vez que avanzo en los cuadernos y crece cuanto más dejo pasar el tiempo con lo escrito. Si me apuran, puedo dar argumentos en favor de una u otra opción; decir que los relatos son en la medida que los hilvane y entonces la reinterpretación o no de ciertos episodios hacer parte del darles vida. Al fin y al cabo esto es literatura: territorio soberano del deseo.
Por otra parte soy capaz de sostener, con enérgica firmeza, que estos relatos de viaje deben ser capaces de transmitir aquellas imágenes, contextos y sentires en los cuales surgieron. Es una suerte de fidelidad, no hacia las vivencias en sí porque ellas no existen más allá de mí, sino con el propio pasado interior.
Desde esta postura, quedaría convertida en una simple traductora de mis propios escritos. Y tampoco está mal. Quizá -a veces- sea necesario desdoblarnos, alejarnos de nosotras mismas, no permitirnos la navaja silenciosa de ciertas ediciones. Quizá en otras, el filo de esa misma navaja de sentido al texto, haga que sobreviva o revele algo que la mujer del pasado no escribió.

[3] Reflexión del periodista uruguayo Raúl Zibechi, en el libro Preservar y compartir, en coatoría con Michael Hardt.

[4] Es la noche del 8 de marzo de 2014. En algún punto de La Plata, Argentina, algunas personas nos susurramos si será posible nacer una editorial. Nuestro deseo se extiende como un hilo, cruza una parte del continente, quiere llegar hasta donde están él y ella.
Ro y Mati salieron de la ciudad que nos encontró, con el deseo de conocer América Latina. Su búsqueda es la del ritmo cotidiano; ese que lleva a estar y ser en los lugares; a tomar hábitos, mañas y palabras, sabores, maneras de comer, caminar, hablar. Vivencias como las suyas, devienen inevitablemente en un relato sensible y bien corpóreo; cómo ese que supieron escribir andando...
Viajé en sus relatos mucho antes de salir de viaje... Eso fue y es Canción de los días por viajar, una puerta de cinco sentidos bien abiertos al pulso de los distintos rincones.

“¡Estamos felices de que la idea exista. Creemos libros libres y hermanxs!”. Con estas palabras, a tres meses de su partida y sin que la distancia física pese, abrazan la idea de crear La Caracola. Con su gesto y el de los múltiples “sí” con que nos animamos desde el sur, empezamos levantar esta casa que hoy (10/16) abriga a 13 obras - hijas.

Un día después de este intercambio publican desde Bolivia “DuermeVela”, un relato movido por el agua, que dice: “Sueño con el Titicaca, escucho sus olas dentro de una caracola (…) sueño con mujeres de úteros azules pariendo en el lago (…) Sueño cosechas colectivas y estrellas sabias, que guían en la noche la suerte de pescadores”. En esos juegos internos con mi memoria me gusta pensar que fuera la misma noche, el mismo rayo de luna en la cara, quienes nos estuvieran moviendo las ganas a uno y otro lado...
Mientras en La Plata empezamos a caminar La Caracola, aprendiendo de experiencias hermanas y creando formas acordes a nosotros y nosotras, Ro y Mati viajan: viajan escribiendo imágenes de lo que alguna vez será un libro nuestro. Lo sabemos. Ro y Mati son nuestra Caracola. La síntesis del deseo del hacer en movimiento.

Hoy, a casi tres años de nuestro nacimiento, en esta noche donde volvemos a la casa cultural En Eso Estamos -que fue escenario de nuestras primeras presentaciones-, y que nos reunimos a hablar de Canción... es importante decir que éste no es sólo un libro: es una gema, uno de los motores que echó a andar todo este delirio en que andamos. Mientras aquí abajo aprendíamos sobre licencias libres, edición y corrección, a tratar con las imprentas y que debíamos tener un sello o un logo (o como se llame) y algunas palabritas propias que nos identifiquen; él y ella editaban una primera versión artesanal y la hacían circular por Ecuador.

Canción de los días por viajar fue nuestra primera obra andante y sus relatos y poesías, convidadas en mercados, pueblos y playas. Donde él y ella caminaban, nos llevaban. Por eso La Caracola creció y crece nutrida de matrices creativas como la de Canción...; que hoy llega con toda la potencia del agua, el aire, la tierra y el fuego con que fue escrita.
Lo cierto es que sabíamos de este nacimiento desde ese 8 de marzo de 2014 en que elegimos ser esta ronda que somos... Aunque sería más sincero decir que lo cierto, realmente lo cierto, es que Canción de los días por viajar es una de las hijas que nos va haciendo esto que hoy somos.

14 de octubre de 2016, con el cuerpo en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, México, y una parte del corazón en el sur del sur, junto a la ronda Caracola.

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